jueves, 19 de octubre de 2017

El cuerpo de la vergüenza



La oscuridad nunca ilumina, sino que trae más oscuridad. Un cadáver abre un nuevo capítulo y las palabras se escapan del teclado, pero la prudencia las contiene. Más que prudencia, respeto por el dolor de la familia de Santiago y el de todos los que lo conocieron. La peor noticia en un caso de desaparición es la aparición de un cuerpo, porque cancela la angustia de la manera menos deseada. Si se confirma la identidad, el camino tomará otro rumbo, tan enredado como ese río lleno de ramas y raíces. Si no es Santiago, la incertidumbre generará nuevas preguntas. En cualquiera de los dos casos, la herida seguirá abierta no sólo por la responsabilidad del oficialismo en cualquiera de sus formas, sino también por la burla y la falsedad de los periodistas que hacen de comparsa. Más allá de la dirección que tome, este macabro episodio formará parte del álbum de nuestros peores recuerdos para incorporarse al ADN de un pueblo que se resiste a abandonar su identidad.
Desde el martes, todo se tornó suspenso: la campaña, los reclamos, los reproches. Todo parecía estar fuera de lugar. Con la novedad, muchos argentinos contuvimos la respiración y silenciamos nuestros pensamientos. Un “no puede ser” titilante se encendió en los corazones. Las operaciones periodísticas y los trolls de Marcos Peña se encargaron de volvernos a la realidad: Ellos quieren terminar con esta historia culpando a los mapuches; Ellos, que hicieron de Santiago una víctima itinerante, depositan un cadáver en el lugar más absurdo; Ellos siguen jugando con todos los dolores que provocan. Desde las fotos que circularon por las redes hasta el empresidente Macri calificando como “compleja” la realidad del país, desde las especulaciones de los voceros disfrazados de periodistas hasta los funcionarios que simulan tomarse el tema con seriedad, nos vuelven a mostrar una estafa gigantesca con pretensiones de gobierno.
Y las evidencias más palpables de la Burla se concentran en uno de los personajes con mayor intención de votos: la inasible diputada Elisa Carrió. Un “zafamos” susurrado a Horacio Rodríguez Larreta después de la entrevista en donde sintetizó su saber científico con “como Walt Disney” no acarrea ningún error interpretativo. Nada puede fallar si deducimos de esto que estamos ante una patota de farsantes desenfrenados que están saqueando todo, bienes y símbolos, significados y sentimientos. Y no pueden acusarnos de soberbios si arriesgamos a afirmar que una parte de los votantes va a meter otra vez la pata. Por si no se entendió, la inefable Lilita pasó de decir “hay un 20 por ciento de posibilidades de que este chico esté en Chile”, de acuerdo a información reservada que sólo revelará después de las elecciones, a asegurar que un cadáver en agua de deshielo se conserva como Walt Disney. ¿Cómo creer que tiene información reservada quien todavía cree en el mito urbano de que Disney está congelado a la espera de una cura para su enfermedad? ¿Cómo creer en sus lágrimas, sus rezos, sus pronósticos, su seriedad después los papelones que estelarizó en estos días, de la poca sensibilidad que manifiesta, de la nula responsabilidad que exhibe?
Croquis del lado oscuro
Pero la impronta de Carrió no se diferencia demasiado de la de los demás integrantes de la alianza. Ella vocifera lo que otros susurran. Si los demás adornan sus peores pensamientos, Lilita es un puro adorno que no piensa en nada. Ella es la caricatura de los demás, la versión sin subtitulados, la moraleja del extravío. Quien comprenda lo fácil –y necesario- que es romper esa cáscara que no contiene nada, la leyenda del Cambio se desmoronará en segundos. Y los mantras, las sonrisas ornitorrínticas, la entonación híper ensayada, los nombres rimbombantes que usan para exterminar derechos sonarán a lo que son: camuflajes de la destrucción, un caballo de Troya con un ejército de ocupación, descontrolados piratas empilchados para la vidriera.
Las primeras reacciones oficiales ante la aparición del cuerpo no fueron de dolor o enojo. A la vez que ordenaron la suspensión de los francos de todos los agentes, invadieron la Plaza de Mayo de uniformados y encargaron una encuesta para averiguar cómo afectaría el tema en las elecciones. Después, escondieron a los funcionarios de Seguridad y anunciaron la suspensión de la campaña, tanto para anular la posibilidad de que la oposición exprese sus críticas como para que sus candidatos no embarren la cancha en un asunto tan delicado. Primero pensaron en reprimir, después especularon y finalmente, escondieron su vergüenza –o su amarga victoria- de la manera que mejor saben.
Pero este caso los deja al desnudo porque requiere mucha humanidad, algo que no abunda en los Amarillos. Las tierras usurpadas por un empresario italiano valen más que la vida de un ciudadano cualquiera, más aún cuando pretende reclamar por sus derechos. Y si expresa solidaridad por una causa que no es propia, se convierte en Santiago Maldonado, desaparecido en democracia por una minoría que desprecia los derechos de los demás. Desaparecido con énfasis por la Gerencia PRO.
Que no vengan ahora con simulacros de pena: todo lo que pasó con Santiago es lo que quisieron que pase, desde la invasión ilegal a la comunidad mapuche que terminó en represión bestial junto al río hasta la apología desembozada que hicieron de Gendarmería, a cambio de que sus fabularios peritos malversen la verdad para bombardear a los K con el cadáver del suicidado Nisman; desde los desvíos informativos aportados por la cloaca gobernante hasta las presiones al juez, a la fiscal, a los testigos y a todos los que intenten saber qué pasó. Y ahora, para autografiar este grosero remedo de dictadura, ponen en escena un cuerpo en un lugar imposible.
Más doloroso es que muchos de sus votantes disfrutan todo esto y están convencidos de que es lo que hay que hacer. Por cosas así, celebran La Revolución de la Alegría aunque ni se avizore en el horizonte. Hasta manifiestan su lado oscuro con trucajes de mal gusto en las redes y provocaciones tan grotescas que, en otras circunstancias, podrían provocar sólo pullas.
La desaparición de Santiago es la plataforma electoral del Cambio. Por eso clausuraron la campaña, porque ya no pueden elaborar una propuesta más clara. Esto es lo que prometen: mandar a la luna a todo el que se oponga al saqueo, aunque tengan que superar por miles la cifra inicial de 562 indeseables que pergeñó Macri. Pero lo peor es el aplauso de los que, por no entender nada, avalan lo que los convertirá en víctimas.

