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jueves, 17 de abril de 2014

La provocación de los informadores


Un taxista –algo exaltado- afirma que la inseguridad empeoró en los últimos diez años. Justo diez, no ocho ni doce. ¿Cuánto de manipulación hay en esa cifra tan exacta? ¿Cuántas horas de radio machacona se invirtieron para grabar a fuego esa sentencia temporal? Y la conclusión es sencilla: una década ganada más para los delincuentes que para el conjunto de la sociedad. Lo dijo la radio, que debe saber más que cualquier pasajero, por más que sea un periodista con un blog de dudoso éxito. No hay datos ni argumentos que valgan ante la salmodia constante de los medios de comunicación hegemónicos que insisten en pontificar que estamos peor que nunca. Menos aún durante un viaje de unas cuantas cuadras. Todo comenzó con la frase ya célebre, no tanto por su certeza sino por su insistencia, que reza que ya no se puede salir a la calle. Y uno, inocente, ve personas deambulando tranquilamente sin que feroces delincuentes las persigan para robar, herir, violar o matar. Si no fuese así, viviríamos atrincherados en sótanos sin asomar la narizota. Esto –vale siempre reiterar- no significa negar los hechos delictivos, sino encuadrarlos en su justa medida.   
Por señalar esta circunstancia –la falsedad de esa frase- uno se hace merecedor al instante de un listado de experiencias que se remontan a tiempos inmemoriales padecidas por el mismo interlocutor o familiares, amigos y conocidos. No cabe duda: basta un solo hecho para confirmar la inseguridad. Y más aún cuando una banda de detractores mediáticos quiere convertir a nuestro país en el peor del mundo. De acuerdo a estas constructivas voces, Argentina ha logrado ser la nación más corrupta, la más insegura, la que tiene mayor inflación y muchas nefastas metas alcanzadas sólo en los últimos diez años. El kirchnerismo ha logrado destruir un país que estaba en la cima del planeta apenas diez años atrás.
Por supuesto, no es así. Algo falla para que semejantes inconsistencias logren tanta aceptación en una porción importante del público. Considerar que consignas infundadas horaden tan fácilmente la memoria de sus oyentes invita a desempolvar las más primitivas teorías comunicacionales. Porque no estamos hablando de una comparación con un período lejano del que no quedan sobrevivientes, sino de apenas diez años atrás. En aquel entonces, la desocupación superaba el porcentaje de votos obtenidos por Néstor Kirchner, el índice de pobreza pisoteaba el 50 por ciento y la tasa de homicidios pasaba los 9 por cada 100 mil habitantes, un pico similar al de 1997. Entonces, ¿por qué un espectador de más de treinta años renuncia a apelar a la comparación y se somete al puro presente de la realidad mediática? ¿Por qué permite que unos vociferantes electrónicos pisoteen sus propios recuerdos? ¿Por qué un televidente deposita su fe –con un sentido casi supersticioso- en aquellos que le mienten a cada rato? Más grave aún, ¿no se enteran de que les están mintiendo o no les importa?
Ejemplos que abundan
Entre el domingo y el lunes de esta semana, dos destacados periodistas explotaron una vez más la credulidad de sus seguidores. Jorge Lanata presentó en su primer programa del año una puesta en escena para demostrar que Rosario es la capital del narcotráfico y que transitar por sus calles es un desafío sólo para los más valientes. La moraleja de la emisión la dio el propio conductor, para que no queden dudas: "el narcotráfico instalado es una de las cosas que nos va a dejar este Gobierno". Después, las ya memorables entrevistas a esos sicarios rosarinos que, sin titubear, recitaron un guión plagado de lugares comunes, extraído de las más medianas películas policiales. Uno de ellos, hasta se tomó un respiro para reflexionar sobre el código penal que todavía no es siquiera un proyecto. “Con el nuevo código, salgo en dos días”, afirmó como un buen massadicto. El otro, más compenetrado con su papel, sentenció: "no mato ni criaturas ni ancianos".
Si la cosa no fuera tan seria, daría para reírse. Pero es grave que un periodista juegue con los miedos de sus espectadores. O tal vez los espectadores también simulan tener miedo y así, llenan su changuito de excusas para despreciar al kirchnerismo. Lanata es tan valiente que, no sólo entrevista a los más peligrosos sicarios de la Chicago argentina, sino que instala una cámara para captar a uno de los clientes de los ya emblemáticos bunkers, que, ansioso, prueba la mercancía en el centro mismo de la pantalla, sin que la gota de agua que cubre su rostro logre perturbar su consumo. Tanto despliegue actoral sólo tiene como objetivo mostrar la ineficacia del Gobierno Nacional para garantizar la seguridad ciudadana sin tocar un pelo a las consabidas responsabilidades de la policía provincial con cualquier accionar delictivo. Con todo esto muestra, una vez más, que ha renunciado al periodismo para convertirse en un constructor de desconfianza entre representantes y representados.
Para no ser menos, al día siguiente, Samuel Gelblung entrevistó en vivo a dos motochorros que narraron los pormenores de su profesión. La graciosa anécdota ya es conocida: cuando las dos estrellas del delito salieron del canal, unos agentes policiales los estaban esperando para llevarlos detenidos pero después se descubrió que eran actores. Un engaño más para mostrar el descontrol, para exigir más presencia policial, para retornar a los tiempos de la oscura paz represiva que el conductor televisivo tanto añora.
  Pero no son éstas las únicas picardías de los medios hegemónicos. Todos los días, los diarios desperdician toneladas de papel para instalar las fantasías más perniciosas con forma de titulares que se replican hasta el hartazgo en canales de TV y emisoras radiales. Que el diputado Andrés Larroque dice en una reunión que La Cámpora no apoyará a Scioli, justo el día en que el susodicho representante estaba fuera del país; que el Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, estaba a punto de renunciar, aunque después, Marcelo Bonelli reconoce en cámara que tiraron ese verso ante la ausencia de hechos más interesantes; si no es Kicillof, será De Vido o cualquier otro funcionario elegido por Cristina el protagonista de los peores escándalos perpetrados en el oscuro centro del poder. Y si no son personas serán hechos que se inventan para demostrar que nuestro país se precipita hacia el desastre. O conclusiones amañadas basadas en datos falaces se encargarán de advertir que estamos retrocediendo en ojotas.
Embelesados con semejantes patrañas, hay espectadores que casi disfrutan con el horror en el que creen vivir, impermeables a cualquier versión que las desmienta. Emperrados, se niegan a abandonar ese país de pesadilla que la virtualidad les enseña a toda hora. Un poco necios, también, desdeñan la tentación de comparar lo que ven en la pantalla con lo que viven más allá de su ventana. A pesar de que todo está muy mal, van a trabajar, salen a pasear, asisten al cine o al teatro, viajan a los centros turísticos, compran en shoppings y supermercados, se visten a la moda y cambian sus coches todos los años. Muchos quisieran vivir en nuestro infierno 
No estamos hablando de libertad de expresión, si no de estafas. Mostrar un falso delincuente es un fraude, mentir no es opinar, engañar no es informar. Alguna vez hay que poner límite a todo esto porque están dañando la credibilidad comunitaria, además de la convivencia democrática. Y no estamos hablando de multas que se cobrarán dentro de años o nunca, sino de sanciones inmediatas para terminar con este accionar malsano. Una especie de bromatología mediática que preserve a la sociedad de la peor de las enfermedades: el odio.

