miércoles, 2 de noviembre de 2011

Opinión y responsabilidad

Si bien resulta pintoresca, contundente, efectiva y sintética, ya no se puede sostener como afirmación seria la célebre frase de Perón “la única verdad es la realidad”. En primer lugar, resulta innecesario y redundante el uso del adjetivo ‘única’ porque cuando se utiliza el término ‘verdad’ se está hablando de algo absoluto, universal y por lo tanto, único. Hay verdad a secas, sin verdades más verdaderas que otras. Cuando se acepta La Verdad, se está comprando un combo indiscutible, donde las subjetividades quedan afuera. Algo diferente ocurre con ‘realidad’, que es una versión más aceptada y menos dogmática que ‘verdad’. Aunque ‘verdad’ y ‘realidad’ como conceptos filosóficos están en crisis desde hace mucho tiempo, es indudable que son términos contrapuestos. Hasta los positivistas han llegado a la conclusión de que la ‘objetividad’ –otra versión del concepto ‘verdad’- se construye por convención, por acuerdo entre científicos.
La realidad, entonces, debe ser entendida como una construcción producto de la subjetividad que aporta sentido y coherencia a los hechos que ocurren a nuestro alrededor. En nuestro mundo cotidiano estamos en contacto con hechos y ese contacto a veces es directo –experiencia personal- y en la mayoría de los casos, mediados por relatos que nos acercan hechos lejanos, como las noticias, lo que alguien nos cuenta o lo que leemos en algún libro. El sujeto construye la realidad a partir de la observación personal y de los múltiples relatos que recibe. A partir de esos datos, el sujeto realiza una interpretación, una lectura, una correspondencia entre hechos cercanos o no. Pero la subjetividad no es arbitraria ni caprichosa. La construcción subjetiva del mundo es un trabajo y exige responsabilidad. Un trabajo de observación, de recopilación de datos, de búsqueda de información. Adherir a una verdad dogmática es mucho más sencillo porque la persona no tiene que esforzarse sino que acomoda su vida a un combo que dura por siempre. En cambio, la realidad, como construcción subjetiva y tal vez simbólica, es cambiante, dinámica y diversa.
Los medios de comunicación aportan de manera permanente una selección de relatos basados en hechos ocurridos en diferentes lugares del globo, incluido “acá a la vuelta de casa”. Esa selección es conocida como agenda informativa, que para los editores de un diario es el conjunto de hechos que constituyen la realidad de ese día. Los lectores que leen ese diario acceden a una versión de la realidad que puede o no tener elementos en común con la presentada en otros diarios. Junto con esa selección de hechos están las interpretaciones de esos hechos, que son las columnas de opinión. Entonces, la realidad se construye de dos maneras en los diarios: con las noticias, que relatan hechos en forma objetiva y con las columnas de opinión que son una evidente muestra de la subjetividad del que la firma. Que la noticia sea un relato en forma objetiva no quiere decir que el sujeto no ponga en juego su punto de vista. El contenido de la noticia es subjetivo y el formato es objetivo. Entonces es una subjetividad disfrazada de objetividad. Pero que la noticia sea subjetiva no quiere decir que pueda presentar un hecho que no ocurrió porque eso sería mentir. Que la noticia sea subjetiva no quiere decir que sea mentirosa. Por eso, toda subjetividad debe ser responsable y no traspasar los límites de la ética.
Pero también en las opiniones debe reinar la responsabilidad. Que una columna sea el producto intelectual de un periodista no significa que deba decir cualquier cosa. A lo largo de este año electoral hemos podido apreciar un manejo muy irresponsable de la opinión de algunos encumbrados exponentes de la profesión, que más parecían alucinaciones o expresiones de deseos que análisis de hechos o situaciones.
El doctor Mariano Grondona expresó en su programa del domingo 23 su preocupación por la fuga de dólares y reclamó a la Presidenta recién re electa que tomara medidas al respecto. A lo largo de la semana siguiente, el Gobierno Nacional anunció decretos cuyo fin principal era responder a ese reclamo (y no porque CFK tome como gurú a don Mariano). En el programa del domingo 30 de octubre el Doctor se encargó de cuestionar todas las medidas porque, según él, limitaban la libertad de comercialización y significaban un abuso de autoridad y cosas por el estilo. Un opinador no puede ser tan ciclotímico, por más que tenga chiquicientos años. La realidad que construye Grondona tiene como objetivo no ordenar y dar sentido a los hechos sino todo lo contrario. Aún insiste en sus columnas con el viejo truco de comparar el gobierno de Cristina con un régimen nazi o cosas peores. Eso no es una muestra de responsabilidad porque produce inquietud y aversión en sus espectadores, a través de analogías caprichosas que no pueden ser confirmadas en los hechos.
En otro nivel –muy bajo intelectualmente y más aún en representación- están los dichos de la doctora Elisa Carrió, cuya responsabilidad ha sido ampliamente premiada en las elecciones del domingo 23 con un generoso 1,8 por ciento. Ese hecho –el resultado- no sólo no la llamó a la reflexión sino que recrudeció su relación alienada con la realidad del país. Esa resistencia al régimen de Cristina que anunció después de las elecciones, ampliamente aprovechado para humoradas de todo tipo, también apunta a presentar al Gobierno como autoritario. Pero no conforme con eso, la diputada responsabilizó a los once millones de votantes por lo que ocurrirá en el futuro: “hoy, el 53 por ciento del pueblo, junto con la nueva presidente [sic] son los únicos responsables del destino de la Nación”. Para que quede claro, no por lo bueno que pueda pasar sino por lo malo que –según ella- se viene.
Con estas declaraciones, la doctora Carrió no sólo está despidiéndose de manera definitiva de la política sino que está negando los principios básicos de la vida democrática. Y para reforzar esta idea, realizó una sugestiva declaración a un periodista de canal 13, su único contacto con la prensa: “Dios les da a los pueblos lo que quieren y no lo que necesitan”. Existen muchas maneras de analizar esta expresión subjetiva disfrazada de dogma, pero sería destinar demasiado espacio a semejante exponente de la no-política. Para la soberbia posición que toma la doctora Carrió después de la aplastante definición en las urnas, hasta Dios se equivoca en estas cuestiones de la política. Para pensarlo: una persona que se define católica y niega la sabiduría de Dios porque no salió ella como elegida; se ha dedicado a la política como legisladora durante gran parte de su vida y no acata las normas esenciales de la vida democrática; deslegitima los resultados electorales llamando ‘régimen’ al gobierno democráticamente elegido. Tal vez sea cierta esa frase que circula por allí, adecuada para los dos casos analizados: el ridículo es un viaje de ida, no te subas.

