lunes, 25 de septiembre de 2017

Extraviados por la tele



Sin demasiado esfuerzo investigativo, se puede afirmar que Lodenisman es el resultado de una manipulación perfecta, no sólo mediática sino también política y judicial. Convertir un suicidio evidente en un homicidio seguro con la imposición de una sentencia improbable es un éxito indiscutible. Lograr que los prejuicios de una parte de la sociedad se concentren en una fantasía cada vez más compleja y lejana a la racionalidad merece un premio internacional. Grabar a fuego en la memoria colectiva que Cristina mató a Nisman por su denuncia del Memorándum con Irán es un triunfo de la parafernalia mediática hegemónica que dañará por mucho tiempo el escenario político argentino. Que muchos individuos incorporen a su ideario esta convicción errónea para sus decisiones civiles es una renuncia a la construcción de un ciudadano responsable. Pero más grave que tomar como veraz una mentira es dejar lugar a una sospecha perpetua que cercena todo tránsito a la verdad.
La frase “nunca se sabrá” es la conclusión que susurra el interlocutor dudoso, después de escuchar un listado de datos que confirmaría el suicidio. Que los peritos de la Corte Suprema de Justicia descarten la participación de otra persona más que Nisman en su muerte no incide para nada en la eliminación del recelo. La escena encontrada en el baño, más que confirmar el suicidio, alimenta las más estrambóticas tramas de novela policial. ¿Cómo hicieron los supuestos asesinos para disparar sobre el fiscal sin interrumpir la trayectoria de la sangre que salpicó todo el recinto? ¿Cómo salieron del baño dejando el cuerpo obstruyendo la puerta sin señales de arrastre? ¿Habrán escapado por el resumidero después de transformarse en cucarachas gracias a una pócima secreta? ¿Habrán usado calzado anti gravedad para no dejar una sola pisada? ¿Cómo hicieron para inyectar los 245 gramos de ketamina necesarios para dormir a una persona sin dejar los rastros propios de una aguja y sin que sean detectados por el equipo de toxicología de la Corte? Y todo esto en un departamento cerrado por dentro, sin el desorden propio de una escena de violencia y cámaras de seguridad que no registraron nada extraño. Preguntas que reciben un sacudón de hombros de los suspicaces y una sonrisa incómoda de los convencidos. Ni los más audaces directores de Hollywood se atreven a crear un equipo criminal tan eficaz a la hora de simular suicidios fílmicos.
Encima, muchos actores de esta tragicomedia no hacen más que desparramar estiércol para que el ambiente se torne más hediondo. Como los miembros de la Corte Suprema que, en estos días, emitieron un comunicado en el que parecen desentenderse de las pericias realizadas por sus expertos. Un gesto innecesario para el Máximo Tribunal que debe mantener distancia de las investigaciones ordenadas por un fiscal y un juez de instrucción hasta que el caso llegue a una instancia en la que deban intervenir. Sin llegar al ridículo de Carrió, que vociferó la culpabilidad del gobierno K en la muerte del fiscal, los Supremos realizaron su aporte para alimentar una confusión funcional a la campaña.
Voluntarios para la mentira
Para superar estos pasos vergonzosos y bajo espectaculares luminarias, aparecen en escena los peritos de Gendarmería, encargados de demostrar que a Nisman lo mataron. Como no pueden, inventan. Como no estuvieron en la escena del hecho, dan rienda suelta a una imaginación novelesca. Como no vieron el cadáver, agregan heridas inexistentes, inyectan sustancias anestésicas y desplazan el orificio que produjo la bala. Como no tienen rigor científico, permiten que aflore la inspiración literaria para utilizar la expresión poco jurídica “asesinato a sangre fría”. Como el establishment gobernante necesita erradicar la idea del suicidio para horadar la imagen de Cristina, pueblan el pequeño baño de homicidas despiadados y obsesivos que no dejan ninguna huella. Todo sin pruebas, cargado de falacias y con el solo objetivo de engañar a la opinión pública.
Que este mamotreto de casi 500 páginas se incorpore a la causa judicial indica lo malogradas que están las instituciones. Que la resolución de un caso policial tan evidente se estire como un chicle por exigencia del Poder Real sugiere que, si no reaccionamos, pronto estaremos perdidos. Que expertos de Gendarmería sin experiencia en estas lides apuesten su cabeza para fomentar embustes muestra la impunidad que reina en este oscuro presente. Impunidad todo terreno y multidireccional.
