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jueves, 28 de julio de 2016

Dos manipuladores en la pantalla



En el umbral de la crisis que el propio gobierno está creando, el conflicto de Macri con Marcelo Tinelli parecería un tema menor si no fuera por algunos puntos oscuros. Lo más evidente es la utilización de twiteros rentados que operan para desorientar a usuarios desprevenidos. Así lograron organizar los cacerolazos contra Cristina y propalar muchas patrañas de los medios hegemónicos. Si la inversión de los dineros del Estado para distorsionar la percepción ciudadana de la política es un delito será decisión judicial, pero por ahora es un dato para prestar más atención en las redes. Lo más sutil sería pensar si este enojo del empresidente por las imitaciones en el show televisivo no es un nuevo artilugio para reducir a esa pantomima las críticas al accionar del Gran Equipo.
La funcionalidad está servida: el conductor televisivo se posiciona como combativo y los amarillos aparecen como “tolerantes con el que piensa distinto”. La pantalla seguirá mostrando caricaturas superficiales como ácidas críticas ante la aceptación democrática del Gerente de La Rosada. Con este nuevo acto, quieren convencer al público de que están ante un duro contenido anti gubernamental cuando en realidad consumen una píldora de catarsis para hacer más pasable el creciente malestar. Y el gran ganador es Canal 13 –Clarín- que pretende apropiarse de la diatriba al gobierno que desde todas sus usinas ha creado. Con esta maniobra, quieren ubicarse ante la sociedad como críticos y apologistas a la vez. Todo controlado para mantener el equilibrio en el futuro que pergeñan.
Entonces, a no entusiasmarse. Las observaciones que realizarán entre bailes y bulla no pondrán en peligro la restauración amarilla ni perturbará el sueño de sus principales beneficiados. Apenas serán comentarios de ascensor con actores maquillados y risas alentadas en las tribunas. Macri tendrá que acostumbrarse a exageraciones de algunos tics a cambio de televidentes hipnotizados con curvas insinuantes y rítmicas siliconas. Con este combo, los seguidores de Tinelli podrán reírse de la inflación, los tarifazos y el deterioro gradual de sus días como un camino inevitable para llegar a la República de los Globos.
En esas caricaturas televisivas no existirán porqués que incomoden a nadie sino simpáticas enumeraciones de los dramas cotidianos. Un poco de azúcar para pasar el mal trago. La risa enfermiza que atenúa el malestar. La naturalización de las limitaciones que el cambio nos impone. Un entretenimiento banal que contribuye a la conformación de un votante desatento.
Un negocio redondo
El chiste fácil sobre el precio de las cosas jamás se convertirá en un cuestionamiento al abuso que significa. De la charla cotidiana sobre las cifras que enloquecen desde las góndolas nunca surge cómo se conforman ni cuánto gana el que las pone. Jamás sabemos cuánto debería costar un kilo de tomates o un litro de aceite: sólo debemos aceptar el número que nos imponen y calcular si nos alcanza con lo que tenemos en la billetera para adquirir el producto. Nunca conocemos los motivos de lo que nos cobran; siempre escuchamos el lamento de los formadores de precios y nos dejan la sensación de que los abusadores somos los consumidores. O peor: que nos hacen un favor vaciando nuestros bolsillos a cambio de menos artículos.  
La libertad de mercado que se instala de la mano de Cambiemos se ha convertido en un libertinaje que nos aleja cada vez más de los productos que forman parte de nuestra vida. La estrategia de abrir las importaciones para que la competencia baje los precios se transforma en un salvavidas de plomo. Más aún en medio de la recesión que el Gran Equipo ha provocado con todas sus decisiones. El arribo de productos extranjeros a precios de dumping, con bajos salarios y sin aranceles generará una situación más precaria que cualquiera de las heredadas por gobiernos anteriores. Claro, el proteccionismo es, para la ideología gobernante, una mala palabra y, ya no hay dudas, lo que menos quieren proteger es lo que hemos conseguido construir en estos doce años.