lunes, 31 de octubre de 2011

Un aluvión de negaciones

Después de las elecciones presidenciales del 23 el desconcierto reina en la oposición, tanto mediática como política. No saben cómo asimilar los números, aunque ya estaban cantados de antemano. La interpretación de las motivaciones del votante para elegir a CFK va desde el absurdo al ridículo. Cualquier cosa sale de esas cabezas desorientadas menos la coherencia. No la han tenido antes de las elecciones, menos van a tenerla después de la paliza. Algunos pensaban que podría haber algo de madurez y reconocimiento. Y los más extremados optimistas esperaban que se situara cada uno en el lugar que le corresponde, los políticos a la política y los medios a informar. Pero no. Parece que desde ahora hasta las elecciones legislativas de 2013 van a seguir de operación en operación, todos confundidos en el rol de periodistas políticos y políticos periodistas o todo junto. Mientras algunos se desbandan otros se arrinconan. Cualquier cosa, menos intentar comprender la necesidad de acompañar un proyecto que no sólo ha logrado mejorar la situación económica sino que ha instalado a los gobernantes del lado de los ciudadanos, para usar términos estrictamente republicanos.
Si el chofer del taxi afirma que la gente votó con el bolsillo, sólo repite una explicación liviana que ha escuchado por la radio. Y por supuesto, no se dedican a pensar en todo lo que entra en un bolsillo, desde la AUH hasta la rentabilidad de las exportaciones, desde los juicios a los represores hasta el Fútbol Para Todos. Que una señora en la cola del supermercado diga que Cristina ganó las elecciones porque resultó efectiva la simulación de viudez es comprensible porque está repitiendo una consigna dogmática que no es producto de su trabajo subjetivo. Se le podrá reprochar la ausencia de esfuerzo intelectual pero no el enunciado. Porque esta señora no se pregunta cuánto influyó la viudez en la decisión del voto. Quienes merecen el reproche son los que originan los contenidos de esos enunciados, que por lo general suelen ser “encumbrados pensadores” que operan en los medios de comunicación.
El texto de Beatriz Sarlo publicado en el diario La Nación el lunes 24 de octubre es un claro ejemplo. Ese artículo es reprochable porque es Sarlo quien lo firma y no una señora en la cola de un supermercado. No sólo es una intelectual de larga trayectoria sino que –de acuerdo a sus dichos- es una observadora incansable del mundo cotidiano. Muchas veces ha dicho que se traslada por la ciudad en colectivo o subterráneo, que asiste a actos masivos organizados por el kirchnerismo, que conversa con la gente. En síntesis, no vive encerrada en una torre de marfil. Ella se enfrenta a los hechos cotidianos, los observa, los recoge y, en la construcción de su subjetividad, los piensa, los contrasta, los elabora. Si de todo ese procedimiento intelectual la única explicación posible que encuentra de los resultados electorales del domingo 23 de octubre es que los votantes fueron engañados por CFK con una actuación de “alta escuela” en relación a su viudez, estamos en presencia de una clara construcción dogmática que tiene como objetivo no aportar elementos para la conformación de la opinión de los lectores sino alimentar prejuicios ya existentes.
La autora de Escenas de la vida posmoderna parte de una hipótesis indemostrable, de una premisa falsa en la que se niega al análisis intelectual de los hechos y construye una realidad infundada. En pocas palabras, acusa a la Presidenta de haber simulado el dolor de su viudez y subestima al electorado por haberlo creído. Si se tratara de un texto pre electoral, resultaría comprensible esa lectura. Pero ante la contundencia de los números del día después, sostener esta postura sólo puede explicarse desde la clara mal intención de negar legitimidad a la continuidad presidencial. Desde su pequeñez, su mezquindad y su odio está diciendo que CFK merece más un Oscar a la mejor actuación que la presidencia de la Nación, pues once millones de votantes fueron engañados por una brillante actriz. Cristina sería más un personaje de melodrama que la mandataria más admirada de la región. Sarlo se deja llevar por la tentación de utilizar el viejo truco de negar la voluntad popular para evitar hablar de política en serio.
Si en algo se equivoca Beatriz Sarlo es en atribuirle a la presidenta el papel de viuda. Cristina no ha sido nunca una viuda, por más que haya perdido a su marido, a su compañero de toda la vida. Si fuese una viuda, estaría enclaustrada en El Calafate con su dolor y no sería ya La Presidenta. No es una viuda ni actúa como una viuda. Es un cuadro político que ha perdido a un compañero de militancia; no llora su lecho vacío sino que hace público el hueco que ha quedado en la construcción de nuestro futuro.
Precisamente es esto lo que le reprocha Sarlo. Le molesta que la pérdida no la haya dejado inutilizada sino que se haya fortalecido a partir de la muerte de Néstor. Le inquieta  admitir lo que se está construyendo en nuestro país. Le asquea la certeza de que sea el peronismo tan odiado en su formato siglo XXI el que esté garantizando el futuro.
Cuando no se encuentran argumentos por ausencia de voluntad intelectual, no queda otro camino que apelar a la burla, a la provocación simplona. Como en la fábula, cuando la zorra no puede alcanzar las uvas porque están muy altas, se aleja de la parra y dice: “no importa, están verdes”. Tal vez Sarlo no pueda explicar por qué una zorra quiere comer uvas, pero sí está en condiciones de elaborar un análisis más profundo del resultado de las elecciones. Pero no quiere. Prefiere demostrar desconcierto, recurrir a la burla porque no sabe cómo enfrentar esta nueva situación, esta confirmación del rumbo, este pacto de amor entre la Mandataria y su pueblo. Como no se atreve con los argumentos, ataca a la persona. Al atacar a Cristina, al llamarla simuladora, está menospreciando a gran parte del electorado, cuyo voto no merecería el análisis serio de la columnista. Pero además, está subestimando a sus lectores al presentar argumentos tan débiles y poco elaborados.
Y para reforzar esta idea, presenta su concepción de “voto inteligente” en los resultados del FAP. En su visión eurocéntrica, esos votos son más valiosos que los obtenidos por Cristina, aunque su conformación reúna distintas fuerzas contrapuestas. Si en su texto afirma que Cristina simuló su viudez, Sarlo simula una negación de los hechos; sigue construyendo la realidad en base a los caprichos, aunque esté en condiciones de hacerlo de manera más seria. En lugar de aportar una lectura de la realidad que contribuya a comprender mejor este nuevo fenómeno, sólo apela a sacar la lengua, como una provocación infantil. Y acusa a una de farsante y a los otros de necios. Paciencia, ya va a madurar. Lo importante es que la lengua de quienes defienden este proyecto siga elaborando ideas y no sacudirse en burlas innecesarias.

