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viernes, 31 de octubre de 2014

Extraviados por un GPS fallado



Desde que Poliarquía, la consultora preferida del diario La Nación, dio a conocer la adhesión del 40 por ciento al gobierno de CFK, la oposición se encuentra alicaída y más aún con la continuidad de propuestas progresistas en los países vecinos. Como si supieran que de ninguna manera podrán frenar el avance del populismo que tanto desprecian. Encima, están en una encerrona: si estos personajes escapan un poco del menú neoliberal que exige el Círculo Rojo, son tildados de kirchneristas y se arriesgan a padecer el ostracismo mediático. Nada más inverosímil que escuchar a Mauricio Macri prometiendo mantener lo que hace un par de semanas aseguraba eliminar de alcanzar la presidencia. Y no es el único que se deja llevar por las turbulentas aguas de la incoherencia. El oposicionismo patológico hace aguas por todos lados y si no se abocan a elaborar propuestas serias, apenas lograrán captar el exiguo voto cacerolero. Y ese puñado de individuos quejosos apenas alcanza para conquistar la alcaldía de la CABA, no para gobernar un país. Tal vez ése sea el problema: que la mirada está siempre posada en el ombligo del mundo y no avanza mucho más allá del obelisco.
Para obtener unos minutos de cámara, estos eternos candidatos deben pagar un precio muy alto: decir cualquier cosa –por más absurda que sea y con la mayor seriedad posible- que pueda parecer el bombazo definitivo contra Cristina y su equipo. Demoler, asustar, demonizar. Lo que sea para que quede claro que todo lo que haga el Gobierno Nacional está mal o fuera de tiempo. O deslegitimado por la pérdida de poder de La Presidenta. Según ellos, por supuesto. Desde las elecciones legislativas del año pasado trataron de instalar la idea de la transición y tanto insistieron con la falacia que al final se la creyeron. Claro, también tuvieron que fantasear con la derrota en las urnas del oficialismo, aunque, en realidad, con el 35 por ciento, se consolidó como la fuerza política más votada en todo el país.
Pero a los periodistas y políticos opositores el país no les importa: les interesa la gente, un reducido núcleo de habitantes de Buenos Aires y algunos barrios cerrados de los alrededores. Ante los micrófonos balbucean que están consustanciados con los problemas de los argentinos, pero sólo mencionan chismes de cócteles y demás malicias de salón. Si no vistieran trajes, más que políticos con representación, parecerían viejas chusmas que intercambian críticas sobre la vecina de enfrente, a la que admiran hasta el odio.
Como obedecerán a rajatabla los planes del establishment, no necesitan malgastar el tiempo en elaborar programas de gobierno. Pero, para simular que hacen algo por la República, asisten a cuanto programa televisivo se les cruza por la vida –siempre opositor, claro está- y vuelcan sobre los micrófonos las más alucinantes lecturas de la realidad, basadas, por supuesto, en titulares leídos en el camino. Un reciclado de chimentos en medio de un grotesco engendro que ellos consideran periodismo independiente. Tan difícil el trabajo de parecer serio diciendo tantas tonterías que a veces deben esquivar las ideas complejas para volcarse al sencillo denuncismo. Y hasta eso les sale mal.
Hace un tiempito, la legisladora porteña Graciela Ocaña denunció al presidente de Aerolíneas Argentinas, Mariano Recalde, por haber omitido una propiedad en su declaración jurada. Ocaña paseó su heroísmo y sagacidad por todos los medios opositores con la sola prueba de un recibo municipal con el nombre del funcionario. Hasta sus aliados la desmienten. Todo era un error de impresión y la administración porteña tuvo que presentar las pruebas ante el juez Daniel Rafecas. Una representante de los ciudadanos debe tener la responsabilidad de chequear los datos antes de destilar su veneno. Más aún en un caso tan sencillo, pues sólo era cuestión de consultar en el Registro de la Propiedad. Ahora, la denunciadora deberá fumarse una causa por fraude procesal, iniciada por el denunciado. Si ella y los demás pensaran la política desde la política y no desde los requerimientos mediáticos para satisfacer las angurrias de una minoría, nada de esto pasaría. Hasta parecerían una oposición seria y todo.
