lunes, 7 de abril de 2014

Los aspavientos punitivos


Que el Jefe de Gobierno Mauricio Macri utilice como queja la residencia de una de sus hijas en San Francisco no habla muy bien de la gente como él. En primer lugar, porque tiene una enorme responsabilidad en garantizar la seguridad y, si no puede brindar esto a su familia, qué queda para el resto. En segundo lugar, no hay manera de saber si la joven permanece en esa ciudad por miedo o por otras cuestiones. Además, la tasa de homicidios de San Francisco es superior a la de la CABA, por lo que el argumento queda, en cierta forma, invalidado. Tal vez, la postura clasista del Alcalde Amarillo lo conduzca a preferir un delito en inglés que uno en castellano. Sobre todo porque lo pueden experimentar y, algo peor, ostentar. Ostentación que incluye la consigna de que todo lo que ocurre en el Primer Mundo siempre será mejor que lo de estas tierras. Hasta los robos. Una mirada caprichosa que incluye la necesidad de la venia de algún funcionario de ese país para cualquier iniciativa criolla. Caprichosa y nociva, que incluye la visita permanente a la Embajada por parte de algunos exponentes de la oposición con aspiraciones a la banda presidencial.
Pero el debate sobre la seguridad parece incluir cualquier cosa, desde el pisoteo a las instituciones hasta el cipayismo. Y la demagogia también, sobre todo la punitiva, que inspira medidas grandilocuentes como si fueran pociones mágicas. El Gobernador bonaerense, Daniel Scioli se dejó tentar para recuperar su imagen, siguiendo el juego de los que consideran la seguridad como una cuestión policial y carcelaria y piensan la Justicia sólo como un castigo. Arrinconado por la agenda, el ex motonauta tomó medidas que podría haber tomado antes de que el agua llegue al cuello. Esto, por supuesto, si consideramos que el accionar delictivo está llegando a niveles alarmantes, algo que queda desmentido por numerosos datos estadísticos. Para evitar cualquier confusión, hay que insistir con esto: nadie niega la comisión de delitos, pero no se producen tantos como para declarar la emergencia.
La irrupción de Scioli en esta escena confirma el pánico que se construye desde los medios. A la histeria virtual, responde con aspavientos reales. Poblar de policías las calles no siempre garantiza que serán más seguras. A veces, puede resultar todo lo contrario porque algunos agentes, más que combatir, regentean los delitos. O cuanto mucho, aspiran a dosificarlos. Algo que está muy lejos de las demandas de una seguridad en términos absolutos, lo que significa garantizar que a ningún ciudadano le pase absolutamente nada en toda su vida. El absurdo: un periodista opositor reveló, con vehemencia, que en nuestro país se producen muertes. ¿Acaso esperan que descubramos la fórmula de la inmortalidad?
Pero el Gobernador no se quedó en eso. Guiado por la irritación ocasionada por la excarcelación del ya famoso ladrón de relojes, prometió iniciativas para bloquear esas habituales decisiones de los jueces. Más allá de las exquisiteces jurídicas, no se puede pretender que las sanciones sean inmediatas. Tampoco que se demoren tanto. En un caso sencillo, como un intento de robo con testigos y reducción del delincuente, no debería tomar más de unas semanas arribar a una sentencia. Y eso es lo que más enoja. A la sociedad parece no interesarle que empresas exportadoras multinacionales tengan frenadas causas por evasión y contrabando, pero sí se exalta porque un simple ratero no sea castigado al instante. Hace falta un poco de equilibrio para repensar la Justicia.
Pese a todo, siempre hay futuro
De más está decir que nada de lo que se discuta en torno al tema debe incluir el linchamiento callejero como castigo exprés. Ni una sola duda debe haber al respecto. Muchas veces, los medios de comunicación que hoy exhiben con placer estas lamentables escenas de violencia han mostrado con espanto videos de lapidaciones ocurridas en los países más demonizados. No lapidaciones simbólicas o verbales, sino las que incluyen sangre y piedras. Un poco de coherencia antes de comenzar este debate no va a venir mal.