sábado, 29 de octubre de 2011

Una semana de emociones

Si algo puede caracterizar a esta semana es la carga emocional que ha tenido y por la que va a ser recordada durante mucho tiempo. Quien no se haya visto en peligro de deshidratación por lágrimas es porque aún no comprende bien lo que está pasando. O porque sigue mirando para otro lado, actitud sumamente peligrosa en ciertos momentos de nuestra historia. Hay tres días que no se pueden pasar por alto y que se constituyen como hitos para la historia futura.
El primero, por supuesto, es la indiscutible victoria obtenida por Cristina el pasado domingo en las elecciones presidenciales. Por un lado, significa una aceptación de lo llevado adelante en estos ocho años por el gobierno kirchnerista. Ese día se hizo evidente la consolidación de una unidad impensable desde mediados de los setenta, una unidad boicoteada por la derecha impiadosa de la triple A, aniquilada por la dictadura genocida, saboteada por los resabios golpistas a mediados de los ochenta y descafeinada con desvergüenza por el menemato en los noventa. Después de la explosión del 2001, los habitantes de este bombardeado territorio no podíamos estar más dispersos, más derrotados, más hundidos. Pero, como dice Joan Manuel Serrat, “bienaventurados los que están en el fondo del pozo, porque de ahí en adelante sólo cabe ir mejorando”. Pero eso no ocurrió porque sí. Nuestro abismo no hubiera tenido límites de no haber llegado ese pingüino presentado, en un principio, como un “chirolita de Duhalde” y que terminó siendo el refundador del país. Y eso es indudable, más allá de las objeciones que puedan poner los detractores, descreídos, desconfiados o boicoteadores de siempre.
Por otro lado, los resultados del domingo significan el compromiso de no abandonar jamás este camino pues gran parte de los ciudadanos ha comprendido que es la única garantía de futuro. Siempre se crece desde abajo hacia arriba. No hay otra forma. Por eso, la inclusión de todos nuestros conciudadanos debe ser la intención de toda acción de gobierno, como lo ha sido hasta ahora. Y los que ya estamos incluidos debemos acompañar y enorgullecernos. El pueblo en la plaza celebrando junto con los gobernantes es la foto más emotiva de este año, un reencuentro que debería conmover hasta a las piedras. Aunque uno sabe que hay algunos que están emperrados en ver todo mal, en protestar permanentemente, en quejarse, en resistirse. Pero ya son los menos. Algunas comadrejas escupirán, desde sus madrigueras, que once millones de personas votaron con el bolsillo o que fueron engañadas por la simulación de viudez, como aquella otra que dijo alguna vez que Fuerza Bruta se dedica a organizar funerales. Esas comadrejas están cada vez más solas y la sarna les impide descansar.
El segundo momento emotivo de la semana fue la sentencia que recibieron los genocidas en la megacausa ESMA. Algo que muchos consideraron como un gesto vacío el de aquel 24 de marzo de 2004, cuando el entonces presidente Néstor Kirchner dijo “proceda” convirtiendo a los ex presidentes de facto en dictadores y asesinos, cuando pidió perdón en nombre del Estado Argentino, cuando se comprometió a reparar tanta injusticia. Por su iniciativa, se derogaron las imperdonables “leyes del perdón” y comenzaron los juicios, que son muchos. Casi trescientos condenados y otros tantos en proceso. Pero la sentencia del miércoles carga de valor aquel gesto y lo convierte en símbolo. Claro que están los que desconfían, los que dicen que es una cuestión de marketing o tonterías por el estilo. Lo que pasa es que no se animan a confesar cuánto molestan los juicios. Algunos periodistas estaban en su salsa cuando protestaban por los indultos y las leyes del perdón, porque sabían que podían quejarse sin comprometerse. Ahora, cuando los juicios y las condenas son hechos, no se atreven a manifestarse a favor. Por supuesto, no hace falta demasiada capacidad intelectual para estar en contra y queda mejor el disfraz de crítico. Esos también están cada vez más solos.
El tercer momento emotivo de la semana ocurrió el jueves, cuando se cumplió un año del fallecimiento de Néstor Kirchner. Homenajes y recordatorios pudieron verse en los medios, algunos profundos y otros de compromiso. Ese día de censo será inolvidable para muchos que se vieron impactados por la noticia. El dolor colectivo recorrió las calles. Un funeral se convirtió en una manifestación política y una muestra de apoyo a CFK. Pero no fueron sólo expresiones de condolencias sino una transmisión de energía. Ese día, se perdió un militante pero se ganó un símbolo.
Las imágenes de sus discursos, sus declaraciones, sus gestos conmueven a muchos y sirven para ver, en la distancia, cuánto ha perdido nuestro país. Pero la emoción colectiva que se sintió en el primer año sin él permite la reconstrucción de su pensamiento, de su impronta, del sendero que ha marcado a lo largo de su vida. Es imposible no sentir que estamos construyendo algo diferente. En la política argentina –y menos aún desde la recuperación de la democracia- nadie hizo nada como lo hecho por él. A la distancia, desde los fragmentos que nos aporta la tele, todo parece fácil. Hasta parece jugar a presidente, parece divertirse con lo que hace. Pero todo lo hizo en serio, con la seriedad que ponen los chicos cuando juegan. Sus gestos traviesos en los momentos más cruciales de la historia se contraponen a los actos de recuperación que protagonizó.
Algunas de esas comadrejas hablarán de impostura; otros mostrarán indiferencia; están los que se resisten y los que no quieren entender. Claro, no queda bien estar a favor. Hay un hábito de desconfiar de los gobernantes, de verlos como enemigos. Y es comprensible después de tantas frustraciones. Algunos medios extranjeros se sorprenden porque mientras en los países europeos y en Estados Unidos miles de ciudadanos reclaman medidas de protección a sus respectivos gobiernos porque se sienten abandonados, en Argentina el pueblo sale a la calle para demostrar su amor a la Presidenta y su equipo. Dejarse llevar por esta emoción colectiva –por la consolidación de un proyecto, por la reparación histórica y por la recuperación simbólica de Néstor- es algo indescriptible. Es una pena que muchos no puedan verlo porque sería más fácil alcanzar la unidad tan anhelada. No importa. Tenemos mucho tiempo por delante. Pero sería más rápido si el velo de la desconfianza y el malhumor que aún queda como restos del desmantelamiento de los noventa se corriera definitivamente.

