domingo, 4 de abril de 2021

Piedras en los zapatos

 

La oposición mediática y política es tan predecible y berreta que sorprende que aún tengan cierta incidencia dañina en la sociedad. La magnificación de falacias y el ocultamiento de verdades es tan obscena que ni los propios emisores la soportan. La sobreactuación ante las cámaras de cambiemitas y comunicadores apologistas, las delirantes teorías conspirativas que se tejen en los titulares y el énfasis que despliegan para las críticas –a veces infundadas y algunas con cierto apoyo en hechos- convierten el trabajo periodístico de los medios hegemónicos en un decadente camino hacia la peor parodia.

Si antes se escandalizaban porque –de acuerdo a testigos condenados por mentir- el juez Casanello visitó una vez a Cristina en Olivos, ahora toman con naturalidad que muchos jueces y fiscales hayan convertido La Rosada y la Quinta Presidencial en un lugar de tertulias, deportes y armado de causas contra Cristina y otros ex funcionarios. Y esto fundamentado en los registros de ingreso y egreso de esos edificios. Tan desconcertados están que tratan de desarmar este desaguisado con la foto de Martín Guzman jugando al paddle con el presidente, cuando no hay posibilidad de comparar una cosa con otra. Así son de primitivos, pues todavía explotan el vacunatorio VIP –veinte adelantados en la fila- que eyectó a Ginés González García pero guardan silencio ante las vacunas que un intendente amarillo arruinó por desconectar las heladeras o las 900 dosis que el ministro de Salud de Corrientes llevaba en su camioneta con destino incierto.

Y si tomamos las zonceras con que tratan de argumentar su indignación, podríamos confeccionar una enciclopedia de cien tomos con frases desopilantes. Los ejemplos abundan con sólo poner diez minutos de cualquiera de sus productos. Tarea insana, si las hay. Además, el manipulado entendimiento de los espectadores cautivos es un amasijo de contradicciones y falsos lemas: en poco tiempo deben asimilar que el virus no existe, que la vacuna es veneno, que en el resto del mundo no pasa nada, que atentan contra la libertad y miles de pamplinas que sólo buscan generar malestar y desesperanza. Con el verso de una garantía constitucional –la Libertad de Expresión- estos peleles con cara de enojados –para simular seriedad- alteran la vida democrática para diseñar un país al servicio de una minoría angurrienta.

Los titulares se regocijan ante el aumento de la pobreza pero al día siguiente o en la misma tapa salen en defensa de los depredadores si el oficialismo plantea alguna medida para atenuar la desigualdad. Con mucha vehemencia rechazan la intervención del Estado a la hora de controlar los precios internos, el comercio exterior, la evasión pero la exigen cuando las ganancias de los grandes empresarios disminuyen una milésima. Para esta minoría de multimillonarios inescrupulosos el Estado debe estar para garantizar sus negocios a costa de succionar el bienestar de la mayoría.

Encima, el oficialismo es tan errático, tímido y, a veces contradictorio que parece no tener convicciones. El positivo de Alberto –algo previsto a pesar de la vacuna- alimenta más el desconcierto porque brinda un argumento para el desaliento que el Poder Real tanto explota. La vacuna no sirve será la canción que, en coro, entonarán en estos días los mediáticos serviles al establishment. Por más que miles de expertos expliquen que la vacuna no nos hace invulnerables sino que nos da más herramientas para enfrentar al virus, nos toparemos en las calles con algunos transeúntes que repitan la letanía. En esto hay un poco –por no decir bastante- responsabilidad de la comunicación oficialista: la idea de que tenemos que seguir cuidándonos hasta que llegue la vacuna induce a pensar que, una vez inoculada permite que vayamos por la vida lengüeteando picaportes o abrazándonos con quien nos topemos.

La potencia embrutecedora de las propaladoras de estiércol –los medios hegemónicos- es descomunal pero no inexpugnable. Para mitigarla existen algunos mecanismos legales que deberían aplicarse en el mediano plazo. Mientras tanto, los funcionarios del FDT deberán apelar a su capacidad para convencer no sólo con palabras sino también con hechos que esta opción es la más adecuada para la construcción de un país que no someta a gran parte de su población a una inaceptable inequidad.

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