Sin embargo, desde las redes sociales aparecen páginas monstruosas que no sólo reivindican, sino que alientan palizas mortales a los que responden a la tipología del delincuente. En una página de Facebook, llamada “Yo apoyo la justicia por mano propia”, hasta brindan consejos para linchar, como "no le patees la cabeza al delincuente. Pisale la muñeca y quebrale los dedos hacia arriba de las dos manos. Con eso te asegurás que por más que Zaffaroni lo suelte no podrá robar como por cuatro meses. Se llama arresto ciudadano, es perfectamente constitucional, sobre todo en caso de flagrancia". Esto no sólo muestra la bestialidad de los autores, sino la eficacia manipuladora de algunos medios y políticos de la oposición. El juez de la Corte, un indiscutible exponente del pensamiento jurídico internacional, aparece puerilmente demonizado como defensor de delincuentes. Una baratija aborrecible a la que sólo se abrazan quienes no saben pensar por sí mismos o los que odian tanto que pierden toda razón. Además, los autores mienten, porque los castigos físicos están desterrados de nuestra Constitución. No es la única página de este tipo, pero todas son despreciables.
Imposible convencer a esos individuos de que las cosas no se resuelven con golpes y patadas. Tipos como los apologistas de la violencia poco entienden de derechos. Con una lógica que está muy lejos de construir un país con equidad, sólo buscan defender los privilegios de una minoría rebosante de egoísmo. ¿Cómo explicar a estos sujetos los beneficios de alguna medida de inclusión, si lo único que quieren es el exterminio? Si a los que parecen delincuentes ellos quieren destinar palos y machetes, no libros ni viviendas.
¿Cómo sostener ante estos individuos desencajados una idea de justicia que vaya más allá del castigo? ¿Comprenderán alguna vez que todos tenemos derecho a una vida digna y que si muchos están lejos de ese estado no es por mala voluntad sino por la continua succión de los poderosos, cegados de avaricia? ¿Entenderán que muchas veces los derechos de la mayoría han sido pisoteados para sostener los privilegios de una minoría?
La Justicia debe ser, sobre todo, una forma de vida, un valor que abrace a todos los que pisen nuestro suelo. Un espíritu que garantice que todos tengan mucho más que lo esencial y que convenza a todos para contribuir a que el último de los nuestros trepe por los escalones necesarios. Un sentido de justicia que impulse que los menos favorecidos accedan a la vivienda, la educación y el trabajo. Entonces sí podremos diferenciar a los delincuentes ocasionales de los profesionales y diseñar un sistema punitivo para los que no quieren saber nada con la ley.  
Todo esto, por supuesto, para los que queremos construir un futuro enorme para nuestro país. Los que sólo piensan con su ombligo seguirán con el ojo puesto en la inmediatez mediática para incrementar el odio que ya desborda su corazón. No sospechan que así se quedarán cada vez más solos.

sábado, 5 de abril de 2014

Enredados en unas trampas


El regocijo que alcanzan algunos personajes mediáticos y políticos cuando hablan de los linchamientos hacia presuntos delincuentes supera niveles repulsivos. Un regodeo originado en la posibilidad de que los apremios ilegales de algunos individuos desbordados por sus prejuicios proliferen hasta volverse incontrolables. Como si hubieran encontrado la mecha para provocar el estallido que se convierta en un golpe letal para el Gobierno Nacional. Estas exageradas reacciones hacia pequeños rateros es el resultado de años de remover el caldo de la inseguridad desde los informativos. Inseguridad condimentada con muchas pizcas de estigmatización. Y con muchos mitos que decoran el plato: un amenazante delincuente que acecha la tranquilidad del buen vecino y que protagoniza todos sus miedos; agentes policiales que no utilizan la bola de cristal para predecir cada hecho delictivo; una Justicia con puertas giratorias que no castiga in situ al sospechoso; autoridades nacionales que no sólo miran para otro lado y niegan el problema, sino que incentivan la inseguridad con sus agrupaciones políticas, sobre todo con los de La Cámpora, origen de todos los males habidos y por haber. En líneas generales, ésta es la estructura del cuento que inspira los linchamientos, catarsis violenta de sujetos que comienzan a emplear sus cacerolas para algo más peligroso que hacer bochinche.
