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miércoles, 23 de abril de 2014

Una herencia insólita


Algunos habrán torcido el gesto ante uno de los últimos discursos de La Presidenta. “Esto es lo que quiero dejarle al próximo presidente –dijo durante la presentación de Pampa Azul- un país mucho mejor que el que nos tocó encontrar a nosotros. Esa es la mejor herencia que va a recibir”. El país que dejará Cristina en 2015 tendrá más expectativas que el recibido por Néstor Kirchner en 2003. Quien ponga en duda esta sentencia es víctima de oscuras alucinaciones o está mintiendo con descaro. Con números propios o ajenos, la desocupación, la pobreza y la indigencia han decrecido de manera notoria. Unos meses atrás, la Cepal consideró que las políticas de inclusión llevadas adelante por el kirchnerismo lograron alcanzar el Hambre Cero. Hasta el manipulado tema de la inseguridad demuestra una mejoría, contra todo lo que se dice. En 2002 se cometían más de 9 homicidios por cada 100 mil habitantes y hoy, 5,4, lo que convierte a nuestro país en uno de los más seguros de la región. Pero, como son los titulares los que cuentan la realidad ­–amañada, tergiversada, inventada- un lector cautivo está en todo su derecho a desconfiar de los números oficiales. Y, por supuesto, a negar lo que ve con sus propios ojos y experimenta en su vida cotidiana.
Desde las usinas opositoras, pululan las burlas con ingeniosos juegos de palabras respecto a la Década Ganada. Cada uno es el autor indiscutible de su propia ceguera simbólica y se puede dar el lujo de malograr su estado de ánimo con la información que quiera. Hasta puede renunciar a su memoria para que los medios hegemónicos sugieran interpretaciones malsanas de la historia. Pero, al menos en la intimidad del baño, deberá reconocer que –a pesar de la parafernalia mediática- nunca hemos tenido una década tan despojada de sobresaltos. Quienes ostenten más de veinte años podrán evocar las dramáticas escenas que inauguraron este siglo y la inquietud cotidiana que provocó esa crisis. Los que superen los treinta tendrán en su memoria las angustias provocadas por el desempleo, el cinismo gubernamental, la festichola del poder  y el abandono de toda producción nacional, a tal punto que se vendían escarapelas importadas. Los de más de cuarenta recordarán las asonadas militares, los paros a repetición y la prepotencia destituyente del establishment con golpes inflacionarios. Los de más de cincuenta recordamos la mortecina paz de la dictadura y la llegada de los “chicago boys” para invadir nuestra economía.
Este tipo de ejercicios de memoria siempre son útiles a la hora de evaluar cualquier gestión de gobierno. Cada nuevo presidente recibía un país en ruinas, necesitado de una profunda re-construcción y con la mayoría diezmada, angustiada, descreída. Y si ya no queda memoria, basta echar una mirada a aquellas naciones otrora admiradas que muestran ahora una postal angustiante. Claro, esto no aparece en los medios hegemónicos, no por falta de espacio sino por una perniciosa inconveniencia. No muestran el sufrimiento del pueblo español, griego o italiano, que tomaron el camino del ajuste en serio para beneficiar a los que provocaron la crisis.
Los que están al acecho
Como saben lo que quieren, los principales actores del Poder Económico presentaron un plan de gobierno alternativo para llamar la atención de los apresurados candidatos a la presidencia. Bajo el pomposo título “Bases para la formulación de políticas de Estado”, el Foro de Convergencia Empresaria plantea en 21 puntos lo que –para sus integrantes- sería el gobierno ideal. Con esta jugada pretenden retomar el control de la vida económica y extorsionan al gobierno futuro –y al actual- con las inversiones que comenzarán a fluir si estas exigencias se convierten en realidad. Lo de siempre: que el poder político atienda sus angurrias para ver si deciden dejar caer algunas migajas 
Por supuesto, lo que más preocupa a estos inquietos carroñeros son los impuestos, las retenciones y la intervención del Estado en la economía. Si no existen, mejor. Y si no se pueden eliminar que, al menos, sean lo más insignificantes que puedan considerarse. Porque ellos quieren ganar sin invertir ni compartir para acumular lo que obtienen con facilidad. Pero esconden tan mezquinos intereses con floridas demandas sobre la libertad de prensa –que no corre peligro- y el libre acceso a la información pública que, en rigor de verdad, sólo ponen en riesgo sus aliados mediáticos.
Como portadores del sentido común construido con tanto esfuerzo a lo largo de años, reivindican la división de poderes y la independencia de jueces y fiscales. Pero estas comprometidas ideas no apuntan a lo que cualquier ciudadano puede interpretar. Lo que en realidad desean es que los tres poderes del Estado estén al servicio de sus ambiciones. La independencia de jueces y fiscales no es más que convertirlos en custodios de sus bienes y escudos de sus trapisondas.
Por si hay algún confundido entre los lectores de este apunte, de ninguna manera les importa cómo nos vaya a nosotros mientras ellos puedan cargar sus bolsas con lo que encuentren en el camino. Por si alguno ha quedado cautivo de sus lágrimas, en estos años han crecido como nunca y han transformado sus ganancias en ladrillos o en cuentas en el extranjero.
No merecen ser escuchados porque sus voces suenan a retroceso. Aunque se muestren como víctimas, muchas veces han sido los beneficiados de nuestras peores crisis. A pesar de que juren, pocos creen que les interesa el futuro de todos: sólo sus cómplices y los que buscan identificarse con lo que nunca serán. El futuro en que piensan es el de sus arcones cada vez más desbordados. El futuro que prometen es el de unos pocos que gozan de los bienes que produce el resto.
El oscuro laberinto que proponen conduce, indefectiblemente, hacia los peores momentos de nuestro más reciente pasado. Con un poco de memoria evitaremos el atajo que tantas veces nos arrastró al extravío. No hay dudas: sólo este camino nos incluye a todos.

