martes, 15 de noviembre de 2011

Los periodismos oficialistas

No es sólo en nuestro país. Parece que en todo el mundo los periodistas están siendo cuestionados. Los indignados de España gritan por las calles consignas que no hablan muy bien de los trabajadores de prensa. En Estados Unidos ocurre algo similar. Ni hablar de algunos países de América Latina, donde muchos medios de comunicación se han transformado en la más virulenta oposición de los gobiernos con intenciones transformadoras. Pero tanto en el caso de los medios del hemisferio norte como los del sur existe un hilo conductor: han abandonado hace rato el noble fin de informar, si es que alguna vez lo han tenido. Ahora despliegan sobre los espectadores una serie de operaciones que tienen la intención de defender los intereses del Poder Real, el económico, aunque para ello tengan que convertir en víctimas a sus propios destinatarios.
Algunos se escudan en el presunto rol de oposición que tiene que ocupar el periodismo, aunque eso no esté fundamentado en ninguna bibliografía canónica. Los periodistas –de acuerdo a esta presunción- deben oponerse a los gobiernos y sólo acompañarlos cuando toman medidas que garantizan la estabilidad institucional. Eso sí, camuflados en la objetividad y protegidos por la libertad de expresión. Estos dos conceptos –vaciados y vueltos a llenar- son escudos y lanzas sumamente eficaces a la hora de proteger aquellos intereses que nunca dan la cara. Además, la estabilidad institucional no es otra cosa que la comodidad con que pueden moverse esos intereses nunca expuestos.
Nunca ha habido una comprensión tan extrema como en estos tiempos del rol que cumplen los medios hegemónicos al momento de señalar a los adversarios del Poder Real. En argentina ha tomado varias formas a lo largo de su historia y más aún en las últimas décadas. En tiempos de la dictadura cívico-militar había un periodismo cómplice que llamaba al otro -al subterráneo- alternativo o subversivo. Durante el gobierno de Raúl Alfonsín, se nombraba como patota cultural a los periodistas que asumían una tibia defensa de la primera gestión del retorno a la vida democrática. En los noventa, en pleno neoliberalismo, el periodismo que enfocaba sus cañones en contra del menemato era tildado de zurdito, Jorge Lanata entre uno de sus exponentes.
Desde no hace mucho se comenzó a difundir la dupla independiente y militante para ubicar en dos bandos contrapuestos al periodismo vernáculo. Los primeros asumen un papel claramente opositor y construyen la agenda informativa en base a anomalías de gestión unas veces exageradas y  otras artificiales. Los militantes son oficialistas, que defienden El Modelo a capa y espada y dejan en manos de la Justicia los posibles casos de corrupción, muchas veces casi anecdóticos. Esto no quiere decir que los independientes sean tan cortos de entendederas que no puedan comprender El Modelo. Al contrario: lo comprenden muy bien y por eso lo combaten. Desde este punto de vista, ambas formas de periodismo –independiente y militante- son oficialistas. Unos –los militantes, oficialistas- apoyan al poder político que está logrando importantes transformaciones en nuestro país. Los otros –los opositores- son oficialistas del poder económico y, por tanto, adversarios y hasta enemigos del poder político que se construye en torno del Gobierno Nacional.
Después de las elecciones presidenciales, aquellos medios por los que desfilaban los políticos opositores se han convertido en un escenario dominado por los tecnócratas, especialistas –es un decir- en materia económica. Como no pudieron construir una oposición política a CFK y su equipo, ahora atacan con tecnicismos malintencionados y fantasías agoreras. Como las próximas elecciones están lejos, tratan de instalar un clima de zozobra económica. La manera en que construyeron el malestar social a partir del control de la AFIP a la compra de dólares es un caso testigo de esos intentos, aunque los afectados por esas medidas no alcancen al diez por ciento. Como los políticos opositores han fracasado en el papel de defender los intereses del poder concentrado, ahora son condenados al ostracismo. Ya no sirven, por lo tanto, deben descartarse.
El Poder Real –el económico- es así, desaprensivo y descarta lo que ya no le sirve. En los países europeos más afectados por la crisis financiera, presidentes, cancilleres y primeros ministros desfilan por la pasarela y el más obediente es elegido para defender sus intereses. Las figuritas cambian y queda la más servil. Hasta no dudan en descartar al propio ciudadano, que se convierte en víctima de su avidez destructiva e ilimitada. Antes de presentar su renuncia, el premier italiano Silvio Berlusconi fue muy claro: presentó un paquete de ajustes a la medida de los requerimientos del mercado financiero. Y Mario Monti, su sucesor, profundizará esa “modernización” de Italia. En Grecia, Giorgios Papandreu fue reemplazado por Lucas Papademos en el cargo de Primer Ministro, porque es un claro defensor del modelo neoliberal que impone el FMI y que satisface a los mercados. En España, el PP desplazará al PSOE del gobierno para endurecer las políticas de ajuste y enriquecer a los más enriquecidos.