La República televisiva
Tan desconcertados están porque los números no los favorecen, que hasta un K sub doce los desespera. Después de la repercusión obtenida por Casey Wonder, el niño de once años que asistió a homenajear a Néstor Kirchner y fundamentó su adhesión ante un par de cronistas, tal vez comenzarán a preocuparse en serio. Una cosa es pedir el paso al costado del vicepresidente cuando las cámaras están encendidas y otra frenar el semillero que estos diez años han sembrado. Los tartamudeos a coro con el entrevistador quedan más torpes cuando se los compara con la solidez conceptual del escolar militante. De alguna manera aprovecharán el episodio, pero no en un sentido saludable, auspicioso y maduro, sino en el que demanda el lenguaje mediático. Seguramente comenzarán a buscar entre sus filas a algún purrete que pueda imitar a Freddy Mercury sin tragarse el bigote o que logre decir diez palabras seguidas sin papeles ni sopladores. Y si no lo encuentran, ya aparecerá un explosivo informe dominguero que denunciará la existencia de una bóveda en donde el muchacho guarda sus tesoros mal habidos en su infancia. O saldrá un constitucionalista a exigir que Casey muestre su cuaderno de sexto grado y la carpeta de dibujos de pre-escolar.
Mientras tanto, de cara al futuro, lo más serio que se les ocurrió a algunos presidenciables de la oposición fue firmar un compromiso para debatir ante las cámaras de TN el año que viene. Scioli rechazó la iniciativa y esto es auspicioso. De ninguna manera una corporación puede aparecer como garantía republicana, porque terminará condicionando la democracia. En la cueva del Dragón, la firma de un contrato significa la entrega del alma. Pero como estos saltimbanquis están en oferta, ya no tienen reparos en regalar lo poco que les queda de dignidad con tal de recibir una cálida sonrisa del siniestro amo.  
Sin atender a estos divertidísimos sainetes, el Gobierno Nacional sigue gobernando, como corresponde. Los nuevos códigos, la ley de hidrocarburos, de defensa del consumidor, la propuesta para convertir la circulación digital en servicio público son algunos indicios de que la cosa funciona. Si fuera por ellos, estaríamos esperando un milagro, como el que suplicaba De la Rúa en uno de sus patéticos discursos. Pero la magia no nos ha traído hasta aquí, sino el trabajo y la convicción. Tanto avanza el oficialismo en este camino de reconstrucción, que los saboteadores no alcanzan a poner piedras para dificultar el paso; apenas pueden tirar unas bolitas de estiércol con algo de pestilencia. Ni eso resulta efectivo, porque las flores que sembramos ya están comenzado a destilar su perfume y contrarrestan cualquier hedor que provenga de los lados más oscuros del camino. Sólo así llegaremos a ese país de sueño que tantas veces nos han prometido y que desde hace un tiempo ha comenzado a convertirse en realidad.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Las fieras acorraladas



El triunfo de Dilma Rousseff y Tabaré Vásquez nos acerca más al destierro definitivo del neoliberalismo en la región. Más en Brasil que en Uruguay, se pudo apreciar la desesperación de los exponentes del Poder Fáctico por recuperar el control del gigante sureño. Aunque parezca mentira, operaron con más saña que los caranchos criollos. Para los que estamos consustanciados con este proyecto, esto puede ser una didáctica advertencia ante las seguras tretas que van a intentar para sepultar al kirchnerismo. Porque el fracaso de la derecha carioca no va a desalentar a los nostálgicos noventosos de este lado de las fronteras. Al contrario, van a recrudecer los bombardeos mediáticos y las sumisas volteretas de las fuerzas opositoras para conseguir el voto de los caceroleros cada vez más estresados.