Siempre es bueno aclarar que todas estas consideraciones no apuntan a negar la existencia de delitos de todo tipo, sino que buscan un poco de racionalidad al asunto. Si bien puede haber zonas de mayor peligrosidad, la mayoría de los habitantes de nuestro país apenas puede estar expuesta a algún delito menor. Y no en los niveles alarmantes que aparecen en las pantallas. Lo que uno intenta señalar desde hace mucho tiempo es que el clima de riesgo extremo no es más que una construcción mediática. Con sus repeticiones hasta el hartazgo, con la eliminación de referencias geográficas, con las propaladoras que se extienden por todo el país logran apuntalar la frase “ya no se puede salir a la calle sin que te roben, te violen o te maten”. Idea que se desmonta al salir, precisamente, a la calle y comprobar que muchísimas personas desatienden la frase que muchas veces repiten. A pesar de esto, están ganando esta batalla. Salir de este berenjenal va a consumir mucho ingenio y necesita mucha cintura política para desactivar las trampas que han tendido.
Un paseo por las artimañas
Todas las tretas que emplean son complejas, además de absurdas. La más difundida es que la delincuencia se ha incrementado desde la llegada del proyecto K, cuando, en realidad, es todo lo contrario. Una que va en el mismo sentido es que el kirchnerismo defiende a los delincuentes, idea que no tiene sustento por la inexistencia de un solo hecho que la avale. Sin embargo, todas las protestas sobre la inseguridad van dirigidas a La Presidenta y su equipo, saltando magistralmente a autoridades comunales, municipales y provinciales, que tienen una responsabilidad directa sobre la mayoría de los delitos.
Quizá esta mezcolanza tenga su origen en la reactivación de los juicios por delitos de Lesa Humanidad, visto por algunos como una revancha de los subversivos, los delincuentes de los setenta. Para esa mirada enviciada de la historia, los militares y civiles que reorganizaron el país son víctimas de una venganza. Enfermizo, pero en la confusión, cobra sentido. ¿O acaso alguien ha olvidado cuando el apócrifo ingeniero Blumberg afirmó que los derechos humanos son para gente decente? ¿O no han escuchado a la víctima de algún delito reclamar por sus derechos humanos o afirmar que éstos son sólo para los delincuentes? Aunque no sean muchos los que se abracen a estos tópicos, la amplificación mediática logra que parezcan una multitud.
La segunda de las trampas parece más efectiva. La inseguridad de la que hablan desde los medios está compuesta por los delitos cometidos por los villeros con visera hacia la nuca. Una construcción que suena a segregación. Afirmaciones que buscan instalar una lógica destructiva: sobre que los buenos vecinos son víctimas de los marginados, con sus impuestos deben contribuir para mantenerlos. Estos morochos provenientes de las peores cloacas del planeta, no sólo atentan contra la seguridad y la estética, sino que reciben los beneficios del esfuerzo de los argentinos de verdad.