El Poder Real en Sudamérica tratará por todos los medios de mudar la crisis europea a la región, rica en potencialidades, pero nunca abandonará la facilidad con que obtienen cuantiosas ganancias en la economía virtual, en el “anarcocapitalismo”, como lo definió La Presidenta en su intervención del B-20, en la cumbre del G-20 realizada recientemente en Cannes. Y para lograr ese resultado no dudan en utilizar a los periodistas que, con docilidad, defienden esos intereses con uñas y dientes, aunque puedan provocar el desánimo, el malhumor, el malestar de toda la población. Aunque sometan a un país a la peor de las crisis. Pero para eso deben posicionarse como perpetuos opositores al poder político y por tanto persistentes oficialistas del poder económico, el peor de todos, el más salvaje, el más destructivo e inhumano, el que ya conocemos y no tenemos que olvidar.


domingo, 13 de noviembre de 2011

Noviembre de alto vuelo

Otra oportunidad perdida para los medios antes hegemónicos y ahora con dominio en decadencia. El día poblado de onces pasó sin otra huella más que la exageración de ciertas expresiones místicas que sólo dejaron algunas imágenes graciosas. Los parques, las plazas y el Uritorco se poblaron de bailarines meditantes cuyo objetivo era absorber lo más posible la espiritualidad de esa fecha. Dentro de un año, un mes y un día la movida será más intensa porque además de la abundancia de doces, la profecía maya promete hasta un fin del mundo. Será el último día místico del siglo y hay que aprovecharlo. De lo contrario, habrá que esperar noventa años para que el 1° de enero del 2101 genere miedos, esperanzas, aperturas estelares, títulos catastróficos y vaya uno a saber qué cosas más.
Quienes apuntan alto son algunos trabajadores de Aerolíneas Argentinas que, sin dudarlo, alimentan con conflictos inventados los cañones de la artillería mediática para volver con el latiguillo de la ineficiencia del Estado para administrar la empresa. En sus coloridas páginas matinales exhiben cuadros con cifras infladas, gráficas, declaraciones exaltadas, usuarios indignados, fotos de pasajeros varados y todo tipo de recursos para producir en sus lectores la sensación de que la aerolínea de bandera es más un capricho del gobierno que un orgullo para el país.
No mencionan, por supuesto, el origen del conflicto ni las pretensiones de un grupo de pilotos que se resisten a aprender a conducir un modelo distinto de aeronave del que conducen habitualmente. No es un problema salarial, pues cobran entre 8000 y 10000 dólares mensuales y trabajan no más de 30 horas al mes. Según dicen, están preocupados por recuperar vuelos internacionales a Madrid, Los Angeles, Nueva York, París y Londres, en donde descansan cuatro días en hoteles cinco estrellas después de cada viaje. Por problemas menores que pueden discutirse utilizan a los pasajeros como rehenes y otorgan la excusa perfecta para que los carroñeros de la prensa puedan socavar el rol del Estado en nuestro recuperado país.
El que también socava desde su madriguera mediática es Chiche Gelblung quien el miércoles pasado afirmaba con todo el rigor del que es posible que si las elecciones fueran hoy, la presidenta sacaría un 15 por ciento menos de los votos. Todo por los controles de la AFIP a la compra de dólares. Claro, hay un grupo de ciudadanos –es un decir- que no está acostumbrado a explicar de dónde saca el dinero con el que acumula billetes verdes. Con su tan elaborado estilo verbal –que haría poner colorados a muchos barrabravas- el intelectual mediático criticó la medida que afecta –según su sabio entender- a muchísimos ciudadanos que quieren garantizar sus magros ahorros ante lo que se pueda venir.
El diario Clarín tampoco ahorra esfuerzos para crear el desánimo en la población. En un despliegue investigativo descubrieron el estremecedor relato de una desconsolada docente que no puede comprar los dólares que necesita para realizar el viaje soñado a Disney. Ella docente, él empleado de comercio. Planean un viaje con sus hijos al barrio preferido de Susana, Miami. Lo inverosímil de la historia salta a la vista. Un viaje a Miami para cuatro personas necesita algo más de ochenta mil pesos, cifra considerable para ser ahorrada en un año, como declara la víctima de la AFIP. Si es un testimonio inventado, se nota que el narrador tiene poco conocimiento sobre la capacidad de ahorro de verdaderas familias de clase media. Si no lo es, la trabajadora de la educación tiene serias dificultades para demostrar el origen de sus ahorros, porque los números no dan.
En la misma edición del miércoles, la “agenda negra” de Magneto publica una nota de opinión en la que el autor expresa su enorme desconcierto. No se explica cómo CFK obtuvo semejante cifra en las elecciones presidenciales a pesar de los problemas que la sociedad argentina está padeciendo: la descontrolada inseguridad y la galopante inflación. El periodista afirma que los votantes no tuvieron en cuenta esos puntos negativos a la hora de introducir el sobre en la urna. En ningún momento se pregunta por la validez de las premisas que utiliza para elaborar su hipótesis. Ni siquiera sospecha que tal vez la inseguridad no sea tan descontrolada ni la inflación tan galopante. Y este buen hombre no sabe que llegar a esa conclusión le otorgará paz a su espíritu y podrá dormir de un tirón todas las noches.