miércoles, 26 de octubre de 2011

De pingüino a Nestornauta

La ahora diputada por el FAP, Victoria Donda, presentaba su propuesta de campaña con una frase de “profundísimo” contenido político: “vamos a portarnos mal”. Y su pose parecía más adecuada para una bailarina de Tinelli que para una diputada de un frente progresista. A eso le agregaba abundante pintura de guerra y un gesto de adolescente rebelde un poco desubicado para sus más de treinta años. Pero para ella, eso es portarse mal. Carrió lo hace mejor y por eso ahora es la resistencia al régimen de Cristina. Y tanta resistencia hizo en estos tiempos que los ciudadanos se resistieron a votarla.
El que en serio se portó mal, muy mal, y sin necesidad de pinturas de guerra ni exageradas poses sensuales fue Néstor Kirchner. Cuando nadie esperaba que apareciera alguien que sacudiera el polvo del posibilismo que sumergía al país en el desánimo y la apatía, vino desde el sur a portarse mal. Tan mal se portó que asumió la presidencia con el 22 por ciento de los votos. Y se portó peor aún cuando rechazó las condiciones que el establishment le imponía para garantizar la gobernabilidad. Le auguraron seis meses en el gobierno y se quedó los cuatro años. A partir de entonces comenzaron a romperse los vaticinios mediáticos, los condicionamientos corporativos y los cercos políticos. Eso es portarse verdaderamente mal.
Cuando asumió como presidente no se disfrazó de presidente. Tampoco se comportó como presidente cuando jugó con el bastón presidencial o cuando se zambulló en la multitud y consiguió una herida en la frente, que exhibió como una medalla de oro obtenida en los juegos olímpicos. En su discurso de asunción anunció que se iba a portar muy mal, porque no iba a dejar sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada. A muchos les resultó pintoresco porque no pensaron que fuera a cumplir con algo así. Y se portó tan mal que de pintoresco pasó a ser peligroso.
Con sus mocasines, su traje cruzado sin abrochar y su extraña manera de pronunciar dio la orden de bajar un cuadro, todo un símbolo del olvido de nuestra historia. Y por si esto fuera poco, pidió perdón a Madres, Abuelas, Hijos, Nietos y Familiares en nombre del Estado Argentino. Anuló las leyes del perdón, reformó la Corte Suprema de Justicia y así, sin más, en todo terreno y en todo sentido, comenzó otra historia.
Para desautorizarlo, para injuriarlo, para minimizar su figura, desde los oscuros centros del poder real de nuestro país lo llamaron pingüino, un ave inofensiva, graciosa, casi impotente. Él absorbió el apodo y lo convirtió en fortaleza. El pingüino, que en origen está imposibilitado de volar, nos arrastró a todos hacia las alturas para recuperar el orgullo de pertenecer a un país. En esas alturas nos devolvió la autoestima. Y en un exceso de inconducta, comenzó a hablar de soberanía, no como un término vacío para usar en actos del colegio sino como un proyecto que se construye día a día. A tal punto que en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, ese pingüino quiso portarse tan mal que desafió al águila y le dijo que no al ALCA, en las propias barbas del representante del imperio.
Néstor, el pingüino que se convirtió en Nestornauta, desterró el pesimismo que reinaba en el país y nos inundó de optimismo inagotable. Nos enseñó que no se pueden recuperar derechos sin generar conflictos. También nos enseñó que los conflictos se enfrentan, no se gambetean. Y su enseñanza más importante: el Estado no debe estar ausente ni ser neutral. Eso significó un cambio en la lógica del pensamiento porque instauraba nuevamente la política como ordenadora de las relaciones, como articuladora de intereses. De esa manera, comenzó a socavar el discurso dominante, sustento fundamental de la ortodoxia económica que gobernó –y destruyó- nuestras esperanzas durante más de veinte años.
Para dar continuidad al proyecto de país en el que soñó toda su vida escandalizó aún más al sentido común de las corporaciones al nombrar como sucesora a su esposa, la entonces senadora, la doctora Cristina Fernández de Kirchner. Los misiles mediáticos no impidieron que CFK accediera al gobierno. El resto ya lo sabemos. Después de la contundente reafirmación del domingo, los prejuicios sobre la fragilidad de género deberán pasar al arcón de los recuerdos. En realidad, esa supuesta fragilidad se esfumó cuando la angurria rural quiso dominarla o destituirla. En lugar de irse a lavar los platos, Cristina, que así comenzaron a llamarla, siguió adelante, tanto que está batiendo muchos récords… y nosotros con ella.
Néstor y Cristina, el segundo matrimonio que cambió la historia de nuestro país. Un par de locos que desde jóvenes decidieron portarse mal y cumplir los sueños, no sus sueños, sino los de todos. O mejor dicho, sus sueños son los de todos.
Cada paso que dieron –juntos o separados, algo que ya no importa- representó un desafío, significó una cuota más de fortaleza, una nueva voluntad ganada y finalmente, un gran triunfo. Para muchos ciudadanos fue un aprendizaje. Empezar a hablar nuevamente de política, ganar las calles para apoyar un gobierno, con alegría, con fuerza, con convicción era algo que no se veía desde el retorno a la democracia. Entusiasmo y confianza, soberanía y autoestima, solidaridad y compromiso, política y emoción. Todo eso aprendimos de la mano de Néstor y Cristina. Quien dude de estas ideas puede volver a ver las imágenes de los festejos del pasado domingo en Plaza de Mayo o en la plaza principal de cualquier ciudad. No era un triunfo sectario o partidista, sino un festejo de todos y para todos. Y con mucha promesa de futuro.
Desde hace un año no está, y sin embargo, está más que nunca en cada uno de nosotros. Hasta en eso se portó mal el pingüino Nestornauta. Dicen que el domingo estuvo en los festivos, alegres, llorosos, fervorosos rostros de los manifestantes. Y dicen también que estará allí para siempre.    