martes, 15 de abril de 2014

Paro… y muchos después


Evaluar el estado de ánimo de los argentinos requeriría una encuesta minuciosa que ninguna empresa de estudios sociales se animaría a convertir en realidad. Por eso, se impone a todo el país el monigote malhumorado que construyen los medios hegemónicos con su irrenunciable prédica de derrotismo. Una caricatura del Ser Nacional que incluye una cacerola como principal emblema. Un perfil que confunde cualquier mirada. Cuando escuchamos a algún comentarista de la realidad decir “el país está cansado de…”, “la gente necesita que…”, “todos están en contra de…” o alguna generalidad por el estilo, seguramente está mintiendo. Sólo hablan de chismes que pululan en su círculo íntimo o apenas un poco más allá. Salvo raras excepciones, gran parte de los periodistas, analistas y políticos piensan y opinan con su vista orientada a no más de unos kilómetros del obelisco. Para ellos, eso es Argentina. Y los osados que prueban cruzar la General Paz asegurarán que conocen el interior. O el país es muy grande para estos personajes o son demasiado miopes. El federalismo con el que muchos soñamos parece boicoteado por las voces obsesivas que provienen de la CABA y por los colonizados provincianos que propalan la colonización.
Por eso, el paro general extorsivo de la semana pasada sólo tuvo como objetivo montar un escenario de desolación para simular el éxito de la medida y así contagiar a los espectadores del interior. En realidad, la huelga se centró en los prestadores de servicios, sobre todo el transporte, que dificultó el traslado de los que no adherían a la protesta y deseaban trabajar. Los piquetes desalentaron a algunos de los que pensaban concurrir a trabajar en sus vehículos, incluidas las bicicletas. Las amenazas verbales y materiales recibidas por taxistas que circulaban por las calles completan el panorama de esta restricción de la circulación con envoltorio de paro.
Tan negativas fueron las repercusiones del paro que sólo lo celebraron desde los medios opositores. Casi todos los políticos valoraron los motivos pero cuestionaron la metodología: una manera encubierta de decir que no concuerdan con la huelga. El mayor exabrupto no lo cometió Hermes Binner, a diferencia de lo señalado siempre en este espacio, sino otro diputado, Sergio Massa. Un poco asustado por la mala imagen del infame Luis Barrionuevo, el ex intendente de Tigre declaró que, “si quiere que sea presidente, que deje de hablar por dos años”. Si alguien del kirchnerismo hubiese dicho algo parecido, todos los medios estarían pontificando sobre la libertad de expresión. Pero, como Massa es el candidato de establishment, nadie le dice nada.
Los efectos de la extorsión
Lo concreto es que el paro general de los opositores no cayó tan bien y por eso el apresurado postulante a presidente trata de despegarse. De acuerdo a un sondeo realizado por Ibarómetro sobre 850 trabajadores y 150 jubilados, el 60 por ciento manifestó su rechazo a la medida. En cambio, la adhesión voluntaria rozó apenas el 32 por ciento. Cerca de un 70 por ciento de los consultados considera que el paro impulsado por Moyano y Barrionuevo fue más para posicionarse políticamente que para conseguir mejoras para los trabajadores. Y eso que este trabajo estadístico fue realizado en la CABA y el Área Metropolitana. Si se hubiese realizado en todo el país, la mirada negativa sobre esta movida opositora sería mayor.
Pero no importa, porque el objetivo de todo es la CABA, que funciona como un ombligo del descontento universal. Y, por contagio o identificación dudosa, a gran parte de la provincia de Buenos Aires. A pesar de tanta prédica agorera, los índices de imagen positiva y negativa del Gobierno Nacional y de La Presidenta no cambiaron con el paro; por el contrario, registran una recuperación en marzo y abril. Y quien consiguió remontar un poco su imagen, acosado por una inseguridad mediática difícil de revertir, es el gobernador bonaerense Daniel Scioli. Más obedeciendo a la agenda informativa que a sus propios datos –que indican una disminución importante en la comisión de delitos- anunció un aluvión de medidas que sólo apunta a poblar de policías la calle. Ah, y como los motochorros se han convertido en enemigos públicos, quienes viajen como acompañantes en motocicletas deberán llevar un chaleco especial y la identificación en su espalda. Ahora, gracias a estas decisiones grandilocuentes, Scioli está cabeza a cabeza con el líder del Frente Renovador en la carrera presidencial. Si entre sus intenciones se encuentra superarlo, deberá practicar sus gestos histriónicos y emprender una campaña contra el nuevo Código Penal que aún no es siquiera proyecto.
Además de demandas por la inseguridad, el paro general convocado por los gremios opositores más el transporte, cuyos dirigentes amenazan con cruzarse de vereda, incluía quejas sobre la inflación. Claro, en el imaginario cacerolero construido por los medios, la culpa del aumento de precios lo tiene Cristina, que, en lugar de hacer crucigramas antes de dormir, se entretiene remarcando la lista de los productos de mayor consumo. Ni una crítica hicieron los popes del sindicalismo a las empresas nacionales y multinacionales con ganancias extraordinarias que adornan con cifras de miedo las góndolas de los supermercados. Con los patrones no se metieron, ni siquiera para disimular tan infausta alianza destituyente.
Sin embargo, el programa Precios Cuidados se ha convertido en una bandera, no sólo para los que quieren resguardar sus bolsillos, sino también para los que quieren transformar en serio la cadena de comercialización y frenar la angurrienta pulsión de muchos de sus actores. Ahora se está acordando la inclusión de productos para celíacos y artículos elaborados por pequeñas y medianas empresas. Gracias a esta artesanía política, se espera que el IPC de marzo sea más bajo que el anterior, como una muestra más de que es posible controlar la inflación sin apelar a las recetas neoliberales que sólo aconsejan medidas monetaristas.
Una paradoja más de esta protesta organizada por las CGTs opositoras: entre sus reclamos, el trabajo no registrado, que alcanza el 33 por ciento. Si bien es razonable que representantes de los laborantes se preocupen por la informalidad, algunos de sus convocantes tienen sus calzones manchados. Los sectores que lideran Luis Barrionuevo -el gastronómico- y Gerónimo Venegas –el rural- son los que presentan un mayor porcentaje de afectados por tal situación. A pesar de eso, en lugar de denunciar a las empresas que se benefician con esta acción, destinan sus envenenados dardos a La Presidenta. Por el contrario, se han convertido en empresarios que hacen lo imposible para explotar a sus representados.
Más allá de este absurdo panorama, CFK anunció un proyecto de Ley para promover el trabajo registrado y prevenir el fraude laboral. Con esta iniciativa se prevé bajar los índices de informalidad a un 28 por ciento y castigar a los grandotes que gambetean sus obligaciones. Mientras los políticos de la oposición se extravían en sus contradicciones y los medios dominantes dibujan las peores catástrofes, nuestro país avanza por el sendero trazado en 2003. Quien no reconozca esto, de una vez por todas que incorpore otros canales a su instrucción. No es saludable detenerse a cada paso para volver a explicar lo tantas veces explicado. Ahora es tiempo de cosechar y diseñar la futura siembra, no para enloquecerse con las manipulaciones y escaramuzas de los que quieren destruirnos.