lunes, 16 de octubre de 2017

¿Qué ves cuando te ves?



El camino a las elecciones legislativas se presenta tenebroso. Y un poco confuso, porque muchos de los que hacen campaña no son candidatos a nada. La más evidente es la gobernadora Vidal, que hace lo imposible para evitar que Esteban Bullrich deje aflorar su inocultable desprecio de clase. El otro es Macri, que recorre el país para inundarlo con las habituales sandeces que tartamudea. Pero también hacen campaña los jueces y fiscales con sus causas a la carta y los periodistas que entretienen al votante con dislates que trastornan el entendimiento de cualquiera. Que la diputada Elisa Carrió acumule casi el 50 por ciento de la intención de voto en la CABA es una muestra de eso. ¿Qué la hace receptora de la voluntad de los porteños, más que la confusión? Su labor parlamentaria es casi inexistente, las denuncias que vocifera no llegan ni a la portería de Comodoro Py y su trayectoria política es tan oscilante que ahora la idolatran los que antes la detestaban. Para confundir más, antes consideraba mafioso al que ahora es su aliado. Y si a todo esto agregamos sus dichos sobre la desaparición de Santiago Maldonado durante el debate televisivo, quien tenga preferencia por ella no sólo ha extraviado su sesera sino también su corazón.
Después de más de dos meses de patrañas, bravuconadas y ninguneos oficialistas ante la desaparición de Santiago, que aparezca Carrió abrazada a una hipótesis ya desmentida exhibe su desvergüenza: no sólo es inimputable, sino inmune al veneno que activa en sus seguidores. Cualquier cosa que vomita no recibe condena, siempre y cuando los efluvios estén destinados a los K y todos los que lo parezcan. Aunque sus dichos carezcan de fundamento y traspasen los límites con la crueldad, aunque reduzca un drama a un porcentaje, aunque convierta en victimario del dolor a la víctima de la prepotencia, aunque su defensa del oficialismo la aproxime a la apología del delito. Creer que ella es la mejor candidata es asumir como propia esa monstruosidad que representa, desde su imaginación perniciosa hasta su desprecio manifiesto, desde su incoherencia hasta su desquicio, desde sus amores hasta sus odios. Votar por ella es fanatismo porque más que despertar convicciones, inspira creencias.
Creer que el martirio que padece Milagro Sala es justicia, que someter a los mapuches es defender la Patria, que renunciar a los derechos es apostar al crecimiento, que enriquecer a los más ricos reducirá la pobreza, que los caprichos del mercado mejorarán nuestra vida, son muestras de una adhesión inexplicable. Creer que todo es culpa de Cristina, que ahora no mienten ni roban, que sí, se puede, que el trabajo en equipo y la meritocracia, es abandonar la reflexión para sumergirse en un amasijo de perversos mantras elaborados por un genio maligno. Eso es fanatismo y no el inextinguible sentimiento que hace vibrar a los seguidores de CFK.
El peor reflejo