La industria, que tuvo un crecimiento superior al 100 por ciento, ahora acusa un retroceso que no se soluciona con leyes ni créditos, sino con compradores. Pero éstos son saqueados desde todos los flancos por aumentos extorsivos de consumos esenciales por decisión gubernamental y especulación comercial. Cuando todos quieren salvarse, los que más padecen son los indefensos. Y de ésos, el Gran Equipo no se preocupa. Por el contrario, el empresidente se enfada con aquellos jueces que toman decisiones en contra del empresariado cómplice. En una entrevista con Joaquín Morales Solá, Macri reconoció que hace falta “una justicia laboral más equitativa, no tan volcada a encontrarle siempre la razón a una parte”. Con esta declaración demuestra su incomprensión del sentido de la Justicia. En un conflicto laboral, el más débil es el trabajador y nuestro representante quiere que la Justicia falle en su contra.
Lo mismo piensa del freno al descomunal incremento de las tarifas, aunque muchos jueces han actuado en defensa de los usuarios. ¿Qué país está diseñando para nuestro futuro? ¿Uno en el que estemos expuestos a la avaricia ilimitada de los grupos concentrados de la economía? Pero su desprecio obnubila su razón: “el kirchnerismo se fue, pero Justicia Legítima sigue ahí”, sintetizó Macri en la misma entrevista. Fallar a favor del más vulnerable es ser un juez kirchnerista. De ahí a calificar como ‘kirchnerista’ a todo aquel que se pronuncie en defensa de jubilados, trabajadores, desocupados y excluidos hay un solo paso. Que el Gerente de La Rosada hable de Pobreza Cero es una de sus mayores hipocresías, sobre todo porque su objetivo es enriquecer a los más ricos y suplicar, cuando las papas empiecen a quemar, por algunas gotitas.
Y esto se evidencia, vale reiterar, con cada una de sus medidas. Nos quiere convencer de la pesada herencia cuando todos los problemas que hoy tenemos son consecuencia de sus propias decisiones. Si Macri acepta la caricatura del programa de Tinelli es porque jamás insinuará que no está de parte de los que, con mucha ingenuidad, creyeron en sus promesas de campaña. Ningún mandatario que piense en la mayoría decidirá incrementos tarifarios irracionales. Ningún representante considerará siquiera flexibilizar las leyes laborales si su objetivo es crear “empleo de calidad”. Ningún presidente seguirá ajustando la vida de los ciudadanos mientras 400 mil millones de dólares de argentinos descansan en paraísos fiscales.
Como Macri toma sus decisiones pensando en las corporaciones a las que representa, cualquier crítica acertada puede diluir la tambaleante luna de miel. El empresidente no se reunió con Tinelli para retarlo por las imitaciones de su programa, sino para que le invente un alica alicate que despierte una empatía temporal para seguir obnubilando a sus votantes y continuar con su plan de saquear el país.

lunes, 25 de julio de 2016

La verdad amarilla de esta milanesa



El apunte 800 no se amilana
Las sorpresas no terminan. Del “si se puede” de la campaña pasamos al “por ahora no” de estos días. Contra lo supuesto, ninguna de las concesiones realizadas por el Gran Equipo a los sectores concentrados ha producido siquiera un mísero goteo. Por el contrario, la extorsión continúa. De los millones de las retenciones sólo se volcó una quinta parte; el pago a los buitres, en lugar de inversiones sólo provocó mayor endeudamiento; el desmantelamiento de la ley de medios más que pluralidad trajo monotonía discursiva. Mientras tanto, la voz dominante del oficialismo trata de convencernos de que, aunque estamos peor que hace unos meses, éste es el único camino para estar mejor de lo que estábamos. A la excusa de la pesada herencia se suma la idea del país pobre, que quiere instalar un complejo de inferioridad en un colectivo que empezaba a recuperar su autoestima. El cambio que seducía por su esplendor ahora se opaca por la mezquindad que porta y quienes creyeron en él, de a poco, se están decepcionando.