sábado, 12 de abril de 2014

Chistes para llorar


La Presidenta dio -una vez más- en la tecla. Desde su cuenta de Twitter, consideró que los que criticaron la Cadena Nacional desde Tecnópolis no tienen sentido del humor. Los medios opositores ponen a toda hora los chistes más desopilantes contados por una caterva de personajes infames y nadie les dice nada. Eso sí que es una cadena del peor humor negro y se quejan porque Cristina ocupó tres minutos de su desmoralizante programación con los chistes de un deslucido Guillermo Celci. ¿O acaso no han pasado hasta el hartazgo el chascarrillo de Pablo Micheli o la broma de Hugo Moyano con forma de confesión? ¿O los irónicos informes de Telenoche con la voz del periodista santacruceño Mario Markic no se asemejan a crónicas satíricas? ¿O los furcios de Marcelo Bonelli, Edgardo Alfano, Adrián Ventura, entre otros, no son la mejor muestra del stand up criollo? Claro, en el monstruoso país que construyen con sus voces maléficas sólo hay lugar para los dramas y las burlas ramplonas y destructivas. Tato Bores tenía una calificación adecuada para el espectador de estos medios: los ‘cara de bragueta’.
Don José, el tío del siempre extrañado Tato, consideraba que el gesto de estreñimiento perpetuo de muchos argentinos es el principal problema del país. “Qué bronca, qué mufa, qué yeta, qué chinche, qué jeta, qué pálida completa”, decía la canción. Una expresión que acompaña de manera constante a la especie urbana vernácula. El ceño apretado, la mirada baja, el paso apurado, la boca fruncida o con las comisuras lo más abajo posible están presentes en ese rostro con el que uno se encuentra día a día. Los motivos: “y qué querés, con todos los problemas que uno tiene”, explicarán seguramente. Si uno tiene tiempo para hurgar en ese problemático universo, se encontrará con lo cotidiano transformado en tragedia: “entre el trabajo, los chicos, el cañito que gotea, los impuestos, el seguro de los dos coches y las cuotas del viaje a Cancún ya no tengo ganas ni de sonreír”. O, con una síntesis incrustada gracias a años de horadación de cabezas, practicará un exagerado gesto de resignación y recitará: “¿cómo querés que me vaya en este país?”.
En el país de las pesadillas, el que oscurecen cada día más los medios dominantes, no cabe nada que aliente una esperanza. La vocinglería mediática presenta una prédica que destruye cualquier intento de buen humor. Y las sonrisas que despiertan parecen la resignada burla del que está a punto de estamparse contra un lejano suelo. Como los cartelitos que exhibía el coyote cuando, ante un nuevo fracaso en su intento de atrapar al correcaminos, caía al más profundo de los abismos. Uno no les pide que se conviertan en la oficina de prensa de Presidencia de la Nación, porque eso sería tan nocivo como lo que ocurre ahora. Y haría desconfiar a muchos, quien escribe estas líneas, inclusive. Pero esta continua cantinela de que estamos mal y somos irrecuperables está perturbando la convivencia. Cuando uno se encuentra con un cautivo de semejante bochinche, parece que viviéramos, no en dos países distintos, sino en dos galaxias separadas por millones de años luz. Y no es una cuestión de opiniones: ninguna apreciación o crítica es válida si está elaborada a partir de hechos inexistentes; menos aún cuando es sólo la repetición de una sentencia emanada desde la tele.    
El libreto oscuro de los detractores
Después del paro general convocado por los dirigentes sindicales, sus principales exponentes comenzaron a propalar los más disparatados dichos. El chiste por excelencia consiste en que los trabajadores realicen una medida de fuerza en connivencia con los patrones y los principales ricachones del país. Y encima, los miembros de la sociedad rural aplaudieron que quienes trabajan en sus campos hagan una huelga. Los empresarios del transporte alentaron a sus choferes para que no salgan a la calle. ¡Vamos, que ya somos grandes y nos conocemos mucho!
Como los colectiveros adhirieron a la medida, la dificultad para el traslado de los que querían –o debían- ir a trabajar garantizaba cierto éxito. Dificultad que inspiró una de las célebres frases de Pablo Micheli, la pata izquierda de esta protesta derechosa: “los carneros que vayan caminando o en bici”. Vale repetir la pregunta del apunte anterior: ¿quiénes son los carneros, los que querían cumplir con sus obligaciones laborales o los que se asociaron con la patronal para destronar este proyecto que tanto ha transformado nuestro país?
Otra de Micheli -que no necesitó de risas grabadas para desatar la carcajada- fue la referida a la simpatía que despertaría esta huelga en personajes como Agustín Tosco o Rodolfo Walsh. Malvina Tosco, la hija del incorruptible dirigente sindical, respondió a través de una carta semejante exabrupto. “La verdad que no me atrevo ni siquiera a pensar qué hubiera hecho mi padre –escribió- Qué caradurez la de estas personas que se atreven a mencionar a Tosco y a Walsh, verdaderos héroes de la historia Nacional”.
El camionero Hugo Moyano no se dejó amedrentar por el ingenio de Micheli y gambeteó sus contradicciones con una poco creíble confesión. Ahora se da cuenta de su error al enfrentarse con los estancieros en 2008 por la famosa resolución 125, que establecía retenciones móviles para las exportaciones agropecuarias. Semejante revelación lo deja al desnudo, por más desagradable que eso resulte. Ya no hay un simple coqueteo con el Poder Fáctico sino un romance indisoluble. “Se ha formado una pareja”, gritaría, exultante, Roberto Galán, el conductor del ciclo televisivo Yo me quiero casar ¿y usted? Más que una pareja, esto parece una muchedumbre que redundará en problemas de alcoba.
Por eso, las críticas a la ya famosa Cadena Nacional donde el actor Guillermo Celci presentó tres minutos de medianos chistes poco celebrados por el público resultan exageradas. Pero algunos pisaron el palito y convirtieron esto en una causa de Estado y salieron a pontificar sobre el mesurado empleo que debe tener la cadena. Algunos quedaron encadenados en sus torpezas, como el diputado por el FAP, Hermes Binner, que consideró que "el uso indiscriminado de la cadena nacional es una política comunicacional propia de los populismos".
Y, como una muestra más de su esquivo socialismo, citó un ejemplo: “la última vez que se utilizó la cadena nacional en España fue el 23 de febrero de 1981, cuando tras el intento fallido de golpe de Estado, el rey Juan Carlos se pronunció al país dando por terminado el conflicto. El mensaje duró un minuto". La mirada europeizante de siempre con los geriátricos toques que Binner tiene de sobra. Los españoles usaron ese mecanismo institucional -que es una facultad de todo representante del Estado- hace más de treinta años. ¿Y qué? ¿Acaso eso debe convertirse en ejemplo? Sólo basta echar una mirada a la situación actual de ese país para advertir que el modelo aplicado no debe practicarse en ningún lugar del mundo.
Y para cerrar este chistoso apunte, un último chascarrillo para terminar bien la semana: los que no ganaron en las elecciones presidenciales y quedaron muy golpeados en la contienda pretenden enseñar cómo debe gobernarse un país. Y para eso pintan un cuadro desolador con un equipo presidencial desastroso que nos está hundiendo en la peor de las crisis. Quienes creen esta patraña son los que deambulan con cara de bragueta, mascullando odios, cavilando nuevos prejuicios, memorizando titulares. No podría ser de otra manera: con tantos humores infectos pululando por sus mentes, no les queda espacio para dibujar una sonrisa.