El empresidente Macri es quien mejor explota el fanatismo de sus seguidores. Sin cualidades de líder ni de eximio orador, logra que su nefasto ideario reciba el apoyo de los que ya empiezan a ser los perjudicados. Sin estridencias, transforma sus baldíos recitados en normativas para el desastre. Sin ejemplos ni éxitos, convence a los globoadictos de que estamos en medio de una revolución. Algo le habrán puesto al agua, sino no se atrevería a tanta sinceridad: “al trabajo no lo defendemos si levantamos conquistas en contra de la productividad”. Sólo en el Coloquio de IDEA se pueden escuchar chistes tan obscenos. ¿Acaso el salario digno, las vacaciones pagas, la seguridad en tareas de riesgo y la indemnización por despido constituyen un obstáculo para el repunte de la producción? ¿No será que dificulta la satisfacción de las angurrias de los empresarios más importantes de nuestro país? En los tan denostados años de populismo ganaron como nunca, pero, en lugar reinvertir, los que ahora claman por flexibilizar las condiciones laborales fugaron capitales hasta el empacho. Eso que llama productividad no es más que la maximización de las ganancias a fuerza de empobrecer a los trabajadores y desfinanciar al Estado.
Como el cinismo y la hipocresía son sus mejores condimentos, el Gerente de La Rosada SA compartió una lección de vida: “lo más importante es que fui aprendiendo cada vez más a ponerme en el lugar del otro. Evidentemente, eso lo entendió mal. Si supiera ponerse en el lugar del otro, ya estaría pidiendo disculpas y abandonando el cargo que usurpó a fuerza de engaños. Si se pusiera en el lugar del otro, no habría impulsado tarifazos ni suspendido pensiones por discapacidad. Todas sus medidas llevan a la conclusión de que el otro en que piensa no es el que más necesita ser destinatario de sus pensamientos. Para que no queden dudas de su falsedad, agregó una aclaración que más parece una burla: “entender qué es lo que quiere el que menos tiene en términos de patrimonio y de herramientas para salir adelante”. Si entendiera esto, no pondría como ejemplo la reforma laboral de Brasil que hace todo lo contrario.
La semana pasada, apareció en agenda la lista negra de Macri, compuesta por 562 indeseables a los que quisiera mandar a la luna. Como es inadecuado devolver con la misma moneda, no hay que mandar al espacio a Macri, secuaces, acólitos y beneficiarios ni tampoco arrojarles huevos, como se está haciendo hábito. Ya que el Ingeniero introdujo el tema, deberían, al menos por un tiempo, ponerse en lugar del otro en serio. Tanto Macri y el Gran Equipo como los dueños y gestores de las empresas más importantes del país deberían experimentar lo que es ser sus propios trabajadores. Eso les ayudaría a apreciar las consecuencias de sus propuestas de reforma laboral. Porque ellos no saben lo que es vivir con lo justo y que el salario sea un listado de imposibles. Ellos no entienden que cuando se termina la plata, se termina de verdad. Ellos ni se imaginan lo que es restringir el uso de la calefacción o del aire acondicionado, suspender las vacaciones porque las facturas se comieron los ahorros ni padecer el terror de convertirse en un desocupado. Ellos ni saben lo que es destinar al trabajo más de doce horas diarias para que el sueldo no alcance para nada y que encima el despido caiga como un escupitajo.
Si Ellos se pusieran en lugar del otro dejarían de exigir sacrificios, recortar derechos y acumular sin límites; abandonarían la atroz competencia por el primer puesto en Forbes y dejarían de coleccionar empresas off shore para ocultar sus chanchullos. Si se pusieran en lugar del Otro, dejarían de ser Ellos porque se verían como son. Lo que son y han sido siempre: succionadores de esfuerzos ajenos y ocasionadores de todos los males. Lástima que entre esos otros hay muchos que no advierten lo que se oculta detrás de esa amable máscara y hasta tengan decidido su voto a favor de Ellos.

