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jueves, 9 de marzo de 2017

El día de los cobardes



Esta semana estuvo signada por paros y marchas que auguran un año agitado, no por la campaña electoral -como interpretan los miembros del Gran Equipo- sino por un evidente malestar en gran parte de la población. Sin embargo, algo alteró la envidiable tradición de las calles argentinas. Una situación pocas veces vista en nuestra historia: el representante que desoye el clamor de las bases. Quien convoque a una marcha multitudinaria para anunciar la fecha de un paro no puede echarse atrás en pleno acto si no quiere ser corrido del palco por los representados. Los cobardes –o transeros- no pueden ocupar el lugar destinado a los valientes. Más allá de la lectura amañada de los peores nostálgicos, el martes pasó algo nuevo. Una ruptura insólita que no abarca sólo a los popes de la CGT, sino a diputados, senadores, plumíferos mediáticos y hasta al propio presidente. No hay que asustarse: cuando algo se rompe, siempre es para dar lugar a algo nuevo.
La inexplicable gobernanza que permitió a Macri y sus secuaces arrasar con el país está llegando a su fin. Hay un sabor a ultimátum que se palpa en el ambiente. El que interprete que todo está organizado por el kirchnerismo está leyendo con los anteojos equivocados. En esas multitudinarias marchas hubo de todo: los que están en contra desde el principio, los que empezaron a estarlo y los que el propio gobierno empuja para que lo estén. Muchos del 49 por ciento y bastantes del 51. Trabajadores, desempleados y pequeños empresarios. Mujeres y varones, de toda edad y color. Militantes detrás de una bandera y sueltos con su propio cartel. A pesar de tanta multiplicidad, dos consignas con el mismo final los unían: “Andate, Macri…” y “Poné la fecha…”.
La masiva adhesión al paro docente en casi todas las provincias y las marchas en distintos puntos ya anunciaban otra mala semana para los Amarillos. El Ingeniero trató de refugiarse en el búnker amigable de Jujuy, pero hasta allí lo siguieron los educadores que no acataron la conciliación obligatoria dispuesta por el feudal gobernador Morales. Ante un auditorio compuesto por alumnos inquietos y aburridos, maestras incómodas y funcionarios con pretensiones fotogénicas, el empresidente recitó su rosario de inconsistencias. Con el cinismo habitual, reiteró que el diálogo soluciona todo, aunque omitió decir que fue su ministro de Educación, Esteban Bullrich, quien anunció en diciembre que no habría paritaria nacional. Después lamentó que “muchos hayan elegido el oportunismo”, como si los trabajadores pudieran ser tan especuladores como él. Finalmente, en un intento de parecer más sabio que el Viejo Vizcacha, pontificó: “el paro fue probado durante décadas y no dio resultado”. Esta tontuela idea se encuadra en el capítulo El paro no soluciona nada del manual de los lugares comunes. El paro es una herramienta para el reclamo de una solución, no la solución misma. Una estrategia para la lucha y no para la gestión.
Una ruptura que se respira
Mal que le pese al Gerente de La Rosada, el paro general está a la vuelta de la esquina. Una amenaza que se viene postergando desde el 29 de abril del año pasado, antes del veto presidencial a la ley anti despidos. De entonces hasta ahora, el gobierno llenó la caldera de motivos, pero los burócratas de la CGT, con la excusa de la unificación y del tránsito armonioso por la ancha avenida del consenso, prefirieron firmar acuerdos que nadie pensaba cumplir y brindar con los funcionarios antes que proteger los derechos de los trabajadores. Ahora, cuando la desocupación hace sonar las alarmas, la canasta familiar empieza a ser un lujo y la exclusión se convierte en bandera de un modelo de crueldad, convocan a un acto pensado más como una catarsis que como el inicio de un plan de lucha. Y como en el del año pasado por el Día del Trabajador, lo más lejos posible de la emblemática Plaza de Mayo, para no incomodar tanto a los Ceos.
Pero esta vez, la puesta en escena les salió mal. Las advertencias están a destiempo. Ya es desubicado que alguien diga “si no cambian el rumbo, hacemos un paro”, porque ya está claro que el rumbo es sólo éste. En un caso así, nada pueden corregir para reparar todo el daño que han hecho en estos quince meses. ¿Cómo volver atrás con la deuda de más de 70 mil millones de dólares que han tomado para alimentar la burbuja financiera? ¿Cómo recuperar el FGS de la ANSES que han comenzado a liquidar con la complacencia de legisladores del masismo y los kirchneristas disidentes? ¿Cómo reactivar el bombardeado mercado interno –que explica el 80 por ciento del PBI- sin producir una explosión inflacionaria? ¿Cómo anunciar a los agrogarcas que volverán a pagar retenciones y que deberán someterse a una economía al servicio de los argentinos y no de la especulación exportadora? ¿Cómo recuperar la producción industrial ante una gestión empecinada en un aperturismo destructivo?
El Cambio es esto y no hay maquillaje que lo humanice. Quizá podrán suavizar el ajuste y mimetizar el saqueo de cara a las elecciones, pero nunca abandonarán sus objetivos. Cualquier transformación en la que pensemos no incluye a estos ceócratas que han venido a destruir el Estado de Bienestar, cualquier intento de proteccionismo y toda forma de argentinidad. Y si salen con el argumento de que ganaron las elecciones, habrá que recordarles que engañaron a los votantes y eso tiñe todo de ilegitimidad.
Si fue el furcio de Héctor Dáer la cereza del fétido postre que desató la repulsa ya no importa. Lo que sí hay que recordar es que ni bien bajaron del escenario, los tres se sumaron a la impronta persecutoria del oficialismo, de los medios hegemónicos y de la mafia judicial hacia el kirchnerismo. Aunque las columnas de La Cámpora estaban como a seis cuadras, se los señaló como responsables de la invasión del palco. Las plumas ilustres del establishment se horrorizaron por la violencia de una muchedumbre que expulsaba a sus tibios representantes, sin tener en cuenta que es más violenta la exclusión a la que este gobierno está condenando a gran parte de la población.
Por más que ahora salga el Triunvirato de la CGT con alguna fecha tentativa - después de pedir permiso a quien comande esta farsa- ya renunciaron a representar a los trabajadores. La calle les duele porque no les pertenece ni a ellos tres ni a los Gerentes. La calle es del Pueblo que ya está cansado de que les pisoteen la dignidad y los sueños. Un Pueblo que está descubriendo que el diálogo y al consenso que propone El Ingeniero no es más que la cáscara donde oculta el sometimiento que pergeña.
Ahora queda bien en claro quiénes son los que no nos representan: cualquiera que garantice el tránsito por este tortuoso túnel o sólo proponga una ancha avenida para llegar al mismo pantano del que estábamos saliendo. No somos huérfanos ni estamos desorientados. El carnaval terminó y las máscaras están de más. Si la democracia sólo es igualdad en el momento del voto y después se transforma en herramienta para profundizar la inequidad, no habría que defenderla tanto. La democracia tiene sentido cuando los representantes se sienten honrados de haber sido elegidos y no utilizan los cargos para potenciar sus privilegios. Y sobre todo, cuando las promesas de campaña se convierten en compromiso y no en una vil treta para ocultar las más miserables intenciones. Si no es así, la Democracia es puro simulacro.

2 comentarios:

  1. ay democracia! cuantos crímenes se han convertido en tu nombre!gracias Gustavo!

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  2. LO mas cercano a esta realidad que nos toca vivir

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