sábado, 28 de noviembre de 2020

Al infinito y más allá

 

La muerte no es menos muerte porque sea tan anunciada. Aunque venga por entregas, igual duele. Siempre sorprende por más que uno la vea venir. No soy el más adecuado para escribir sobre Maradona porque no soy futbolero ni fan de nada. Y antes que poner generalidades descafeinadas, prefiero dejar la pluma en el tintero. Por eso esperé unos días para decir lo que siento. No soy de los que ven partidos y menos de los que recuerdan los goles con todos sus detalles. Esos a veces despiertan mi admiración, pero generalmente me exasperan. Las pocas veces que he visto un gol lo festejé si me alegra y a otra cosa. Pero la muerte de Maradona va más allá del fútbol. Más allá de todo, tal vez. Algunos dicen que Dios se llama Dios por Diego. Quizá sea exagerado, pero seguro que muchas divinidades envidian la humanidad de este ídolo. Una divinidad que supo tocar el cielo con las manos… y la pelota también. Y que jugó con el barro con el que se manchó varias veces. Que cayó, que se levantó, que se volvió a caer para volver a levantarse, con la fortaleza de un titán y las debilidades de un mortal. Que supo de amores y escándalos. De glorias y ocasos. De triunfos y de un poco menos. Como sea, este doloroso episodio le da la razón a Nietzsche respecto a eso de que Dios ha muerto. O tal vez no, quizá la muerte de este hombre con pretensiones de dios lo convierta en un dios de esos que no mueren nunca.

Que se haya abrazado con Kirchner, Chávez, Lula, Evo, Fidel hace que uno lo quiera más. Que se haya peleado con Macri, lo eleva muchos escalones. Y que haya ido a Mar del Plata gritando “no al ALCA” lo pone del mejor lado. El personaje se consolidó cuando el país encontró su rumbo más insólito allá por 2003. Y esa solidez cosechó muchos amores y unos cuantos odios. Amores que se evidenciaron el jueves con las abundantes –demasiadas- imágenes y anécdotas que brindó la televisión. Amores que desafiaron la pandemia y olvidaron la distancia. En estos meses de velorios despoblados y breves, el de Diego fue peligrosamente multitudinario.

Y los odios cosechados fueron menos, algunos futbolísticos por mera envidia y muchos otros políticos, por supuesto. Durante mucho tiempo, los escándalos y excesos encontraron más pantalla que su brillantez deportiva. Ahí se manifestaba el odio. Y ahora, con su muerte, en los parcos mensajes de condolencia que eran más de compromiso que de otra cosa. Algunos tan venenosos como el del presidente de Uruguay y ese “¿por qué debería afectarme la muerte de Diego Maradona? Me quedo con Francéscoli”. O la desapasionada frase que pergeñó el Infame Ingeniero, “es un día muy triste para los futboleros”, tan desprovista de todo justo él, tan futbolero. Pero la mayor muestra de odio la dio el Jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta que, como reafirmación de su impronta represiva, mandó a sus tropas para que repartan palos y balas en medio de tanto desconsuelo. Los que odian al pueblo son así, tan incontenibles que ni respetan el duelo.

Más allá de todo esto, están los que se preguntan cómo será la vida sin Diego. Demasiado abismo en esos sujetos. Y también están los que quieren que todo lleve su nombre y los que van a explotar su recuerdo de maneras olvidables. Lo seguro es que a partir de ahora comenzará a ser una de las mejores leyendas.

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