En todos estos casos hay un hilo conductor que es la intención de crear una opinión pública adversa al Gobierno Nacional, que en todo se equivoca, según pretenden demostrar. Todavía no han encontrado el camino para volver a los dorados días de marzo de 2008, cuando con una pantalla dividida o un título a media página podían convocar a la población para pedir la renuncia de La Presidenta, que había asumido unos meses antes. No pueden entender lo que ha ocurrido. Desean fervorosamente regresar a aquellos tiempos noventosos en que era la economía del “libre mercado” la que decidía las acciones políticas. Por eso claman el respeto por las instituciones, aquéllas que permitían que las corporaciones ganaran fortunas sin producir nada. Ese respeto por las instituciones significa ni más ni menos que transformar a nuestro país en un coto de caza libre de reglas. Las instituciones no son neutrales, sino que se construyen de acuerdo a las necesidades de la sociedad. Y están para defender a los más vulnerables, principalmente. Todo esto es, en definitiva, una guerra de posiciones que todavía no ha terminado. Y los ciudadanos de a pie no debemos ser meros espectadores. Una vez más, la Historia nos convoca para ser protagonistas de un proyecto que está en plena construcción.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Tecnópolis: el futuro del futuro

Un poco desmantelada pero sin dejar de recibir innumerables visitas, la mega-muestra de ciencia y tecnología está a pocos días de cerrar temporalmente sus puertas. Primero iba a funcionar durante unas semanas en un predio de la CABA, pero el capricho del Jefe de Gobierno sumado a la proximidad de su boda impidió la inauguración en los últimos meses del Año del Bicentenario. El predio de la localidad de Villa Martelli, en el que funcionaba una dependencia del Ejército Argentino, de casi cincuenta hectáreas, es donde decidió emplazarse a mediados de este año, para funcionar durante un mes y medio. Su fecha de cierre se fue postergando debido al éxito y los buenos comentarios de los visitantes y ahora sí, a fines de noviembre, Tecnópolis se despedirá de la sociedad para volver en unos meses como una muestra permanente. Según lo planeado, durante estos meses se transformará en una feria itinerante que se trasladará a distintos lugares del país, en una versión más reducida, por supuesto.
Ya está comenzando la construcción de los locales que albergarán a los stands de manera más sólida. Para julio del próximo año se está elaborando un nuevo diseño y distribución de las muestras y entonces sí, la vidriera de la ciencia y la tecnología de nuestro país quedará instalada para siempre.
Tecnópolis es puro entusiasmo, mucho relato y bastantes promesas. No es la espectacularidad que se anunciaba desde el oficialismo ni la exposición del subdesarrollo que cuestionaba la oposición. No es un parque de diversiones ni el país de las maravillas. Es un acta de compromiso por lo que viene. Es una maqueta del proyecto de país que se está construyendo. Por eso en su recorrida da la sensación de estar presenciado bocetos inacabados de nuestro futuro. Para quienes fueron con la idea de encontrarse con montañas rusas, máquinas voladoras, juegos infartantes, diversión pura y alocada salieron, por supuesto, decepcionados. Los que van con una expectativa baja, salen medianamente satisfechos.
Hay que recordar que fue pensada como una muestra temporal que se extendió por más tiempo de lo planeado. Por eso es que se queda más en intenciones que en concreciones, no porque lo que se muestra no resulte interesante, sino porque la manera de mostrar resulta reiterativa. En todos los stands abundan los LCDs con datos y relatos y al final uno se da cuenta de que ha hecho un recorrido por infinidad de documentales y es todo lo que ha visto. La interactividad está pensada para los más chicos, que seguramente tienen más opciones para divertirse. Para los grandes hay innumerables letreros que cuentan y no mucho más que eso. La sorpresa no debe estar sólo en el contenido de lo que se cuenta, sino en la manera de contarlo. En todo el recorrido hay una abundancia de exposición estática, tal vez porque la ciencia y la tecnología en nuestro país recién están arrancando, después de décadas de abandono. Basta recordar que en los noventa, quien fue el ministro de  economía y ahora pretende dar consejo a los brasileros, Domingo Cavallo, mandó a lavar los platos a los investigadores del CONICET, disconformes con los sueldos de hambre con que el Estado retribuía su trabajo.
Como en nuestro país la ciencia es un proyecto, Tecnópolis también lo es. Y como todo proyecto, se construye mientras se avanza. Un proyecto no es un modelo. Un modelo es algo acabado que se puede copiar sin muchas alteraciones. Un proyecto en cambio es un recorrido con una idea como punto de partida y un sueño como meta. Para los que ven siempre el vaso medio vacío, Tecnópolis es sólo propaganda del gobierno. Para los que ven el vaso medio lleno es un buen punto de partida con un gobierno que piensa al Estado como impulsor de todo desarrollo.
Por otro lado, hay un mensaje muy claro: la ciencia y la tecnología están al servicio de la vida cotidiana de las personas. Por eso lo que se muestra como avances se relacionan más con mejoras de lo existente que con fantasías fílmicas. La ciencia de Tecnópolis en la cura de enfermedades, en el mejoramiento de las técnicas de producción, en la observación de nuestro entorno y en el aprovechamiento de nuestros recursos. Y también abundan los mensajes sobre la conservación del medio ambiente. Los coches eléctricos en los que se puede dar un paseíto son una muestra de ello. Y también los generadores eólicos y a energía solar. En todos los casos, falta reforzar la manera en que esos avances llegan al público, pues no se puede reducir todo el relato a carteles estáticos e imágenes en LCD.
En definitiva, Tecnópolis es una ventana a un futuro que despierta con un Estado decidido a dar apoyo a la investigación. Cuando dentro de unos años veamos las fotos de esta primera mega-muestra podremos advertir cuánto se ha avanzado.  

