jueves, 6 de febrero de 2020

Abstinencia de lágrimas


El Juez ha muerto. ¿Viva el Juez? No, ya no vive. Panegíricos de un lado, diatribas del otro. Los primeros, infundados; las segundas, más razonables. “No hay que celebrar una muerte”, dicen unos; “nadie la celebra porque murió impune”, dicen otros. Todos llamaban la Embajada a su juzgado, porque allí no regían las leyes argentinas, sino las propias; un embajador de un país sin justicia pero con mucha venganza y nada de vergüenza. Hasta se dio el gusto de matar por la espalda a dos supuestos delincuentes y salir como héroe, como siempre sucede con los que están de aquel lado. Doctrina Chocobar pero veinte años atrás, cuando ese apellido aún no era famoso. Un mercenario, un pistolero, un sirviente. Héroe para unos, villano para otros. Como sea, murió y eso nadie lo discute.
El peor lado perdió a su mejor combatiente, un perseguidor implacable que –como circuló en las redes- estaba obsesionado con meter a Cristina presa y murió con ella como presidenta. Lo único que logró fue enloquecer de odio, perder los estribos, convertirse en el peor de todos los jueces. Algunos querrán hacerlo estatua, santo o ejemplo, aunque sepan que no alcanzó la talla para eso. Con éstos no hay conciliación posible. Los que lo lloran –familiares incluidos- han gozado de su corrupción y no merecen condolencias: lloran por alguien que no vale ni una lágrima.
Bonadío será el paradigma vernáculo del lawfare, el arma del establishment para demonizar y encarcelar a los que no pueden combatir con las reglas de la democracia: gracias a él tuvimos al peor de los presidentes. Causas inventadas que inspiran procesos amañados que no tienen fin. Tampoco fundamento. Bonadío fue el inventor de las causas paralelas para poder hacer el mayor daño posible y el beneficiado por la manipulación de los sorteos para que todas le toquen a él. Su obra máxima –la más celebrada por la prensa hegemónica- es la mega Causa de los Cuadernos Quemados, una superproducción inverosímil que sólo pueden creer los que viven desbordados de odio. Sin pruebas y con muchos “arrepentidos” apretados convirtió su desprecio en un juicio oral para beneplácito del Círculo Rojo, para que los periodistas “independientes” puedan destilar veneno con editoriales cargados de denuncias sin sustento.
Pero hay más, por supuesto, porque se esforzó mucho para complacer al Poder Real. Entre otras cosas, transformó el Memorando con Irán en traición a la Patria, uno de esos trucos que sólo se puede lograr con todas las propaladoras de estiércol actuando a su favor. Con esto impidió que uno de los imputados, Héctor Timerman, pudiera viajar a EEUU para tratar su cáncer. Ésta será su peor mancha, aunque hay unos cuantos que la consideren un trofeo.
Desde el verano pasado sabía que su enfermedad no le permitiría vivir por mucho más tiempo. Con la muerte pronta como horizonte, entre operaciones, tratamientos y licencias siguió siendo el peor. ¿Qué clase de Justicia puede ejercer alguien que tiene pocos meses para destruir a su más odiada víctima? Desesperación ante el final, con la complicidad de todos los que le rodeaban. Bonadío murió y el poeta uruguayo Mario Benedetti escribió un poema para él casi cincuenta años antes de que este hecho ocurriera.   
 […] El monstruo prócer
Se acabó para siempre
Vamos a festejarlo
A no ponernos tibios
A no creer que este es un muerto cualquiera
Vamos a festejarlo
A no volvernos flojos
A no olvidar
Que éste es un muerto de mierda.

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