Claro que esto no sería posible sin la existencia de un público dispuesto a creer en Todo, a abrazar como verdad lo que ya se ha demostrado que es mentira, a dejar que las dudas infundadas desorienten su razón. Algunos encontrarán en esta renuncia a la autonomía intelectual las excusas necesarias para rechazar una fuerza política; otros verán este caso como un alimento para esa irrenunciable desconfianza hacia La Política con que disfrazan su indiferencia; otros advertirán los absurdos pero eluden cualquier posición que los identifique con los despreciados K; otros sentirán pudor al reconocer que han sido embaucados de manera tan grosera.
Estas variantes de creyentes incondicionales no se limitan a Lodenisman. La credulidad informativa está abierta a toda operación con formato periodístico que provenga de los medios que bombardean el entendimiento. No hay argumentos, pruebas, datos, testimonios, audios, videos que los aparten del entramado de fábulas que consumen a diario. Ni los actos más crueles y miserables cometidos por los ceócratas hacen estallar la burbuja del Cambio que los aísla. Ni se asombran de la cantidad de hechos que ignoran por depositar su confianza en la realidad paralela que se construye desde esas usinas hegemónicas. Ni se asquean por las horrorosas ideas que despiertan las frases odiadoras que los dirigentes amarillos expelen en cada aparición ni se sorprenden por las atrocidades que consienten. Hasta culpan a Santiago Maldonado por su propia desaparición, colman las redes con bromas de gusto pésimo y claman por la aniquilación de los mapuches que, en tiempos de Cristina, consideraban héroes. Y se abrazan a la estupidez de desatender sus reclamos porque son chilenos, sin advertir que Benetton, Lewis y demás terratenientes expansivos son menos criollos que el chessecake.
Aunque el Gran Equipo está destruyendo el país, los globoadictos se envalentonan con frases como “hacemos lo que hay que hacer”, que justifica ajustes bestiales, renuncias recaudatorias, reformas retrógradas, endeudamiento atroz y represión salvaje. Esta semana, el padre Eduardo de la Serna, de Curas en Opción por los Pobres, manifestó que avalar este modelo en las urnas “es un pecado”. O crimen, estupidez, error, tozudez… cualquier cosa menos una decisión racional comprometida con el buen destino del país.

jueves, 21 de septiembre de 2017

La desaparición de la disidencia



En la memoria rebota la nefasta frase que el Monopolio usó para combatir la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual: “TN puede desaparecer”. No desapareció el canal, sino la ley. Gracias a eso, el Grupo que convirtió a Macri en empresidente a fuerza de canalladas periodísticas pudo crecer al ritmo de sus ambiciones hegemónicas. En ningún lugar del planeta existe un dominio sobre la construcción de realidad como la que ostenta Clarín. Detrás del nombre de un diario, se escuda un universo pernicioso insospechado para una parte de la sociedad. El pensar y el sentir de muchos argentinos es estimulado desde sus usinas para que sean funcionales a sus viles intereses. Los hechos se trastocan y las interpretaciones deliran en los medios que poseen para enloquecer al público cautivo y convertirlo en el sepulturero del destino de todos. A pesar de su monstruoso tamaño, acosa y ahoga aquellas voces que ponen en evidencia su demoníaca influencia y deschavan sus infames falacias. Si el gigante se incomoda por un grano de arena en su zapato, su poder no debe ser tan indestructible como a simple vista parece.
Nunca en democracia habíamos experimentado tanta parafernalia simbólica para mostrar a una pandilla de saqueadores como un Gran Equipo comprometido con nuestro futuro. Lo que antes era escandaloso ahora es encomiable. Lo que antes vociferaban a todas horas del día ahora lo envuelven en un silencio cómplice. Antes, la inflación era un problema y ahora es el mejor de los caminos. Antes, la informalidad laboral era una mancha en el Proyecto K y ahora es el punto de partida del emprendedurismo. Antes, había ñoquis y ahora hay voluntarios con sueldos cuadruplicados. Antes, buscaban botines ocultos en el extranjero y ahora que abundan excusan a sus propietarios. Antes, había corrupción inaceptable y ahora, conflicto de intereses producto de la inexperiencia. Cuando nuestra deuda era manejable estábamos en default y ahora que es de terror, estamos integrados al mundo.