La respuesta del oficialismo es una muestra evidente de la eficacia de esa trampa. Tanto La Presidenta como sus funcionarios aseguraron en estos días que la mejor manera de combatir la inseguridad es con más inclusión. Esto, además de confirmar la falsa hipótesis de que todos los pobres son chorros, acrecienta el rechazo de una minoría protestona hacia cualquier iniciativa de redistribución del ingreso. Y si el Jefe de Gabinete afirma que es necesario incluir con mayor educación, convierte a los estigmatizados en un malón embrutecido. Aunque muchos sepamos que no todo pobre es delincuente por el sólo hecho de serlo, consideramos imprescindible ofrecer una vida más cómoda, más cercana a la dignidad material y simbólica. Pero de esta manera, y con las mejores intenciones, seguimos reforzando los prejuicios que ostentan una minoría patricia y un manojo de individuos alucinados por el sueño de la pertenencia. Esto no quiere decir que haya que abandonar todos los intentos de tender a la equidad, pero sí significa que hay que redoblar los esfuerzos para convencer a los confundidos.
Ante el prejuicio con formato de refrán que reza “los choros entran por una puerta y salen por la otra”, es indispensable explicar que eso ocurre porque, contra todo lo que se vocifera, se cumplen las leyes y los derechos constitucionales. Toda persona es inocente hasta que se demuestra su culpabilidad, por lo que nadie debe permanecer en la cárcel sin someterse a un juicio. Más de la mitad de la población carcelaria está en esa situación, en prisión y sin sentencia. Lo que pasa es que esa frase exige que el ratero que roba una cartera sea castigado al instante y hasta el fin de los tiempos. Para los que sostienen y difunden ese lugar común, la justicia no debe buscar la reinserción del reo, sino su absoluto ocultamiento. Para ellos, la cárcel no debe ser un lugar de re-educación sino un resumidero.
En esta construcción mediática de la inseguridad hay un estereotipo del delincuente que conduce a profundizar el desprecio hacia el otro, sobre todo al sumergido durante tantas décadas de recetas importadas. Este imaginario no incluye a todo individuo que incumple la ley porque la seguridad del buen ciudadano sólo está amenazada por esos monstruos que emergen de las barriadas. La especulación, la evasión, la explotación laboral, la fuga de capitales, la remarcación infundada de precios de ninguna manera significan amenaza alguna para los consumidores de los medios hegemónicos. Los incluidos no cometen delitos, sino que trabajan denodadamente para convertir un almacén en una cadena de supermercados de la noche a la mañana. Claro, es más grave que un motochorro arranque el reloj de una muñeca que unos señores con traje provoquen una crisis como la de 2001. El primero, merece la más infectada de las mazmorras; en cambio, los segundos deben ser destinatarios del respeto y adulación de la sociedad por su contribución al desarrollo del país.  
Sin embargo, estos delincuentes son los peores. Porque uno puede comprender que alguien se vea forzado a cometer un delito para sobrevivir, pero, de ninguna manera puede aceptar que un empresario enriquecido a través de métodos espurios continúe con sus prácticas carroñeras impulsado por su incontenible angurria. Estos son los que deben recibir el más profundo desprecio porque la inseguridad que ocasionan afecta a casi todos los argentinos. Pero claro, es más fácil pisotear al que ya está en el suelo que destronar a los poderosos que siempre se quedan con todo. Como dice uno de esos refranes que sí están basados en hechos reales, el hilo se corta por lo más delgado.

jueves, 3 de abril de 2014

Fogoneros en acción


Irresponsables quienes practican vericuetos verbales para justificar los linchamientos, en lugar de condenarlos. Apologistas quienes ven en esta locura una esperanza. Destituyentes quienes alientan esta modalidad delictiva que llaman justicia por mano propia. No se sorprenda, estimado lector: en nuestro querido país cabe cualquier cosa. Pero ante hechos como éstos no hay lugar para ningún pero. La oscuridad que parecía en el destierro, sólo estaba agazapada en un rincón y encontró la ocasión para extender su siniestra mano. Aunque vistan con corrección, el hedor los delata. Además, al ver un poco de sangre, comienzan a salivar y cuando abren sus mandíbulas infectas salen las peores pestes. Al menos cuatro personajes de la escena política buscan aprovechar estas lamentables explosiones de furia de algunos individuos con la paciencia bombardeada por los carroñeros mediáticos. Hay que señalarlos porque ellos son los voceros de los que quieren que este sueño se termine. Para permanecer en los titulares, necesitan convertir este horror en dardo envenenado hacia el Gobierno Nacional. Pero tanta obscenidad no puede engañar a nadie, salvo a los que ya viven engañados. 
