jueves, 3 de septiembre de 2020

Propósitos inconfesables

 

Algunas situaciones de la política argentina parecen escenas de las peores comedias. En muchos casos, los actores provienen de Juntos por el Cambio, que parecen empecinados en tener un lugar privilegiado en la Galería del Ridículo. Guiados por la palabra del inconcebible Líder, Mauricio Macri –que no es ejemplo de sabiduría ni de nada- son capaces de arriesgar el poco prestigio que les queda con tal de llevar adelante el rol de opositores rabiosos. Lo demostraron el martes en la cámara de Diputados con el intento de frenar cualquier alternativa de trabajo parlamentario. En medio de la pandemia que cada vez suma más contagios, 94 cambiemitas se movilizaron desde sus lugares de residencia para decir no a todo con el único objetivo de demostrar a sus verdaderos representados –los más ricos- que están dispuestos a cualquier cosa para frenar el populismo. Como irresponsables que son, arrastraron a un centenar de patriotas indignados que, en pos de la República, quisieron invadir el Congreso, arrojaron piedras y vociferaron consignas incongruentes.

Si fueran coherentes, los exponentes de Juntos por el Cambio se manifestarían en contra de legislar virtualmente en todos los distritos. Sin embargo, no es así porque la legislatura porteña -en donde son mayoría- funciona de manera virtual; lo mismo en muchas provincias donde tienen diputados y senadores. En el Senado Nacional tampoco presentaron objeciones. Entonces, ¿a qué viene este espantoso circo? Como a pesar de todo, la imagen del gobierno nacional sigue siendo alta, buscan debilitarlo con la generación de sainetes televisivos y titulares agoreros. Como buenos antidemocráticos que son, el objetivo es deslegitimar los futuros debates sobre la mal llamada reforma judicial y, sobre todo, el aporte solidario de las grandes fortunas. Y, para no perder la costumbre, amenazaron con recurrir a la justicia para demostrar que se pasan por cualquier lado la independencia entre los poderes.

En una táctica de pinzas, los intelectuales amarillos elaboraron un esforzado documento en el que dejaron atrás la insólita “infectadura” para denunciar “el uso ilegal del terror sanitario”. Si Netflix descubriera a las plumas ilustres de Luis Brandoni, Santiago Kovadlof, Maximiliano Guerra o Sandra Pitta llenaría su plataforma con las comedias más desopilantes. Lo más paradójico de todo esto es que muchos mediáticos y políticos anticuarentena se están contagiando para descubrir que el  coronavirus no es un invento de Alberto. Y encima, la curva ascendente de infectados pone en vilo a los trabajadores de la salud, que ya no dan más, mientras muchos irresponsables disfrutan a cuatro manos.

Mientras tanto, la vida real continúa más o menos a buen ritmo. El martes, con bombos y platillos, el ministro de Economía, Martín Guzmán anunció los resultados del acuerdo alcanzado con los bonistas privados para saldar la deuda innecesaria que la Revolución de la Alegría nos dejó. Una injusticia que tengamos que pagar la especulación de unos pocos, pero, según dicen, nos ahorramos un montón de plata, aunque podríamos ahorrar mucho más si pasáramos la cuenta a los ganadores de esa estafa.

En ese mismo acto, Guzmán anunció que el acuerdo con el FMI –la otra deuda que el nefasto macrismo nos dejó- tardará unos seis meses en concretarse y Alberto Fernández destacó que la postura de la nueva titular, Kristalina Giorgeva es diferente a la de Christine Lagarde. Es decir, que nos tenemos que desenamorar de una para enamorarnos de la otra. Pero acá hay que ser más enfático: si el préstamo con ese organismo no pasó por el Congreso, como ordena la Constitución, es el más voluminoso de la historia y se usó para la fuga, contra lo dispuesto por los estatutos del Fondo, ¿no deberían saldarlo los gestores de ese desaguisado? Que esos 50 mil millones de dólares lo paguen Macri, Dujovne, Lagarde y todos los que embolsaron esa monstruosidad en paraísos fiscales. Si hay que enojar a los vándalos, que sea por algo trascendente y no por pavadas como los debates virtuales.

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