Así, las paradojas se convierten en norma. Que el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, tenga más del 80 por ciento de su dinero fuera del país no es la mejor invitación para las inversiones. Que lo justifique con la frase “un funcionario tiene todo el derecho del mundo a tener su dinero en el exterior” es un abuso de la protección que lo mantiene en el cargo. Y una burla para los que se indignaron con las patrañas de Seychelles o la bóveda de Cristina, tan hechizados que no atinan a reaccionar. El licuado indigesto que reciben a diario desde esa virtualidad -que jamás abandonan- se transforma en un listado de lemas fáciles de memorizar que sostienen el andamiaje de prejuicios que guía sus decisiones. Consignas sin sustento que apenas comprenden pero les alcanza para mantener un diálogo ocasional en cualquier situación cotidiana y para apoyar lo que, con un poco más de lucidez, jamás apoyarían.
El discurso único ataca de nuevo
TN no desapareció, pero hay mucho que desaparece en la Argentina dominada por el Grupo al que pertenece: el empleo, la dignidad, el mercado interno; la tienda de la esquina, el bar de acá a la vuelta, la librería del barrio, la fábrica de la otra cuadra; los productos nacionales, las vacaciones de verano, el artefacto nuevo. También está desapareciendo la pluralidad de voces que los Amarillos tanto prometían pero que combatieron desde el principio. Los periodistas del demonizado 678 y los que cubrían la programación de los medios públicos fueron las primeras víctimas de estos hipócritas pregoneros del diálogo y el consenso. La distribución desequilibrante de la pauta estatal premia a los medios cómplices y apologistas, domestica a los susurradores de tímidas críticas y aprieta a los díscolos hasta el ahogo. Esto no pasaba en los tiempos de Cristina, aunque las denuncias saturaban en los medios que no necesitan de la propaganda oficial para engrosar su recaudación. Ahora existe la compra de voluntades que colma arcones y billeteras. Hasta los familiares de los periodistas cómplices encuentran su cobijo en la guarida del PRO.
Aquellos que se resisten son condenados al ostracismo. Si el dinero no los tienta a formar parte del blindaje informativo, el aluvión de causas judiciales alterará el equilibrio psíquico de dueños, gerentes y comunicadores. El directivo de un medio puede despedir a uno de sus conductores sin que eso signifique un acto de censura. La libertad de empresa es así. Si un programa no funciona es razonable que se lo saque de pantalla. Si no coincide con la línea editorial del canal, el asunto es un poco más complejo. Si alguna de las dos partes modifica su posicionamiento político de manera drástica, bienvenida la suspicacia. Pero la salida de Roberto Navarro de C5N sólo es explicable si se piensa como política de Estado. Un contenido de calidad que consigue convocar mucha audiencia en sus cuatro emisiones semanales no es para desechar así porque sí. En las propias narinas de la sociedad, un gobierno acosa al gerente de un canal para que despida a un periodista cuyas investigaciones incomodan a sus funcionarios. Quien aplauda esto tiene poco de democrático. Quien lo reciba con indiferencia será víctima de una monotonía discursiva agobiante. Quien no tome esto como un acto gubernamental de censura está papando moscas. Quien no lo interprete como una advertencia disciplinante tiene sus sentidos averiados. De aquí al discurso único totalitario hay medio paso. Así, cualquier verdad tiende a desaparecer si las fábulas más inverosímiles se convierten en realidad indiscutible.