lunes, 24 de octubre de 2011

La potencia de un país

El otro día, un señor con mucha plata de dudoso origen, ligado de manera indirecta a la familia del autor de estos Apuntes, señalaba con visible inquietud el peligro que podría significar un triunfo contundente de CFK. Entre todos los temores figuraba la certeza de que después de la asunción de su segundo mandato, el Gobierno Nacional confiscaría la mitad de los bienes de aquellos que concentraban gran parte de la riqueza del país, este individuo entre ellos. En psicología, eso se llama proyección, porque eso es lo que haría gente como él –y lo han hecho- de tener el poder: apropiarse de todo.
El domingo La fuerza de un país se consolidó en las urnas. Pero no ocurrirá ninguna de las pesadillas planteadas por este paranoico señor. Cuanto mucho, tendrá un mayor control fiscal sobre sus bienes y, por tanto, deberá pagar más impuestos. Pero no más que eso. En las urnas hubo una contundente victoria de la fórmula oficial. De ahora en más, debemos reflexionar sobre el significado de lo que ocurrió en las elecciones presidenciales, para que esa fuerza se convierta en verdadera potencia. ‘Potencia’ no significa sólo poder en el sentido de fuerza, sino también como posibilidad cercana a la certeza. Potencia y acto en términos de la filosofía clásica.
Todavía falta mucho para construir el país con el que todos soñamos, pero hay tanto para celebrar, cambios impensables diez años atrás. Pero lo más importante y el hilo conductor de estas transformaciones es –y debe seguir siendo- el rol del Estado en la recuperación de la dignidad, derecho y autoestima de todos los habitantes de nuestro entrañable país. Este cambio de paradigma en la vida institucional de Argentina debe ser comprendido como la garantía esencial para nuestra vida futura. Por tanto, es necesario desalojar de nuestros argumentos cotidianos todo lo que se escape de ese eje sustancial que se ha construido en los ocho años de modelo K. Lo que debemos todos –todos en serio- es apuntalar la presencia de la política en todas las decisiones de gobierno, porque eso es lo que determina la fortaleza de las acciones. De esta manera se establece la diferencia entre un gobierno que gobierna y un gobierno gobernado. En la Casa Rosada es donde deben tomarse las decisiones y no en las oficinas de las corporaciones. A partir de ahora, el interés de uno debe ser el interés de todos.
Casi once millones de votantes han decidido que las políticas de inclusión nos benefician a todos, aunque no seamos beneficiarios directos de ellas. Lo que se escribió el domingo con el voto popular es que un excluido menos debe ser un triunfo que nos enorgullezca a todos. Basta de proferir esas quejas de “medio pelo”. Ya no tiene sustento preguntarse por qué alguien que no trabaja recibe un subsidio, un plan o una asignación. Ya debe resultar despreciable sostener que las “pibitas se embarazan por la platita”. Ya debería avergonzarse quien cuestiona que reciba una jubilación una persona que nunca aportó. Si todo esto ocurre es por el abandono del rol del Estado durante más de treinta años de políticas neoliberales. Si todo esto ocurre es porque gran parte de los ciudadanos argentinos apoyaron esas políticas que beneficiaban a unos pocos en perjuicio de los muchos. Tristes tiempos en que por televisión se admiraba la mansión ostentosa de un personaje de la farándula, sin sospechar siquiera que esa fortuna meteórica ocasionaba la miseria de muchos. Las fortunas ostentosas deben ser consideradas como un insulto a la desigualdad que su obtención generó. El mensaje de las urnas nos indica que a partir de ahora debemos celebrar no las láminas de oro que exhibe un mediocre en su baño, sino los cerámicos de una vivienda social que estrena una familia. Ese mensaje –el de las urnas- nos enseña que a partir de ahora, todos somos responsables por todos. Eso es unidad.
