miércoles, 15 de septiembre de 2021

Despertar el entusiasmo

 

El domingo padecimos una mala broma. Estos dos meses serán cruciales para definir un camino. Todo se puede revertir con la convicción de que el futuro debe ser mejor que cualquier pasado.


La sorpresa ya hizo sus estragos y la angustia aún está en pañales. Lo que viene es un desafío que necesita entusiasmo para convertirse en triunfo. Que lo será, seguramente, porque si no, no saldremos nunca del pozo de la desigualdad que empieza a doler en serio. Por derecha, no se sale. Por izquierda, sabemos que sí, pero cuesta dar los primeros pasos. Lo que sí demostraron estas primarias es que el centro no sirve para nada: el dialogo y el consenso nos llevan a perder de a poco, no sólo elecciones, sino también dignidad. No podemos llenar el Congreso de tipos que quieren facilitar los despidos y precarizar aún más el trabajo; de hipócritas que se lamentan de la pobreza a la vez que proponen quita de impuestos a los más ricos; de cínicos que consideran al laburante como obstáculo para la inversión o parásito de las empresas; de peleles que conquistan una banca denostando la política de la que van a vivir. Los que ganen en noviembre deben ser aquellos que están dispuestos no a modificar las reglas de este juego, sino a inventar un juego nuevo que se asemeje a nuestros sueños.

Aunque lo parezca, el resultado del domingo aún no es una derrota definitiva. El baldazo de agua fría no ha terminado de caer sobre nuestras cabezas. La posibilidad de revertir los números puede convertirse en certeza. Y no es la alocada espera de un milagro sino el resultado de una lectura de los datos. La inasistencia a las urnas resulta alta y en estos 60 días se puede despertar la participación. El llamado "voto bronca" se expresó en blanco o con nulidad y no se pintó tanto de amarillo, como algunos afirman. Si las opciones de izquierda conquistaron más votos no fue por bronca, sino por convicción. La derecha más a la derecha es la receptora de esa bronca que quiere romper todo, sin más objetivo que instaurar una ley de la selva que beneficie aún más a los poderosos. La indignación que tanto construye la hegemonía mediática se canaliza en esas expresiones irracionales que, disfrazadas de rebeldía juvenil, arremeten contra los pocos límites que contienen a los depredadores. Los que se dejan tentar por el canto de las sirenas antiestatistas no imaginan que, además de imposible, un país sin Estado sería un infierno. 

Los amarillos no proponen eso, sino algo peor: un Estado que esté al servicio de una minoría para incrementar sus ganancias a costa de succionar a la mayoría; un Estado cómplice de unos pocos que no paran de enriquecerse mientras el resto sólo puede amontonar derrotas; un Estado indiferente a las estafas y condescendiente al saqueo de los que se creen dueños del país. Eso es el PRO y sus aliados, por más que su endulcorado palabrerío incluya libertad, democracia, justicia como sortilegios para solucionar todo. Ellos no pueden ser la solución porque lo que representan siempre ha sido el problema: la timba, la explotación, la fuga planteadas como condiciones para la inversión que, como hemos experimentado muchas veces, nunca llega.

Después de esto cabe preguntarse qué pasó el domingo. ¿Los frentistas decepcionados se convirtieron en juntistas? ¿Estamos ante una pesada broma de los que jugaron a la interna amarilla? ¿Todos los que se abstuvieron votarán en noviembre por el FDT o se repartirán proporcionalmente para no modificar los resultados? ¿Qué significa el incremento de los extremos? ¿Qué debe hacer el oficialismo si quiere conquistar mayoría?

Como no podía ser de otra manera, el presidente y sus candidatos manifestaron la comprensión del mensaje. Ahora presentarán un paquete de medidas para aliviar el bolsillo de los millones que no llegan a cubrir casi nada. Y eso duele porque deberían haberlo hecho antes, en lugar de aspirar a un equilibrio fiscal que  nadie aplaude. La lección está muy clara: para el país que prometen debemos abandonar este juego que ya está muy amañado. El futuro demanda mucho más que ganar una elección. Los parches no solucionan ninguna injusticia. El salario no le tiene que "ganar a la inflación", sino alcanzar para alimentos, servicios, vivienda, vestimenta y esparcimiento. En lugar de una "reforma laboral", hay que proponer una "reforma empresarial" para domesticar en serio a los angurrientos y que pongan los números sobre la mesa todos los meses. 

La discusión no debe correr detrás de la agenda caprichosa de la prensa cómplice de los poderosos. Hay que empezar a elevar la vara con una agenda que los saque de quicio, que se tengan que inmolar en el ridículo, que se expongan a defender lo indefendible. Alberto debe abandonar su papel de hombre común para transformarse en presidente y su tono catedrático para convertirse en un conductor. Si logra esto en dos meses, ya no tendremos que preocuparnos por los resultados electorales, sino por hacer cada vez más feliz a un pueblo que ya ha sufrido demasiado.

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