lunes, 21 de abril de 2014

Piquetódromo para todos


Desde que Cristina habló del tema en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, las contradicciones están de fiesta. Los que antes se quejaban por los piquetes, ahora se están convirtiendo en sus apologistas. Y parece que los que llevaban como lema no reprimir la protesta social, ahora quieren repartir palos para todos lados. Mientras algunos dicen que los piquetes fueron funcionales en los principios del proyecto K, otros consideran que favorecen la desestabilización institucional. Como siempre, la disputa por la calle y la conquista del discurso. Todo para confundir, como siempre.
Para muchos de los que estamos consustanciados con el kirchnerismo, que se hable de reglamentar las protestas hace un poco de ruido. Pero los cortes de rutas y autopistas por cualquier motivo –por más justificado que sea- contribuyen más a caldear el ambiente mediático que a buscar soluciones reales para los afectados. Y, sumado a esto, el riesgo de un altercado invita a pensar otras alternativas para hacer visibles los problemas de algunos conciudadanos. Pero, una ley de esta naturaleza puede convertirse en una herramienta peligrosa en manos poco amigables. Por eso, hay que leer con atención este proyecto y limar todas las aristas que presente. Sus autores enfatizan que su propuesta busca garantizar y afianzar derechos: el de peticionar y el de circular.
De acuerdo a esta proposición, “las manifestaciones no podrán ser desalojadas hasta que no haya una mediación civil que será la encargada de pactar las condiciones del fin de la protesta, identificar las demandas y coordinar encuentros entre los manifestantes y los representantes estatales o entes privados”. El objetivo de la norma parece ser más la búsqueda de solución a los conflictos antes que profundizarlos. Por eso, "el uso de la fuerza pública será limitado a su mínima expresión".
Pero no todos se oponen. Algunos miran esta iniciativa con una amplia sonrisa, lo que hace temer sobre su conveniencia. La vice-Jefa del Gobierno porteño, María Eugenia Vidal, precandidata del PRO para des-gobernar la provincia de Buenos Aires, celebró la regulación de las protestas, pero pidió que se apliquen “penas más claras para su incumplimiento”. Difícil creer que sea éste el objetivo que persigan sus autores. La idea no es castigar, sino ordenar. En todo caso, lo que se busca es que las protestas no se conviertan en un arma de desestabilización, siempre funcional a los carroñeros. Y, de ser posible, lo mejor sería que las protestas no existan, que no sean necesarias. Algo muy difícil en una sociedad que, a pesar de los avances producidos en estos diez años del proyecto K, todavía sigue presentando muchas desigualdades.
Opiniones y alaridos
Lo importante es, como siempre, el debate honesto y comprometido. Esto dejaría afuera de la discusión el doble discurso y los dicterios arteros. Y no perder de vista que toda ley debe buscar el mejoramiento de la situación y no todo lo contario. Entonces, lo primero es considerar si es adecuado el uso del término ‘represión’. Reprimir es negar derechos, no garantizarlos; es castigar el disenso, no regular su manifestación. Por el contrario, el texto de este complejo proyecto afirma que "el Estado garantizará que las manifestaciones legítimas, cuyo objeto sea dar visibilidad a reivindicaciones de derechos o demandas ante autoridades públicas o entidades privadas, cuenten con la adecuada difusión en medios públicos ya sean radiales, televisivos, gráficos y digitales". Quien interprete en estas líneas que el Gobierno quiere reprimir, que cambie de oftalmólogo.
Lo que siembra un poco de confusión es la calificación ‘legítimo’, que sugiere siempre la presencia de ‘lo ilegítimo’. En principio, y de acuerdo a lo que han explicado sus autores, tiene que ver con el requisito de aviso con 48 horas de anticipación ante la realización de la protesta. Este parece ser el único parámetro de diferenciación. No es un pedido de permiso sino una instancia de notificación, que brinda un tiempo para buscar alternativas de solución. No significa una calificación al conflicto sino al procedimiento organizativo. Quizá debería suavizarse la terminología y considerar las protestas sólo como previstas o imprevistas, por ejemplo, que incluiría a aquéllas que son producto de una emergencia circunstancial, como un fenómeno climático o un corte de servicios. Lo que parece ser más importante es evitar la sorpresa y articular las soluciones. Y, para despejar dudas, el diputado Carlos Kunkel, uno de los firmantes del proyecto, afirmó que se trata de un conjunto de normas persuasivas en vez de represivas. El derecho a la protesta está garantizado”. El autor de la iniciativa, el legislador por Chaco, Juan Manuel Pedrini, destacó que “la protesta social es un hecho relevante en la sociedad argentina y en toda sociedad los hechos importantes requieren de una reglamentación”.
Pero siempre están los que se encargan de propalar desconcierto para extraviar a la opinión pública. El diputado radical Miguel Bazze manifestó que “el Gobierno en lugar de preocuparse tanto por prohibir las manifestaciones sociales debería abocarse a tratar de resolver los problemas que en muchos casos las generan”. En ningún lugar del proyecto se sugiere la prohibición, porque interpretar algo por el estilo requiere una intención malsana. Además, como un buen cacerolero, considera que el Gobierno Nacional es el culpable de todos los problemas, cuando, muchas veces, la solución del conflicto está en manos de las autoridades distritales. Otro que cacerolea sobre este tema es el exponente del Partido Obrero, Carlos Altamira que consideró como un atropello que el Gobierno, que “aplica un ajuste”, quiera “prohibir la lucha contra el ajuste”. Expresión tan manipuladora que parece un titular de Clarín.
Para una discusión seria hay que cerrar los oídos a tanta vocinglería. Las principales voces que deben escucharse en estos temas son las de los referentes de organismos de DDHH y organizaciones sociales. Si el CELS lo considera como “un retroceso respecto de estándares sobre protesta social que se fueron construyendo durante todos estos años”, habrá que reformular el proyecto y aclarar sus objetivos. Si para el militante social Luis D’Elía el “proyecto suena feo, contradictorio”, se deberán considerar las modificaciones que sugiera.
Mientras tanto, hay que mirar las fotos y también la película. Los cortes de rutas, autopistas y demás vías de acceso se están convirtiendo en un molesto folklore. Más que visibilizar un problema, estigmatiza a sus protagonistas, que consiguen más antipatía que adhesión, que atraen la atención más hacia el caos de tránsito que hacia los motivos. Más en la forma que en el fondo. Más en la foto y nada en la película. En esta película de recuperación y ampliación de derechos que estamos protagonizando, las fotos no deben desviarnos de su línea argumental: desde 2003, se han buscado soluciones a conflictos acumulados en tres décadas y nada indica que vaya a detenerse esa tendencia. Lo que debe evitarse es que, entre las fotos que demandan respuestas se mezclen las imágenes espeluznantes de los que nos ponen zancadillas.