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Derrumbes en la colonia

Después del encuentro entre Barack Obama y CFK, algunos comentaron que no era muy serio que La Presidenta no hable inglés y que necesite un traductor para comunicarse con el presidente de Estados Unidos. La conferencia de prensa conjunta es una puesta en escena y los intérpretes hacían su trabajo para todos los que estaban presentes, no sólo para Cristina. Que los traductores deban cumplir con su función no significa que ella no sepa hablar inglés. Tal vez sea una excelente usuaria del idioma, tal vez no. Lo que inquieta es que aparezca la sospecha que cae solamente en la mandataria del sur. Porque Obama también necesitó un intérprete y en ningún momento pronunció una sola palabra en español. Y eso que en los Estados Unidos hay casi un cuarenta por ciento de hispanohablantes y en algunas regiones el spanglish es el idioma que domina. Pero no se puso en duda la seriedad del mandatario de un país con serios problemas internos y generador de infinidad de conflictos externos porque se expresa sólo en inglés.
La vergüenza debería sentirse por desconocer el idioma dominante y no por organizar guerras innecesarias –como todas- y someter al pueblo norteamericano a una crisis nunca vista. Obama tiene más motivos para avergonzarse por tener al 16 por ciento de la población norteamericana (49 millones de personas) sometido a la pobreza que por no saber hablar español. En ese sentido, Cristina debería estar orgullosa por encabezar una transformación nunca vista en nuestra historia más que por ser una brillante usuaria del idioma de Shakespeare. ¿Acaso alguien se envanecía cuando Menem balbuceaba en un inglés de jardín de infantes algunas frases que confirmaban el sometimiento?¿O alguien se ufanaba por las relaciones carnales con el país del norte?
La crisis que atraviesa a los países del todavía llamado Primer Mundo debería desprender definitivamente el velo del colonialismo que todavía dificulta la mirada de muchos. No es posible seguir admirando a esas naciones que se destruyen entre sí. Aquellos países que se consideraban más serios y civilizados están demostrando una barbarie cercana al canibalismo. Sería interesante preguntarse por qué la crisis que asolaba cíclicamente estas tierras sureñas ahora la padecen los habitantes de aquellos países que, si no la provocan, al menos la consienten. Como los países de América Latina están aplicando en su mayor parte una política económica soberana y no dictada por el FMI, Estados Unidos y los países europeos tienen que aplicar los ajustes sobre sus propios pueblos, desacostumbrados a padecer una crisis tan profunda. Por si no quedó clara la ecuación: nuestras crisis sostenían el estado de bienestar del que ellos gozaban. Pero claro, todavía sigue molestando que un mandatario latinoamericano no hable el idioma de los otrora colonizadores.
Cada vez se pone más en evidencia cuáles son las formas de evitar que la especulación financiera ocasione estas sacudidas en la vida de los pueblos. Esos millones de dólares que circulan impunemente por la virtualidad del mercado sin producir más que miseria deberían ser volcados a la economía real para generar ganancias genuinas y de paso, bienestar para las personas reales. Y es la política, la elegida libremente por el voto popular, la que debe encauzar este caos antes de que todo estalle.
Aunque no siempre el voto soberano opta por la política. El viernes pasado se produjo el derrumbe de un edificio en el barrio Monserrat de la CABA, generando cuantiosas pérdidas materiales a más de doscientas personas. El origen de esa tragedia: la avidez inmobiliaria y la ausencia del Estado Porteño. Esto es el sello Macri, hacer negocios sin importar las consecuencias. Gobernar para el ingeniero civil es colocar otro ladrillo en la pared. El Estado es para Macri la oficina de los grandes capitales, el lobby donde se concretan las operaciones más rentables. Y ni siquiera es capaz de disimular lo poco que le interesa el ciudadano. Y eso es por lo que votó la mayoría del pueblo de Buenos Aires. El abandono insistente y con impunidad es lo que el 60 por ciento del electorado eligió.
Dejar durante tres días –y tal vez más- en la calle a doscientas personas de todas las edades como consecuencia de una epidemia de departamentos para pocos y la negligencia de gestión es toda una definición ideológica. El abandono del Estado porteño hacia sus ciudadanos es alevoso. Y tan grave como eso es el blindaje que tiene el Jefe de Gobierno en algunos medios hegemónicos. En las notas que cubrían el hecho, Clarín y La Nación no mencionaron jamás al ingeniero civil, quien ni siquiera se hizo presente en el lugar. El botón de muestra: el lunes a las 20:35 la señal TN puso al aire una serie de entrevistas a los damnificados por el derrumbe englobadas bajo el título –muy sugestivo- “Historias mínimas”. Más allá de que hayan jugado con el título de una excelente película argentina, el concepto que encierra es estremecedor. Las historias de los particulares no deberían ser mínimas en medio de una tragedia como la ocurrida el viernes pasado, sino máximas. Las de la película eran mínimas porque eran cotidianas. En este caso, son mínimas por su insignificancia para los que la narran. Por eso el ingeniero Macri no aparece como principal responsable de estos hechos. El no derrumbó el edificio –ni ninguno de los anteriores-, pero lleva adelante un estilo de gestión en el que lo económico predomina sobre lo político. Pero peor aún: el abandono no sólo es anterior al derrumbe, sino posterior. Y todavía no asumió su segundo mandato.
