domingo, 13 de septiembre de 2020

Privilegiados y caraduras

 

La vara del debate político está cada vez más baja. Y eso no sólo desconcierta: también desalienta. Como si estuviéramos siempre dando vueltas sobre lo mismo. Los que perdieron las elecciones presidenciales no cesan de reivindicar el desastroso gobierno cambiemita, no sólo por sus resultados sino por sus procedimientos. En cambio, nada dicen de sus malas intenciones, porque no conviene. Ahora aparece Macri –que nunca estuvo ausente-, como una pluma ilustre en el diario La Nación, pontificando sobre transparencia y respeto a las instituciones. Él podrá ser un caradura, pero hay un discurso dominante que lo avala, que lo erige como el paladín de la República y la honestidad. De eso deviene que haya un público cautivo que crea en esas patrañas. Mientras tanto, el presidente Alberto Fernández esboza un discurso conciliador destinado a los que son incapaces de conciliar nada.

Después de firmar el decreto para reducir la coparticipación a la CABA –y contrarrestar el decreto con que el Buen Mauricio le concedió de más-, explicó que no está “sembrando discordias, sino igualdad”. ¿A los PRO les va a hablar de igualdad, cuando su nefasto modelo sólo funciona en base a la desigualdad? Y esa también es una discusión vana. Construir igualdad es hacer que todos tengamos exactamente lo mismo; ni siquiera el eufemismo de igualdad de oportunidades para todos es realizable, porque implica que todos partamos desde el mismo punto, sin herencias, apellidos, historias, estudios. Poner como meta la igualdad nos llena de hipocresías, más de las que ya pululan por estas tierras.

En un intento de ampliar su frase, el presidente agregó: “ningún diálogo se rompe, pero a alguno le duele renunciar a los privilegios”. Una declaración para sordos porque la pérdida de privilegios no provoca dolor; la de derechos, sí. Además, ningún privilegiado reconoce serlo. Hasta los que descansan en el podio de los más ricos negarán ser privilegiados; hasta son capaces de pregonar a los cuatro vientos que sus descomunales fortunas de muchísimas cifras garantes de holgura para incontables vidas han sido producto del trabajo esforzado y honesto. Si el trabajo honesto y esforzado garantizara la fortuna, todos seríamos multimillonarios y no unos pocos.

Esa declaración de Fernández necesita que los aludidos reconozcan que su privilegio es el que esquilma derechos al resto y eso es un abuso de ingenuidad. ¿Acaso los apellidos que encabezan el listado de Forbes van a admitir que conquistaron ese lugar explotando trabajadores, especulando en todas las timbas posibles, evadiendo y escondiendo el botín en empresas fantasmas? Si llegaron a eso fue con el consentimiento de una sucesión de gobiernos cómplices que armaron un entramado legal para conformar la injusticia que padecen muchos argentinos. Los privilegios que cercenan derechos se eliminan sin pedir permiso ni buscar consenso, menos con los privilegiados. Y eso no es autoritarismo; lo autoritario es que muchos padezcan necesidades esenciales porque unos pocos tengan de sobra. Eso es lo que vulnera toda institucionalidad y rompe con los derechos garantizados por la Constitución. No es ilegal que el Estado intervenga una empresa que ha fugado, estafado y evadido: en la ilegalidad están los empresarios que han cometido esos delitos. Y reparar el resultado de esos delitos no es incumplir con la Constitución, sino todo lo contrario: es hacer Justicia.

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