A eso apuntan los dichos del constitucionalista Daniel Sabsay quien, a pesar de cumplirse un año del fallo de los Supremos sobre la vigencia plena de la LSCA, sigue vociferando sobre la libertad de expresión, cuando la adecuación del Grupo Clarín no tiene que ver con eso. O sí, pero en un sentido diferente al que el “experto” probó argumentar en el foro restaurador de IDEA en Mar del Plata. Que la mega empresa multisectorial comandada por Héctor Magneto mantenga su capacidad de fuego mediático atenta contra la democracia en su conjunto. Sin embargo, tanto Sabsay como muchos siervos mediáticos y políticos siguen hablando de autoritarismo, dictadura y demás pavadas por el estilo. Desde su histriónico atril, el abogado que dudó sobre el título de La Presidenta exigió que se cumpla con la ley. Eso es lo que se está intentando hacer, estimado constitucionalista, desde hace cinco años.
Quizá no sea exagerado afirmar que la Gran Batalla de los primeros años de este siglo sea la que se está librando contra los grupos concentrados de la Economía global. Sobre todo con los grandes medios de comunicación, que no sólo actúan como las oficinas de difusión del ideario carroñero, sino que operan en las sociedades como la más feroz oposición a los gobiernos democráticos. Con la blanquecina máscara de la libertad de expresión angustian, desalientan, amenazan y confunden a su cada vez más reducido público. Con el hipócrita propósito de ser la voz del ciudadano, lo conducen por los más enredados senderos hacia el modelo que nos hundió en el peor de los pantanos. Con la pretensión de defender los intereses de todos, conspiran contra un gobierno que ha decidido limitar un poco su destructivo poder.   
Pero sus artimañas ya no son tan efectivas. De este lado de las pantallas hay un colectivo que ha empezado a descreer en los manipulados contenidos que difunden. La ventana al mundo tiene sus vidrios tan empañados que ya no nos permite ver nada. Y lo que se puede apreciar está tan deformado que resulta increíble y cuando los medios pierden la verosimilitud, ya no pueden construir la realidad a su antojo. El resultado de las elecciones en Brasil sugiere algo de eso. A pesar de los misiles de los grandes medios, los brasileros votaron por Dilma. Un dato sugestivo: después de la voz de las urnas, los grandes jugadores apostaron sus fichas al golpe de mercado.
Iguales y desiguales
Tanto allá como acá, los que más tienen son los que más se quejan. Los que claman por la independencia del Poder Judicial son los que más se benefician con los fallos. Y si no, pregunten a los directivos del diario La Nación, que recibieron como bono de fin de año la prolongación de la cautelar que los exime de saldar una deuda fiscal millonaria que lleva más de diez años. Los que denuncian el autoritarismo del gobierno K son los que obtuvieron enormes ventajas durante la dictadura. Si alguien tiene dudas respecto a este tema, puede ojear el libro “Cuentas pendientes” de Horacio Verbitsky, en el que se fundamenta que los fines políticos del golpe de Estado estaban ligados a la angurria de los principales grupos económicos que todavía pretenden gobernar nuestro país. En este marco, suena extemporáneo el profundo agradecimiento que expresa Mariano Grondona hacia los genocidas por habernos “salvado de los barbudos comunistas”. O coherente, si comprendemos que habla en representación de los anunciantes.
¿Qué dirá el próximo domingo sobre la Comisión Bicameral que está creando el Congreso para investigar las complicidades civiles durante la dictadura? Empresas privadas y actores económicos y financieros que, no sólo colaboraron con delitos de lesa humanidad sino que se beneficiaron con la política económica y el terrorismo de Estado. Como el agua les llegará hasta el cuello, apelarán a las usinas de estiércol para que instalen las falaces ideas de persecución, venganza o algunas de esas delicias a las que nos tienen acostumbrados. Si la Justicia no los condena, como lo corrobora la lentitud con que no avanzan los procesos a civiles, los ciudadanos deberíamos comenzar a darles la espalda. Por eso sería interesante que el Congreso elabore y difunda un listado de empresas y personajes cuanto antes para que, al menos, se abstengan de complotar contra la voluntad popular.