jueves, 10 de abril de 2014

Un licuado para el odio: carneros los que paran


En estos días se ha discutido bastante sobre si el paro nacional convocado por Hugo Moyano y sus secuaces es o no un paro político. En realidad, toda acción que convoque a una cierta cantidad de gente para concretar una demanda pública debe considerarse política. Lo que pasa es que todavía esa palabra –política y sus derivadas- sigue sonando a palabrota. Los funcionarios nacionales la han usado para cuestionar la medida de las CGTs opositoras y los destinatarios de esos cuestionamientos han salido a defenderse como si los estuviesen insultando. Sin embargo, hay algo que resulta incongruente, entre otras muchas incongruencias de esta medida. Este paro es, por supuesto, político pero sus demandas no lo son. Los motivos del paro se sumergen en lo no-político y se transforman en un caceroleo inconsistente, una mezcla de excusas que tienen como blanco exclusivo al Gobierno Nacional. Pero por sobre todas las cosas, sus estrambóticos protagonistas no hacen más que enturbiar el escenario para ocultar las verdaderas intenciones de la protesta.
Los no-motivos. En diferentes entrevistas radiales, los principales personajes que convocan a esta protesta han recitado los innumerables reclamos sin poder fundamentar el sentido de la oportunidad que tiene. Más que inoportuna, es altamente oportunista. Desde finales del año pasado, los diferentes gremios comenzaron con las paritarias sin ningún tipo de condicionamiento y la gran mayoría están cerradas. Entonces, ¿a qué hará referencia esa consigna que reclama paritarias sin techo, si en estos años las paritarias han sido libres y sin topes? Quizá confunden el constante llamado a la prudencia por parte de La Presidenta y otros funcionarios. Pero eso no puede nunca confundirse con algún tipo de limitación.
Dentro del paquete protestón incluyeron un aumento de las jubilaciones, aunque no aclararon cuál es la escala que más despierta su preocupación. Tampoco está ausente del menú la reducción del impuesto a las ganancias sobre el salario, tributo que, a pesar de ser usual en casi todos los países del mundo y con mínimos más bajos, siempre despierta controversias. Otro de los ingredientes es el cese de despidos y suspensiones que, aunque es un problema atendible y preocupante, la solución no debe aportarse desde la huelga, sino desde la articulación de estrategias para garantizar los puestos de trabajo. Algo que el equipo económico kirchnerista ha realizado en todos estos años con bastante éxito. En el medio, un llamado de atención sobre un inexistente ajuste y un tarifazo que no es tal. Y, como moño que decora el paquete, las siempre exitosas quejas contra la inflación y la inseguridad.
Todos los tópicos enumerados pueden tomarse como un punto de partida para la profundización del modelo si ése fuera el objetivo de este paro nacional. Pero como lo que quieren es debilitar a CFK, sólo pueden tomarse como excusas. El objetivo no es solucionar esos problemas, sino provocar un adelantamiento de las elecciones presidenciales. Y si alguno duda de esta afirmación, realizar un escueto paseo por la galería de personajes que integran esta trama puede esclarecer el asunto.
Los protagonistas. Uno de los principales actores de esta movida opositora es Hugo Moyano, quien, de la mano de los camioneros pretende atropellar el país, víctima del despecho. Si en los noventa aparecía como un defensor de los derechos laborales, hoy parece un apologista del modelo que nos condujo a la ruina. Desde su ruptura con el kirchnerismo, abreva en aguas tan turbias al punto de convertir su perfil ideológico en un mamarracho laberíntico. Los referentes políticos a los que se ha abrazado son más defensores de privilegios que paladines de la redistribución. Que hoy lo adulen quienes antes lo demonizaban debería hacer un poco de ruido en el camino que ha decidido tomar.
El otro personaje que ha sido el promotor de esta huelga nacional es Luis Barrionuevo, dirigente gastronómico que jamás ha trabajado en ese rubro. Un exponente del peor sindicalismo, autor de frases sinceras y atroces que revelan la densa oscuridad de su pensamiento. Difícil atribuirle algún afán constructivo porque siempre está alineado con los que quieren destruir todo lo que hemos construido en estos años. En los últimos tiempos, lejos de aportar ideas para diseñar un proyecto, sólo ha destilado el fétido aliento de los que nos quieren otra vez de rodillas.
Y el más oscuro de los popes visibles es Gerónimo Venegas, representante de los trabajadores rurales, aún cuando mantiene una alianza indestructible –y muy rentable- con las patronales agropecuarias. Acá se presenta una de las mayores incoherencias, porque otra de las demandas es por el alto nivel de trabajo informal. Y uno de los sectores más afectados, precisamente, es el que debería defender el inescrupuloso Momo. Sin embargo, las denuncias por trabajo esclavo en emprendimientos rurales han provenido exclusivamente de los inspectores federales. Por el contrario, el dirigente gremial salió en defensa de los explotadores. Extraña, inaceptable, dolorosa paradoja.
El paro estaría condenado al fracaso si no fuese por el inestimable aporte de la UTA, que engloba a todos los trabajadores del transporte. Sin ómnibus, muchos no pudieron asistir a sus lugares de trabajo. Una manera encubierta de obligar a la adhesión. Aunque los taxis funcionen, están limitados por el apoyo protestón de los trabajadores de las estaciones de servicio, por lo que circularán hasta que alcance el combustible. Para completar el panorama, las extraviadas agrupaciones de izquierda aportan su colorido con cortes y piquetes distribuidos de manera estratégica.
Los verdaderos motivos. La dirigencia gremial que pergeñó este paro persigue objetivos que toman como excusa los intereses de los trabajadores, aunque en realidad, están operando para beneficiar la restauración del neoliberalismo de la mano de Sergio Massa. A la larga, los más perjudicados serán los que ponen el cuerpo. O a la corta, porque los que están agazapados y gozosos en sus madrigueras lo que más quieren es que el gobierno de Cristina termine cuanto antes y ésta no es más que una nueva escaramuza que contribuye a su desgaste.    
Quien aún tenga dudas sobre las auténticas intenciones de esta desproporcionada medida de fuerza, sólo tendrá que prestar atención a una de las tantas frases pronunciadas por Moyano en estos días. “Yo le desconfío más al gobierno que a cualquier otro sector de la sociedad", vociferó, sin titubear. Una sentencia injusta, un concepto perimido, una opinión amnésica. A lo largo de estos diez años, el kirchnerismo ha demostrado voluntad y compromiso para resolver los problemas de los más vulnerables. Quien tenga un poco de memoria –sólo un poco- podrá evocar de dónde partimos: de aquel 2003 en el que la desocupación superaba el porcentual de votos obtenidos por Néstor Kirchner; donde los índices de pobreza arañaban el 50 por ciento; cuando los contenedores se transformaban en las góndolas de los pobres; donde las colas de los que buscaban empleo doblaban las esquinas; cuando el número de locales vacíos superaba al de los ocupados.
Sin exagerar, desde el retorno a la democracia los trabajadores nunca hemos estado tan bien. Y con la promesa de seguir mejorando. Quizá el Gobierno Nacional necesite recuperar la mística, el clima de gesta de otrora para reconquistar voluntades. Rescatar el “vamos por más, vamos por todo” que nos emocionó en 2011. En otros tiempos, quien trabajaba durante una huelga era considerado ‘carnero’, como manera de ofender al que había abandonado todo principio, el que renunciaba a toda conciencia, el que se negaba a formar parte del colectivo, el que se separaba de sus compañeros para coquetear con la patronal. En una huelga como la de este jueves, ¿quién será el carnero, el que adhiere a la medida de fuerza o el que asiste a trabajar con la firme convicción de apoyar un proyecto que beneficia a los trabajadores?