El irresponsable. Quien siempre busca sorprender es El progresista Hermes Binner. De eso, por supuesto, nada de nada. Retro-gresista, debería considerarse. Cacerolero quejoso a ultranza, insustancial a más no poder, errático al extremo. Muy desinformado, además, consideró que los casos de linchamiento ocurren “por la impunidad que hay en el país”. Y, sin pudor, pone ejemplos para justificar su extravagante tesis: “que haya una persona que hacía negocios en el Sur de todo tipo, como la gente ya conoce, está demostrando que hay impunidad”. La manera en que juega con supuestos y prejuicios en esta frase resulta irritante. Hasta insultante. Para él, la impunidad queda demostrada porque hay una persona que hacía negocios en el Sur. ¿Acaso está prohibido hacer negocios en el Sur? Más que decir ‘como la gente ya conoce’, debería haber dicho ‘como Clarín y sus acólitos han ordenado que todos debemos repetir’.
Pero siempre se esfuerza por ir más allá de sus propias torpezas. Sin llegar a explicar la relación entre su ejemplo y los linchamientos, agregó que otro caso que molesta a la gente es que el Gobierno “protege a un Vicepresidente sospechado de corrupción”. Claro, para este correcto no-político, los republicanos muelen a golpes al primero que encuentran porque la Justicia estira la no-causa Ciccone. Binner considera que el ni siquiera procesado Amado Boudou es culpable sin haber sido citado a declarar y el Gobierno debe sentenciarlo. Hermoso ejemplo de republicanismo. Ejemplar muestra de respeto a las instituciones. El ex gobernador y actual diputado Hermes Binner actúa con absoluta irresponsabilidad al hacer esas declaraciones. Jamás hay que olvidar cada una de sus palabras, para que ningún distraído se deje engañar.  
Los apologistas. En este grupo, los que más se destacan son Sergio Massa y Mauricio Macri, que disputan, con fiereza, el electorado más conservador. El primero parece tener más gracia, pero el segundo tiene más clase. Ambos son peligrosos porque representan intereses que no buscan precisamente el beneficio de todos. Lejos de considerar la equidad como meta, sólo piensan en una justicia punitiva y fuerzas policiales cebadas que mantengan a los excluidos lo más lejos posible de los exclusivos.
Con su abundante cinismo, Mauricio Macri afirmó que “uno entiende” los linchamientos que se produjeron en estas semanas producto de “la falencia estatal”. Para los que no hayan comprendido la paradoja, un Jefe de Gobierno como él también es Estado, pero no lo dijo como autocrítica, sino como dicterio al Gobierno Nacional. Sin advertir contradicción alguna, aseguró que "estos episodios de justicia por mano propia son porque el Estado está ausente. El Estado renuncia a defendernos, a cuidarnos, no hay una propuesta integral de seguridad en más de diez años". De tan infantil que es su queja, da pena explayarse en la crítica. Macri es Alcalde de una ciudad autónoma que tiene fuerzas policiales propias, la Metropolitana, que se especializa en reprimir a los pobres. Tanto Macri como la Metropolitana tienen la obligación de cuidar a los ciudadanos en lugar de sumarse a los linchamientos. Entonces, ¿a quién está reclamando? ¿Por qué se desentiende de algo que también es su competencia? En caso de llegar a la presidencia, ¿a quién responsabilizará de su ineficacia?