sábado, 19 de abril de 2014

Más provocaciones para archivar


La nueva tapa de la revista Noticias parece desafiar la paciencia de la mayoría. Cristina crucificada y la leyenda “Vía crisis”, como una provocación más del pasquín opositor. Una nota plagada de mentiras y sandeces completa la edición para seguir alimentando los prejuicios de sus lectores. Mentiras que se desmienten en el mismo texto, lleno de supuestos y fuentes inexistentes. Como si el autor fuese una mosca capaz de inmiscuirse en lugares recónditos para recoger los testimonios más secretos. Pero, ya lo sabemos, esos volátiles y molestos insectos nunca se han mostrado preocupados por los asuntos políticos porque disfrutan más sobrevolando el estiércol. Y esta mosca-periodista no es la excepción. Como muchos otros que, no sólo gozan con los hedores de ese material de desecho, sino también lo producen en abundancia y lo convierten en textos. Desechos periodísticos que encuentran cualquier tema de inspiración, hasta una de las imágenes más sagradas que tiene una parte considerable de la sociedad. Y seguirán así porque de esta manera consiguen un modesto éxito. Eso sí, cada vez más reducido. Mientras Cristina y su equipo destinan ingenio para consolidar este proyecto en la recta final de este mandato, los siervos del establishment no saben hacia dónde disparar sus envenenados dardos.
Según el libelo publicado por Noticias, “el peronismo la deja sola y le promete un calvario hasta el fin de su mandato. La Cámpora: su ‘iglesia’ fuera del poder”.  Mucha estrechez de miras hay en esta alucinada línea. La soledad, el suplicio, el final, presentados más como expresión de deseos que como una lectura certera de los hechos. Que algunos exponentes del peronismo hayan huido del kirchnerismo habla más de especulación politiquera que de honestidad intelectual. Si la foto que miran es el imán en que se ha transformado el massismo, están considerando que los eternos saltimbanquis tienen en claro el país que quieren construir. Sin intenciones de apelar al peronómetro, quienes se sienten tentados de sumarse al ex intendente de Tigre ya han abandonado el ideal de un país para todos. Y, en ese sentido, que se hayan fugado hacia la propuesta política del Poder Fáctico es sumamente alentador.
Otro tanto ocurre con la agrupación La Cámpora que, desde sus inicios, se ha convertido en blanco de las más absurdas demonizaciones. Violentos, trepadores, aduladores, imberbes, fascistas. Todo se ha dicho de ellos, lo que induce a pensar que no deben ser tan malos. “Hay una estrategia permanente por estigmatizarlos –consideró el Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich- pero son jóvenes con un idealismo extraordinario, con una formación política muy sólida, con una capacitación técnica adecuada para dirigir y conducir los destinos del país”. Quizá esta respuesta del funcionario sea una exageración para contrarrestar tantos improperios. Lo seguro es que muchos de los integrantes de La Cámpora están demostrando su capacidad de gestión y su compromiso con la transformación del país. Pero no es la única agrupación que abreva en el kirchnerismo. Un colectivo militante se apresta para continuar este sendero. Eso es lo que asusta en serio a los cancerberos de los patricios.
Y para no destinar más espacio a tamaña escoria periodística, una última frase para desmontar. “Desde que ganó con el 54 por ciento de los votos en octubre del 2011, paradójicamente, cayó en picada”, fantasea el texto del folleto opositor de Fontevecchia. Lo más interesante de esta afirmación es el adverbio ‘paradójicamente’. Si todos los medios hegemónicos y demás aliados de los poderosos afirman a cada rato que el gobierno de Cristina es un desastre, ¿por qué considera la caída de su imagen como una paradoja? Algo no cierra. O será que la paradoja está en que, a pesar de los logros que esta gestión acumula, hay una disminución del fervor que supo despertar. ¿Cuál será el contrasentido que encuentra el autor de ese mamarracho textual? ¿Que con tan poco ingenio mediático hayan logrado construir una oposición cacerolera a la década más luminosa de la historia reciente? ¿Que hayan conseguido enloquecer a un público cautivo explotando sus prejuicios con esos esperpentos que llaman noticias?
¿O no será que la paradoja está en que, a pesar de los esfuerzos desplegados para horadar la legitimidad de CFK, deben seguir mintiendo para sostener el espantoso panorama que pretenden esbozar? Porque si hay una disminución de la adhesión al kirchnerismo, los principales sondeos de opinión consideran que no es tan alarmante. Por el contrario, es lo más lógico que puede ocurrir cuando un mandatario atraviesa la mitad de su segundo período. Lo paradójico es la obscenidad a la que apelan las plumas opositoras para seguir denostando un proyecto que ellos consideran en retirada. ¿Para qué ensuciarse tanto si creen estar cerca del triunfo? ¿O será que, por el contrario, les queda cada vez más lejos?

