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miércoles, 19 de agosto de 2015

Los que advierten la derrota



Alterados porque los números no cierran, los voceros del establishment presionan para que Sergio Massa decline su candidatura presidencial. Un gesto patriótico piden al tigrense. Todos contra los K, aunque eso signifique encuadrarse detrás de Mauricio Macri. Sólo exigen una fórmula para ganar porque, después de diciembre, será el Mercado el que se haga cargo de gobernar. Por eso, en esta contienda vale todo, desde engañar al electorado con una continuidad que no será tal hasta utilizar las redes sociales para difundir fotos trucadas. Después se presentan como la nueva política aunque, en rigor, son los peores esperpentos del pasado con sus alforjas cargadas de viejas tretas y un maquillaje que, de tan ajado, permite vislumbrar el cinismo que se expresa en sus horrorosos rostros.
 Los números de las PASO demuestran que nada es como pensaban: Macri no es el salvador de la Patria ni todo el país está cansado del kirchnerismo. Por más que Jorge Lanata insulte a los votantes desde su programa radial, el mundo que muestran desde los medios hegemónicos tiene poco que ver con el que experimenta el ciudadano de a pie. Más allá del histrionismo de algunos columnistas televisivos, la mayoría de los argentinos no percibimos ese clima catastrófico que quieren imponer. Aunque inundaron de mentiras el permeable terreno de la opinión pública, el Blanco de sus dicterios consiguió un importante aval de los electores. Importante pero no contundente, vale aclarar. Lo suficiente para calmar ansiedades y cavilar los siguientes pasos de la campaña; para continuar con potencia por este camino de conquistas y logros los resultados de octubre deberán dejarlos pasmados.
Tanto como para convencerlos del vigor de la democracia a la hora de gobernar el país; para que comprendan, de una buena vez, que el fin colectivo es más importante que la angurria individual; para que acaten las leyes y no saquen ventaja de su poder de presión; para que entiendan, por fin, que el crecimiento de sus cuentas bancarias es inversamente proporcional a su calidad de buenas personas. Los tiempos en que el público empobrecido aplaudía las tropelías de los más enriquecidos se terminaron. Hoy, la fuga de capitales, la evasión impositiva y la explotación laboral han dejado de formar parte del catálogo de picardías criollas, tan festejadas en los noventa. Ahora son delitos que nos perjudican a todos y siempre es saludable que conozcamos a los delincuentes.
Tanto difundir los porcentajes del trabajo informal, los medios hegemónicos y políticos de la oposición omiten denunciar quiénes son los que incumplen con las normas. Claro, entre las 1345 empresas que precarizan a sus empleados deben estar muchos anunciantes. Uno que siempre ha pensado que la informalidad abundaba en los pequeños emprendimientos, hay alrededor de cien firmas con más de cien trabajadores en esa situación. Y lo peor: hay cinco empresas con más de mil empleados que están sancionadas por no registrar a una parte de sus empleados. Menos mal que la Ley de Promoción del Empleo Registrado aprobada el año pasado dispone incentivos, sanciones y hasta un listado de infractores que les impide acceder a subsidios y líneas de crédito.
Nostálgicos del túnel del tiempo
¿Esto quieren cambiar los que quieren cambiar? En los noventa, el Estado otorgaba a los empresarios herramientas para la explotación laboral, con el vano propósito de combatir la desocupación. Mentira, eso sólo sirvió para llenar las arcas, como todo lo que ese gobierno cómplice de las minorías concretó a lo largo de la última década del siglo pasado. No sólo creció el desempleo sino que los empleados debían hacer concesiones humillantes para conservar sus puestos y poder subsistir. El “hay una fila enorme esperando tu lugar” era la advertencia para cualquiera que solicitara una mínima mejora. En una economía forjada para la especulación, los trabajadores estaban de más.
Los que quieren cambiar a eso quieren volver. Cuando proponen la apertura de las importaciones, hablan de la competitividad o se quejan por las paritarias están apuntando contra los trabajadores. Cuando hablan del atraso cambiario o claman por la libertad del dólar, dirigen su mirada hacia nuestro bolsillo. Cuando se lamentan por la libertad de expresión, sólo quieren imponer, otra vez, su Voz como la única mandante. Cuando protestan contra la política y piden volver a la normalidad, están exigiendo que el Estado vuelva a ponerse de su lado. Lo que más molesta a las minorías enriquecidas es que el dinero circulante vaya a parar a manos que no sean las propias. Y en eso basan todo su accionar y pensar.
No les alegra que la Cepal destaque que en Argentina, Brasil y Uruguay la transferencia de recursos desde el Estado haya logrado disminuir la desigualdad en un 13 por ciento. No, porque esas sumas que nutren la vida de muchos argentinos, quedarían mejor en sus cuentas bancarias. Tampoco es motivo de festejo para esa minoría que la desocupación en el segundo trimestre de este año se ubique en el 6,6 por ciento, el registro más bajo desde 1991. No, porque a ellos les molesta destinar una parte de sus ganancias para pagar sueldos, porque lo consideran un gasto. Ellos prefieren un modelo en donde puedan incrementar su patrimonio invirtiendo lo menos posible, por eso el ideal es la especulación, a la que quieren volver.
Cambiar es volver a un Estado como garante de la insaciable avaricia del Mercado, aunque eso necesite sumergir a la mayoría en la angustiosa ciénaga de la pobreza. Y aunque han ganado mucho en estos años, se sienten más cómodos con el traje neoliberal que con el mameluco neo-desarrollista. Por eso sueñan con el triunfo de su candidato favorito, el niño mimado del Establishment, un emisario que tampoco los va a defraudar. El Jefe de Gobierno porteño y principal competidor por la presidencia ha podido construirse como un candidato engañoso y por eso apuestan a él.
Hasta hace un par de meses, parecía un ganador, pues creía que su impronta opositora bastaba para conquistar los corazones argentinos. Macri estaba convencido de que cambiar todo era la fórmula que necesitaba para ocupar La Rosada. Pero los números –tanto los de las encuestas como los de los resultados electorales- se convirtieron en un balde de agua helada. Por eso el Cambiemos se transformó en un Continuemos, cuando ya era tarde para semejante voltereta. Entonces, se le vio la enagua. Continuar con muchas políticas del kirchnerismo no es compatible con el pliego exigencias del Círculo Rojo: liberar el dólar, reducir el costo laboral y eliminar retenciones, aranceles y cualquier tipo de carga impositiva. Como Macri no sabe qué rostro mostrar –el neoliberal o el populista- muestra el peor: el de las viejas tretas de la campaña sucia.
El que recurre a esas trampas no debe resultar ganador. El castigo de las urnas debe ser ejemplar, pero no para teñir de moralina la Democracia. La reafirmación de este camino de logros y conquistas debe convertirse en un grito que espante a las bestias que nos quieran retrotraer a los peores momentos de nuestra vida.

1 comentario:

  1. Gustavo....Todo cierto y razonable....lo expuesto.Pero llegó el tiempo de la madurez o la muerte. El votante, debe saber reconocerlos, juntos o separados

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