jueves, 20 de agosto de 2020

La marcha de los ridículos

 

Este comentador de la realidad está harto de la pandemia, pero no la del coronavirus, sino la de la manipulación informativa. En la marcha del 17 de agosto se puso en evidencia que hay una porción ínfima de la población de las grandes ciudades que es víctima de ese virus: el de la pésima información. En carteles, cánticos, actitudes y gritos, esa minoría intensa hizo público su déficit discursivo. Sin dudas, piensan mal porque se informan mal. Sus razonamientos deformes provienen de conciencias deformadas. Ante cámaras y micrófonos eructaron con orgullo lo poco que entienden de todo. Desde el lunes hasta ahora, se han leído y escuchado miles de análisis de esa manifestación, algunos minimizando su incidencia y otros con un absurdo orgullo patriótico. Ni lo uno ni lo otro: si no actuamos contra el virus de la manipulación, si no erradicamos ese odio visceral que busca excusas para estar en contra, si no elevamos el pensar colectivo de una parte de nuestros compatriotas, nunca podremos construir el país que nos involucre a todos.

Por más que se diga que la protesta fue legítima porque estamos en democracia, el contenido y los motivos la deslegitiman y la muestran como algo muy poco democrático. En principio, resulta imposible la postura sobre el respeto porque sus protagonistas no se respetan a sí mismos. Si no dudan en mostrar sus lemas ridículos no debemos contenernos en calificarlos así: el que dice ridiculeces no es más que un ridículo; la opinión construida en base a la desinformación no merece respeto. Y en esta andanada de expresiones callejeras no hacen más que mostrar su profundo espíritu antidemocrático. No aceptan haber perdido las elecciones; no asumen que el nefasto personaje con el que se identifican no pudo renovar su mandato; no reconocen que lo que defienden –si es que defienden algo- hizo mucho daño al país. Pero lo peor es que no advierten que son peleles manejados a control remoto.

Los apologistas del “anticuarentenismo” advierten que hay que atender esos reclamos. ¿Cuáles? ¿El de los que denuncian que la cuarentena es un delito de Lesa Humanidad? ¿Los que exigen libertad en plena libertad, los que denuncian la pandemia como una confabulación sionista o comunista, los que quieren ir a misa, los que no quieren que les impongan una vacuna sino aplicarse la que ellos elijan? Quien intente convertir en plan de gobierno estas demandas terminaría con su raciocinio extraviado. ¿Cómo aceptar que rechacen la reforma judicial sin conocer una línea de la propuesta? Más aún si los que la rechazan guardaron un cómplice silencio cuando Macri conquistó la Justicia a fuerza de decretos, extorsiones y coimas. ¿Cómo responder a un grupo de ciudadanos que quieren consumir libremente litros y litros de dióxido de cloro porque una conductora televisiva empinó el codo en cámara? ¿A quién van a reclamar si el isopado les da positivo, a los dueños de Clarín, La Nación, A24 o al Estado que tanto desprecian? Si se intoxican con dióxido de cloro, ¿a quién responsabilizan? ¿a la Canosa, a Bolsonaro o al Estado que permitió su venta?

Esto ha sido más que una catarsis cacerolera: no olvidemos que gracias a esta alianza entre manipuladores y manipulados tuvimos al peor presidente de los últimos años. Cuando la desinformación se expresa en las urnas, la democracia se debilita. Si el río está revuelto no ganan los pescadores, sino los buques factoría que capturan millones de peces. Detrás de los individuos que expresaron su bronca infundada se escudan los verdaderos enemigos de nuestro futuro, los que cada vez tienen más poder y más angurria. Descorrer la venda es un desafío, siempre el mismo, desde hace décadas. Aunque es necesario, parece que siempre estamos empezando de cero.

1 comentario:

  1. Aunque comparta en general su planteo, no puedo aceptarle lo de que sean "ridículos" porque simplemente, el odio NO ES ridículo y lo de estos zombies es tan evidente como irracional que debiera preocupar y/o dar miedo (lo ridículo suele darnos gracia, que para estos personajes sería darles algo que no merecen, casi absolutorio).
    Que son enemigos no hay dudas, pero realmente es porque ellos "razonan" así, usted, yo y la mayoría no estamos ni queremos estar en ésa, NO los odiamos, aún sabiendo que SÍ abundan las razones, pasadas y presentes, para hacerlo. Esa diferencia es cualquier cosa, menos ridícula, es horrible, tratando de ser justo.
    Acá pudo verse, además de la "gloria" militante de la estupidez, el "éxito" del profundo desprecio por la vida, la propia y la ajena, de nuevo, no invitan a mirarlos con una media sonrisa sino con asco y a desearles justo lo que no nos gustaría que les pase, la peste. Por esa cuestión física de la acción-reacción, excretan tanta violencia que una respuesta igual o más intensa, terminaría siendo lo lógico, una porquería, claro.
    Que los "argumentos" suenan ridículos, sí, lo son, pero también son falsos, disparatados y de muy, muy mala leche, por lo que ni conviene bajarles el precio.
    Es sabido que los titiriteros diseñaron ésto y sostienen exitosamente a sus monigotes, el problema, sospecho, anda por las respuestas "tímidas" cuando no complacientes de algunos teóricamente de este lado.

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