jueves, 17 de abril de 2014

La provocación de los informadores


Un taxista –algo exaltado- afirma que la inseguridad empeoró en los últimos diez años. Justo diez, no ocho ni doce. ¿Cuánto de manipulación hay en esa cifra tan exacta? ¿Cuántas horas de radio machacona se invirtieron para grabar a fuego esa sentencia temporal? Y la conclusión es sencilla: una década ganada más para los delincuentes que para el conjunto de la sociedad. Lo dijo la radio, que debe saber más que cualquier pasajero, por más que sea un periodista con un blog de dudoso éxito. No hay datos ni argumentos que valgan ante la salmodia constante de los medios de comunicación hegemónicos que insisten en pontificar que estamos peor que nunca. Menos aún durante un viaje de unas cuantas cuadras. Todo comenzó con la frase ya célebre, no tanto por su certeza sino por su insistencia, que reza que ya no se puede salir a la calle. Y uno, inocente, ve personas deambulando tranquilamente sin que feroces delincuentes las persigan para robar, herir, violar o matar. Si no fuese así, viviríamos atrincherados en sótanos sin asomar la narizota. Esto –vale siempre reiterar- no significa negar los hechos delictivos, sino encuadrarlos en su justa medida.   
Por señalar esta circunstancia –la falsedad de esa frase- uno se hace merecedor al instante de un listado de experiencias que se remontan a tiempos inmemoriales padecidas por el mismo interlocutor o familiares, amigos y conocidos. No cabe duda: basta un solo hecho para confirmar la inseguridad. Y más aún cuando una banda de detractores mediáticos quiere convertir a nuestro país en el peor del mundo. De acuerdo a estas constructivas voces, Argentina ha logrado ser la nación más corrupta, la más insegura, la que tiene mayor inflación y muchas nefastas metas alcanzadas sólo en los últimos diez años. El kirchnerismo ha logrado destruir un país que estaba en la cima del planeta apenas diez años atrás.
Por supuesto, no es así. Algo falla para que semejantes inconsistencias logren tanta aceptación en una porción importante del público. Considerar que consignas infundadas horaden tan fácilmente la memoria de sus oyentes invita a desempolvar las más primitivas teorías comunicacionales. Porque no estamos hablando de una comparación con un período lejano del que no quedan sobrevivientes, sino de apenas diez años atrás. En aquel entonces, la desocupación superaba el porcentaje de votos obtenidos por Néstor Kirchner, el índice de pobreza pisoteaba el 50 por ciento y la tasa de homicidios pasaba los 9 por cada 100 mil habitantes, un pico similar al de 1997. Entonces, ¿por qué un espectador de más de treinta años renuncia a apelar a la comparación y se somete al puro presente de la realidad mediática? ¿Por qué permite que unos vociferantes electrónicos pisoteen sus propios recuerdos? ¿Por qué un televidente deposita su fe –con un sentido casi supersticioso- en aquellos que le mienten a cada rato? Más grave aún, ¿no se enteran de que les están mintiendo o no les importa?
Ejemplos que abundan
Entre el domingo y el lunes de esta semana, dos destacados periodistas explotaron una vez más la credulidad de sus seguidores. Jorge Lanata presentó en su primer programa del año una puesta en escena para demostrar que Rosario es la capital del narcotráfico y que transitar por sus calles es un desafío sólo para los más valientes. La moraleja de la emisión la dio el propio conductor, para que no queden dudas: "el narcotráfico instalado es una de las cosas que nos va a dejar este Gobierno". Después, las ya memorables entrevistas a esos sicarios rosarinos que, sin titubear, recitaron un guión plagado de lugares comunes, extraído de las más medianas películas policiales. Uno de ellos, hasta se tomó un respiro para reflexionar sobre el código penal que todavía no es siquiera un proyecto. “Con el nuevo código, salgo en dos días”, afirmó como un buen massadicto. El otro, más compenetrado con su papel, sentenció: "no mato ni criaturas ni ancianos".
Si la cosa no fuera tan seria, daría para reírse. Pero es grave que un periodista juegue con los miedos de sus espectadores. O tal vez los espectadores también simulan tener miedo y así, llenan su changuito de excusas para despreciar al kirchnerismo. Lanata es tan valiente que, no sólo entrevista a los más peligrosos sicarios de la Chicago argentina, sino que instala una cámara para captar a uno de los clientes de los ya emblemáticos bunkers, que, ansioso, prueba la mercancía en el centro mismo de la pantalla, sin que la gota de agua que cubre su rostro logre perturbar su consumo. Tanto despliegue actoral sólo tiene como objetivo mostrar la ineficacia del Gobierno Nacional para garantizar la seguridad ciudadana sin tocar un pelo a las consabidas responsabilidades de la policía provincial con cualquier accionar delictivo. Con todo esto muestra, una vez más, que ha renunciado al periodismo para convertirse en un constructor de desconfianza entre representantes y representados.
Para no ser menos, al día siguiente, Samuel Gelblung entrevistó en vivo a dos motochorros que narraron los pormenores de su profesión. La graciosa anécdota ya es conocida: cuando las dos estrellas del delito salieron del canal, unos agentes policiales los estaban esperando para llevarlos detenidos pero después se descubrió que eran actores. Un engaño más para mostrar el descontrol, para exigir más presencia policial, para retornar a los tiempos de la oscura paz represiva que el conductor televisivo tanto añora.
  Pero no son éstas las únicas picardías de los medios hegemónicos. Todos los días, los diarios desperdician toneladas de papel para instalar las fantasías más perniciosas con forma de titulares que se replican hasta el hartazgo en canales de TV y emisoras radiales. Que el diputado Andrés Larroque dice en una reunión que La Cámpora no apoyará a Scioli, justo el día en que el susodicho representante estaba fuera del país; que el Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, estaba a punto de renunciar, aunque después, Marcelo Bonelli reconoce en cámara que tiraron ese verso ante la ausencia de hechos más interesantes; si no es Kicillof, será De Vido o cualquier otro funcionario elegido por Cristina el protagonista de los peores escándalos perpetrados en el oscuro centro del poder. Y si no son personas serán hechos que se inventan para demostrar que nuestro país se precipita hacia el desastre. O conclusiones amañadas basadas en datos falaces se encargarán de advertir que estamos retrocediendo en ojotas.
Embelesados con semejantes patrañas, hay espectadores que casi disfrutan con el horror en el que creen vivir, impermeables a cualquier versión que las desmienta. Emperrados, se niegan a abandonar ese país de pesadilla que la virtualidad les enseña a toda hora. Un poco necios, también, desdeñan la tentación de comparar lo que ven en la pantalla con lo que viven más allá de su ventana. A pesar de que todo está muy mal, van a trabajar, salen a pasear, asisten al cine o al teatro, viajan a los centros turísticos, compran en shoppings y supermercados, se visten a la moda y cambian sus coches todos los años. Muchos quisieran vivir en nuestro infierno 
No estamos hablando de libertad de expresión, si no de estafas. Mostrar un falso delincuente es un fraude, mentir no es opinar, engañar no es informar. Alguna vez hay que poner límite a todo esto porque están dañando la credibilidad comunitaria, además de la convivencia democrática. Y no estamos hablando de multas que se cobrarán dentro de años o nunca, sino de sanciones inmediatas para terminar con este accionar malsano. Una especie de bromatología mediática que preserve a la sociedad de la peor de las enfermedades: el odio.