Los ciudadanos europeos y estadounidenses reclaman a los estados que los protejan de la avidez de los buitres virtuales. Los gobiernos responden con más ajustes. Por ese camino, el derrumbe de esas sociedades es inevitable. En CABA, el abandono del Estado municipal produce otro tipo de derrumbes, más concretos. Pero el símbolo que encierra esos hechos es la ausencia con convicción de quien debiera ser el principal preocupado por el bienestar de todos los porteños. Pero los negocios son más tentadores. Qué futuro nos espera con alguien así en la presidencia de la Nación.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Las operaciones y los símbolos

Mientras muchos continúan con los festejos por los números de las elecciones presidenciales, algunos pocos con capacidad de daño considerable asoman los hocicos desde sus madrigueras ante la mínima posibilidad de desplegar sus habilidades carroñeras. Como no pueden ganar a la luz de la democracia, apelan a la oscuridad de la especulación, la agitación y la construcción del desánimo. El gataflorismo opinativo circula impunemente en los medios para castigar –simbólicamente- a quienes votaron por la continuidad de CFK y malhumorar –concretamente- a los que no lo hicieron. Dos hechos bastaron para alimentar tan bestial procedimiento: el control de la AFIP a la compra de dólares y la disminución de subsidios a empresas de energía y transporte. Casi borraron de la agenda informativa la obligatoriedad a petroleras y mineras de liquidar sus divisas en el país. Y como frutilla del postre, el encuentro entre La Presidenta y Barack Obama en el contexto de la reunión del G-20 realizada en Cannes el jueves y viernes pasados.
Muchas veces hemos escuchado a comentaristas, economistas y políticos cuestionar desde los innumerables formatos de pantallas televisivas la política de subsidios a empresas llevada adelante por el Gobierno Nacional, más como chicana hacia las Autoridades por el gasto que eso significa, que como beneficios a usuarios top y empresarios de servicios. Cuando los subsidios se incrementan, afirman sin dudar que se está favoreciendo a sectores K; cuando los subsidios amenazan con disminuir, advierten desesperados que se pueden disparar las tarifas perjudicando a los más pobres. Tanto una cosa como la otra son teatralizaciones que están muy alejadas de lo que verdaderamente ocurre. Esta semana se anunció un recorte de subsidios a bancos, financieras, aeropuertos, casinos y actividades extractivas del orden de los 600 millones de pesos, cifra poco significativa sobre los 54.000 millones que se destinarán este año. Pero igual sirve cuando se trata de defender intereses importantes y angustiar a la población con globos informativos, aunque la campaña electoral ya haya terminado y falten casi dos años para la próxima.
Pero con lo que más han jugado esta semana es con las medidas tomadas para restringir la compra de dólares. La relación de los argentinos con el dólar es como una telenovela larguísima que comienza a mediados de la década del ’70 y todavía no ha terminado. Amor y odio, encuentros y desencuentros, placer y dolor, fidelidad y traición, todo envuelto en una pasión que parece imperecedera. No es que el dólar haya aparecido en la vida nacional en esos tiempos pero sí comienza esa danza entre festiva y macabra para la maleable clase media. En tiempos de la última dictadura, fue Martínez de Hoz el que tocó los primeros acordes de esa melodía que combina momentos sublimes y exultantes con los infernales tonos de la devaluación cíclica. La monotonía melódica de los noventa, con el delincuencial uno a uno, permitió que muchos soñaran con un Primer Mundo criollo, que no necesitaba coreografía compleja pero garantizaba un disfrute inmediato. El final enérgico de la sinfonía del dólar se produjo en 2001, cuando el amante argentino padeció la peor de las traiciones: habituados a una paridad ficticia, los bancos garantizaban una escueta rentabilidad. El salto verde –pero no ecológico- se produjo en simultáneo con un corralito que impedía recuperar ahorros. Y todos los instrumentos se sacudieron en un ritmo enloquecedor. Lo de siempre en todo culebrón: un tiempo para curar la heridas, tapar las cicatrices y vuelta a los besos.
Aunque suene paradójico, para el imaginario argentino el dólar es tan criollo como el dulce de leche y tan necesario como la yerba. Más allá de los usos turísticos o para operaciones inmobiliarias, el dólar es visto como un respaldo a futuro, aunque su valor real como moneda internacional está en un tobogán resbaladizo. Menos de la mitad del circulante verde tiene respaldo en oro y sólo algo más del cuarenta por ciento de las cifras que se ostentan tiene aval en billete, por lo que el resto es virtual. Si los poseedores de grandes fortunas quisieran sacar en billetes su capital, no habría tantos fajos para responder. Gran parte de la economía que tiene a una buena porción de la población mundial al filo de la navaja es sólo una expresión digital en las pantallas, que se traslada de un lado a otro del globo como si de un juego de video se tratara, olvidando que esas movidas virtuales afectan a personas reales.  
Por eso resulta canallesco que las voces mediáticas vomiten advertencias malsanas sobre las regulaciones de la AFIP a la compra de dólares; supera lo miserable que apelen a la libertad cuando se trata de un control; expresa cinismo que recurran a la figura del pequeño (pequeñísimo) ahorrista cuando las medidas apuntan a grandes especuladores. Pero están para eso, para defender los intereses de los menos en perjuicio de los más, simulando todo lo contrario. Gran parte del electorado los dejó solos en las urnas; ahora falta que el público haga lo propio en las pantallas.