jueves, 12 de octubre de 2017

Paradojas en el cuarto oscuro



En los últimos días, todo mal humor parecía concentrarse en la clasificación para el Mundial. Algunos hasta llegaron a sugerir un impacto electoral negativo para el oficialismo en caso de que la Selección no alcanzara ese objetivo. Difícil que un votante que apoya el Cambio -a pesar de la inflación no controlada, la desocupación creciente, la pobreza palpable, el cinismo insultante, el endeudamiento patológico- deje de hacerlo por un resultado deportivo. El que está a favor seguirá estándolo a pesar de cualquier cosa, al igual que el que está en contra. La variable está en los oscilantes; esos que, al no estar convencidos de nada se dejan convencer de cualquier cosa; los que dicen no interesarse en la política pero recitan con precisión las patrañas que aprenden de la tele; esos que afirman no estar ni de un lado ni del otro, aunque siempre dispuestos a elegir el peor. Esos sí pueden mutar su posición por un partido, se pueden dejar llevar por el artificial humor impuesto desde los programas que consumen y hasta pueden llegar a disfrutar un cambio que los ha alcanzado para empeorar su vida.
Sí, se puede elegir otra vez a los que han engañado al electorado en las presidenciales; sí, se puede poner el voto a los que ahora se cuidan de prometer lo que no van a cumplir y se vanaglorian de logros imprecisos que no han alcanzado. El tono de optimismo neutro que satura los spots del oficialismo parece efectivo para continuar embaucando al distraído. Que no se hayan construido escuelas ni jardines de infantes no impide que esas voces aseguren que han mejorado la educación. Que la comisión de delitos haya crecido no los desalienta a afirmar que combaten la inseguridad. Que haya cada vez más sin techo no los amilana a la hora de jurar que han mejorado el acceso a la vivienda. Que los jubilados reciban menos medicamentos gratuitos y que la Reparación Histórica sea un vergonzoso goteo no reprime los histriónicos besuqueos a viejitos de colección. Con las bicisendas, los metrobuses y las cabinas anti estrés logran inflar el globo de la Revolución de la Alegría, aunque sólo sea la restauración de la tristeza.
Algunos dicen que no les gusta la política y con eso se excusan para no escuchar argumentos. Si de gustos se trata, otros no se interesan por el fútbol, la moda o los chismes de la farándula, pero hay una diferencia: el desinterés por estos temas no afecta a nadie; la indiferencia hacia la política, sí, porque los indiferentes también votan y lo que pongan en la urna afecta a todos. La información a conciencia antes de las elecciones no es una cuestión de gustos, sino de compromiso ciudadano.
Lunáticos experimentados
La estafa del Cambio ya ha dado muchas señales y resulta incomprensible que los estafados no las adviertan. O, si las perciben, la reacción es un silencio casi cómplice. Si en los tiempos de Cristina hacían sonar sus cacharros por cualquier cosa, ¿por qué ahora sólo los utilizan para inventar magros festines con lo poco que pueden comprar? Si antes se indignaban hasta la hidrofobia por las más ínfimas denuncias de corrupción, ¿por qué las innegables maniobras de enriquecimiento de los funcionarios actuales no les hacen siquiera fruncir el ceño? Si se envolvieron de banderas argentinas para clamar por instituciones que no estaban en peligro, ¿por qué ahora nada dicen de un presidente que utiliza los decretos para nombrar miembros de la Corte o modificar leyes para beneficiar a sus familiares y aliados? Si sentían miedo por los discursos de CFK, ¿por qué hoy no se aterran con las amenazas de Gendarmería o las listas negras de Macri?
Si les resultó tan fácil ser Nisman y conmoverse por la inverosímil hipótesis de homicidio, ¿por qué les cuesta tanto ser Santiago, cuando la desaparición forzada es tan evidente? Y no sólo evitan la identificación con el dolor de la familia Maldonado, sino que abrazan las más crueles versiones de los medios y se suman a las campañas de demonización que los operadores rentados vomitan en las redes. Y si antes asumían como propia la causa de los quom, ahora acompañan la aversión oficial hacia los mapuches, al punto de avalar la salvaje persecución condenada por los organismos internacionales de DDHH.
Los que tomaron como cierta la denuncia de Elisa Carrió sobre las armas de La Cámpora, ahora son capaces de votar por esa candidata que nada dice de los cincuenta fusiles, veinte escopetas, carabinas con mira telescópica y pistolas de distintos calibres encontradas en la casa del apoderado de Cambiemos, Néstor Berardozzi. Los que antes padecían picos de hipertensión por el incremento de los precios, ahora ni se inmutan porque Argentina ocupa el séptimo lugar en el ranking de inflación elaborado por el FMI. Quienes se quejaban porque Cristina interrumpía la telenovela con sus discursos, ahora disfrutan que los funcionarios aparezcan hasta en los dibujos animados. Los que interpretaron como una burla el concepto ‘sensación de inseguridad’, se dejan convencer por el jefe de Gabinete Macos Peña, que definió al Tarifazo como una percepción subjetiva, aunque el incremento de los servicios se ubica entre el 600 y el mil por ciento.
Unos años atrás se sumaban a los reclamos de los jubilados vip por el 82 por ciento pero ahora nada dicen de los que se suicidan porque no alcanzan a cubrir sus necesidades. Y hasta son capaces de interpretar como una operación K la muerte de Gustavo Souza porque PAMI suspendió los medicamentos que la Justicia ordenaba entregar. Los que perdieron casi todo gracias a las políticas de Domingo Cavallo y todavía recuerdan haberlo insultado en manifestaciones callejeras, ahora que lo ven bendecir las medidas de sus aprendices y reivindicar la Argentina de Macri, no atinan a escuchar las ensordecedoras alarmas.  
Paradojas de estos tiempos de extrema confusión, de periodistas que pisotean las verdades y jueces que actúan como pistoleros a sueldo, de gerentes que juegan a gobernar y gobernados que se esfuerzan por creer, de un país que tiene para todos expropiado por unos pocos que reparten cada vez menos. De un empresidente que quiere mandar a la luna a los que se oponen al Cambio, mientras los que lo votan, de tan extraviados, parecen estar en ese satélite desde hace mucho tiempo.