Para poner más en evidencia su mirada clasista de la vida, cuestionó la idea que expuso La Presidenta en estos días: "no hay mejor antídoto contra la violencia que lograr que mucha gente se sienta incluida". Esto interpretó Macri: “el mensaje de nuestra presidenta es malo porque entonces todo excluido, todos los pobres tienen que salir a robar”. De ninguna manera entrará entre sus acciones de gobierno alguna medida que apunte a la redistribución del ingreso, porque la inclusión no está entre sus objetivos. En algo tiene razón, aunque de casualidad: no todos los pobres son delincuentes y –esto no lo pensará él, claro está- tampoco todos los delincuentes son pobres.
El diputado Sergio Massa es un poco más hábil desde el punto de vista discursivo, aunque no mucho más. Con esa combinación entre predicador y vendedor de seguros, el ex intendente de Tigre sostiene una máxima que da por tierra con millares de tratados escritos por brillantes juristas: “el que las hace, las paga”. Y eso es todo. Ah, también apela a la idea de la ausencia del Estado, pero sólo desde su faceta represiva. De acuerdo a sus ideales, cada ciudadano debería ir acompañado por un par de policías con cámaras en sus cascos, un arsenal de gas pimienta y un celular con botón de pánico incluido. Ésa es su idea de la seguridad. Así y todo, algunos integrantes de su agrupación política salieron al cruce del Juez de la Corte Suprema, Raúl Zaffaroni, una de las autoridades en materia de seguridad ciudadana. Dos intendentes bonaerenses, José Eseverri y Joaquín De la Torre, advirtieron que Zaffaroni “se sacó la careta y muestra sin descaro su camiseta K”. Contraponer esto con la cátedra que dio el Supremo sobre los dichos de Massa es una falta de respeto. Pero De la Torre quiso redoblar la apuesta y advirtió que “Massa defiende a la gente y Zaffaroni a los delincuentes”. Demasiada baratija para dedicarle tanto espacio.
 El destituyente. Quien merece menos espacio -aunque sí todos los puntos para ser citado por un juez- es el ex compañero de fórmula del ex represor Luis Patti, el abogado Carlos Maslatón. Desde su muro de Facebook y algunas entrevistas radiales, este extemporáneo personaje no sólo justifica y defiende la acción de algunos individuos de ejercer venganza, sino que alienta estos hechos. “La población debe continuar ejerciendo justicia por mano propia –explicó quien no merece estar suelto-  y matar en el acto a los delincuentes capturados in fraganti” porque se trata de “legítima defensa”. Apología del delito, incitación a la violencia y mucho de pisoteo republicano. Alucinado, considera “legal defenderse del delito en estas condiciones que nos impusieron Zaffaroni, los comunistas y cómplices del delito como Pinedo, Gil Lavedra y Barbagelata”, autores del proyecto de reforma del Código Penal. ¿No debería estar entre rejas alguien tan alejado de la democracia? O al menos, condenado al silencio por su relación con los peores exponentes de nuestro peor pasado.
Estos cuatro sujetos con bastante espacio mediático tienen un reclamo en común. Aunque parezca muy profundo reclamar la presencia del Estado para evitar estos episodios, en realidad, no están diciendo nada. Ellos recitan esa excusa para desviarse de todo posicionamiento político, como siempre. De alguna manera, el Estado siempre está presente, aunque sea como ausente. La mirada ideológica sugiere la manera en que el Estado debe estar presente en una sociedad. Lo que estos individuos con intención de gobernar –como sea- quieren es un Estado cómplice de los poderosos y látigo de los más humildes. Un Estado que custodie los bienes de los que se quieren quedar con todo. No podemos caer en esta trampa de repetir una historia plagada de odios y prejuicios. No podemos dejarnos convencer con tan pocos argumentos. No podemos dejar que el país del futuro sea la pesadilla que estos tipos sacuden de sus enfermizas mentes.  