martes, 15 de abril de 2014

Paro… y muchos después


Evaluar el estado de ánimo de los argentinos requeriría una encuesta minuciosa que ninguna empresa de estudios sociales se animaría a convertir en realidad. Por eso, se impone a todo el país el monigote malhumorado que construyen los medios hegemónicos con su irrenunciable prédica de derrotismo. Una caricatura del Ser Nacional que incluye una cacerola como principal emblema. Un perfil que confunde cualquier mirada. Cuando escuchamos a algún comentarista de la realidad decir “el país está cansado de…”, “la gente necesita que…”, “todos están en contra de…” o alguna generalidad por el estilo, seguramente está mintiendo. Sólo hablan de chismes que pululan en su círculo íntimo o apenas un poco más allá. Salvo raras excepciones, gran parte de los periodistas, analistas y políticos piensan y opinan con su vista orientada a no más de unos kilómetros del obelisco. Para ellos, eso es Argentina. Y los osados que prueban cruzar la General Paz asegurarán que conocen el interior. O el país es muy grande para estos personajes o son demasiado miopes. El federalismo con el que muchos soñamos parece boicoteado por las voces obsesivas que provienen de la CABA y por los colonizados provincianos que propalan la colonización.
Por eso, el paro general extorsivo de la semana pasada sólo tuvo como objetivo montar un escenario de desolación para simular el éxito de la medida y así contagiar a los espectadores del interior. En realidad, la huelga se centró en los prestadores de servicios, sobre todo el transporte, que dificultó el traslado de los que no adherían a la protesta y deseaban trabajar. Los piquetes desalentaron a algunos de los que pensaban concurrir a trabajar en sus vehículos, incluidas las bicicletas. Las amenazas verbales y materiales recibidas por taxistas que circulaban por las calles completan el panorama de esta restricción de la circulación con envoltorio de paro.
Tan negativas fueron las repercusiones del paro que sólo lo celebraron desde los medios opositores. Casi todos los políticos valoraron los motivos pero cuestionaron la metodología: una manera encubierta de decir que no concuerdan con la huelga. El mayor exabrupto no lo cometió Hermes Binner, a diferencia de lo señalado siempre en este espacio, sino otro diputado, Sergio Massa. Un poco asustado por la mala imagen del infame Luis Barrionuevo, el ex intendente de Tigre declaró que, “si quiere que sea presidente, que deje de hablar por dos años”. Si alguien del kirchnerismo hubiese dicho algo parecido, todos los medios estarían pontificando sobre la libertad de expresión. Pero, como Massa es el candidato de establishment, nadie le dice nada.
Los efectos de la extorsión
Lo concreto es que el paro general de los opositores no cayó tan bien y por eso el apresurado postulante a presidente trata de despegarse. De acuerdo a un sondeo realizado por Ibarómetro sobre 850 trabajadores y 150 jubilados, el 60 por ciento manifestó su rechazo a la medida. En cambio, la adhesión voluntaria rozó apenas el 32 por ciento. Cerca de un 70 por ciento de los consultados considera que el paro impulsado por Moyano y Barrionuevo fue más para posicionarse políticamente que para conseguir mejoras para los trabajadores. Y eso que este trabajo estadístico fue realizado en la CABA y el Área Metropolitana. Si se hubiese realizado en todo el país, la mirada negativa sobre esta movida opositora sería mayor.
Pero no importa, porque el objetivo de todo es la CABA, que funciona como un ombligo del descontento universal. Y, por contagio o identificación dudosa, a gran parte de la provincia de Buenos Aires. A pesar de tanta prédica agorera, los índices de imagen positiva y negativa del Gobierno Nacional y de La Presidenta no cambiaron con el paro; por el contrario, registran una recuperación en marzo y abril. Y quien consiguió remontar un poco su imagen, acosado por una inseguridad mediática difícil de revertir, es el gobernador bonaerense Daniel Scioli. Más obedeciendo a la agenda informativa que a sus propios datos –que indican una disminución importante en la comisión de delitos- anunció un aluvión de medidas que sólo apunta a poblar de policías la calle. Ah, y como los motochorros se han convertido en enemigos públicos, quienes viajen como acompañantes en motocicletas deberán llevar un chaleco especial y la identificación en su espalda. Ahora, gracias a estas decisiones grandilocuentes, Scioli está cabeza a cabeza con el líder del Frente Renovador en la carrera presidencial. Si entre sus intenciones se encuentra superarlo, deberá practicar sus gestos histriónicos y emprender una campaña contra el nuevo Código Penal que aún no es siquiera proyecto.
Además de demandas por la inseguridad, el paro general convocado por los gremios opositores más el transporte, cuyos dirigentes amenazan con cruzarse de vereda, incluía quejas sobre la inflación. Claro, en el imaginario cacerolero construido por los medios, la culpa del aumento de precios lo tiene Cristina, que, en lugar de hacer crucigramas antes de dormir, se entretiene remarcando la lista de los productos de mayor consumo. Ni una crítica hicieron los popes del sindicalismo a las empresas nacionales y multinacionales con ganancias extraordinarias que adornan con cifras de miedo las góndolas de los supermercados. Con los patrones no se metieron, ni siquiera para disimular tan infausta alianza destituyente.
Sin embargo, el programa Precios Cuidados se ha convertido en una bandera, no sólo para los que quieren resguardar sus bolsillos, sino también para los que quieren transformar en serio la cadena de comercialización y frenar la angurrienta pulsión de muchos de sus actores. Ahora se está acordando la inclusión de productos para celíacos y artículos elaborados por pequeñas y medianas empresas. Gracias a esta artesanía política, se espera que el IPC de marzo sea más bajo que el anterior, como una muestra más de que es posible controlar la inflación sin apelar a las recetas neoliberales que sólo aconsejan medidas monetaristas.
Una paradoja más de esta protesta organizada por las CGTs opositoras: entre sus reclamos, el trabajo no registrado, que alcanza el 33 por ciento. Si bien es razonable que representantes de los laborantes se preocupen por la informalidad, algunos de sus convocantes tienen sus calzones manchados. Los sectores que lideran Luis Barrionuevo -el gastronómico- y Gerónimo Venegas –el rural- son los que presentan un mayor porcentaje de afectados por tal situación. A pesar de eso, en lugar de denunciar a las empresas que se benefician con esta acción, destinan sus envenenados dardos a La Presidenta. Por el contrario, se han convertido en empresarios que hacen lo imposible para explotar a sus representados.
Más allá de este absurdo panorama, CFK anunció un proyecto de Ley para promover el trabajo registrado y prevenir el fraude laboral. Con esta iniciativa se prevé bajar los índices de informalidad a un 28 por ciento y castigar a los grandotes que gambetean sus obligaciones. Mientras los políticos de la oposición se extravían en sus contradicciones y los medios dominantes dibujan las peores catástrofes, nuestro país avanza por el sendero trazado en 2003. Quien no reconozca esto, de una vez por todas que incorpore otros canales a su instrucción. No es saludable detenerse a cada paso para volver a explicar lo tantas veces explicado. Ahora es tiempo de cosechar y diseñar la futura siembra, no para enloquecerse con las manipulaciones y escaramuzas de los que quieren destruirnos.