lunes, 9 de octubre de 2017

La amarilla lista negra



En estos días, el diario Clarín sorprendió con la revelación de la lista negra de Macri. Según la versión no desmentida por el oficialismo, el empresidente considera que son “562 tipos que creen que tienen derecho a un pedazo del país” y que por eso merecen ser “enviados en un cohete a la luna”. Algunos aplaudirán esto y otros lo considerarán poco democrático. En realidad, nuestro país es demasiado extenso y todos los argentinos tenemos derecho a una parte, y si esto no se cumple es por culpa de unos pocos que quieren quedarse con todo. Claro que estos últimos no deben estar en el listado de indeseables del Ingeniero, porque son los principales beneficiarios de su gestión. ¿Cuál será el criterio de selección de ese enigmático inventario? Si incluye evasores, corruptos o angurrientos, él debería estar entre los primeros. Su hipocresía no alcanza para tanto: seguramente será una enumeración de opositores que no le rinden pleitesía y algunos como él que compiten en esta terrorífica carrera de satisfacer las más nefastas apetencias.
Si el desafío es elaborar una lista negra, podríamos incluir a aquellos argentinos que acumulan fortunas en el extranjero y que, en conjunto, superan los 500 mil millones de dólares. Eso sí que es un pedazo de país. Pero Macri no piensa en ellos, sino en los que “frenan el cambio”; si es por eso, más de la mitad de los ciudadanos rechaza el Cambio y un solo cohete no alcanzaría. Según la versión del ex Gran Diario Argentino, el populismo está entre los factores que más justifica la inserción en ese grupo de los 562” porque, para el Gerente de La Rosada SA, debería recuperarse la cultura del esfuerzo. Una de las tantas pavadas que le hemos escuchado balbucear muchas veces. ¿Qué significa para este hijo de rico la cultura del esfuerzo? ¿Qué esfuerzo hacen los que se enriquecen gracias a la timba financiera que el modelo PRO impulsa?
No, la parte del esfuerzo no es para la minoría a la que Macri representa. Eso nos toca al resto. El esfuerzo es trabajar sin descanso por un salario que no alcanza para cubrir las necesidades más esenciales; es renunciar al bienestar de la calefacción, la refrigeración, el 0 km o las vacaciones; es aceptar sin quejas el ajuste perpetuo; es evitar el mínimo gesto solidario con el que queda en el camino; es admirar hasta las babas a los que, sin esfuerzo, multiplican sus fortunas gracias al nuestro y dejarse convencer por las mentiras con que justifican este modelo de inequidad. Esa cultura del esfuerzo que Macri propone no es más que la sumisión del oprimido y la adhesión del esclavo a los conceptos del amo. Quien rechace estos principios será tildado de K, populista, choriplanero, vago y merecerá ser expulsado más allá de la luna.
Casting de pasajeros
La ‘cultura del esfuerzo’ sustituye etiquetas utilizadas en otros momentos de la historia, como ajustarse el cinturón, pasar el invierno o el siempre tan efectivo sacrificio. Una especie de purgatorio que nos expíe del pecado de soñar con un país más justo. Y la metáfora del cohete a la luna reemplaza al exilio o la desaparición para los rebeldes. Algunos considerarán esto como una interpretación forzada y que Macri sólo piensa en extirpar a los corruptos. Pero para eso está la Justicia: el cohete castiga lo que no está penado por la ley, aquello que no es delito, como el populismo o el pensar distinto, en la cínica terminología amarilla.
