jueves, 3 de diciembre de 2020

Para profundizar este camino

 

En este año hemos escuchado muchas veces que después de la pandemia no seremos los mismos. Algo positivo debe quedar luego de todo esto que nos haga salir del atolladero en el que nos encontramos siempre. Unos proponen poner el hombro porque Argentina debe recuperar la cultura del trabajo, mientras apuestan a la timba financiera, la explotación y la estafa de los precios. Otros proponen una mejor distribución tanto de los ingresos como de la producción con un país más federal, pero sólo piensan en provincia de Buenos Aires y no mucho más allá. Años escuchando esta puja discursiva que pocas veces se convirtió en un camino certero. Mientras tanto, casi todo lo que consumimos se produce en una mínima parte del país y, a pesar de algunas buenas intenciones, el resto de las provincias sigue relegada a la elaboración de los pintorescos productos regionales. Hasta que no se proponga la desconcentración real de la producción de alimentos y de muchas otras cosas más, Argentina será el país macrocefálico y desigual que conocemos desde hace mucho tiempo.

En el contexto de la muerte de Maradona, la pensadora Beatriz Sarlo consideró que el nuestro es “un país fracasado que empezó el siglo XX entre los 15 primeros del mundo y termina entre los 15 últimos”. Lo que omite Sarlo es el motivo del fracaso: el granero del mundo con extrema desigualdad es el modelo que fracasa y sigue fracasando. ¿De qué sirve estar entre los primeros si gran parte de la población no alcanza a satisfacer lo esencial? El triunfo de un país no depende de si unos pocos van por el mundo tirando manteca al techo, sino de que todos sus habitantes puedan consumirla. La producción nacional debe estar pensada para la mesa de todos los argentinos y no para que un puñado de avarientos amontone divisas en guaridas fiscales. La soberanía alimentaria se conquista cuando se exporta el excedente y no lo primordial. Sarlo destaca el fracaso pero no explica el motivo: el granero del mundo –desigual en la distribución de beneficios- exportaba materias primas variadas pero la tendencia al monocultivo de soja no sólo daña el medio ambiente, sino que afecta el desarrollo de una economía más rica.

Mientras sean unos pocos los que tengan el poder para decidir sin que nadie los vote, siempre tendremos dificultades para construir el país que necesitamos. En estos días, el empresario Luis Pagani empezó a presionar para que se eliminen los precios máximos de algunos productos alimenticios, mientras su empresa, Arcor, tuvo ganancias superiores a 4400 millones de pesos en plena pandemia. Este es uno de los escollos que debemos superar, que una empresa domine todo, porque eso nos somete al capricho de un angurriento.

Para eso, debemos identificar quiénes son los que defienden el modelo de desigualdad. Y desarticular sus argumentos, muchas veces falaces. El ex presidente Macri explicó que su derrota electoral se debió que el FDT prometía asado gratis. ¿Cómo puede seguir mintiendo tanto? ¿Cómo puede haber colonizados que aún le crean? El otro que está en gateras para ser paladín del modelo desigualador es Horacio Rodríguez Larreta. Ahora se victimiza porque el Gobierno Nacional y el Congreso están corrigiendo la anomalía que el Infame Ingeniero ejecutó por decreto: elevar la coparticipación de la CABA de 1,4 a 3,75 por ciento. Y el cínico alcalde porteño se lamenta por la educación, la salud, la vivienda cuando nunca hizo nada para mejorar esos ítems. Lo único que le importa es facilitar multimillonarios negocios inmobiliarios y adornar a los medios para que hablen bien de él: este año destinó oficialmente más de 1600 millones de pesos a publicidad en los medios hegemónicos y el año que viene ese monto se eleva en un 30 por ciento. Y lo que debe destinar por debajo de la mesa es incalculable.

En fin, para transformar el país debemos afrontar con énfasis todos estos problemas y muchos más. Las quejas de los poderosos constituyen el mejor indicio de que vamos por el buen camino.

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