sábado, 12 de abril de 2014

Chistes para llorar


La Presidenta dio -una vez más- en la tecla. Desde su cuenta de Twitter, consideró que los que criticaron la Cadena Nacional desde Tecnópolis no tienen sentido del humor. Los medios opositores ponen a toda hora los chistes más desopilantes contados por una caterva de personajes infames y nadie les dice nada. Eso sí que es una cadena del peor humor negro y se quejan porque Cristina ocupó tres minutos de su desmoralizante programación con los chistes de un deslucido Guillermo Celci. ¿O acaso no han pasado hasta el hartazgo el chascarrillo de Pablo Micheli o la broma de Hugo Moyano con forma de confesión? ¿O los irónicos informes de Telenoche con la voz del periodista santacruceño Mario Markic no se asemejan a crónicas satíricas? ¿O los furcios de Marcelo Bonelli, Edgardo Alfano, Adrián Ventura, entre otros, no son la mejor muestra del stand up criollo? Claro, en el monstruoso país que construyen con sus voces maléficas sólo hay lugar para los dramas y las burlas ramplonas y destructivas. Tato Bores tenía una calificación adecuada para el espectador de estos medios: los ‘cara de bragueta’.
Don José, el tío del siempre extrañado Tato, consideraba que el gesto de estreñimiento perpetuo de muchos argentinos es el principal problema del país. “Qué bronca, qué mufa, qué yeta, qué chinche, qué jeta, qué pálida completa”, decía la canción. Una expresión que acompaña de manera constante a la especie urbana vernácula. El ceño apretado, la mirada baja, el paso apurado, la boca fruncida o con las comisuras lo más abajo posible están presentes en ese rostro con el que uno se encuentra día a día. Los motivos: “y qué querés, con todos los problemas que uno tiene”, explicarán seguramente. Si uno tiene tiempo para hurgar en ese problemático universo, se encontrará con lo cotidiano transformado en tragedia: “entre el trabajo, los chicos, el cañito que gotea, los impuestos, el seguro de los dos coches y las cuotas del viaje a Cancún ya no tengo ganas ni de sonreír”. O, con una síntesis incrustada gracias a años de horadación de cabezas, practicará un exagerado gesto de resignación y recitará: “¿cómo querés que me vaya en este país?”.
En el país de las pesadillas, el que oscurecen cada día más los medios dominantes, no cabe nada que aliente una esperanza. La vocinglería mediática presenta una prédica que destruye cualquier intento de buen humor. Y las sonrisas que despiertan parecen la resignada burla del que está a punto de estamparse contra un lejano suelo. Como los cartelitos que exhibía el coyote cuando, ante un nuevo fracaso en su intento de atrapar al correcaminos, caía al más profundo de los abismos. Uno no les pide que se conviertan en la oficina de prensa de Presidencia de la Nación, porque eso sería tan nocivo como lo que ocurre ahora. Y haría desconfiar a muchos, quien escribe estas líneas, inclusive. Pero esta continua cantinela de que estamos mal y somos irrecuperables está perturbando la convivencia. Cuando uno se encuentra con un cautivo de semejante bochinche, parece que viviéramos, no en dos países distintos, sino en dos galaxias separadas por millones de años luz. Y no es una cuestión de opiniones: ninguna apreciación o crítica es válida si está elaborada a partir de hechos inexistentes; menos aún cuando es sólo la repetición de una sentencia emanada desde la tele.    
El libreto oscuro de los detractores
Después del paro general convocado por los dirigentes sindicales, sus principales exponentes comenzaron a propalar los más disparatados dichos. El chiste por excelencia consiste en que los trabajadores realicen una medida de fuerza en connivencia con los patrones y los principales ricachones del país. Y encima, los miembros de la sociedad rural aplaudieron que quienes trabajan en sus campos hagan una huelga. Los empresarios del transporte alentaron a sus choferes para que no salgan a la calle. ¡Vamos, que ya somos grandes y nos conocemos mucho!
Como los colectiveros adhirieron a la medida, la dificultad para el traslado de los que querían –o debían- ir a trabajar garantizaba cierto éxito. Dificultad que inspiró una de las célebres frases de Pablo Micheli, la pata izquierda de esta protesta derechosa: “los carneros que vayan caminando o en bici”. Vale repetir la pregunta del apunte anterior: ¿quiénes son los carneros, los que querían cumplir con sus obligaciones laborales o los que se asociaron con la patronal para destronar este proyecto que tanto ha transformado nuestro país?
Otra de Micheli -que no necesitó de risas grabadas para desatar la carcajada- fue la referida a la simpatía que despertaría esta huelga en personajes como Agustín Tosco o Rodolfo Walsh. Malvina Tosco, la hija del incorruptible dirigente sindical, respondió a través de una carta semejante exabrupto. “La verdad que no me atrevo ni siquiera a pensar qué hubiera hecho mi padre –escribió- Qué caradurez la de estas personas que se atreven a mencionar a Tosco y a Walsh, verdaderos héroes de la historia Nacional”.
El camionero Hugo Moyano no se dejó amedrentar por el ingenio de Micheli y gambeteó sus contradicciones con una poco creíble confesión. Ahora se da cuenta de su error al enfrentarse con los estancieros en 2008 por la famosa resolución 125, que establecía retenciones móviles para las exportaciones agropecuarias. Semejante revelación lo deja al desnudo, por más desagradable que eso resulte. Ya no hay un simple coqueteo con el Poder Fáctico sino un romance indisoluble. “Se ha formado una pareja”, gritaría, exultante, Roberto Galán, el conductor del ciclo televisivo Yo me quiero casar ¿y usted? Más que una pareja, esto parece una muchedumbre que redundará en problemas de alcoba.
Por eso, las críticas a la ya famosa Cadena Nacional donde el actor Guillermo Celci presentó tres minutos de medianos chistes poco celebrados por el público resultan exageradas. Pero algunos pisaron el palito y convirtieron esto en una causa de Estado y salieron a pontificar sobre el mesurado empleo que debe tener la cadena. Algunos quedaron encadenados en sus torpezas, como el diputado por el FAP, Hermes Binner, que consideró que "el uso indiscriminado de la cadena nacional es una política comunicacional propia de los populismos".
Y, como una muestra más de su esquivo socialismo, citó un ejemplo: “la última vez que se utilizó la cadena nacional en España fue el 23 de febrero de 1981, cuando tras el intento fallido de golpe de Estado, el rey Juan Carlos se pronunció al país dando por terminado el conflicto. El mensaje duró un minuto". La mirada europeizante de siempre con los geriátricos toques que Binner tiene de sobra. Los españoles usaron ese mecanismo institucional -que es una facultad de todo representante del Estado- hace más de treinta años. ¿Y qué? ¿Acaso eso debe convertirse en ejemplo? Sólo basta echar una mirada a la situación actual de ese país para advertir que el modelo aplicado no debe practicarse en ningún lugar del mundo.
Y para cerrar este chistoso apunte, un último chascarrillo para terminar bien la semana: los que no ganaron en las elecciones presidenciales y quedaron muy golpeados en la contienda pretenden enseñar cómo debe gobernarse un país. Y para eso pintan un cuadro desolador con un equipo presidencial desastroso que nos está hundiendo en la peor de las crisis. Quienes creen esta patraña son los que deambulan con cara de bragueta, mascullando odios, cavilando nuevos prejuicios, memorizando titulares. No podría ser de otra manera: con tantos humores infectos pululando por sus mentes, no les queda espacio para dibujar una sonrisa.