Con lo que tuvieron que ser un poco más creativos fue con la cita pedida por el presidente de Estados Unidos Barack Obama con CFK. Desde que comenzaron a llover las felicitaciones internacionales por los resultados en las urnas, los rincones no alcanzaron para albergar a tantos opositores lagrimeantes, aquellos que predicaban que Argentina estaba aislada del mundo. Los cerebros corporativos no sabían cómo transformar la trascendencia internacional de los números en mala nueva para los lectores nativos. La peor pesadilla para ellos se concretó el jueves, cuando Nuestra Cristina fue escuchada por los empresarios del B-20 en el marco de la Cumbre del G-20, el grupo que reúne a los países más desarrollados del planeta. Una sola frase resume la contundencia del encuentro: “prefiero enfrentar el enojo de los poderosos antes que la furia de la sociedad”. Toda una definición, que confirma el compromiso expresado en el discurso del 23 de octubre, después de conocerse los números de las elecciones, cuando dijo que siempre iba a estar del lado de los más vulnerables.
Desde hace un tiempo, economistas –Paul Krugman, Joseph Stiglitz-, políticos, como el emergente líder de la izquierda italiana Nichi Vendola o del opositor Partido Social Demócrata alemán, Sigmar Gabriel y miles y miles de anónimos que protestan en países del Primer Mundo están reclamando que los representantes elegidos en las urnas contengan la avidez especulativa de los fondos buitre. En sintonía con estas ideas, CFK expresó la necesidad de volver al capitalismo en serio, contrario al saqueo monumental y destructivo que está padeciendo la economía mundial en las últimas décadas.
Lejos de suponer que La Presidenta se transforme en una líder mundial, el ejemplo de Argentina y el de muchos países latinoamericanos es observado como salida para la crisis de los países del norte. Para terminar, una comparación de imágenes. En la anterior cumbre, los medios locales pasaron hasta el cansancio el amague que dejó a Cristina con la mano extendida ante la indiferencia de Obama. Esta vez, en la conferencia de prensa conjunta fue él quien extendió la mano hacia ella. Eso sí: con mucha naturalidad y calidez ella respondió el gesto, dejando de lado cualquier intención de venganza. No significa demasiado, pero sugiere un cambio de época.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Una barbaridad de Barone

Para muchos del oficio, ser considerado el peor periodista del año no es un honor, salvo que ese deshonor se convierta –por la magia de quien otorga la nominación- en un verdadero honor. Orlando Barone fue considerado el peor periodista del año 2009 nada menos que por la revista Noticias, el pasquín sensacionalista de Jorge Fontevecchia, empresario mediático, propagandista de las peores acciones de la última dictadura cívico-militar y cómplice inclaudicable de las operaciones de prensa de los medios opositores. Por eso, que ese medio lo considere ‘el peor’ debería ser un orgullo para él  y lo ubica en un sitial honorífico en el podio afectuoso de los que formamos parte del colectivo K.
 K, letra bárbara. Periodismo sucio y público sublevado” es el nuevo libro que el experimentado periodista ha puesto en nuestras manos como disparador reflexivo de una profesión que en los últimos tiempos ha dado mucho que hablar. Barone rompe con un molde, con un lugar común, aquél que reza que con el paso de los años nos volvemos conservadores. Por el contrario, desde el conflicto con los patricios sojeros Orlando rompió los lazos con los grandes medios -los que sin dudar patean toda estabilidad que los perjudique- y re planteó su carrera desde un nuevo lugar, en el que se dedica a señalar las confabulaciones mediáticas y el servilismo político. Desde el programa de la TV Pública 678 adquirió una notoriedad que lo separa de los notables y lo mezcla con las multitudes, con las que se siente más identificado. De grande, se ha vuelto rebelde y como un adolescente ‘crecidito’ dispara sus críticas cargadas de ironía hacia los que utilizan la profesión para proteger y entretener al amo y ganar su confianza, a costa de mentir, asustar, malhumorar y angustiar al público.
Como no podía ser de otra manera, el libro comienza con un interesantísimo análisis de una letra con poco rating en el diccionario, la ahora tan famosa K. “Para nuestra lengua –dice Barone- la letra ‘k’ era un signo rígido y duro y casi desempleado. Pero hoy tiene empleo estable y de ser una incógnita pasó a ser una certeza”. También analiza la manera en que la letra fue explotada por los medios que hoy reconocemos opositores para marcar algo despreciable. Los radicales K eran menos radicales que los radicales no K. Las leyes K son menos leyes que las otras. Pero, gracias a los logros y por impulso colectivo, esa letra pasó del desprecio, del niguneo y la degradación mediática a convertirse en un sello de calidad o Kalidad, como se prefiera. Y esta transformación semiótica “no es por el viento de cola sino por el timón, el timonel, los tripulantes y la meta, que el crónico encallamiento es hoy navegación excitante”. Pero la revalorización del signo también es mérito de los opositores a los que “les sobra el abecedario pero se quedan mascullando alrededor de esa sola que los aglutina en el rechazo. No conciben –ni reaccionan- que ese ‘anti’ los ata a la K y que la agiganta”. Y una idea que se desprende de esta frase es que mientras más se la demoniza, más sublime, más potente se vuelve.