A lo largo de estos ocho años y sobre todo durante el gobierno de Cristina, hubo expresiones nostálgicas de esos oscuros tiempos noventistas. Absurda imagen la de los que caceroleaban en el paisaje urbano a favor de quienes no moverían un dedo por ninguno de los manifestantes. Despreciable caricatura la de los que poblaban las calles para defender la fortuna de unos pocos, sin entender siquiera de qué se trataba la cuestión. Pero esos intentos de debilitar a un gobierno, sirvieron para fortalecerlo. A partir de ahora, deberemos evaluar con verdadera responsabilidad nuestras acciones. Nunca más hay que poblar las calles para retroceder; nunca más aceptar las nostálgicas recetas de la ortodoxia económica; nunca más evitar el conflicto sino llevarlo hasta las últimas consecuencias. Nunca más defender la “libertad de expresión” de los que se la pasan gritando.
Celebrar y continuar
Este contundente e indiscutible triunfo no debe llevar a la soberbia a quienes apoyamos este modelo. Pero tampoco cabe la falsa modestia. Durante dos o tres años los exponentes políticos orquestados desde las oficinas de las corporaciones, sobre todo las mediáticas, ostentaron con soberbia el peor de los odios. Insultos, descalificaciones, mentiras, operaciones mediáticas, trampas legislativas, invisibilizaciones. Y muertes. También hubo muertes planeadas desde los sectores más oscuros de la oposición. Durante estos años hubo piedras en el camino, palos en la rueda, alianzas destituyentes, mayorías accidentales. Ahora basta. Los resultados electorales del pasado domingo simplemente anuncian la confirmación del camino con sus baches y tropiezos, pero sin retroceso ni bifurcaciones. Celebrar sin soberbia pero con orgullo, con emoción, con solidaridad.
No cabe lugar para la revancha. Si bien nunca un gobierno fue tan examinado ni puesto a prueba permanente, ahora hay que continuar con calma. No hay que ilusionarse con un pedido de disculpas por los malos momentos que nos han hecho pasar. Es más, algunos van a reforzar su inoperancia con denuncias de fraude, con votos comprados y distintas maneras de negar una realidad que los descoloca. Ya no tienen la razón. Ya no tienen el control sobre el sentido común de la ciudadanía.
Estos números tienen que frenar la soberbia de quienes se creen dueños del país; de aquéllos que con un permanente gesto de mal humor intentan socavar el ánimo de los ciudadanos; de los dueños de una objetividad a la medida de sus intereses; de los que siempre ganan con las crisis y nunca pagan las consecuencias. Y uno siempre habla de los dirigentes y de los exponentes de los medios de comunicación. Pero también hay un coro formado por ciudadanos de a pie, totalmente consustanciados con ese discurso del odio y el prejuicio. Son los que repiten como loros las consignas opositoras sin entender de qué se trata. A ellos hay que pedirles el esfuerzo de la comprensión. O al menos que se permitan dudar de esos prejuicios con formato de convicciones y principios. También invitarlos a conocer en serio aquello que dicen odiar, despreciar, rechazar. Que recuerden la desintegración, el desánimo, el abismo que nos golpeó diez años atrás.
Esta victoria contundente, histórica del modelo en curso no es el final de un ciclo, sino sólo el comienzo. Muchas cosas se han hecho en todos estos años –pocos en tiempo histórico- pero existe la convicción de que falta mucho más.
Pero el mensaje de las urnas no sólo indica el curso que hay que seguir sino también la falta de apoyo a las propuestas del odio y el retroceso. Duhalde y Carrió recibieron lo que construyeron: casi el vacío. El primero simula haber comprendido. La segunda, en cambio, confirma su extravío. Con menos del dos por ciento de los votos, Carrió se anuncia como resistencia al régimen. Más allá de que haya dejado picando la pelota para las humaradas relacionadas con sus redondeces, sus dichos ya no merecen un lugar en la política. Uno se cansa de respetar estupideces.
Y los que quieran seguir odiando, que se mordisqueen entre sí en oscuros rincones. Pero que no molesten con sus ladridos disonantes. El resto de los votantes estaremos construyendo el país soñado durante muchos años. Y este sueño ya no es una mera ilusión.