lunes, 7 de abril de 2014

Los aspavientos punitivos


Que el Jefe de Gobierno Mauricio Macri utilice como queja la residencia de una de sus hijas en San Francisco no habla muy bien de la gente como él. En primer lugar, porque tiene una enorme responsabilidad en garantizar la seguridad y, si no puede brindar esto a su familia, qué queda para el resto. En segundo lugar, no hay manera de saber si la joven permanece en esa ciudad por miedo o por otras cuestiones. Además, la tasa de homicidios de San Francisco es superior a la de la CABA, por lo que el argumento queda, en cierta forma, invalidado. Tal vez, la postura clasista del Alcalde Amarillo lo conduzca a preferir un delito en inglés que uno en castellano. Sobre todo porque lo pueden experimentar y, algo peor, ostentar. Ostentación que incluye la consigna de que todo lo que ocurre en el Primer Mundo siempre será mejor que lo de estas tierras. Hasta los robos. Una mirada caprichosa que incluye la necesidad de la venia de algún funcionario de ese país para cualquier iniciativa criolla. Caprichosa y nociva, que incluye la visita permanente a la Embajada por parte de algunos exponentes de la oposición con aspiraciones a la banda presidencial.
Pero el debate sobre la seguridad parece incluir cualquier cosa, desde el pisoteo a las instituciones hasta el cipayismo. Y la demagogia también, sobre todo la punitiva, que inspira medidas grandilocuentes como si fueran pociones mágicas. El Gobernador bonaerense, Daniel Scioli se dejó tentar para recuperar su imagen, siguiendo el juego de los que consideran la seguridad como una cuestión policial y carcelaria y piensan la Justicia sólo como un castigo. Arrinconado por la agenda, el ex motonauta tomó medidas que podría haber tomado antes de que el agua llegue al cuello. Esto, por supuesto, si consideramos que el accionar delictivo está llegando a niveles alarmantes, algo que queda desmentido por numerosos datos estadísticos. Para evitar cualquier confusión, hay que insistir con esto: nadie niega la comisión de delitos, pero no se producen tantos como para declarar la emergencia.
La irrupción de Scioli en esta escena confirma el pánico que se construye desde los medios. A la histeria virtual, responde con aspavientos reales. Poblar de policías las calles no siempre garantiza que serán más seguras. A veces, puede resultar todo lo contrario porque algunos agentes, más que combatir, regentean los delitos. O cuanto mucho, aspiran a dosificarlos. Algo que está muy lejos de las demandas de una seguridad en términos absolutos, lo que significa garantizar que a ningún ciudadano le pase absolutamente nada en toda su vida. El absurdo: un periodista opositor reveló, con vehemencia, que en nuestro país se producen muertes. ¿Acaso esperan que descubramos la fórmula de la inmortalidad?
Pero el Gobernador no se quedó en eso. Guiado por la irritación ocasionada por la excarcelación del ya famoso ladrón de relojes, prometió iniciativas para bloquear esas habituales decisiones de los jueces. Más allá de las exquisiteces jurídicas, no se puede pretender que las sanciones sean inmediatas. Tampoco que se demoren tanto. En un caso sencillo, como un intento de robo con testigos y reducción del delincuente, no debería tomar más de unas semanas arribar a una sentencia. Y eso es lo que más enoja. A la sociedad parece no interesarle que empresas exportadoras multinacionales tengan frenadas causas por evasión y contrabando, pero sí se exalta porque un simple ratero no sea castigado al instante. Hace falta un poco de equilibrio para repensar la Justicia.
Pese a todo, siempre hay futuro
De más está decir que nada de lo que se discuta en torno al tema debe incluir el linchamiento callejero como castigo exprés. Ni una sola duda debe haber al respecto. Muchas veces, los medios de comunicación que hoy exhiben con placer estas lamentables escenas de violencia han mostrado con espanto videos de lapidaciones ocurridas en los países más demonizados. No lapidaciones simbólicas o verbales, sino las que incluyen sangre y piedras. Un poco de coherencia antes de comenzar este debate no va a venir mal.
Sin embargo, desde las redes sociales aparecen páginas monstruosas que no sólo reivindican, sino que alientan palizas mortales a los que responden a la tipología del delincuente. En una página de Facebook, llamada “Yo apoyo la justicia por mano propia”, hasta brindan consejos para linchar, como "no le patees la cabeza al delincuente. Pisale la muñeca y quebrale los dedos hacia arriba de las dos manos. Con eso te asegurás que por más que Zaffaroni lo suelte no podrá robar como por cuatro meses. Se llama arresto ciudadano, es perfectamente constitucional, sobre todo en caso de flagrancia". Esto no sólo muestra la bestialidad de los autores, sino la eficacia manipuladora de algunos medios y políticos de la oposición. El juez de la Corte, un indiscutible exponente del pensamiento jurídico internacional, aparece puerilmente demonizado como defensor de delincuentes. Una baratija aborrecible a la que sólo se abrazan quienes no saben pensar por sí mismos o los que odian tanto que pierden toda razón. Además, los autores mienten, porque los castigos físicos están desterrados de nuestra Constitución. No es la única página de este tipo, pero todas son despreciables.
Imposible convencer a esos individuos de que las cosas no se resuelven con golpes y patadas. Tipos como los apologistas de la violencia poco entienden de derechos. Con una lógica que está muy lejos de construir un país con equidad, sólo buscan defender los privilegios de una minoría rebosante de egoísmo. ¿Cómo explicar a estos sujetos los beneficios de alguna medida de inclusión, si lo único que quieren es el exterminio? Si a los que parecen delincuentes ellos quieren destinar palos y machetes, no libros ni viviendas.
¿Cómo sostener ante estos individuos desencajados una idea de justicia que vaya más allá del castigo? ¿Comprenderán alguna vez que todos tenemos derecho a una vida digna y que si muchos están lejos de ese estado no es por mala voluntad sino por la continua succión de los poderosos, cegados de avaricia? ¿Entenderán que muchas veces los derechos de la mayoría han sido pisoteados para sostener los privilegios de una minoría?
La Justicia debe ser, sobre todo, una forma de vida, un valor que abrace a todos los que pisen nuestro suelo. Un espíritu que garantice que todos tengan mucho más que lo esencial y que convenza a todos para contribuir a que el último de los nuestros trepe por los escalones necesarios. Un sentido de justicia que impulse que los menos favorecidos accedan a la vivienda, la educación y el trabajo. Entonces sí podremos diferenciar a los delincuentes ocasionales de los profesionales y diseñar un sistema punitivo para los que no quieren saber nada con la ley.  
Todo esto, por supuesto, para los que queremos construir un futuro enorme para nuestro país. Los que sólo piensan con su ombligo seguirán con el ojo puesto en la inmediatez mediática para incrementar el odio que ya desborda su corazón. No sospechan que así se quedarán cada vez más solos.