Y también para conocer a sus apologistas, tanto los mediáticos como los políticos. A un año de las elecciones presidenciales, debemos estar más atentos que nunca. Apelar a la memoria puede ser un antídoto eficaz para contrarrestar las operaciones que se vienen. A la memoria en el sentido más amplio del término. Un recorrido que comenzaría el 24 de marzo del ’76 –y no hacerlo tan extenso- para culminar en diciembre de 2001 con el célebre clamor “que se vayan todos”. Y un poco de lo que vino después, con la construcción mediática del descrédito hacia la política, una estrategia exitosa para que vuelvan a gobernar los que provocaron la crisis: los privilegiados del Poder Económico.
Probablemente, algunos conciudadanos se dejen tentar por un prejuicio con forma de genialidad ciudadana: son todos iguales. Esto no tiene nada de genial y mucho menos de voluntad ciudadana. Sólo es una manera de eludir la responsabilidad de conocer a fondo las propuestas electorales y elegir de manera autónoma a un candidato. O dejarse llevar por titulares agoreros que apenas se esfuerzan por comprender y menos aún, verificar. Porque esos que recitan por la calle “son todos iguales” terminan poniendo su voto al que tiene mejor tratamiento mediático que –oh casualidad- representa a la derecha más retrógrada. Entonces, si “son todos iguales”, ¿por qué no optan por alguno de la izquierda?
Aunque la respuesta está sugerida, para los que dicen eso, en realidad, no son todos iguales porque no les da lo mismo votar a cualquiera. Aunque pueda resultar redundante decirlo, los que acumulan sobre sus espaldas más de treinta años saben que la situación actual no es la misma que en décadas anteriores; que estamos mejor en muchísimos aspectos y tanto los números como las experiencias cotidianas lo pueden confirmar. Esto no es por el cambio climático, un alineamiento favorable de los astros o el beneplácito de los dioses sino porque quienes gobiernan no son iguales a los anteriores. Y comprender la diferencia es crucial.
Pero si da mucho trabajo evocar el pasado y construir comparaciones, el presente lo confirma. Mientras nuestra región avanza hacia la equidad, el otrora Primer Mundo retrocede al Medioevo: más de 76 millones de niños y niñas viven por debajo de la línea de pobreza, gracias a los ajustes económicos aplicados para salvar a los bancos. Los de allá no son iguales a los de acá. Los primeros favorecen las apetencias de las corporaciones y los de acá tratan de contenerlas. Esta es la principal diferencia y es la que se tiene que concretar en las urnas, para no estar a merced de la sangría que hemos padecido en otros tiempos, cuando todos eran iguales en serio: sólo mayordomos del festín de los poderosos.

lunes, 27 de octubre de 2014

Lo que un pingüino nos legó



En un nuevo aniversario de la muerte de Néstor Kirchner, vale la pena superar la nostalgia para convertir su recuerdo en fortaleza. Uno puede revisar sus discursos, sus medidas, sus decisiones y siempre llega a la misma conclusión: el listado es extenso y altamente positivo. Si no hubiera sido por él, hoy estaríamos chapoteando en el barro, sometidos a los caprichos de los angurrientos de siempre. A veces, hasta las rodillas y otras hasta el cuello, pero nunca fuera del barro. Como siempre hemos estado cuando los grandes grupos económicos pretenden gobernar el destino del país en su exclusivo beneficio. En dictadura o en democracia, casi siempre han comandado la economía doméstica para poner nuestros bienes al servicio de sus arcas. Lo que decidió Kirchner fue gobernar desde La Rosada, una manera metafórica de instaurar la política como representación de la mayoría. La política no pensada como una troupe de sumisos sirvientes, sino como un grupo de representantes dispuestos a defender los intereses de todos. El sueño que propuso -el país creciente, equitativo y soberano- no está a la vuelta de la esquina: ya lo estamos saboreando y sería lamentable extraviar el camino por escuchar los cantos de unas siniestras sirenas.
Quizá gracias a Néstor ahora sabemos que, en lugar de bellos seres con voces encantadoras, las sirenas criollas también son monstruos rapaces y enceguecidos, como en el mito homérico. Gracias a ese exótico presidente patagónico, no hay disfraz que nos engañe. Ya no sirve la máscara del prestigio y la sabiduría con que en otros tiempos nos han embelesado. Ya no temblamos cuando vomitan algún vaticinio fatídico. Ya no nos asustamos cuando pegan un par de gritos. Ahora sabemos que la meta sólo se puede alcanzar cuando los representantes obedecen el mandato de las urnas y no las órdenes que las fieras rugen desde sus madrigueras.