sábado, 22 de octubre de 2011

Ansiedad por un domingo esperado


Antes de comenzar este apunte discontinuo es necesario aclarar los alcances de la veda electoral. Esta restricción abarca a los candidatos y partidos en puja electoral, lo que implica la suspensión de actos de campaña, reparto de volantes y declaraciones en los medios de comunicación. En cierta forma, lo realizado hasta ahora es suficiente para que los votantes tengan la información necesaria y puedan estar en silencio político durante 48 horas para poder sopesar las opciones. Ahora bien, si el candidato X tiene esta noche una cena familiar o con amigos no transgrede la veda si enuncia algunos de los puntos centrales de su plataforma. La veda es una restricción en la vida pública, no en la privada.
El resto de los ciudadanos debemos comportarnos con la normalidad de siempre, con algunos reparos al manifestar nuestras preferencias. La veda política no prohíbe las discusiones familiares, entre amigos o vecinos. Así es que de acá al domingo los ciudadanos de a pie, los twitteros, los facebookeros y bloggeros podemos seguir haciendo lo que hemos hecho hasta ahora sin temor a que la justicia electoral nos abra un proceso por transgredir la veda.
Los más de 27 millones de votantes que conforman el padrón electoral tendrán dos días para decidir su voto en una elección presidencial sin precedentes en la vida democrática iniciada en 1983. Muchos ya tomaron una decisión y el domingo sólo confirmarán una adhesión que lleva por lo menos varios meses. Otros están en veremos, como si eso fuera posible. Pero aunque parezca mentira, todavía quedan muchos que manifiestan no interesarse por la política y ven en estas instancias un trámite molesto. Las elecciones nunca deben resultar un trámite molesto porque son la base de toda democracia. Otros dicen no entender nada, como si se estuviese planteando un difícil problema de física cuántica. También están aquellos que dicen abiertamente que no les gusta  la política y justifican de esa manera la irresponsabilidad a la hora de poner un voto en la urna.
Cualquier persona es libre de interesarse por algunas cosas y no por otras y eso forma parte de las diferencias que existen en toda sociedad. Que todos los habitantes de un país se interesen sólo por una única cosa resultaría muy aburrido y empobrecedor. Unos pueden interesarse por la lucha entre lagartijas saharíes y otros por la repostería danesa o la neo filosofía budista. Son disciplinas o actividades que no pueden extenderse a la totalidad porque no afectan nunca a la totalidad, salvo casos excepcionales. Pero la política es otra cosa. La política atraviesa la trama de toda sociedad y por lo tanto, a todos sus integrantes. Nuestras relaciones cotidianas son, básicamente, políticas. Un integrante de la sociedad que afirme que no le atrae la política es como si dijera que no le interesa respirar. Se está negando a un aspecto central de la vida institucional. Sobre todo porque debe elegir un candidato para gobernar los destinos del país, la provincia o la ciudad. ¿Cómo se puede elegir sobre lo desconocido? ¿Cómo se puede reclamar sin saber qué se está reclamando ni a quién? En este caso, no es cuestión de gustos ni de preferencias sino de responsabilidad, de compromiso, no sólo con uno sino con el otro. Mi decisión puede mejorar o empeorar mi vida y la del otro. Entonces, ¿cómo tomarlo tan a la ligera?
Una vez planteado esto como tirón de orejas a los desentendidos viene el momento crucial: ¿por quién votar? Si uno va a comprar una camisa, es obvio que la decisión es personal, aunque no tanto. También se evalúa cómo va a impactar esa camisa entre los familiares y amigos. Uno nunca elige plenamente en soledad sino que hay otro involucrado, aunque no se tenga conciencia de esa presencia. En el caso del voto ocurre algo similar aunque con mucha más incidencia en la vida de la comunidad. El voto individual, que primó sobre todo durante los noventa, con el triunfo mayoritario de un modelo excluyente, a-político, des-comprometido, trajo como consecuencia la destrucción de la economía productiva del país en beneficio de los sectores financieros. El 2001 fue una resultante de ese período destructivo sumada a inoperancias propias del modelo “no aplicado” de la Alianza. El voto colectivo en cambio nos lleva a pensar en el beneficio del conjunto, de la mayoría, de los excluidos. No voto pensando en mí –ni en mi odio, asco, prejuicio, indiferencia- sino en lo que creo mejor para todos. Desde ese punto de vista es posible evaluar las propuestas electorales, sobre todo cuando tienen la forma de programa y no de listado de consignas sin procedimientos. Cualquiera puede proponer eliminar la pobreza, pero la diferencia está en los caminos que se tomen para alcanzar ese objetivo. No es lo mismo la re distribución del ingreso que la matanza masiva de pobres, como formas extremas de eliminar la pobreza. Esto significa lisa y llanamente que la política neutral no existe, como tampoco existe sin conflicto. En definitiva, la política es ideológica, por esencia.
En esta campaña hemos visto a muchos candidatos presentando sus ideas desde la neutralidad, la magia, los tecnicismos, la armonía, la transparencia. Todos propusieron lo mismo sin preocuparse por los procedimientos. Perdón, todos no. Sólo uno de ellos (o una) afirmó en el cierre de campaña que quiere un país para los 40 millones de argentinos, pero con el compromiso de estar siempre de parte de los excluidos. En eso declaró que no es neutral. Y para eso mostró historias de transformación que se fundían en lo colectivo. Una historia es la de todos.
Cuando votemos el domingo pensemos en el 2001. Recordemos cómo estábamos entonces y cómo estamos ahora. Pensemos en quiénes prometen el túnel del tiempo o el camino al futuro; en quiénes quieren la unión y quiénes la unidad; en quiénes quieren un país para pocos y quienes un país para todos. No es difícil. En el cuarto oscuro se puede ser sincero con uno mismo, pero al momento de poner el sobre en la urna, hay cuarenta millones que están a la espera de nuestra decisión.  