martes, 1 de abril de 2014

Una balanza transformada en garrote


El linchamiento en Rosario es un hecho ya conocido; tanto que parece perfilarse como moda. Desde que un grupo de vecinos golpeó con salvajismo a David Moreyra hasta provocar su muerte, una parte de la sociedad está conmocionada, asombrada, asqueada. La otra parte, de tan fascinada, adoptó como rutina ese procedimiento. En efecto, durante la semana pasada se produjeron, al menos, algunos hechos similares, tres en Rosario, otro en un barrio porteño y otros más en diversos puntos del país. Sin pruebas y con muchos prejuicios, algunos buenos vecinos perfeccionan sus métodos de justicia exprés, que evoca escenas de los más conocidos westerns, donde desencajados y polvorientos granjeros capturan al sospechoso y lo cuelgan de un árbol. Por supuesto, estos episodios presentan muchas puntas de análisis, que van desde la comisión del delito en sí hasta la pretensión de seguridad como un absoluto, pasando por la exclusión, la presencia-ausencia del Estado y el accionar de los medios que, más que informar, apunta a enloquecer a sus consumidores. Pero nada, absolutamente nada, podrá justificar que una cartera tenga más valor que la vida de una persona.
En los linchamientos cinematográficos había un clima festivo, con muchos gritos y alcohol. ¿Habrán llegado a ese éxtasis los integrantes de esta turbamulta vernácula? ¿Sentirán orgullo por la fiesta en la que participaron? ¿Guardarán en su celular imágenes de ese acto de justicia? Esa anécdota, ¿se convertirá en un relato heroico para los nietos?
Los individuos que ocasionaron este hecho cometieron un delito para abatir a un presunto delincuente y descargaron sobre una persona odios acumulados durante mucho tiempo. Cada golpe parece la expresión de un hartazgo alimentado desde numerosas fuentes. Puñetazos, patadas, quemaduras de cigarrillo evocan los mecanismos de tortura de los represores y los procedimientos de investigación de policías nostálgicos. Una mezcolanza punitiva que agrega más oscuridad que luz al problema de la seguridad ciudadana.
David Moreyra y los otros jóvenes se convirtieron en blanco de una venganza que no merecían. Ni ellos ni nadie puede ser el destinatario de algo así. Ni siquiera un empresario multimillonario que sigue especulando, evadiendo y explotando a sus trabajadores. Estos sospechados recibieron en su piel la venganza por hechos cometidos por otros, en otro tiempo y lugar, amplificados y exagerados, por miedos que se retroalimentan entre vecinos, por prejuicios que se transforman en acción, por irresponsabilidad de los dirigentes. Pero, sobre todo, por la ausencia del Estado que debe garantizar la seguridad, no sólo desde la sanción sino –y más importante- desde la prevención.
Claro, es mucho más fácil decirlo que lograrlo. La mirada ideológica dispara tantas posibilidades de acción que puede provocar el estrabismo. Y si sumamos a esto el aluvión de prejuicios, mitos, historias, ejemplos el nudo parece más difícil de desatar. Y por último, la leña que echan los fogoneros mediáticos constituye el condimento ideal para una paranoia indigerible. Antes de continuar con este apunte, vale aclarar que nada de lo dicho debe inducir a pensar en la inexistencia de los delitos, como sugieren con sorna los detractores del concepto “sensación de inseguridad”. Los delitos son hechos, cuantificables y localizables; lo otro –la sensación- es una construcción que conduce al linchamiento, tanto mediático como material.
La confusión de los explicadores
No sólo los medios contribuyen al clima de inseguridad: los políticos que pretenden vestir banda no se quedan atrás. El líder del FAP, Hermes Binner, es un experto en las inconsistencias. En el marco del lanzamiento de su campaña electoral como precandidato apresurado, clausuró la posibilidad de hacer una sociedad con el PRO porque “no hay que confundir política y aritmética; en política hay sumas que restan y restas que suman”. Si Binner creyera en esta frase, no habría considerado siquiera una alianza con las fuerzas amarillas. Pero él es así, confuso, contradictorio, errático y tal vez un poco distraído.