La nueva edición del coloquio de IDEA, en Mar del Plata, tuvo algo de eso, condimentado con mentiras, dicterios, difamaciones y mucha avaricia por parte de los empresarios más poderosos del país. Uno de los destacados exponentes, el constitucionalista Daniel Sabsay, se hizo merecedor del Premio Revelación Estrella de Mar, por su aplaudido y festejado stand-up, un monólogo picante que, con un par de canciones de Sinatra, podría convertirse en éxito en algún hotel de Las Vegas.
Lo que más trascendió fue que haya puesto en duda el título universitario de CFK, algo que otros habían hecho apenas asumió su primer mandato. Esto demuestra que no tienen demasiados recursos para destronar al kirchnerismo. Como la recurrencia al gobierno autoritario y demás sandeces que repiten los que no saben ya cómo oponerse. Con el descontrol propio del que no tiene razón –casi sacado- esputó: "basta de un matrimonio presidencial. Ahora nos quieren poner al hijo presidencial y no lo podemos permitir". Primero: nunca hubo matrimonio presidencial y menos aún, después de la muerte de Néstor. Segundo: en un país republicano y democrático, ni él ni ninguno de los asistentes al coloquio tienen atribuciones para poner o sacar presidentes. Por lo tanto, si Máximo quiere candidatearse no hace falta que ellos lo permitan. Como constitucionalista, debería saberlo.
El camuflaje de los enemigos
Tanta farsa tenía como objetivo ocultar lo más importante: el modelo de país que pretenden imponer los que todavía se creen sus dueños. Sabsay propuso, de cara al futuro, "hacer un acuerdo de políticas públicas, cumplir con la ley, terminar con la impunidad y restablecer la libertad de expresión". Esto, traducido al lenguaje cotidiano significa aplicar un ajuste, deskirchnerizar la sociedad y derogar la LSCA, algo que les duele como un forúnculo. Después, como quien no quiere la cosa, sugirió “poner coto al capitalismo de amigos”. También, gracias a Kirchner, aprendimos el verdadero sentido de esa expresión: el capitalismo debe ser sólo de ellos.
Nada más irritante que el llanto del que está repleto. En el Coloquio de IDEA, todos los expositores derramaron lágrimas sobre los micrófonos, como si estuvieran en la indigencia. Los lamentos por la pérdida de rentabilidad, los controles cambiarios y las regulaciones parecían más propios de una telenovela que de un foro protagonizado por los más acaudalados. Sin embargo, detrás del escenario, la realidad los contradice. Las automotrices, los bancos, las empresas de servicios y las extractivas muestran un crecimiento récord en sus operaciones. FIAT Argentina, cuyo titular, Cristiano Rattazzi, es el más quejumbroso, alcanzó el segundo mejor registro histórico en sus ventas. Ford terminará exportando más que el año pasado. Los bancos acumulan una ganancia del 110 por ciento por encima de la de 2013. Una recorrida por los diferentes sectores de la Gran Economía puede despertar repugnancia porque casi todos lloriquean a pesar de haber ganado como nunca.
Entonces, ¿qué más quieren? La respuesta es sencilla: quieren gobernar. Y no para que a todos nos vaya mejor, algo que la historia reciente pone en evidencia, sino porque no soportan perder la potestad de tomar las decisiones. El país es de ellos y están acostumbrados a romperlo cuando se les antoja. Lo que les molesta es que desde hace once años no pueden jugar como antaño: destruyendo todo con la seguridad de que siempre habrá alguien que venga a reparar. Ahora que estamos aprendiendo a construir, no podemos dejar que vuelvan los demoledores.