No bajaron la inflación y duplicaron el déficit; no unieron al país sino que insisten en dividirlo más; prometieron luchar contra la corrupción pero sólo buscan hacerla propia; aseguran que quieren el desarrollo pero aplican medidas altamente recesivas; juran que están recortando gastos, pero aumentan sus suculentos salarios; declaran que echan a militantes que vivían del Estado pero acomodan voluntarios que cobran el doble; dicen que combaten la pobreza pero multiplican la desigualdad; y como la lluvia de dólares se retrasa, presentan como esperanza el blanqueo, que no es más que una amnistía fiscal que perdona a los que nos estafaron. Todo es un doble discurso patológico y contagioso.
Aunque intentan inyectarnos optimismo, cada vez son menos convincentes. Y claro, si esta Revolución de la Alegría es más lacrimógena que una telenovela de los setenta. Las vacaciones de invierno nos encuentran tan magros que en los centros turísticos apenas contabilizan un 50 por ciento de ocupación hotelera. Ni el día del Amigo se topó con monedas en nuestros bolsillos. Según la CAME, las ventas registraron una caída del 7,4 por ciento respecto al año pasado y la mayoría decidió celebrarlo en casa, para no gastar tanto. Encima, la incertidumbre vuelve a instalarse en las decisiones cotidianas: uno no sabe si guardar plata para cuando decidan qué hacer con las tarifas de los servicios o poner unas botellas de aceite a plazo fijo.
¿Adónde está la luz?
Tanto cambiamos que ni nos reconocemos. Hasta hace un tiempo, en nuestra vida había sueños y hoy nos rondan las pesadillas. Antes podíamos proyectar mejoras, adquirir productos, programar viajes y ahora estamos contenidos, precavidos, cautelosos. La sensación de crisis a la vuelta de la esquina nos torna temerosos. Una guadaña amenaza recortar los disfrutes a los que muchos nos habíamos habituado. Las peores postales del ayer vuelven a estar ante nuestros ojos: los contenedores como fuente de alimento y la escuela como el único lugar donde muchos chicos pueden comer.
Las viejas discusiones nunca resueltas parecen revivir en esta restauración inaudita. También desmesurada, porque no es un retroceso a los noventa o a la llegada del neoliberalismo durante la dictadura. Ni siquiera a los tiempos del Centenario, con un trueque del concepto ‘granero del mundo’ por ‘supermercado’, como sugirió Macri varias veces. No, la mirada del empresidente está puesta más atrás para el futuro que pergeña. “Querido Rey, estamos tan angustiados por habernos independizado que queremos volver a ser colonia”, hubiera deseado decir Mauricio en el discurso del Bicentenario. Pero no lo dijo; apenas se atrevió a sugerirlo. Para él y sus secuaces, estamos tan abiertos al mundo que nos convertiremos en cualquier cosa, menos en lo que debemos ser.
Y por este camino, no seremos nada. Y no lo seremos hasta no resolver dudas sustanciales: ¿el país es para todos o para un puñado de privilegiados? ¿Por qué muchos viven ajustados o en la indigencia mientras otros se empachan de lujos obscenos? ¿Hasta dónde quieren incrementar sus fortunas a costa del empobrecimiento general? ¿Por qué tenemos que renunciar a nuestros derechos para obtener la gracia de una mezquina inversión? ¿Por qué los más ricos siempre privatizan sus ganancias y socializan sus pérdidas? ¿Por qué el Estado debe estar a favor de tanta ruindad?
