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lunes, 30 de enero de 2017

Las pestilencias del Cambio



Dos logros para destacar del gobierno de Macri: que los conflictos desatados por su gestión nos unen en su contra y que el deterioro de las condiciones de vida despierta nuestra creatividad solidaria. Los zarpazos que atina a los derechos y a nuestra memoria nos hacen más atentos y aunque la reacción es más prudente de lo esperado, siempre llega. Tampoco es tan difícil argumentar en contra de sus decisiones, pues siempre están basadas en prejuicios y manifiestan el ideario de una apretada minoría, un grupúsculo muy lejano a la Iluminación y muy consustanciado con su angurria. Si bien todavía quedan muchos confundidos que esperan algo bueno de esta Ceocracia, otros ya descubrieron que toda espera será en vano. Unos meses más y casi todos comprenderemos que esta estafa electoral fue pergeñada desde la corporación que más se ha beneficiado en este año y que, de un plumazo, puede desmoronar el engendro que, desde todos sus medios, logró transformar en opción electoral.
Sin exagerar, Clarín ganó las elecciones y es quien gobierna desde las sombras en representación de las empresas más grandes del país y más allá. Quien aún considere que Clarín es sólo un diario o un multimedios de exageradas dimensiones, debería consultar con su oftalmólogo. Desde que se apropió de la empresa Papel Prensa en complicidad con la dictadura, se ha transformado en un nocivo factor de poder para los sucesivos gobiernos democráticos. Tanto que para su director, el oscuro Héctor Magneto, la presidencia del país “es un puesto menor”, de acuerdo al relato que un periodista le atribuye al Infame Riojano. Tanto que Fernando de La Rúa tomaba sus medidas en base a los consejos –órdenes- con forma de titular que aparecían en tapa del ex Gran Diario Argentino. Tanto que durante el ciclo kirchnerista se abocó a articular una oposición destructiva, como decía a mediados de los ochenta el diputado radical César Jaroslavsky: “Clarín ataca como partido político y se defiende con la libertad de expresión”.
Tanto que los actuales integrantes del Gran Equipo temen intervenir en el conflicto de AGR, a pesar del innecesario daño que produce. Por si alguno no está al tanto, el Grupo no necesita cerrar la principal editora del país: sus directivos toman esta decisión por pura maldad y porque se saben impunes. Los amarillos y sus aliados no tienen más opción que bailar a ese destructivo ritmo porque les da pavor padecer la demonización que tan bien construyen desde sus propaladoras de estiércol.
Siempre hay esperanza
Tampoco tienen la intención de enemistarse con los medios que tan bien cubren sus espaldas. Por ahora, hay una simbiosis entre el poder político y el mediático: el primero pone el país al servicio de las más desaforadas ambiciones y el segundo distrae la atención del público cautivo con las fábulas de siempre. Las dolorosas consecuencias del Cambio se amortiguan con explicaciones incongruentes, con consejos para gambetear la crisis o con las mieles de un paraíso que nunca estará entre nosotros. Todo sea para que el laboratorio en que han convertido el país pueda seguir experimentando recetas con nuestras vidas.
Experimentos que han logrado que el salario mínimo haya perdido su capacidad de compra en el primer año de gerencia. Si en 2015 un trabajador podía comprar 517 litros de aceite, durante 2016 apenas pudo acceder a 242. Los asalariados de menores ingresos vieron mermada su capacidad de compra de aceite en un 53 por ciento, un 43 en kilos de harina, un 25 en paquetes de fideos, un 32 en carne picada y un 37 en litros de leche. El informe del observatorio de políticas públicas de la Universidad Nacional de Avellaneda concluye que un salario mínimo pudo comprar un 11 por ciento menos gracias a la Revolución de la Alegría. Y esto no es un fenómeno regional, sino una anomalía vernácula, salvo Paraguay y Perú: en Brasil, el salario mínimo alcanzó para adquirir un 5 por ciento más, en Uruguay un 9 por ciento y en Bolivia, un 6.
Un número que trata de dimensionar lo que se padece en lo cotidiano. No sólo los centros turísticos estuvieron un poco más despoblados, sino también los supermercados. Con el gobierno del “sí, se puede”, las vacaciones son un lujo y la alimentación, casi un milagro. Pero el corazón de muchos argentinos suele ser innovador cuando las sombras amenazan. En febrero del año pasado se instaló en Tucumán la primera heladera solidaria y pronto se repitió la experiencia en ciudades de Córdoba, Jujuy, Salta, Neuquén y la provincia de Buenos Aires. Un artefacto para el descarte que se convierte en un contenedor de los mejores sentimientos de la población.
Pero lejos de estas preocupaciones, el Gran Equipo insiste con profundizar una grieta que ya no sólo es simbólica. Si no arremeten contra los menores, buscan en los inmigrantes la causa de todos los males. Como patrones decimonónicos, despotrican contra los derechos de los trabajadores y prueban instalar las viejas diatribas sobre los feriados. Otro deja vu de la impronta mercantilista. Como si el crecimiento del país estuviera más atado a los días no laborables que a la pulsión succionadora, especuladora y fugadora de los grandes empresarios.
Mientras materializan sus caprichos con decretos inaceptables, los medios hegemónicos siguen atados al acoso denunciador y ya no sólo actúan como fiscales y jueces, sino también como agentes de inteligencia. El objetivo es horadar la imagen de Cristina, que es víctima de una “feroz campaña de persecución política, mediática y judicial que no registra antecedentes en la historia democrática de nuestro país”, de acuerdo a sus dichos. Pero a pesar de estos esfuerzos, no logran deteriorar su imagen: al contrario, sigue liderando las preferencias electorales y su gestión se engrandece en contraste con las tropelías del escuadrón amarillo.
Con un ministro de Medio Ambiente que sólo atina a rezar ante incendios e inundaciones, una ministra de Seguridad con hackeos en sus cuentas oficiales y una diputada oficialista que vocifera que “en este país no trabaja nadie” y justifica su permanencia en el extranjero con un “este país apesta”, el desconcierto puede ser pan de cada día. Y si el ministro de Energía insiste con aumentar los servicios, el estado de ánimo de la población no puede ser otro más que la aversión. Por eso no debe sorprender que hoy los opositores superen a los oficialistas, de acuerdo a gran parte de las encuestas. Y no hace falta ser muy perspicaz ni un gran analista para detectar el descontento. El sacrificio innecesario al que nos han sometido está durando demasiado y las esperanzas están cada vez más lejos.
Ellos pueden seguir echando culpas al gobierno anterior como han hecho hasta ahora, pero en el ambiente se olfatea un malestar evidente. El engaño termina cuando el engañado se define como tal y no hace falta esperar a las elecciones legislativas para que ese despertar se manifieste.

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