Si no hubiera habido medios disidentes, la desaparición de Santiago Maldonado jamás habría aparecido en la pantalla. Sin periodistas comprometidos con los más vulnerables, nunca nos hubiéramos enterado de las tragedias que padecen los mapuches en manos de gendarmes serviles a los terratenientes de la Patagonia. Después de las mentiras con que trataron de disfrazar la responsabilidad oficial en ese delito aberrante y de los agentes que invaden como un malón las comunidades del Sur, que el empresidente en la actual campaña diga que "cambiar es entender que la violencia no es la forma” parece un chiste de mal gusto. Pero que después de tildar de mafiosos a los sindicalistas, abogados y jueces que defienden los derechos laborales, de alimentar el odio a toda forma de oposición y de vulnerar la libertad de expresión en serio, agregue que cambiar “es entender que tenemos que respetar al que piensa distinto” es un cartel luminoso que lo señala como uno de los personajes más hipócritas del que se tenga memoria. Cambiar es desaparecer derechos para incrementar privilegios. Quien no comprenda esto es porque está del lado de los desaparecedores o porque está tan amarilleado que ya no puede reconocerse ante un espejo.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Instrucciones para saltar el cerco



Si en algo aventaja el PRO a otras fuerzas políticas es por su prepotencia: lo que quieren hacer, lo hacen, aunque contradiga principios propios y ajenos. No tienen tantas vueltas intelectuales, morales o institucionales. Con protección mediática y complicidad judicial, cualquiera es vivo. Cuando el establishment gobierna, las cosas son así: dan rienda suelta a su pulsión dominante y sus emisarios se encargan de materializar los más angurrientos deseos, aunque dejen en el camino un tendal de víctimas. Desde ese lugar tan impune, ponen nombres a las cosas, legitiman lo ilegal y naturalizan lo aberrante. Ellos pueden sentenciar sin pruebas al más inocente e indultar al más mugriento con sólo pensarlo. Cuando el establishment gobierna la armonía es absoluta, aunque haya inflación, la deuda nos agobie, el hambre aceche y el desempleo esté de fiesta.
Cuando estaban en campaña presidencial, no dudaron en culpar a Cristina por el suicidio de Nisman, la tildaron de ‘asesina’ y muchos funcionarios aún hablan del gobierno que “se cargó a un fiscal”. Y todo esto en contradicción con las conclusiones del peritaje realizado por los expertos de la Corte Suprema de Justicia, que aseguran que nadie tuvo participación en su muerte más que él mismo. A pesar de esta contundencia, continúan exhibiendo el cadáver para mantener vivos los prejuicios de sus adherentes y algunos confundidos. Aunque no tienen nada nuevo, reciclan operaciones viejas para sostener la sospecha durante la eternidad que dure el mandato. Y no sólo la sospecha, sino la culpa, a pesar de que CFK no está ni mencionada en la causa judicial que lleva adelante el juez Julián Ercolini. En caso de que se concluya en un improbado asesinato, el único señalado por la querella es Diego Lagomarsino, el amigo, asesor informático y socio de algunas cuentas en el extranjero del fiscal, no de Cristina.
Ridículo. Caprichos del Poder. Absurdos que se convierten en norma. Patrañas que se truecan en verdad, a fuerza de insistencia mediática y el oportunismo de algunos opositores que se enganchan como bagres a las peores carnadas. Y por la timidez de algunos opositores en serio, que se cansan de responder con obviedades a las chicanas más obscenas. Ahora que los Amarillos necesitan reforzar la campaña para revalidar una gestión más abundante en desastres que en logros, reflotan el caso con una reconstrucción de madera del baño de Nisman y una relectura de los peritajes para concluir lo contrario. Ellos hablan de independencia judicial pero presionan a los jueces para que armen las causas más incongruentes y ejecuten una venganza de clase con condenas cargadas de injusticia. Si tuvieran algo concreto contra Cristina, en estos casi dos años de poder absoluto ya la hubieran arrojado a la sombra de una celda. Como no tienen nada, resulta más efectivo prolongar la culpabilidad virtual hasta que la caldera social estalle ante tanto escarnio infundado.  
Una ensalada conceptual
Ellos pueden vociferar que Cristina asesinó a Nisman pero nosotros no podemos sugerir que Macri desapareció a Santiago. Así es el poder. Aunque Maldonado haya desaparecido en medio de un operativo ilegal de Gendarmería ordenado por el Jefe de Gabinete del ministerio de Seguridad para proteger la avaricia del terrateniente Benetton, avalado por la ministra Patricia Bullrich e ignorado por el empresidente y los grandes medios durante las primeras semanas, no nos dejan hablar de ‘desaparición forzada’. Si avanzamos más allá de los excesos de un par gendarmes, estamos haciendo “un uso político de un tema doloroso”. Cuando Ellos lo hacen, no hay problema. Cuando lo hacen los demás –con motivos más valederos- se desata la furia celestial de los titulares y de los opinadores a sueldo. Ellos pueden convencer al público cautivo de que un suicidio es un asesinato y que una desaparición, un accidente con sólo presionar el enter. En cambio, para recuperar la coherencia conceptual que los ceos han pisoteado deberemos lidiar muchos años.