sábado, 5 de abril de 2014

Enredados en unas trampas


El regocijo que alcanzan algunos personajes mediáticos y políticos cuando hablan de los linchamientos hacia presuntos delincuentes supera niveles repulsivos. Un regodeo originado en la posibilidad de que los apremios ilegales de algunos individuos desbordados por sus prejuicios proliferen hasta volverse incontrolables. Como si hubieran encontrado la mecha para provocar el estallido que se convierta en un golpe letal para el Gobierno Nacional. Estas exageradas reacciones hacia pequeños rateros es el resultado de años de remover el caldo de la inseguridad desde los informativos. Inseguridad condimentada con muchas pizcas de estigmatización. Y con muchos mitos que decoran el plato: un amenazante delincuente que acecha la tranquilidad del buen vecino y que protagoniza todos sus miedos; agentes policiales que no utilizan la bola de cristal para predecir cada hecho delictivo; una Justicia con puertas giratorias que no castiga in situ al sospechoso; autoridades nacionales que no sólo miran para otro lado y niegan el problema, sino que incentivan la inseguridad con sus agrupaciones políticas, sobre todo con los de La Cámpora, origen de todos los males habidos y por haber. En líneas generales, ésta es la estructura del cuento que inspira los linchamientos, catarsis violenta de sujetos que comienzan a emplear sus cacerolas para algo más peligroso que hacer bochinche.
Siempre es bueno aclarar que todas estas consideraciones no apuntan a negar la existencia de delitos de todo tipo, sino que buscan un poco de racionalidad al asunto. Si bien puede haber zonas de mayor peligrosidad, la mayoría de los habitantes de nuestro país apenas puede estar expuesta a algún delito menor. Y no en los niveles alarmantes que aparecen en las pantallas. Lo que uno intenta señalar desde hace mucho tiempo es que el clima de riesgo extremo no es más que una construcción mediática. Con sus repeticiones hasta el hartazgo, con la eliminación de referencias geográficas, con las propaladoras que se extienden por todo el país logran apuntalar la frase “ya no se puede salir a la calle sin que te roben, te violen o te maten”. Idea que se desmonta al salir, precisamente, a la calle y comprobar que muchísimas personas desatienden la frase que muchas veces repiten. A pesar de esto, están ganando esta batalla. Salir de este berenjenal va a consumir mucho ingenio y necesita mucha cintura política para desactivar las trampas que han tendido.
Un paseo por las artimañas
Todas las tretas que emplean son complejas, además de absurdas. La más difundida es que la delincuencia se ha incrementado desde la llegada del proyecto K, cuando, en realidad, es todo lo contrario. Una que va en el mismo sentido es que el kirchnerismo defiende a los delincuentes, idea que no tiene sustento por la inexistencia de un solo hecho que la avale. Sin embargo, todas las protestas sobre la inseguridad van dirigidas a La Presidenta y su equipo, saltando magistralmente a autoridades comunales, municipales y provinciales, que tienen una responsabilidad directa sobre la mayoría de los delitos.
Quizá esta mezcolanza tenga su origen en la reactivación de los juicios por delitos de Lesa Humanidad, visto por algunos como una revancha de los subversivos, los delincuentes de los setenta. Para esa mirada enviciada de la historia, los militares y civiles que reorganizaron el país son víctimas de una venganza. Enfermizo, pero en la confusión, cobra sentido. ¿O acaso alguien ha olvidado cuando el apócrifo ingeniero Blumberg afirmó que los derechos humanos son para gente decente? ¿O no han escuchado a la víctima de algún delito reclamar por sus derechos humanos o afirmar que éstos son sólo para los delincuentes? Aunque no sean muchos los que se abracen a estos tópicos, la amplificación mediática logra que parezcan una multitud.
La segunda de las trampas parece más efectiva. La inseguridad de la que hablan desde los medios está compuesta por los delitos cometidos por los villeros con visera hacia la nuca. Una construcción que suena a segregación. Afirmaciones que buscan instalar una lógica destructiva: sobre que los buenos vecinos son víctimas de los marginados, con sus impuestos deben contribuir para mantenerlos. Estos morochos provenientes de las peores cloacas del planeta, no sólo atentan contra la seguridad y la estética, sino que reciben los beneficios del esfuerzo de los argentinos de verdad.
La respuesta del oficialismo es una muestra evidente de la eficacia de esa trampa. Tanto La Presidenta como sus funcionarios aseguraron en estos días que la mejor manera de combatir la inseguridad es con más inclusión. Esto, además de confirmar la falsa hipótesis de que todos los pobres son chorros, acrecienta el rechazo de una minoría protestona hacia cualquier iniciativa de redistribución del ingreso. Y si el Jefe de Gabinete afirma que es necesario incluir con mayor educación, convierte a los estigmatizados en un malón embrutecido. Aunque muchos sepamos que no todo pobre es delincuente por el sólo hecho de serlo, consideramos imprescindible ofrecer una vida más cómoda, más cercana a la dignidad material y simbólica. Pero de esta manera, y con las mejores intenciones, seguimos reforzando los prejuicios que ostentan una minoría patricia y un manojo de individuos alucinados por el sueño de la pertenencia. Esto no quiere decir que haya que abandonar todos los intentos de tender a la equidad, pero sí significa que hay que redoblar los esfuerzos para convencer a los confundidos.
Ante el prejuicio con formato de refrán que reza “los choros entran por una puerta y salen por la otra”, es indispensable explicar que eso ocurre porque, contra todo lo que se vocifera, se cumplen las leyes y los derechos constitucionales. Toda persona es inocente hasta que se demuestra su culpabilidad, por lo que nadie debe permanecer en la cárcel sin someterse a un juicio. Más de la mitad de la población carcelaria está en esa situación, en prisión y sin sentencia. Lo que pasa es que esa frase exige que el ratero que roba una cartera sea castigado al instante y hasta el fin de los tiempos. Para los que sostienen y difunden ese lugar común, la justicia no debe buscar la reinserción del reo, sino su absoluto ocultamiento. Para ellos, la cárcel no debe ser un lugar de re-educación sino un resumidero.
En esta construcción mediática de la inseguridad hay un estereotipo del delincuente que conduce a profundizar el desprecio hacia el otro, sobre todo al sumergido durante tantas décadas de recetas importadas. Este imaginario no incluye a todo individuo que incumple la ley porque la seguridad del buen ciudadano sólo está amenazada por esos monstruos que emergen de las barriadas. La especulación, la evasión, la explotación laboral, la fuga de capitales, la remarcación infundada de precios de ninguna manera significan amenaza alguna para los consumidores de los medios hegemónicos. Los incluidos no cometen delitos, sino que trabajan denodadamente para convertir un almacén en una cadena de supermercados de la noche a la mañana. Claro, es más grave que un motochorro arranque el reloj de una muñeca que unos señores con traje provoquen una crisis como la de 2001. El primero, merece la más infectada de las mazmorras; en cambio, los segundos deben ser destinatarios del respeto y adulación de la sociedad por su contribución al desarrollo del país.  
Sin embargo, estos delincuentes son los peores. Porque uno puede comprender que alguien se vea forzado a cometer un delito para sobrevivir, pero, de ninguna manera puede aceptar que un empresario enriquecido a través de métodos espurios continúe con sus prácticas carroñeras impulsado por su incontenible angurria. Estos son los que deben recibir el más profundo desprecio porque la inseguridad que ocasionan afecta a casi todos los argentinos. Pero claro, es más fácil pisotear al que ya está en el suelo que destronar a los poderosos que siempre se quedan con todo. Como dice uno de esos refranes que sí están basados en hechos reales, el hilo se corta por lo más delgado.