Mientras los medios de comunicación eternizan la foto de López con el casco y el chaleco antibalas, los que están más arriba juegan con una perinola amañada con la que siempre ganan. La Argentina de hoy está en manos de empresarios avarientos que serían inaceptables en los países que siempre ponen como ejemplo. Y lejos de estar agradecidos por gobernar un país rico como pocos, embisten como salvajes para asolarlo. Y la angurria que los impulsa es tan incontenible que hasta despojan a los demás de lo poco que tienen. No les molestan los subsidios, quieren ser sólo ellos sus destinatarios. No quieren un estado mínimo, sino uno enorme al servicio de sus negociados.
Aunque cueste creerlo, los más ricos de nuestra economía envidian nuestros bienes, recelan de nuestros logros, condenan nuestro confort. Y creen que cada moneda les pertenece y estaría mejor en sus cuentas bancarias. En su mirada ombliguista, los sueldos son un gasto, los impuestos a la riqueza, un atropello a la propiedad y las leyes, una limitación de la libertad. Y ahora, que tienen un gobierno cómplice, están más desbocados que nunca.
Y apurados, también. Como si el tiempo les jugara en contra, no saben qué manotear. Si no es la suspensión silenciosa del programa Progresar es la amenaza de subir la edad jubilatoria. Todas las medidas que han tomado hasta ahora han sido para favorecer a los que más tienen. Y como son cínicos, las pocas que parecen beneficiar a los más vulnerables, son puro simulacro. Hasta lo de la transparencia es una pose: sólo codician el botín ajeno. Pero eso no les sale, pues tiran de los Panamá Papers y aparecen los Macri, prueban con Lázaro Báez y encuentran a Calcaterra y salen a cazar una morsa y se chocan con un Sanz.
Mientras Ellos nos entretienen con sainetes televisivos y nos entusiasman con promesas vanas, su ambición hace estragos con nuestro futuro. Mientras el Estado amarillo busca entregarnos al peor postor, tenemos que defender lo que consideramos propio. Y como primer paso, deberíamos diseñar un Estado celeste y blanco que dure para siempre y nos ponga a salvo de estas fieras.

jueves, 21 de julio de 2016

Tribulaciones en la oscuridad amarilla



El principio de inocencia a veces parece un fin. Quien nos hundió en las tumultuosas aguas del Megacanje goza de la impunidad que brinda el Poder. Ahora, Federico Sturzenegger reposa inmaculado en un escritorio del Banco Central para continuar con la tropelía de endeudar al país. Ellos permanecen límpidos a pesar de sus evidentes trapisondas. Un bolso por encima de un muro basta para ocultar tantas décadas de estafas. Quien no pertenece a este selecto club padecerá la cárcel hasta por lo que no ha ocurrido. Para quienes no tengan el carné, las sospechas justifican arrestos, embargos, demonización y ostracismo. Ellos, en cambio, a pesar de las empresas off shore, de los dineros escondidos en sobres, de los negociados con el dólar futuro, de las dádivas groseras, de los beneficios a empresarios amigos, siempre salen tan impecables como James Bond después de una explosión. Muy difícil eludir esta enloquecedora lógica en que nos está encerrando el discurso dominante. Un laberinto que esconde algo aterrador en cada vuelta, del que tendremos que escapar como sea, antes de que nos dobleguen para siempre.
Con unos cuantos tartamudeos, Gabriela Michetti explicó todo. Ya está. A otra cosa. Nada más hay que aclarar de un episodio que se mantuvo oculto durante tantos meses. Cualquiera puede tener 250 mil pesos de donativos y 50 mil dólares de un préstamo para una maestría escondidos entre la ropa interior. No importan las inconsistencias legales cuando la eficacia marketinera envuelve al personaje. Las dudas se disipan ante la empatía que despierta la modesta silla de ruedas. Una suma sin declarar proveniente de donaciones para una fundación destinada a pagar sueldos. Todo mano a mano, como en una estancia de finales del siglo XIX. No hay cuentas sueldo, cajas de ahorro, transferencias bancarias ni control de la AFIP en el nuevo cuentito de Michetti. Quizá no haya delito, pero sí muchas irregularidades. Más aún para alguien que oficia de vicepresidenta. En otros tiempos, una ministra de Economía tuvo que renunciar y fue condenada a tres años de prisión por un episodio similar. Y Amado Boudou conservará por siempre el estigma que le endilgaron por denuncias que se han diluido o causas que se estiran a pesar de su inconsistencia. Gabriela Michetti pertenece al club y por eso ni siquiera las sospechas la salpican.