jueves, 20 de octubre de 2011

Los unos y los otros

Algunos dicen que la historia se repite, otros afirman lo contrario. Pero, cada tanto la historia se recicla. Esto significa que aunque los escenarios, los protagonistas, los tiempos sean distintos, algo conserva de momentos anteriores. En ese sentido, nuestro presente parece exhibir de forma reciclada una clásica dicotomía: civilización y barbarie. Todavía existen los civilizados que se espantan ante los bárbaros. Y si no qué mejor que revisar algunos de los nuevos spots de campaña del candidato presidencial por la UDESO, Ricardo Alfonsín. Él es el civilizado que se dirige a otros civilizados para conseguir apoyo para frenar a los in-civilizados que seguramente ganarán las elecciones. Los bárbaros hacen lo que quieren en el país que es para mis hijos y mis nietos civilizados. En ningún momento el candidato se plantea que ese país también es de los que votarán por amplia mayoría a la fórmula que quieren en el gobierno. Los “bárbaros” que votan a Cristina permitirán que “ella y su partido” hagan lo que quieran con el país, que es para los hijos y nietos del ‘nosotros civilizados’, no de los hijos y nietos cristinistas. Los bárbaros, sus hijos y sus nietos no merecen ningún país, ni siquiera sus restos. Los bárbaros avasallan el Congreso, abusan de los DNU, hacen clientelismo, futbolean para todos, des-institucionalizan las instituciones, corrompen a los incorruptos, controlan los medios, militan y no hacen periodismo, sino propaganda pagada por el Estado… Los civilizados quieren un país serio en el que lluevan las inversiones extranjeras, las que vienen de países civilizados -aunque estén a punto de estallar- no este país donde la barbarie mayoritaria los espanta. Y la barbarie espanta porque no permite que los capitales extranjeros vengan a hacer lo que quieran en el país. No, la barbarie quiere controlar las inversiones con leyes, impuestos, exigencias y condicionamientos, con buenos salarios para los trabajadores y protección del medio ambiente. Los civilizados añoran los tiempos en que reinaba la ‘barbarie civilizada’ neoliberal, la del menemismo. La civilización de Alfonsín propone la barbarie neoliberal, la que explotó en el 2001 y se está asomando en algunos países del llamado primer mundo.
El otro civilizado es el candidato por el FAP, Hermes Binner, que promete un progresismo controlado, neutro, sin conflicto. ¿Cómo solucionar el problema de la exclusión sin enfrentar conflictos con los que la generan? ¿Cómo atenuar la desigualdad si los que desigualan no quieren igualar aunque sea un poco? ¿Por qué llamar progresismo a lo que es el modelo del derrame con el grifo un poco más abierto?
Y en el caso del animador de fiestas infantiles, Alberto Rodríguez Saá, que promete casas, wi-fi gratuito en todo el país, clases de coro, ciudades sin villas desde la pura magia de su sonrisa publicitaria. ¿Cómo hará para extender la promoción industrial de la que goza San Luis a todo el territorio nacional? ¿Cómo concretará todo eso sin generar conflictos o al menos rispideces en los sectores concentrados de nuestra economía? Pero el doctor Grondona adora este populismo civilizado de El Alberto, porque tiene mucho de magia y poco de enfrentamientos y divisiones.
También es civilizado –aunque demasiado- Eduardo Duhalde, con ese ejército de extras que hacen de sus votantes y que bajo amenaza pronuncian un temeroso “yo lo voto”. Ahora no saben cómo volver al mundo real después de haber expuesto sus rostros en esos spots. Hasta el pobre perrito se siente excluido de sus cánidos pares. El ex presidente de prepo nos invita a un nuevo país: Adelante. Interesante palabra, casi parece una orden militar. Apenas si sugiere la idea del futuro porque en esa casi orden lo importante es marchar, sin importar hacia dónde. No es progresar, sino simplemente ir, pasando por encima de cualquier cosa que se interponga. Entonces aparece la idea de la unión, varias veces explicada en este espacio. La unión es civilizada porque es un pegoteo que esconde los conflictos y las diferencias. Por eso es hipócrita. Y es demagoga porque es uno el que une a todos de acuerdo a su poder y a las condiciones que imponga para esa unión. En cambio la unidad es bárbara porque enfrenta los conflictos y los supera; porque es honesta al tomar una posición y declarar de qué lado está; y es popular porque todos participan y contribuyen en la construcción de esa unidad.
Pero lo que más molesta a los civilizados –a todos- es que los bárbaros quieran apropiarse del discurso, que quieran destronar al discurso que dominó durante más de treinta años nuestro sentido común. Por eso los civilizados denuncian que la Ley de Servicios Audiovisuales es un atentado a la libertad de expresión. Por eso los periodistas civilizados se sienten perseguidos, porque los bárbaros han dejado de admirarlos y sobre todo, de escucharlos y obedecerlos. Peor aún, los in-civilizados se atreven a desmentir sus dichos. Los bárbaros erigen monumentos, estatuas, nombran calles con los personajes que han elegido como referentes. Hasta osan dudar de la historia narrada por el padre de todos los relatos y fundador de la tribuna de doctrina, don Bartolomé Mitre. Los civilizados están al borde de un ataque de nervios porque los bárbaros osan meter sus patas en cualquier tipo de fuente.
Mientras el ex anestesista Hermes Binner adormece a sus seguidores en el mini estadio de Ferro, Cristina presenta su barbarie en el teatro Coliseo. Vengativa, confrontativa, desafiante, mentirosa, impetuosa, irrespetuosa amenaza con apoderarse del país. Su mensaje cargado de odio y rencor genera violencia en los jóvenes bárbaros que la siguen, la escuchan, la aplauden y admiran. Cristina es autoritaria y malgasta el dinero de la gente, sobornando a las pibitas para que se embaracen por platita, Miguel Del Sel dixit.
Pero por fuera de la mente enferma de los civilizados, CFK es otra cosa. El mundo real de Cristina no necesita actores temerosos a las órdenes de El Padrino. Los spots televisivos del FPV cuentan historias de personas reales que transforman su vida y recuperan la autoestima. Cuentan historias de ciudadanos (bárbaros también) cuya fuerza se integra a la fuerza de un país (muchísimos bárbaros que despliegan su barbarie con banderas y cánticos bárbaros). Muestran la historia de una científica repatriada y una nieta recuperada que no juega a ser una adolescente rebelde como Victoria Donda, sino que esta Victoria es Montenegro, más dulce, serena, amable y aunque esté del lado de la barbarie es menos agresiva que la otra Victoria, la civilizada. Los bárbaros de Cristina son políticos y no técnicos, como los colaboradores que promete Binner, más civilizado, por supuesto.
Los civilizados no son tantos en realidad, pero muchos los siguen por temor a los bárbaros porque no los conocen y queda mal identificarse con ellos. Los bárbaros son bárbaros, en todo sentido. Y por eso, aunque los civilizados digan lo que digan, el domingo se viene el malón. Y no hay ‘roca’ que lo frene.

Un viernes negro

  La fortuna nos dio una chance. El disparo no salió, pero podría haber salido . El feriado del viernes es un casi duelo. La ingrata sorpres...