jueves, 3 de abril de 2014

Fogoneros en acción


Irresponsables quienes practican vericuetos verbales para justificar los linchamientos, en lugar de condenarlos. Apologistas quienes ven en esta locura una esperanza. Destituyentes quienes alientan esta modalidad delictiva que llaman justicia por mano propia. No se sorprenda, estimado lector: en nuestro querido país cabe cualquier cosa. Pero ante hechos como éstos no hay lugar para ningún pero. La oscuridad que parecía en el destierro, sólo estaba agazapada en un rincón y encontró la ocasión para extender su siniestra mano. Aunque vistan con corrección, el hedor los delata. Además, al ver un poco de sangre, comienzan a salivar y cuando abren sus mandíbulas infectas salen las peores pestes. Al menos cuatro personajes de la escena política buscan aprovechar estas lamentables explosiones de furia de algunos individuos con la paciencia bombardeada por los carroñeros mediáticos. Hay que señalarlos porque ellos son los voceros de los que quieren que este sueño se termine. Para permanecer en los titulares, necesitan convertir este horror en dardo envenenado hacia el Gobierno Nacional. Pero tanta obscenidad no puede engañar a nadie, salvo a los que ya viven engañados. 
El irresponsable. Quien siempre busca sorprender es El progresista Hermes Binner. De eso, por supuesto, nada de nada. Retro-gresista, debería considerarse. Cacerolero quejoso a ultranza, insustancial a más no poder, errático al extremo. Muy desinformado, además, consideró que los casos de linchamiento ocurren “por la impunidad que hay en el país”. Y, sin pudor, pone ejemplos para justificar su extravagante tesis: “que haya una persona que hacía negocios en el Sur de todo tipo, como la gente ya conoce, está demostrando que hay impunidad”. La manera en que juega con supuestos y prejuicios en esta frase resulta irritante. Hasta insultante. Para él, la impunidad queda demostrada porque hay una persona que hacía negocios en el Sur. ¿Acaso está prohibido hacer negocios en el Sur? Más que decir ‘como la gente ya conoce’, debería haber dicho ‘como Clarín y sus acólitos han ordenado que todos debemos repetir’.
Pero siempre se esfuerza por ir más allá de sus propias torpezas. Sin llegar a explicar la relación entre su ejemplo y los linchamientos, agregó que otro caso que molesta a la gente es que el Gobierno “protege a un Vicepresidente sospechado de corrupción”. Claro, para este correcto no-político, los republicanos muelen a golpes al primero que encuentran porque la Justicia estira la no-causa Ciccone. Binner considera que el ni siquiera procesado Amado Boudou es culpable sin haber sido citado a declarar y el Gobierno debe sentenciarlo. Hermoso ejemplo de republicanismo. Ejemplar muestra de respeto a las instituciones. El ex gobernador y actual diputado Hermes Binner actúa con absoluta irresponsabilidad al hacer esas declaraciones. Jamás hay que olvidar cada una de sus palabras, para que ningún distraído se deje engañar.  
Los apologistas. En este grupo, los que más se destacan son Sergio Massa y Mauricio Macri, que disputan, con fiereza, el electorado más conservador. El primero parece tener más gracia, pero el segundo tiene más clase. Ambos son peligrosos porque representan intereses que no buscan precisamente el beneficio de todos. Lejos de considerar la equidad como meta, sólo piensan en una justicia punitiva y fuerzas policiales cebadas que mantengan a los excluidos lo más lejos posible de los exclusivos.
Con su abundante cinismo, Mauricio Macri afirmó que “uno entiende” los linchamientos que se produjeron en estas semanas producto de “la falencia estatal”. Para los que no hayan comprendido la paradoja, un Jefe de Gobierno como él también es Estado, pero no lo dijo como autocrítica, sino como dicterio al Gobierno Nacional. Sin advertir contradicción alguna, aseguró que "estos episodios de justicia por mano propia son porque el Estado está ausente. El Estado renuncia a defendernos, a cuidarnos, no hay una propuesta integral de seguridad en más de diez años". De tan infantil que es su queja, da pena explayarse en la crítica. Macri es Alcalde de una ciudad autónoma que tiene fuerzas policiales propias, la Metropolitana, que se especializa en reprimir a los pobres. Tanto Macri como la Metropolitana tienen la obligación de cuidar a los ciudadanos en lugar de sumarse a los linchamientos. Entonces, ¿a quién está reclamando? ¿Por qué se desentiende de algo que también es su competencia? En caso de llegar a la presidencia, ¿a quién responsabilizará de su ineficacia?