Otras no tienen tanta suerte. Milagro Sala está presa desde hace más de seis meses y sólo prejuicios y titulares periodísticos explican por qué. Denuncias absurdas que no han podido inspirar un procesamiento. Una violencia de clase recorre Jujuy, con la complacencia de los gerentes de La Rosada, que evoca los momentos más oscuros de nuestra historia. Y esa violencia se extiende a todo el territorio nacional. Cristina, La Presidenta que muchos extrañan, perseguida, embargada, demonizada, allanada por un par de mayordomos disfrazados de jueces, empeñados en encontrar culpas para materializar la venganza del establishment. Pero además de magistrados rencorosos, un nuevo fantasma recorre el país de la mano del cambio.
Juguemos en el túnel
El túnel es la imagen que la vicepresidenta utilizó para ilustrar el tortuoso momento que estamos atravesando. Otros, que consideran el bienestar del pasado como algo inmerecido para los integrantes de la clase media, piensan en un largo purgatorio antes del paraíso. Un castigo para un pueblo que durante una década eligió andar por un camino diferente con mejores resultados que en experiencias anteriores. Una sanción para un conjunto de ciudadanos que decidió ser país soberano en camino hacia un colectivo solidario. Una reprimenda para unos chicos traviesos que alborotaron la casa para mejorar la disposición de las habitaciones Como si la historia fuese una fábula edificante, quieren castigar a todos los protagonistas del anterior gobierno para que no nos volvamos a equivocar.
Desde las propaladoras del pensamiento oficial –el del establishment- justifican cada una de las medidas con una condena al pasado y la promesa de un mañana venturoso. El tormento de hoy es culpa del goce de ayer pero a la vez, es el único camino para estar mejor. “Cada día mejor”, como dice el empresidente con un sacudón leve de su puño, como gesto canchero y ganador. “El país no tendrá límites de crecimiento”, auguró en estos días, después de reunirse con la Confederación Andina de Fomento para tomar nuevos créditos. Desde que asumió Macri, la deuda creció más de 30 mil millones de dólares. La deuda de siete años de dictadura en siete meses de Gerencia PRO. Esto parece el tráiler de una película de terror. El Gran Equipo bate récords en todo: nunca habíamos caído tanto en tan poco tiempo. Los muchachos amarillos prometieron corregir pero están haciendo un estropicio.
Sin necesidad ni sustento teórico, de un plumazo duplicaron la inflación, multiplicaron la deuda, aumentaron el déficit fiscal, redujeron el mercado interno, provocaron desempleo, cierre de comercios y fábricas. La única excusa es la pesada herencia, que se desmorona sólo con algunos datos que ellos mismos elaboran desde el INDEC. Si parte de esos 30000 millones de dólares se hubieran volcado en la base de la pirámide social no estaríamos en una recesión que será del 1,5 por ciento, de acuerdo al FMI. No, porque ellos creen a rajatabla en el ya refutado modelo del derrame. Nunca ha funcionado y sólo provoca más crisis.
Pero ellos insisten y por eso desde que asumieron no han hecho otra cosa que transferir recursos a los sectores más ricos y no derramaron una gota. Por el contrario, no cesan de succionar. La acumulación de la minoría a la que representa Macri es patológica, además de insaciable. Las inversiones del exterior son una excusa para seguir con la sangría. Además de los dramas cotidianos que ocasionan con sus medidas, las provocaciones son constantes. Con fingidos gestos de compromiso, prometían unir a los argentinos pero ahora no cesan de ensanchar la grieta. Como si disfrutaran las reacciones en su contra, como si desearan las calles pobladas de descontentos, como si quisieran llevar al límite la paciencia de las multitudes para burlarse o saciar su sed de sangre.