Pero retrocedamos un poco en el libro y volvamos al prólogo, en el que el autor se pregunta “¿cómo escribir sobre el barro desde dentro del barro?”. Y en eso, Barone se equivoca. Desde el momento en que reconoce que se está en el barro, ya se empieza a emerger. En su caso, comenzó a sacudirse el barro cuando renunció al diario La Nación el día de su cumpleaños en 2008, como cuenta en el final del libro, a través del texto con el que se despidió de la “Tribuna de Doctrina”. Eso es desembarrarse, señor Barone. Entonces, no habla desde el barro sino limpiamente sentado a la orilla de la ciénaga.
Su caso, según él mismo cuenta, “es el de un perro entrenado por sus dueños para cuidarlos de los enemigos que le señalan y que un buen día se da cuenta que también tiene que desconfiar de aquellos que lo han adiestrado”. Todo el libro está atravesado por la experiencia del despertar, del reconocer que estuvo del lado equivocado. Y sus transformaciones profesionales no se produjeron por la plata –como ladran los perros entrenados- sino por la identidad y la convicción, palabras alejadas del entendimiento de los perio- distas “independientes”.
Desde hace unos años, los espectadores sienten estar ante una guerra entre el gobierno y los medios, o al menos es lo que denuncian los periodistas que están atrincherados en el bando más poderoso. “Si hay una guerra –escribe Barone- es la de los medios hegemónicos contra la sociedad, no contra el gobierno”. En efecto, hasta muchos de los lectores de esos diarios son bombardeados por misiles informativos que tienen más que ver con fantasías, deseos, amenazas o aprietes que con hechos de la realidad.
El veterano periodista reivindica su pertenencia al programa 678, el “de la ‘mierda oficialista’ que me incluye” porque “desenmascaró el baile de máscaras”. Y se detiene a hablar de la canción creada por Carlos Barragán, precisamente el de “La mierda oficialista”. “La canción –comenta Barone- nació y creció como si el autor no hubiera sido Barragán sino todos los millones de pasajeros del colectivo popular argentino”. Y por supuesto, dedica algunas páginas para hablar del emperrado enemigo del programa, el periodista Jorge Lanata, que de tan enfurruñado que está ahora ladra incoherencias desde medios españoles. Orlando construye una brillante frase que engloba –si es posible más- a la figura de Lanata: “tan afecto a estar a la vanguardia, se ha anticipado tanto que de pronto, sin quererlo, está a la retaguardia”.
Uno de los mejores capítulos del libro es el titulado “Que Dios no los escuche”, en el que comienza con algunas definiciones sobre ideología y termina con la enorme y dolorosa hipocresía de las denuncias respecto de la pobreza. Con mucha ironía, da algunas recomendaciones antes de encarar en público semejante tema. “Se podrían aplicar una serie de requisitos –dice- no pronunciar la palabra ‘pobre’ con la boca llena (al menos esperar a ingerir el bocado) ni menos con el estómago saciado…”. También cuestiona el uso mediático y político de la palabra ‘pobreza’: “la oposición la usa impúdicamente. Sabe que por más que haya un Estado protector y preocupado nunca va a faltar un indigente o un pordiosero echado entre jergones que les dé letra para hacerse los indignados filántropos”. Y relatando una crítica del escritor Jonathan Swift: “no los inquietaba el origen de la miseria, de la que eran sus causantes, sino que los asqueaba estar obligados a aguantar esa lastimera estética de niños sufrientes”.
“K, letra bárbara” está cargado de reflexiones para los que ya son periodistas, los que recién empiezan o los que quieren serlo y para aquellos que son víctimas cotidianas del bombardeo des-informativo. Y, como toda reflexión, origina preguntas que llevan a otra reflexión en un infinito que conduce al autor a comenzar de nuevo en una profesión en la que ya lleva cuarenta años. Para los lectores es un recorrido encantador, vigoroso, entretenido por los últimos años de una forma de hacer periodismo que, en breve, habrá de terminar. Pero vendrá otro, como el título del libro anticipa, si el público se sigue sublevando.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Opinión y responsabilidad

Si bien resulta pintoresca, contundente, efectiva y sintética, ya no se puede sostener como afirmación seria la célebre frase de Perón “la única verdad es la realidad”. En primer lugar, resulta innecesario y redundante el uso del adjetivo ‘única’ porque cuando se utiliza el término ‘verdad’ se está hablando de algo absoluto, universal y por lo tanto, único. Hay verdad a secas, sin verdades más verdaderas que otras. Cuando se acepta La Verdad, se está comprando un combo indiscutible, donde las subjetividades quedan afuera. Algo diferente ocurre con ‘realidad’, que es una versión más aceptada y menos dogmática que ‘verdad’. Aunque ‘verdad’ y ‘realidad’ como conceptos filosóficos están en crisis desde hace mucho tiempo, es indudable que son términos contrapuestos. Hasta los positivistas han llegado a la conclusión de que la ‘objetividad’ –otra versión del concepto ‘verdad’- se construye por convención, por acuerdo entre científicos.
