viernes, 1 de mayo de 2020

Una vez más, cacharros obedientes


Un nuevo cacerolazo se hizo oír en medio de la cuarentena. Los caceroleros se olvidaron ya de exigir a los políticos que bajen sus sueldos y aplauden cada vez menos a los profesionales de la salud, tal vez porque ahora están planeando medidas de fuerza. No cacerolean por el incremento bestial de los precios, por la rebaja salarial acordada entre la UIA y la CGT o porque el monopolio Clarín repartirá 800 millones de pesos entre sus socios mientras paga en cuotas el sueldo de sus empleados. Como si fueran las mascotas de Pavlov, cacerolean cuando los titulares lo ordenan.
Desde hace unos días, la liberación masiva de presos alerta a la población, no tanto por el peligro de los delincuentes sueltos sino –y más que nada- por el riesgo de que conformen hordas salvajes y expropiadoras a las órdenes de la vicepresidenta. Un absurdo que se convirtió en análisis serio nacido de la sesera mercenaria de algunos periodistas y del delirante y ya famoso audio de la senadora bonaerense Felicitas Beccar Varela. La fama que no obtuvo como mediocre actriz en Jugate conmigo, la consiguió con su actuación más ridícula. Claro que esto no fue mérito propio: ningún PRO sería lo que es sino fuera por el valioso apoyo de la monstruosa prensa hegemónica, destituyente y apátrida que, en su afán de resguardar los privilegios de una minoría empachada y avarienta, es capaz de inyectar en su público cautivo ideas que avergonzarían al más descerebrado de los moluscos.
Por supuesto, no es cualquier preso libre lo que inspira la protesta. No sacudirían ni una cucharita si todos los genocidas de la dictadura condenados obtuvieran la prisión domiciliaria. Los caceroleros sólo se indignan cuando son los delincuentes más estigmatizados los que estelarizan los titulares. En este caso, el Poder Judicial está pensando en una porción mínima de los reclusos por delitos leves a punto de cumplir su condena o que están comprendidos en grupos de riesgo ante la pandemia del coronavirus. Apenas un uno por ciento de la población carcelaria puede estar afectado por esta decisión. Lo que sorprende es que los cacerolazos suenen ahora, cuando la salida de los presos comenzó el 17 de marzo y hasta ahora, apenas han salido menos de 440. Y por decisión judicial, aunque las protestas balconeras estén dirigidas a Alberto y Cristina. Si supieran que en los países considerados serios por el discurso dominante también están tomando medidas similares, usarían las cacerolas sólo para cocinar.
Claro que esta indignación pasajera está alimentada por mucha noticia falsa, como la del peligrosísimo homicida que –por decisión del presidente- fue liberado ayer de la cárcel de Ushuaia -cerrada en 1947- ilustrada con una foto de Robert de Niro en la película Cabo de Miedo. Todo para limar la adhesión al gobierno de Alberto; todo para castigarlo por la decisión de cobrar un impuesto a los ricos por una vez. ¿Qué serían capaces de hacer si las medidas fuesen un poco más enérgicas, como expropiar aquellas fortunas obtenidas por evasión, explotación y especulación?
Una pena que una porción importante de nuestros conciudadanos se deje conducir como carneros por caminos que, tarde o temprano, desembocarán en matadero.

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