Como nenes consentidos, rompen el juguete porque saben que al instante tendrán uno nuevo. Pero el país no es una maqueta ni nosotros sus juguetes. Tampoco es una empresa donde sus habitantes sean sólo empleados. Menos, un coto de caza para fieras incontenibles. Un país es un proyecto en permanente construcción que nos contenga a todos de la mejor manera posible, sin privilegiados ni angurrientos. Y con el material que tenemos podríamos constituir un país para el doble de los que somos si no fuera por esa minoría que insiste en quedarse con la mayor porción de la torta.

lunes, 18 de julio de 2016

En patas y a los gritos



Una foto de una montaña de dinero alcanza para reorientar la indignación. No importa si la suma está declarada de antemano y es posible determinar su origen. Lo funcional es prolongar la sospecha. Para justificar el saqueo que se está produciendo no sirve encontrar ninguna verdad, sino construir una patraña a la medida de los gerentes que han copado La Rosada. El pasado y el presente se convierten en la arcilla con que estos ceos están construyendo un monstruoso futuro. Y uno pone ‘arcilla’ para no mancillar la metáfora. A pesar de la eficacia de la prensa dominante –hoy oficialista- una parte considerable de la población ya advierte que la arcilla no apesta de esta manera. Aunque encumbrados analistas justifiquen los ajustes, el descontento se extiende. La idea de que Macri gobierna para los ricos parece ser la conclusión de muchas charlas cotidianas. Tanto que puede convertirse en lugar común, en chiste que se naturalice hasta no sorprender a nadie. Y lo más grave es que nos convenzan de que éste es el único camino para salir de la crisis en la que él mismo nos metió.
El jueves pasado, miles de argentinos salieron a las calles para dejar en claro que no aceptarán los tarifazos. La protesta fue de tal magnitud que los medios hegemónicos no pudieron ocultarla, aunque intentaron neutralizarla con comparaciones caprichosas y las demonizaciones de siempre. La nostalgia condujo a los periodistas de TN y sus satélites a evocar los gloriosos cacerolazos contra Cristina, fomentados, orquestados y celebrados por los mismos que hoy, algo enfurruñados, observaban éste contra Macri. La comparación es tentadora. Aquéllos llevaban consignas difusas y éste, un rechazo concreto. Aquéllos tenían la amplia difusión de los medios hegemónicos y éste, sólo en las redes sociales y algunas radios y canales opositores. Unos eran funcionales al establishment y éste, por supuesto, no. Todos hicieron ruido, pero éste parece doler más.
“Este gobierno debe escuchar –decían- no como el anterior, que se burlaba, insultaba en lugar de atender los reclamos”. Si Cristina no atendía las demandas de los cacerolazos en su contra no era por mala voluntad sino por exceso de abstracción en las consignas. Uno de los más multitudinarios se había convocado para expresar a La Presidenta que no le tenían miedo, a partir de la tergiversación mediática de uno de sus discursos. En otro reclamaban la falta de libertad, un eufemismo contra los controles cambiarios. En otros que se vaya, que se muera, que se ahorque… Difícil que todo esto se transforme en un plan de gobierno. En todos estos estaba la inseguridad como problema, tema que, como ha desaparecido de la agenda mediática parece no ser tan preocupante, aunque no han remitido los hechos delictivos. Este “Ruidazo”, en cambio, tuvo un fin concreto: frenar el descomunal incremento en las tarifas de gas y electricidad. Una demanda concreta que abarca muchas otras.