La realidad, entonces, debe ser entendida como una construcción producto de la subjetividad que aporta sentido y coherencia a los hechos que ocurren a nuestro alrededor. En nuestro mundo cotidiano estamos en contacto con hechos y ese contacto a veces es directo –experiencia personal- y en la mayoría de los casos, mediados por relatos que nos acercan hechos lejanos, como las noticias, lo que alguien nos cuenta o lo que leemos en algún libro. El sujeto construye la realidad a partir de la observación personal y de los múltiples relatos que recibe. A partir de esos datos, el sujeto realiza una interpretación, una lectura, una correspondencia entre hechos cercanos o no. Pero la subjetividad no es arbitraria ni caprichosa. La construcción subjetiva del mundo es un trabajo y exige responsabilidad. Un trabajo de observación, de recopilación de datos, de búsqueda de información. Adherir a una verdad dogmática es mucho más sencillo porque la persona no tiene que esforzarse sino que acomoda su vida a un combo que dura por siempre. En cambio, la realidad, como construcción subjetiva y tal vez simbólica, es cambiante, dinámica y diversa.
Los medios de comunicación aportan de manera permanente una selección de relatos basados en hechos ocurridos en diferentes lugares del globo, incluido “acá a la vuelta de casa”. Esa selección es conocida como agenda informativa, que para los editores de un diario es el conjunto de hechos que constituyen la realidad de ese día. Los lectores que leen ese diario acceden a una versión de la realidad que puede o no tener elementos en común con la presentada en otros diarios. Junto con esa selección de hechos están las interpretaciones de esos hechos, que son las columnas de opinión. Entonces, la realidad se construye de dos maneras en los diarios: con las noticias, que relatan hechos en forma objetiva y con las columnas de opinión que son una evidente muestra de la subjetividad del que la firma. Que la noticia sea un relato en forma objetiva no quiere decir que el sujeto no ponga en juego su punto de vista. El contenido de la noticia es subjetivo y el formato es objetivo. Entonces es una subjetividad disfrazada de objetividad. Pero que la noticia sea subjetiva no quiere decir que pueda presentar un hecho que no ocurrió porque eso sería mentir. Que la noticia sea subjetiva no quiere decir que sea mentirosa. Por eso, toda subjetividad debe ser responsable y no traspasar los límites de la ética.
Pero también en las opiniones debe reinar la responsabilidad. Que una columna sea el producto intelectual de un periodista no significa que deba decir cualquier cosa. A lo largo de este año electoral hemos podido apreciar un manejo muy irresponsable de la opinión de algunos encumbrados exponentes de la profesión, que más parecían alucinaciones o expresiones de deseos que análisis de hechos o situaciones.
El doctor Mariano Grondona expresó en su programa del domingo 23 su preocupación por la fuga de dólares y reclamó a la Presidenta recién re electa que tomara medidas al respecto. A lo largo de la semana siguiente, el Gobierno Nacional anunció decretos cuyo fin principal era responder a ese reclamo (y no porque CFK tome como gurú a don Mariano). En el programa del domingo 30 de octubre el Doctor se encargó de cuestionar todas las medidas porque, según él, limitaban la libertad de comercialización y significaban un abuso de autoridad y cosas por el estilo. Un opinador no puede ser tan ciclotímico, por más que tenga chiquicientos años. La realidad que construye Grondona tiene como objetivo no ordenar y dar sentido a los hechos sino todo lo contrario. Aún insiste en sus columnas con el viejo truco de comparar el gobierno de Cristina con un régimen nazi o cosas peores. Eso no es una muestra de responsabilidad porque produce inquietud y aversión en sus espectadores, a través de analogías caprichosas que no pueden ser confirmadas en los hechos.
En otro nivel –muy bajo intelectualmente y más aún en representación- están los dichos de la doctora Elisa Carrió, cuya responsabilidad ha sido ampliamente premiada en las elecciones del domingo 23 con un generoso 1,8 por ciento. Ese hecho –el resultado- no sólo no la llamó a la reflexión sino que recrudeció su relación alienada con la realidad del país. Esa resistencia al régimen de Cristina que anunció después de las elecciones, ampliamente aprovechado para humoradas de todo tipo, también apunta a presentar al Gobierno como autoritario. Pero no conforme con eso, la diputada responsabilizó a los once millones de votantes por lo que ocurrirá en el futuro: “hoy, el 53 por ciento del pueblo, junto con la nueva presidente [sic] son los únicos responsables del destino de la Nación”. Para que quede claro, no por lo bueno que pueda pasar sino por lo malo que –según ella- se viene.
Con estas declaraciones, la doctora Carrió no sólo está despidiéndose de manera definitiva de la política sino que está negando los principios básicos de la vida democrática. Y para reforzar esta idea, realizó una sugestiva declaración a un periodista de canal 13, su único contacto con la prensa: “Dios les da a los pueblos lo que quieren y no lo que necesitan”. Existen muchas maneras de analizar esta expresión subjetiva disfrazada de dogma, pero sería destinar demasiado espacio a semejante exponente de la no-política. Para la soberbia posición que toma la doctora Carrió después de la aplastante definición en las urnas, hasta Dios se equivoca en estas cuestiones de la política. Para pensarlo: una persona que se define católica y niega la sabiduría de Dios porque no salió ella como elegida; se ha dedicado a la política como legisladora durante gran parte de su vida y no acata las normas esenciales de la vida democrática; deslegitima los resultados electorales llamando ‘régimen’ al gobierno democráticamente elegido. Tal vez sea cierta esa frase que circula por allí, adecuada para los dos casos analizados: el ridículo es un viaje de ida, no te subas.

Un viernes negro

  La fortuna nos dio una chance. El disparo no salió, pero podría haber salido . El feriado del viernes es un casi duelo. La ingrata sorpres...