viernes, 6 de noviembre de 2020

Pandemia de desánimo

 

Habemos vacuna, diríamos en el Vaticano y la fumata blanca ascendería desde la capilla sixtina despertando el festejo de los expectantes asistentes. Después de meses de estar acosados por un virus; después de tantos días de asedio por una pandemia que hasta asusta a los países más poderosos; de reclamos por aperturas de actividades riesgosas, como bares, restaurantes, boliches; de barbijos que nos asfixian ahora que la temperatura advierte que subirá más de la cuenta; de tener la amenaza de un botón rojo a la vuelta de la esquina. Después de pasar por todo esto, al fin tendremos vacuna y no hay festejos. Quizá porque el gol no lo metimos nosotros, sino los rusos que, aunque ya no son lo que fueron, algunos los ven como el peligro rojo. Tenemos vacuna y en breve comenzará a inocularse de manera gratuita para que todos podamos sentirnos más seguros. En unos meses volveremos a una vida más o menos normal, gambeteando las huellas que haya dejado el coronavirus en nuestras vidas. Quizá volvamos a los abrazos, besos, palmadas en la espalda, choque de manos y todos los gestos que hacen más cálida nuestra vida.

Deberíamos estar exultantes, porque pronto el país estará en marcha otra vez, aunque ahora no está tan detenido como quieren hacernos creer. La pandemia no será más excusa para construir el país para todos. Si no somos tan tercos, empezaremos a exigir a los poderosos que dejen de conspirar y pongan lo que tienen que poner, que inviertan, que tributen, que derramen aunque sea unos chorritos cada tanto. Si aprendimos de esta historia, dejaremos de adorar a los patrones y sus voceros para ver en ellos a los verdaderos enemigos de nuestra dignidad. Que este episodio nos enseñe quiénes están del lado de los buenos. Que todas las vilezas que hemos visto en los medios hegemónicos reciban, al menos, la condena que merecen por parte del público cautivo. Que la pandemia nos haya enseñado a convencer a los colonizados que todavía existen de que los espejitos de colores no son nada valiosos. Que los lobos se disfrazan para devorar a las ovejas que, confiadas, se acercan a ellos.

Deberíamos estar felices porque esta pesadilla está pronta a terminar. Nuestras sonrisas deberían ser tan amplias para deslumbrar a través del barbijo. Los refunfuños de los opositores no tendrían que hacer mella en nuestro ánimo porque si ellos estuvieran en el gobierno, estaríamos en vías de extinción. Ni las vacunas contra el sarampión repartieron, ¿qué se van a preocupar por la del coronavirus? Tan mezquinos fueron que negaron las notebooks a los estudiantes y viviendas del PROCREAR que ya estaban terminadas. Ni el ministerio de Salud nos dejaron. Lo único que nos dejaron fue una deuda espantosa que tendremos que pagar aunque no nos haya servido para nada. Y lo único que hacen ahora es tratar de sembrar desánimo con cualquier patraña que se les ocurra, con que las empresas se van del país, con la inasible defensa de la propiedad privada, con el peligro del gen comunista, con la defensa de las mafias disfrazadas de republicanismo. Y para volver a engañar a los incautos votantes simulan una división y juegan a que dejan afuera al Infame Ingeniero. Si son capaces de traicionar al que los amontonó para ser gobierno, ¿qué nos harán a nosotros, si alguna vez vuelven a usurpar la Rosada?

Y ahora convocan a una marcha para protestar contra el fallo de la Corte Suprema de Justicia porque no confirmó a los jueces que Macri puso a dedo. Todo lo confunden para confundir a todos. Incansables en sus contradicciones, ahora exigen la realización de las elecciones PASO que siempre denostaron y nadie quiere suspender. Y como no podía ser de otra manera, ya deben estar preparando cacerolazos, banderazos, caravanas y hasta medidas cautelares en contra de la vacunación masiva en pos de la libertad de contagiarse.  

Lástima que los rusos no tienen en mente ninguna vacuna que inmunice de la estupidez antes de votar. De ser así, deberíamos estar felices porque nunca más nos acosarían tiempos oscuros.

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