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miércoles, 4 de junio de 2014

De coronas y corbatas: decadencia de lo sagrado




En estos días, muchos destinaron espacio a analizar la abdicación del rey de España y las muchedumbres callejeras que buscan sacudirse a la monarquía. Un poco de sorpresa causa esa situación en un ciudadano de estas latitudes, pues las prerrogativas de sangre han quedado en el olvido hace más de doscientos años. Puede ser que algunos crean que tener rey, reina, príncipes, duques, condes hace la vida más exquisita, pero la realidad de algunos países europeos está muy lejos de parecerse a un cuento de hadas. Y no es porque la pompa de la nobleza provoque la miseria de los pueblos, pero contribuye bastante. Al menos, aporta un contraste que indigna. Y esto no quiere decir que en los países sin monarcas reine la Igualdad, pero parece que la ostentación de un noble molesta más que la de un multimillonario. ¿Qué diferencias hay entre heredar un título o una fortuna? El sucesor al trono tendrá una vida tan regalada como la del futuro ocupante del sillón de una multinacional, más allá de que deba prepararse para ese momento. Tan mortales como cualquiera, viven tocados por la varita de una divinidad, a tal punto que se piensan seres divinos, hasta intocables.
Pero, tarde o temprano lo terrenal los alcanza y hasta deja algunas manchitas de barro. Un mal día para cazar o unos euros desviados pueden convertir el palacio en un conventillo y la corona, en un objeto de museo. Esto, en el caso de la monarquía española porque los otros, los que construyeron un imperio sin tener sangre azul parecen no caer nunca. Al contrario, acrecientan sus fortunas a costa de sembrar miseria, explotación y corrupción. Y bueno, si en Europa comienzan a destronar reyes, nosotros tendremos que hacer lo propio con los empresarios angurrientos y especuladores. Y no sólo con ellos: algunos jueces también merecen descender de los estrados. Además de los que viven consustanciados con los intereses de una minoría, algo similar debe ocurrir con los que creen pertenecer a una élite.
A partir de ahora, dejaremos de hablar de reyes y empresarios para brindar espacio a los jueces y las corbatas. Y un poco se inmiscuye Axel Kicillof que, con su estilo informal, desespera a los exponentes del Poder Fáctico. Un ministro sin corbata, dijo una vez la cronista de una cadena internacional de noticias. No importa el cúmulo de conocimientos, la capacidad negociadora ni su didáctica oralidad: alguien así no puede lograr un acuerdo como el del Club de Paris sin bajarse los pantalones, como recitaron muchos odiadores desde los micrófonos dominantes. Y todo porque no usa corbata.
Menos mal que para subsanar estas anomalías, los miembros de la Corte Suprema de Justicia de Chubut acordaron que los abogados no pueden asistir a las audiencias judiciales sin corbata. Más de dos horas de discusión para sentenciar que el uso de corbata, moño, corbatín o pañuelo “es un signo de respeto” hacia los jueces, porque “no le hace mal a nadie” y representa a los judiciales “como grupo social”. No importa una mala sentencia, mientras sea con corbata. Una muestra de estatus o un disfraz de seriedad. Ese accesorio puede disimular cualquier tropelía. Con ese adorno al cuello se pueden pergeñar las peores injusticias. Hasta se puede tener trabajadores como esclavos o aumentar el precio de los productos de la canasta familiar de manera escandalosa. Una corbata puede convertir una mentira recitada ante la cámara de un noticiero en una verdad indiscutible. Y muchos transeúntes se sienten embelesados con esos falaces símbolos de prestigio -que más parecen horcas- y repiten las gansadas como si fueran máximas sagradas.
No todo pasa por las corbatas ni por las coronas sino por el halo sacrosanto que pretenden significar. Esos son objetos cargados de un simbolismo que debemos destronar, porque detrás de ellos se escuda una minoría destructiva que mucho daño ha hecho a la mayoría de los mortales, los que no usamos corbata y sólo tenemos coronas en algunas muelas.

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