martes, 18 de septiembre de 2012

Los retazos de un jueves culinario

      Las protestas del jueves sacudieron la modorra de la escena política, más allá de las histerias y las matemáticas antojadizas. Muchos o pocos, se hicieron notar. La gente, la sociedad, los argentinos, los ciudadanos son distintas maneras de objetivación a las que apelaron los oportunistas de siempre. Caceroleros, gorilas 2.0, golpistas, clarinistas fueron las diferentes etiquetas que pusimos los del otro lado. Porque es así, hay un lado y otro lado. Los unos quieren un país y los otros, otro. Y los dos países son inconciliables, como podrá verificarse con una recorrida apretada por la historia de nuestro país. Y el autor de estos apuntes está muy lejos de suponer que esos dos proyectos se encuentran en polos absolutamente opuestos. Al contrario, comparten una franja estrecha de un espectro ideológico que no se aparta de los principios del capitalismo. Con matices, claro.
El kirchnerismo propone un capitalismo amigable, con un creciente control de la economía, con un disciplinamiento basado en el compromiso social de los empresarios, con tímidas apelaciones a la responsabilidad tributaria y con una lenta pero constante redistribución del ingreso. A pesar de algunas contradicciones, el proyecto en curso ha alcanzado reducir los índices de desocupación, pobreza e indigencia y sobre todo, la desigualdad entre el diez por ciento más rico y el diez por ciento más pobre, que ha bajado a la mitad. En 2001, después de la crisis, los más ricos ganaban treinta veces más que los más pobres. En cambio, hoy los más ricos ganan quince veces más que los más pobres. Y aunque todavía falta mucho, esto es un buen argumento para pensar que vamos por el buen camino.
Desde hace un tiempo, los que se oponen al Gobierno Nacional se autodenominan el 46 por ciento y en eso basan su fortaleza. Sin embargo, es difícil de sostener esa idea. Ese 46 por ciento es sólo una suma de porcentajes variados que no alcanzan la unidad, ni la alcanzarán nunca, salvo que apelen a un cóctel de compleja digestión. Porque en esa paleta porcentual hay de todo, sin otro objetivo común más que desterrar al kirchnerismo. A la hora de presentar un programa de gobierno ante la sociedad, seguramente apelarán a generalidades que no constituirán una trayectoria. Ese 46 no comparte la misma idea de país. Y es lógico que eso ocurra. De un lado está el país propuesto por el kirchnerismo y todos los que lo apoyamos; del otro lado están los que ocultan el país que quieren porque no se atreven a describirlo; en el medio, están los desmemoriados, los asustadizos, los desclasados, los turistas, los oscilantes, los distraídos, los veletas y los nostálgicos perpetuos de cualquier momento menos del presente. Ah, y están también los que dicen que tienen que volver los militares para  poner orden, aunque uno no sabe en qué sitio meterlos.
Los que se animaron a capitalizar de manera despiadada la movida del jueves pertenecen a las no-fuerzas no-políticas que no juntan ni para un torneo de truco. Y, con un olfato tan afinado como el de Ernesto Sanz, sólo Esteban Bullrich, el ministro de Educación porteño, se animó a hablar de algo concreto: la AUH. Claro, en medio de las protestas callejeras, aparecieron expresiones de rechazo a esta medida que muchos todavía no alcanzan a comprender. No es un plan, un subsidio ni una dádiva, sino un derecho que cada niño tiene a recibir lo básico para su crecimiento. Para los confundidos, es el equivalente al salario familiar que reciben los empleados registrados, pero para los que trabajan de manera informal o están desempleados. No es “una política del fracaso”, como señaló el ministro macrista, sino de inclusión, palabra de inalcanzable comprensión para los que siempre han estado más que incluidos. Y como contraprestación, los menores beneficiados deben asistir a la escuela y cumplir con los controles sanitarios.
Ante el reciente incremento de la asignación, Bullrich declaró que “genera un problema para toda la sociedad”. En principio, que en un país como el nuestro haya pobreza, es una vergüenza y solucionarlo debe ser un compromiso de toda la sociedad. Pero no conforme con esto, el ministro advirtió que, en el hipotético caso de que Macri alcance la presidencia en 2015, dejaría sin efecto la AUH, en función de propuestas de trabajo quizá ligadas a la flexibilización o cosas peores. Esa es la interpretación que hizo del último cacerolazo y es el modelo de país que propone. Para evitar confusiones, el otro lado.
Y eso que el ministro de Planificación, Julio De Vido aseguró que “no hay ningún dirigente político que se anime a ponerse al frente de esas consignas contra la Presidenta y contra este modelo inclusivo que lleva adelante”. El diputado bonaerense, Fernando Chino Navarro, advirtió que “no es prioritario para la Presidenta ni para nadie del Gobierno, ni para nadie que piense sensatamente en los destinos de la nación ver cómo resolvemos el problema de los dólares para viajar en vacaciones”. Y menos aún, faltó decir, a costa de abandonar las medidas de inclusión que se están llevando adelante.
En medio de su transitar oscilante, el socialista Hermes Binner aseguró que si el Gobierno “no atiende las demandas de la gente, las protestas van a volver con más fuerza que el jueves pasado”. Esto, sin precisar si las demandas son tales, o sólo excusas. Pero, apelando como siempre a las abstracciones republicanas, agregó que el kirchnerismo  “está transformando un sistema presidencialista en un sistema hiperpresidencialista con tendencia hegemónica” y que por ello “va en sentido contrario de lo que la gente quiere”. Y ahí está la clave y también la trampa. Lo que Binner llama arteramente hiperpresidencialismo es ni más ni menos que el Estado presente como control de las bestias y armonizador de las relaciones, amparando siempre a los más vulnerables. Lo que muchos detractores llaman el “Estado Paternalista” o cosas peores. Que es lo que molesta, de más está decir. Por supuesto, por no cargar torpezas sobre torpezas, nada dirá este ignoto profesor de provincias sobre la poco feliz frase “en sentido contrario de lo que la gente quiere”. Precisamente él, que porta tan sólo un 17 por ciento de aceptación en declive.
Estas minorías que se expresaron de manera legítima en las protestas del jueves culinario exigen ser escuchados en sus demandas. Pero a la vez, no son capaces de escuchar las razones de las medidas que tanto molestan. Muchos de los que tuvieron un micrófono expresaron ideas en contra de la Cadena Nacional. Los que reclaman ser escuchados no son capaces de escuchar. Que las minorías no se dispongan a escuchar a las mayorías es una ecuación de difícil resultado. Un gobierno democrático es de mayorías, con respeto del derecho de las minorías. Pero minorías vulnerables, no poderosas. En este caso, son esas minorías las que no respetan a las mayorías.
Mientras tanto, el FAP comenzará este fin de semana con su campaña de recolección de firmas para evitar la reforma de la constitución que habilite un tercer mandato de CFK. No quieren que Cristina se eternice en el poder. Claro, nadie junta firmas para cortar con la permanencia eterna de los que pretenden gobernar el país desde las sombras de sus infectas madrigueras en su propio beneficio. Esos eternos a los que nadie vota, no molestan a estas nobles fuerzas republicanas.

1 comentario:

  1. Quisiera que pases a ver un Apunte que puede que enriquecer un debate tras lo que decís, abrazo grande, muy bueno el análisis para pensar.

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