jueves, 10 de abril de 2014

Un licuado para el odio: carneros los que paran


En estos días se ha discutido bastante sobre si el paro nacional convocado por Hugo Moyano y sus secuaces es o no un paro político. En realidad, toda acción que convoque a una cierta cantidad de gente para concretar una demanda pública debe considerarse política. Lo que pasa es que todavía esa palabra –política y sus derivadas- sigue sonando a palabrota. Los funcionarios nacionales la han usado para cuestionar la medida de las CGTs opositoras y los destinatarios de esos cuestionamientos han salido a defenderse como si los estuviesen insultando. Sin embargo, hay algo que resulta incongruente, entre otras muchas incongruencias de esta medida. Este paro es, por supuesto, político pero sus demandas no lo son. Los motivos del paro se sumergen en lo no-político y se transforman en un caceroleo inconsistente, una mezcla de excusas que tienen como blanco exclusivo al Gobierno Nacional. Pero por sobre todas las cosas, sus estrambóticos protagonistas no hacen más que enturbiar el escenario para ocultar las verdaderas intenciones de la protesta.
Los no-motivos. En diferentes entrevistas radiales, los principales personajes que convocan a esta protesta han recitado los innumerables reclamos sin poder fundamentar el sentido de la oportunidad que tiene. Más que inoportuna, es altamente oportunista. Desde finales del año pasado, los diferentes gremios comenzaron con las paritarias sin ningún tipo de condicionamiento y la gran mayoría están cerradas. Entonces, ¿a qué hará referencia esa consigna que reclama paritarias sin techo, si en estos años las paritarias han sido libres y sin topes? Quizá confunden el constante llamado a la prudencia por parte de La Presidenta y otros funcionarios. Pero eso no puede nunca confundirse con algún tipo de limitación.
Dentro del paquete protestón incluyeron un aumento de las jubilaciones, aunque no aclararon cuál es la escala que más despierta su preocupación. Tampoco está ausente del menú la reducción del impuesto a las ganancias sobre el salario, tributo que, a pesar de ser usual en casi todos los países del mundo y con mínimos más bajos, siempre despierta controversias. Otro de los ingredientes es el cese de despidos y suspensiones que, aunque es un problema atendible y preocupante, la solución no debe aportarse desde la huelga, sino desde la articulación de estrategias para garantizar los puestos de trabajo. Algo que el equipo económico kirchnerista ha realizado en todos estos años con bastante éxito. En el medio, un llamado de atención sobre un inexistente ajuste y un tarifazo que no es tal. Y, como moño que decora el paquete, las siempre exitosas quejas contra la inflación y la inseguridad.
Todos los tópicos enumerados pueden tomarse como un punto de partida para la profundización del modelo si ése fuera el objetivo de este paro nacional. Pero como lo que quieren es debilitar a CFK, sólo pueden tomarse como excusas. El objetivo no es solucionar esos problemas, sino provocar un adelantamiento de las elecciones presidenciales. Y si alguno duda de esta afirmación, realizar un escueto paseo por la galería de personajes que integran esta trama puede esclarecer el asunto.
Los protagonistas. Uno de los principales actores de esta movida opositora es Hugo Moyano, quien, de la mano de los camioneros pretende atropellar el país, víctima del despecho. Si en los noventa aparecía como un defensor de los derechos laborales, hoy parece un apologista del modelo que nos condujo a la ruina. Desde su ruptura con el kirchnerismo, abreva en aguas tan turbias al punto de convertir su perfil ideológico en un mamarracho laberíntico. Los referentes políticos a los que se ha abrazado son más defensores de privilegios que paladines de la redistribución. Que hoy lo adulen quienes antes lo demonizaban debería hacer un poco de ruido en el camino que ha decidido tomar.