La ruptura que se viene
Además de mirar para otro lado, los ceócratas se sumaron a las denostaciones mediáticas. Pero, por las dudas que entre kirchneristas y militantes de izquierda se haya infiltrado algún votante defraudado, los PRO replicaron como mejor saben. Al Ruidazo, responden con el timbrazo, un simulacro que resultó efectivo en campaña, aunque ahora puede portar ciertos riesgos. Por eso, 20000 militantes –‘voluntarios’, en lenguaje PRO- guiaron a los funcionarios por domicilios amigables para no arruinar las fotos.   
Ellos son así: el diálogo y el consenso siempre están presentes, pero no con todo el mundo. Escuchar una demanda no significa buscar una solución. Como el poder concentrado está en el gobierno, dialogar es dictar una orden y consensuar es forzar la obediencia. Un hombre con un cartel en el tren o una mujer que amamanta a su hijo en un lugar público son inaceptables. Como todo es puro simulacro, nada significa lo que parece. Como los amarillos buscan diferenciarse de la anterior gestión, no podía faltar el simulacro de la humildad. Ellos son humildes porque admiten sus errores, están aprendiendo, son humanos. Pero en realidad, decidir un incremento de las tarifas en los servicios públicos tan descomunal y disímil sin considerar la reacción más que un error parece un auto atentado.
Los globos amarillos ya no bastan para distraer cuando el sueldo no alcanza para todo lo que alcanzaba antes. El cambio no incluía un fin de mes que insiste en adelantarse. La Revolución de la alegría no prometía tantos dramas. La Pobreza Cero no se alcanza con despidos, inflación y tarifazos. Si el consumo se reduce y la economía doméstica se retrae no es como consecuencia de un error. Si industriales y comerciantes encienden sus alarmas no es porque sean paranoicos. Los problemas que venían a corregir fueron potenciados por las primeras decisiones del Gran Equipo. El déficit fiscal se duplicó y el índice inflacionario promete superar el 50 por ciento anual. Los únicos que celebran son los primeros beneficiarios de sus medidas: los agroexportadores. El fin de los controles cambiarios, la devaluación y la quita de retenciones fueron las primeras decisiones económicas que trastocaron un equilibrio ahora difícil de recuperar. Con estas tres medidas provocaron el aumento de precios, el desfinanciamiento del Estado y la fuga de divisas. Esto por supuesto, no fue un error ni una necesidad técnica sino la decisión ideológica de satisfacer a un sector hartamente satisfecho. Y encima, junto a la minería, produjeron la reducción de 20000 puestos de trabajo, de acuerdo a un informe de la AFIP.
Quizá todo esto estuvo presente en el Ruidazo del jueves: una disconformidad que se está haciendo evidente. Si Macri es realmente humilde, dialoguista y democrático, tomará esta manifestación como una sugerencia para atenuar la sangría. Como no es nada de eso, profundizará esta brutal transferencia de recursos hacia los sectores concentrados, sin preocuparse por la ruptura que está provocando con los que deberían ser sus representados. Ya no puede ocultar para quiénes gobierna: un ‘nosotros’ que incluye a muy pocos. “Nuestra gente”, dice muchas veces. Los bienvenidos a Macrilandia ni siquiera son todos los que votaron por él. Amigotes, socios y buenos servidores ya tienen el ticket para disfrutar de ese mundo. La meritocracia será la encargada de seleccionar a los que puedan hacer funcionar este selecto parque de diversiones. El resto, mirará desde afuera. Muy afuera.
De todas las fotos del Ruidazo, una conmueve: un chico porta un cartel que dice “no hay estufa que se banque el frío de tu corazón”. Lo había dicho Franco: “a mi hijo le falta corazón”. Lo que le sobra es avaricia, como a todos los que celebran que él esté en La Rosada. Los que celebran en serio, no de puro hechizados. Esos que cuentan todo lo que han ganado, mientras los demás ya estamos lamentando lo que perdimos y nos queda por perder.