Cuando el establishment gobierna, los estigmas se convierten en norma: si un trabajador reclama un aumento salarial, merece ser despedido porque está poniendo palos en la rueda; en cambio, si un ricachón exige una reducción impositiva, está apostando por el futuro del país, aunque fugue las ganancias hacia cuentas paradisíacas. Que los ricos ganen más y los pobres menos es la lógica que se pretende imponer y los que la rechacen tendrán un futuro de cohete.
Después de octubre, los ceos y sus acólitos intentarán debatir o imponer con sobornos y carpetazos la tan mentada reforma impositiva. No conformes con la eliminación del impuesto a los bienes personales y de las retenciones a las exportaciones, los que más tienen quieren contribuir cada vez menos. La patraña que se difunde desde las usinas apologistas para que se incorpore al imaginario colectivo es que en nuestro país se pagan más impuestos que en ningún otro lado. Quizá algún vecino distraído piense que esto va a beneficiar su economía doméstica, pero nadie está pensando en eso. Si se habla de reducir impuestos es para engrosar las ganancias de los que tienen de sobra.
Entre 2015 y 2016, la presión tributaria se ha reducido de 34,2 por ciento del PBI a un 28,6, lo que representa una merma de 108.400 millones de pesos. Una cifra que los beneficiados no han invertido ni derramado hacia el resto de la sociedad sino que ha pasado a formar parte de la acumulación avarienta de una minoría. Y ahora quieren más: por eso claman por menos contribuciones patronales, menos salarios, menos vacaciones. La gran mentira es que acá se paga mucho, aunque en Chile la carga impositiva represente un 42 por ciento, en México un 45, en Colombia un 44 y en Brasil el 30. Ni contemos a Dinamarca que sostiene un índice superior al 65 por ciento o Bélgica con alrededor del 60. Ni a España, Italia, Alemania, Francia y Suecia, con valores cercanos al 50 por ciento.
El cohete está para los que deschavan los infames embustes de estos saqueadores. Pero como atravesamos un período de ajustes y el presupuesto no da para artefactos espaciales, nada mejor que recurrir a la Gendarmería que, si no desaparece artesanos o apalea disidentes, invade universidades, colegios, medios de comunicación y hasta iglesias cuyos párrocos incluyan en sus sermones diatribas contra el crecimiento de la pobreza. Total, los medios de comunicación cómplices se encargan de ocultar, minimizar o justificar estos nefastos episodios. Y el Jefe de Gabinete, Marcos Peña, lejos de apenarse por la desaparición de Santiago Maldonado hace una apología vehemente en el Congreso: “estoy orgulloso de nuestra ministra de Seguridad y de las fuerzas de seguridad”.
La ministra, que se negó a “tirar gendarmes por la ventana” porque “se la banca”, ahora desempolva el setentoso latiguillo de la campaña anti Argentina. Como el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU manifestó su preocupación por el caso Maldonado, Patricia Bullrich rebuznó: "Naciones Unidas debe tener la voz no solamente de un grupo que puede tener intereses políticos en el caso, sino la voz de todos". Sí, la voz de los familiares y de los organismos de DDHH que quieren recuperar a Santiago y no la de los amarillos, que trataron de ocultar, encubrir y confundir durante estos dos meses por nefastos intereses políticos.
A la hora de repartir pasajes para vuelos interestelares, muchos de estos personajes merecerían uno sin retorno, pero es más fácil y menos costoso advertirles con las urnas que nos están llevando al peor de los caminos.

El cuerpo de la vergüenza

La oscuridad nunca ilumina, sino que trae más oscuridad . Un cadáver abre un nuevo capítulo y las palabras se escapan del teclado, p...