El otro personaje que ha sido el promotor de esta huelga nacional es Luis Barrionuevo, dirigente gastronómico que jamás ha trabajado en ese rubro. Un exponente del peor sindicalismo, autor de frases sinceras y atroces que revelan la densa oscuridad de su pensamiento. Difícil atribuirle algún afán constructivo porque siempre está alineado con los que quieren destruir todo lo que hemos construido en estos años. En los últimos tiempos, lejos de aportar ideas para diseñar un proyecto, sólo ha destilado el fétido aliento de los que nos quieren otra vez de rodillas.
Y el más oscuro de los popes visibles es Gerónimo Venegas, representante de los trabajadores rurales, aún cuando mantiene una alianza indestructible –y muy rentable- con las patronales agropecuarias. Acá se presenta una de las mayores incoherencias, porque otra de las demandas es por el alto nivel de trabajo informal. Y uno de los sectores más afectados, precisamente, es el que debería defender el inescrupuloso Momo. Sin embargo, las denuncias por trabajo esclavo en emprendimientos rurales han provenido exclusivamente de los inspectores federales. Por el contrario, el dirigente gremial salió en defensa de los explotadores. Extraña, inaceptable, dolorosa paradoja.
El paro estaría condenado al fracaso si no fuese por el inestimable aporte de la UTA, que engloba a todos los trabajadores del transporte. Sin ómnibus, muchos no pudieron asistir a sus lugares de trabajo. Una manera encubierta de obligar a la adhesión. Aunque los taxis funcionen, están limitados por el apoyo protestón de los trabajadores de las estaciones de servicio, por lo que circularán hasta que alcance el combustible. Para completar el panorama, las extraviadas agrupaciones de izquierda aportan su colorido con cortes y piquetes distribuidos de manera estratégica.
Los verdaderos motivos. La dirigencia gremial que pergeñó este paro persigue objetivos que toman como excusa los intereses de los trabajadores, aunque en realidad, están operando para beneficiar la restauración del neoliberalismo de la mano de Sergio Massa. A la larga, los más perjudicados serán los que ponen el cuerpo. O a la corta, porque los que están agazapados y gozosos en sus madrigueras lo que más quieren es que el gobierno de Cristina termine cuanto antes y ésta no es más que una nueva escaramuza que contribuye a su desgaste.    
Quien aún tenga dudas sobre las auténticas intenciones de esta desproporcionada medida de fuerza, sólo tendrá que prestar atención a una de las tantas frases pronunciadas por Moyano en estos días. “Yo le desconfío más al gobierno que a cualquier otro sector de la sociedad", vociferó, sin titubear. Una sentencia injusta, un concepto perimido, una opinión amnésica. A lo largo de estos diez años, el kirchnerismo ha demostrado voluntad y compromiso para resolver los problemas de los más vulnerables. Quien tenga un poco de memoria –sólo un poco- podrá evocar de dónde partimos: de aquel 2003 en el que la desocupación superaba el porcentual de votos obtenidos por Néstor Kirchner; donde los índices de pobreza arañaban el 50 por ciento; cuando los contenedores se transformaban en las góndolas de los pobres; donde las colas de los que buscaban empleo doblaban las esquinas; cuando el número de locales vacíos superaba al de los ocupados.
Sin exagerar, desde el retorno a la democracia los trabajadores nunca hemos estado tan bien. Y con la promesa de seguir mejorando. Quizá el Gobierno Nacional necesite recuperar la mística, el clima de gesta de otrora para reconquistar voluntades. Rescatar el “vamos por más, vamos por todo” que nos emocionó en 2011. En otros tiempos, quien trabajaba durante una huelga era considerado ‘carnero’, como manera de ofender al que había abandonado todo principio, el que renunciaba a toda conciencia, el que se negaba a formar parte del colectivo, el que se separaba de sus compañeros para coquetear con la patronal. En una huelga como la de este jueves, ¿quién será el carnero, el que adhiere a la medida de fuerza o el que asiste a trabajar con la firme convicción de apoyar un proyecto que beneficia a los trabajadores?