lunes, 9 de noviembre de 2020

Lecciones de vida

 

La semana pasada, el Imperio se convirtió en el anti ejemplo de Democracia y Republicanismo en las elecciones presidenciales. Primero, por el sistema electoral en sí, de democracia indirecta, que permite que pueda coronarse como presidente el que sacó menos votos, según descubrimos cuatro años atrás. Segundo, porque los electores por estado se consiguen a todo o nada, sin tener en cuenta la proporcionalidad de los resultados. Tercero, por la convivencia de varias formas de voto: electrónico, analógico y por correo. Y cuarto, por Donald Trump y sus fascistas seguidores, capaces de tomar las armas antes que reconocer la derrota. Y ése es el país que se presenta como modelo de libertad y democracia, no sólo desde Hollywood con sus pelis estereotipadas y apologistas, sino también desde sus cipayos voceros desparramados en todas las latitudes.

En realidad, cualquier país que permita que un tipo como Trump llegue a la presidencia no puede erigirse como ejemplo de nada. Y no es que los anteriores presidentes hayan armonizado más con el planeta ni los que vengan lo harán. El país del Norte es un peligro, pero más aún en manos de un villano de película clase B como Donald Trump. En su presidencia, no hizo nada diferente que sus predecesores, pero su bestialidad le dio el condimento para volverlo temible. Por eso es uno de los pocos que no ha logrado la reelección, por eso hubo una mayor participación ciudadana, por eso ambos candidatos fueron los que obtuvieron más votos en toda la historia.

Pero la moraleja de este asunto está en su reacción. Los exponentes de la peor derecha no son buenos perdedores: son capaces de patear el tablero si el juego no les resulta favorable; de pasar papelones históricos antes que admitir la derrota; de culpar a los votantes, al sistema y a todo con tal de no reconocer sus errores; de mentir a cuatro bocas para seguir manipulando a sus seguidores. Acá lo hemos visto con Macri… y lo seguimos viendo. Cualquier traspié lo vuelve más desencajado, más pueril, más huero. Así son los demagogos, los verdaderos populistas a los que tanto denuestan. Si se miraran al espejo, allí los encontrarían.

Esos que cuando están desesperados pierden la poca razón que tenían. Macri lo demostró con el resultado de las elecciones PASO, cuando castigó a los votantes mandándolos a dormir. Y que culpó al kirchnerismo por la devaluación, la inflación, la deuda y todo lo que desató con su nefasto gobierno. Y lo sigue culpando de todos los males de la tierra, junto a su coro de impresentables comunicadores que babean de rabia cuando nombran a Cristina. Ahora que el agua le llega al cuello por las innumerables causas que deberá enfrentar en breve, no se le ocurre nada mejor que suplicar a los jueces nombrados a dedo que no renuncien, después de que la Corte Suprema de Justicia los haya catalogado de provisorios.

Y como buen demagogo que es, junto a todos los PRO, no se le ocurre mejor idea que convocar a una nueva marcha para que sus seguidores no olviden lo desinformados que están y lo ridículos que son. Y contradictorios, capaces de despotricar contra CFK sin fundamentos e ignorar los chanchullos reales de los indecentes que admiran. Ni mella les hace enterarse del espionaje ilegal, la deuda del Correo, la estafa de las autopistas o el negociado de los parque eólicos. Ni siquiera se inmutan cuando se difunde que tanto Macri como su ministro de Defensa, Oscar Aguad, sabían dónde estaba el ARA San Juan a los pocos días de su extravío. Así y todo, gastaron un año buscándolo, incrementando la angustia de los espiados familiares. Y los imbéciles marchan cada vez que los convocan.

Los Macri de todo el mundo se creen con potestad para poner la vara de la Democracia y la República, pero no dudan en tumbar gobiernos votados por el pueblo y aplaudir a los consecuentes dictadores. Macri como presidente convalidó la destitución mafiosa de Dilma Rouseff y avaló el infundado fraude electoral sentenciado por Luis Almagro de la OEA que condujo al golpe de Estado; hasta protestó –ya fuera de la presidencia- cuando Alberto Fernández ofreció asilo político a Evo Morales para salvar su vida. Así son estos tipos, perversos, oscuros y anti todo lo que no son ellos. Menos mal que, cada tanto, la vida les da una lección de la que no aprenden jamás: les encanta ser villanos, sobre todo cuando algunos alelados los consideran héroes. Pero esas lecciones no son en vano: nos sirven a nosotros para tener en claro que con gentuza como ésa siempre iremos hacia el peor lado.

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