Para poner más en evidencia su mirada clasista de la vida, cuestionó la idea que expuso La Presidenta en estos días: "no hay mejor antídoto contra la violencia que lograr que mucha gente se sienta incluida". Esto interpretó Macri: “el mensaje de nuestra presidenta es malo porque entonces todo excluido, todos los pobres tienen que salir a robar”. De ninguna manera entrará entre sus acciones de gobierno alguna medida que apunte a la redistribución del ingreso, porque la inclusión no está entre sus objetivos. En algo tiene razón, aunque de casualidad: no todos los pobres son delincuentes y –esto no lo pensará él, claro está- tampoco todos los delincuentes son pobres.
El diputado Sergio Massa es un poco más hábil desde el punto de vista discursivo, aunque no mucho más. Con esa combinación entre predicador y vendedor de seguros, el ex intendente de Tigre sostiene una máxima que da por tierra con millares de tratados escritos por brillantes juristas: “el que las hace, las paga”. Y eso es todo. Ah, también apela a la idea de la ausencia del Estado, pero sólo desde su faceta represiva. De acuerdo a sus ideales, cada ciudadano debería ir acompañado por un par de policías con cámaras en sus cascos, un arsenal de gas pimienta y un celular con botón de pánico incluido. Ésa es su idea de la seguridad. Así y todo, algunos integrantes de su agrupación política salieron al cruce del Juez de la Corte Suprema, Raúl Zaffaroni, una de las autoridades en materia de seguridad ciudadana. Dos intendentes bonaerenses, José Eseverri y Joaquín De la Torre, advirtieron que Zaffaroni “se sacó la careta y muestra sin descaro su camiseta K”. Contraponer esto con la cátedra que dio el Supremo sobre los dichos de Massa es una falta de respeto. Pero De la Torre quiso redoblar la apuesta y advirtió que “Massa defiende a la gente y Zaffaroni a los delincuentes”. Demasiada baratija para dedicarle tanto espacio.
 El destituyente. Quien merece menos espacio -aunque sí todos los puntos para ser citado por un juez- es el ex compañero de fórmula del ex represor Luis Patti, el abogado Carlos Maslatón. Desde su muro de Facebook y algunas entrevistas radiales, este extemporáneo personaje no sólo justifica y defiende la acción de algunos individuos de ejercer venganza, sino que alienta estos hechos. “La población debe continuar ejerciendo justicia por mano propia –explicó quien no merece estar suelto-  y matar en el acto a los delincuentes capturados in fraganti” porque se trata de “legítima defensa”. Apología del delito, incitación a la violencia y mucho de pisoteo republicano. Alucinado, considera “legal defenderse del delito en estas condiciones que nos impusieron Zaffaroni, los comunistas y cómplices del delito como Pinedo, Gil Lavedra y Barbagelata”, autores del proyecto de reforma del Código Penal. ¿No debería estar entre rejas alguien tan alejado de la democracia? O al menos, condenado al silencio por su relación con los peores exponentes de nuestro peor pasado.
Estos cuatro sujetos con bastante espacio mediático tienen un reclamo en común. Aunque parezca muy profundo reclamar la presencia del Estado para evitar estos episodios, en realidad, no están diciendo nada. Ellos recitan esa excusa para desviarse de todo posicionamiento político, como siempre. De alguna manera, el Estado siempre está presente, aunque sea como ausente. La mirada ideológica sugiere la manera en que el Estado debe estar presente en una sociedad. Lo que estos individuos con intención de gobernar –como sea- quieren es un Estado cómplice de los poderosos y látigo de los más humildes. Un Estado que custodie los bienes de los que se quieren quedar con todo. No podemos caer en esta trampa de repetir una historia plagada de odios y prejuicios. No podemos dejarnos convencer con tan pocos argumentos. No podemos dejar que el país del futuro sea la pesadilla que estos tipos sacuden de sus enfermizas mentes.