En lugar de emprender el camino de la Pobreza Cero, Macri inaugura un comedor comunitario en Añatuya con bombos y platillos. Lo que debería ser una excepción, comienza a convertirse en regla. Y la administradora del lugar de caridad, Margarita Barrientos, celebra como un éxito que la comida preparada no haya alcanzado para todos los asistentes. Insólito: festejan que haya muchos que no puedan satisfacer sus necesidades más elementales. Pronto tomarán como un logro que los chicos vayan a la escuela sólo por la comida y la copa de leche. Bueno, si la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, se emociona con los desocupados que subsisten juntando cartones o preparando asados en la puerta de sus precarias casas, la impronta PRO nos puede conducir a terrenos más tenebrosos de los que imaginamos. El asistencialismo que tanto criticaban se convierte en la única forma de atenuar el despojo que muchos padecen y las inseguras changas de los desesperados se transforman en el emprendedurismo que tanto pregonan. Si siguen trastocando los conceptos, en breve llamarán bienestar a la supervivencia y dieta saludable a la desnutrición.
De continuar con esta hegemonía enloquecedora, ya ni reconoceremos nuestra lengua cotidiana. Si no ponemos un filtro a lo que nos imponen a diario, cada vez entenderemos menos lo que pasa. Y peor, no sabremos cómo salir de tanto embrollo. Menos mal que el jueves, una entrevista sorpresa se convirtió en Cadena Nacional. La tan denostada Cristina, lejos de estar fuera de juego, toma las riendas de su centralidad política. Aunque el periodista que condujo el momento televisivo no pudo escaparse de la fabulera agenda hegemónica, CFK demostró que su habilidad discursiva y su fortaleza conceptual están tan vigorosas como siempre.
Y dejó al descubierto que las acusaciones que la tienen como blanco no son más que patrañas. Hotesur, dólar futuro, traición a la Patria, asesinato y todas las causas que han inventado hasta ahora tienen como objetivo denostar un proyecto de país que disputó poder en serio. Su proyecto deja en claro de qué lado hay que estar si queremos construir un país desarrollado y equitativo. Si producimos alimentos para 400 millones de personas, ¿cómo es posible festejar que un desocupado subsista con cartones o asados? Qué distraído hay que estar para aplaudir la inauguración de un comedor comunitario, que estatiza la caridad. Qué poco hay que entender para rechazar la propuesta política que nos sacó del pantano y apoyar un modelo que nos está sumergiendo en uno peor. Qué triste es aprender a los golpes cuando hay maneras menos dolorosas. Y todo para evitar el enojo de los poderosos, que ni se mosquean por el daño que producen cuando usurpan el gobierno.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Un horizonte sombrío



La desaparición forzada de Santiago Maldonado seguirá siendo una piedra en el zapato de Macri sólo si comprendemos su gravedad y sus consecuencias. Más allá de los intentos de los medios hegemónicos por desviar el foco o alivianar el caso, debemos evitar que lo desplacen de la agenda. Aunque jueguen a los dados con la opinión pública, no debemos permitir que salgan airosos de este nefasto episodio. Por más que ahora empujen a la hoguera a un puñado de gendarmes, no debemos olvidar que apelaron a las más obscenas tretas para evitar que el fango salpique a la fuerza de seguridad que garantiza la ejecución del Cambio. Pero lo que necesitamos no perder de vista es que están dispuestos a todo con tal de preservar los privilegios de la clase a la que verdaderamente representan. Si dejamos que lo conviertan en un simple caso policial, no habrá antorcha que pueda disipar las sombras que pronto nos envolverán.
La confusión reina en los que se dejan confundir por el disparatado relato que construyen a diario. Que Santiago era un agente encubierto del terrorismo internacional o un experto karateca capaz de vencer a una brigada de efectivos armados como si fuera un héroe de película; que peinaba rastras o usaba capucha; que era un hippie vip con tres celulares que apoyaba la causa mapuche; que quería escaparse de su familia; que está escondido en territorio sagrado o que sacrificó su nombre para pasar a la clandestinidad. Absurdos que sólo un voluntario podría tomar como ciertos. Chismes que no alcanzan para desaparecer a una persona. Excusas que sólo sirven para seguir acosando a las comunidades que reclaman sus tierras ancestrales, para que sus derechos sigan siendo pisoteados, para que los grandes terratenientes sigan apropiándose de nuestras riquezas.