En estos días, surgió la palabra enemigo pronunciada por los agoreros con un dramatismo conmovedor. Quince años atrás, esto nos hubiera preocupado. Pero nuestro conocimiento sobre las cosas ha crecido tanto que ahora nos causa risa.  Porque muchos que se disfrazan de adversarios, en realidad son enemigos. Y lo han sido siempre. Quienes auspiciaron los golpes y se han beneficiado con ellos, son los principales. Los que se niegan a devolver las divisas robadas, los que tienen todo y quieren mucho más a nuestra costa, los que han pisoteado nuestros derechos para eternizar sus privilegios, los que se burlan de nuestra dignidad conquistada, los saltimbanquis, monigotes y mayordomos que pugnan por la restauración y los nostálgicos empeñados en impulsar un retroceso. Todos estos son enemigos porque se niegan a acatar la voluntad del pueblo. Son enemigos porque quieren succionar nuestra sangre, como ya lo han hecho en muchas ocasiones. Son enemigos porque se muestran como ángeles salvadores cuando en realidad son demonios destructivos y despreciables. Si les molesta que los nombremos como enemigos, que dejen de comportarse como tales.
No son personajes recién llegados a la tierra: han estado desde siempre para someter nuestro país al imperio de turno, con una minoría enriquecida y una mayoría sufriente. Ahora lo sabemos con más claridad. Néstor Kirchner fue el que dio el puntapié inicial de este intenso aprendizaje. Por eso la Historia le tiene reservado un lugar de privilegio, aunque, desde hace mucho tiempo ocupa la principal habitación de los buenos corazones. El mejor homenaje es mantener siempre vigente el proyecto que inició y no distraernos con las minucias pestilentes que arrojan los boicoteadores desde un costado del camino.

viernes, 24 de octubre de 2014

Esquivando los embates



Cada vez con más insistencia, los miembros de todos los sectores de la oposición reclaman la búsqueda del diálogo y del consenso. Que quede claro: para ellos, la ausencia de esas dos civilizadas prácticas es culpa absoluta de la barbarie kirchnerista. Barbarie que nos ha sacado del pozo más profundo al que hemos llegado en nuestra historia reciente; un abismo al que nos arrojaron muchos de los que ahora se arrogan el derecho de salvarnos; esto sería, ni más ni menos, que volver a empujarnos a esos pestilentes sumideros. Barbarie que soporta insultos, mentiras y operaciones como nunca antes ha recibido otro gobierno. Mientras los bárbaros gobiernan con mano firme y buen rumbo, los civilizados arrojan estiércol, conspiran y desgastan. Pero nada dicen sobre la especulación, la evasión y el encanutamiento que practican los empresarios más angurrientos y destituyentes. ¿Acaso eso es dialogar y buscar consenso? No, señores. Esta vez no nos engañan: eso es estafar a todos los argentinos. Y si para ellos dialogar es sólo escuchar sus órdenes y el consenso es acatarlas, ya no estamos dispuestos a hacer eso.
Si aplauden a cuatro manos la posibilidad de expulsar a los extranjeros que delinquen, que sostengan la misma euforia con algún empresario foráneo que trate de gambetear al fisco o burle la ley para incrementar su rentabilidad. Sin dudas, los segundos deben abundar más que los primeros. Y encima, con un solo manotazo pueden hacer tambalear nuestra economía doméstica. O, por lo menos, dificultar su crecimiento. ¿O acaso es posible sostener un diálogo coherente con concesionarios y automotrices, que se muestran preocupados por un descenso de las ventas y, cuando el Gobierno elabora un plan, tratan de boicotearlo con todos los medios a su alcance? ¿O con los productores y exportadores agropecuarios, que no han liquidado los bienes de nuestra tierra para forzar una devaluación y obtener mayores ganancias? De una vez por todas, debemos comprender que no hay diálogo posible con los que nos quieren perjudicar.
Quienes evaden, especulan y aumentan los precios de manera indiscriminada no nos preguntan si estamos de acuerdo con sus trampas. Entonces, ¿por qué tenemos que dialogar en lugar de sancionarlos? Este año, la cosecha de soja alcanzó un 15 por ciento más que el año pasado. Sin embargo, por la angurria de los estancieros, no significará el mismo ingreso de divisas que si la hubieran liquidado en enero, cuando el precio internacional era mayor. Las exportadoras han prometido desempolvar unos 6 mil millones de dólares en porotos, aunque lo almacenado en los blancos gusanos rurales supera los 10 mil. Si no cumplen, como acostumbran, ¿no sería buen momento para nacionalizar la exportación y cuidar mejor nuestros intereses? Bastante tenemos que lidiar con los boicoteadores connacionales para soportar los embustes de los forasteros.