Mientras reflexionamos sobre estas cosas, quizá estén buscando un lugar más o menos verosímil para aparecer a Santiago con una historieta funcional a la campaña. Una fábula que les permita simular preocupación y eficacia y que aleje las similitudes con la dictadura a la que tanto se quieren parecer. Un final feliz que descoloque a los mal pensados que quieren hacer política con algo tan dramático, como si Ellos no hubieran explotado el suicido de Nisman para invadir La Rosada. Una escena tan convincente que los convierta en angelicales constructores de un futuro próspero para esta Argentina tan castigada por los doce años de kirchnerismo.
Si consiguen algo así, estamos fritos. Si logran legitimar la violencia institucional para imponer este modelo de despojo, será mejor que empecemos a buscar refugio. Si convencen a los votantes de que éste es el mejor camino, en breve protagonizaremos una remake de los peores momentos de nuestra historia.
La Grieta recargada
Ningún gobierno podría subsistir afectando a tantos sectores de la sociedad, prometiendo ajustes y tarifas de miedo, destruyendo la industria y el comercio y endeudando el país como nunca si no fuera por la nociva complicidad de los medios hegemónicos. Los principales diarios del mundo son más críticos de Macri que los más vendidos en nuestro país. Los Panamá Papers, la prisión de Milagro Sala, el escándalo del Correo Argentino, la alteración de los números electorales son tópicos inaceptables para el mundo civilizado. Una marcha de personas en sillas de rueda y muletas para exigir la restitución de las pensiones por discapacidad es la imagen más cruel que podría imaginarse. Hasta denuncian que Argentina se ha convertido en un paraíso financiero para los especuladores. No es para menos, si las Lebacs ya amontonan una deuda que supera el billón de pesos. Y a esto hay que sumar los préstamos cercanos a los 140 mil millones de dólares, cifra récord en nuestra historia. Si una parte de esa cifra se hubiera invertido en estímulo a la producción y obra pública en serio, estaríamos más cerca del paraíso que prometen. Pero no: nos están endeudando bestialmente para que sus amigotes engrosen fortunas gracias a la perniciosa timba.
Lejos de mostrar buenas intenciones, las medidas del Gran Equipo buscan perjudicar a los más vulnerables. El ministerio de Agroindustria serruchó un programa de asistencia a pequeños y medianos productores de verduras de hoja que afectará a más de diez mil familias. ¿Acaso los votantes PRO aplaudirán esta decisión porque la mayoría de los damnificados son bolivianos radicados en el país? Lo más enojoso es que los funcionarios deben tener en carpeta una serie de subsidios y compensaciones para los grandes productores por las inundaciones que, en parte, se agravan por la deforestación angurrienta. Para los más ricos quita de retenciones, bajas impositivas, libertad para especular con los granos y el dólar, pero para los más desfavorecidos, la implacable guadaña.
¿Tan difícil es comprender que gobiernan para una élite y que, en breve, casi todos estaremos afectados por esta fiebre amarilla? Mientras ponen las fuerzas represivas para proteger latifundios, los diputados del Cambio se niegan a prorrogar la ley 26160 que prohíbe los desalojos a los pueblos originarios. ¿Cuán voluntario hay que ser para creer que los objetivos de esta ceocracia son la pobreza cero, el pleno empleo y el desarrollo? ¿Qué confundido hay que estar para creer en la transparencia, el diálogo y la verdad que pregonan?
El escenario electoral auspicia una inevitable polarización entre estos ajustadores y los que quieren frenar el saqueo. En el medio quedan aquellos que susurran tímidas críticas al oficialismo y se hacen eco de la despiadada demonización del kirchnerismo. De tan timoratos, terminan siendo funcionales al plan destructivo al que simulan oponerse. De tan acomodaticios, acabarán descartados en un lado del camino o succionados por la banda que nos des-gobierna. El rechazo a la convocatoria de CFK para la unidad de los opositores deja en evidencia a estos ‘dirigentes’ que obedecen sin dudar las directivas del establishment. El Cambio no admite medias tintas: convalidarlo en las urnas significa profundizar el sufrimiento de muchos argentinos. Que Macri balbucee mal el Padre Nuestro puede inspirar algunos chistes en las redes, pero que asista a la inauguración de un comedor revela que la caridad es la única respuesta que tienen para atenuar la pobreza. El horizonte es mayor desigualdad y el que crea otra cosa padece una sobredosis de voluntarismo.

Extraviados por la tele

Sin demasiado esfuerzo investigativo, se puede afirmar que Lodenisman es el resultado de una manipulación perfecta , no sólo mediátic...