Un casting en Mar del Plata
Pero además de estas trapisondas, los que más tienen también fugan divisas. Y no sólo eso: son los mismos que reclaman la necesidad de inversiones extranjeras y exigen dólares frescos vía endeudamiento. ¿Para que el país crezca?, preguntará algún ingenuo. ¿Para aumentar la producción y mejorar la competitividad?, supondrá algún iluso. No, de ninguna manera: para seguir acumulando el resultado del saqueo en cuentas en el extranjero, como han hecho siempre. O, por lo menos, desde marzo de 1976, cuando conocieron las delicias de la bicicleta financiera y las estatización de deudas privadas. Cuando comprendieron que con un Estado cómplice podían multiplicar sus fortunas sin demasiado esfuerzo. Y la nociva conducta se hizo hábito. Casi una malsana adicción difícil de controlar y, más aún, de abandonar.
Por eso no ven la hora de que llegue el fin de ciclo, tantas veces anunciado. Más aún cuando el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, en su informe bimestral en el Senado Nacional, destacó la necesidad de una comisión bicameral para investigar maniobras especulativas y terrorismo económico. “Es muy importante que el Congreso haga una exhaustiva investigación sobre por qué se hacen estas fugas de capitales y quiénes son los autores”, fundamentó. Mientras los senadores de la oposición se dedicaban al ritual de reclamar a Boudou un paso al costado, Capitanich denunciaba que entre 2003 y 2013 se fugaron casi 63 mil millones de dólares. Un importante contraste, vale aclarar; una foto para retener en la memoria durante décadas. Para quien no comprenda bien esta analogía, la oposición es el brazo ejecutor de la venganza del Grupo Clarín hacia quien logró la re estatización de los fondos de pensión. El actual vicepresidente quitó un jugoso negocio de las fauces de la bestia. Un monstruo muy herido porque por fin la democracia está encontrando su sentido.
Ya lo dijo la diputada Elisa Carrió, más como alarma que como denuncia: Clarín es la muralla de protección de los más importantes grupos económicos. Y si cae Clarín, caen todos. No todos, sino los más perjudiciales. Una aclaración: para ellos, caer es sólo acatar las leyes y someter sus angurrias a la vida democrática. No significa que a partir de ahora deban vivir debajo de un puente con sus pertenencias amontonadas en un carrito de supermercado. Caer no es el despojo, sino una contención de su avaricia. Como les molesta tener límites, en su horizonte vislumbran un Estado mínimo y, de ser posible cómplice de sus fechorías. Pero para alcanzar ese país paradisíaco deben acabar con el kirchnerismo, por las buenas o por las malas.
Para tal fin, organizaron un festín en Mar del Plata con formato de coloquio, música nostálgica y ganas de restauración. La 50° edición del encuentro de IDEA, que reúne a los más férreos defensores del neoliberalismo, se convirtió en un espacio para que los candidatos presenten sus propuestas electorales. En realidad, no es más que un lobby donde los empresarios comparten sus angustias y cantan los más emotivos tangos sobre los tiempos idos. Y los candidatos, como participantes de un casting, tratan de agradar a los miembros del jurado, acaudalados patricios que pagaron 15 mil pesos la tarjeta. El ganador será el que pueda convertir en plataforma política sus egoístas exigencias.
Pero ya no hay que escuchar los ladridos de estos oscuros personajes porque no quieren nuestro bienestar, sino todo lo contrario. En lugar de un fin de ciclo deberían recibir para Navidad de 2015 una auspiciosa continuidad. Y los que menean el rabo ante estos requerimientos succionadores merecen el vacío en las urnas, para que aprendan que el Estado democrático debe proteger los intereses de la mayoría y no defender los privilegios de una minoría destructiva.