Después de afirmar que el socialismo tiene “un modelo de gestión que mostrar”, abordó el tema de la inseguridad, sin considerar que Rosario tiene la tasa de homicidios más alta del país. Para los que no recuerden, Binner fue intendente de esa ciudad durante dos períodos y gobernó la provincia por cuatro años y desde 2011 Antonio Bonfati, de su mismo partido, es el actual mandatario de Santa Fe. Si bien sería injusto afirmar que el crecimiento de la inseguridad en ese distrito es responsabilidad absoluta de esa agrupación política, tampoco puede lavarse las manos de manera tan ostensible.
Pero Binner lo hace porque en eso también es experto. Desde su visión geriátrica de la vida “no hacemos más que abrir los diarios para que llegue la nota trágica que supera nuestra capacidad de asombro”. Eso porque no escucha con atención los discursos que pronuncia; si lo hiciera, abandonaría el formato cacerolero que tienen. Entonces, comenzó a citar ejemplos que lo abruman, dispuestos como críticas al Gobierno Nacional: “un discapacitado es arrojado de un puente, se asesinan niños y se le dispara a embarazadas, vecinos linchan un ladrón que es, a su vez, un joven ni-ni...” Cabe preguntarse qué ha hecho esa fuerza política para lidiar con esos problemas, además que lloriquear ante las cámaras como muestra de impotencia y de incapacidad.
Los policías santafesinos no hacen más que liberar zonas y cobrar dividendos. No todos, por supuesto: hay otros que huyen cuando ven que se acerca un presunto delincuente. Y el resto no da abasto para sofrenar tanto estropicio. Eso sí, la intendenta de Rosario, Mónica Fein, también socialista, se muestra encantada con la idea de convertir a la ciudad en un gran reality con la instalación de cámaras en lugares estratégicos. Cámaras que, más que prevenir, aportan material para llenar los noticieros televisivos. Si en lugar de desperdiciar recursos en estas cosas se preocupara por mejorar la vida en los barrios periféricos, estaríamos hablando de otra cosa.
Pero el incomprensible socialismo de Binner no es lo único que aporta confusión. El diputado Sergio Massa –como si fuera el comisario de Hijitus- justificó los linchamientos con una de sus más profundas frases: “el que las hace, las paga”. Algo así como si la policía no captura al delincuente, la justicia no lo procesa y un juez no lo condena a las galeras, todo poblador, escudado en el anonimato de la turba exaltada, puede castigar al presunto delincuente con todos los medios a su alcance. Y explicó que “esos casos de justicia por mano propia tienen que ver con los mensajes que se dan desde el Estado”. Cualquiera sabe que cuando un opositor habla del Estado, sólo se refiere a Cristina, que parece destilar impunidad y violencia por todos sus poros. En ningún momento se le escapó una condena: por el contrario, consolidó toda acción de venganza para apuntarse un poroto de ese descontrolado público. Esta compulsión punitiva que alienta el ya candidato Massa no sólo busca el voto cacerolero –el que memoriza excusas para oponerse- sino que espera conquistar al votante linchador.
Estas prácticas violentas deben ser desterradas porque sólo conducen a una mayor disolución social. Si se propagan, será porque los nostálgicos de la oscuridad están ganando esta batalla. Contra todo lo que dicen los detractores, el mensaje de CFK jamás ha estado dirigido a apoyar ningún tipo de violencia ni venganza. Por el contrario, siempre ha destacado la fuerza del amor. Eso es lo que nos dejó en estos días: “cuanto mayor es el grado de exclusión, mayor es el grado de violencia que se genera entre los argentinos. No hay mejor antídoto contra la violencia que lograr que mucha gente se sienta incluida". Desde que asumió Néstor Kirchner, ése ha sido el principal sendero. Y lo seguirá siendo por mucho tiempo más.

sábado, 29 de marzo de 2014

Más cacareos para este boletín


¡Ofendidos! Los diputados radicales están ofendidos porque el FPV votó en contra de la presidencia de Cobos en la Comisión de Educación de la Cámara Baja. Más allá de la traición que convirtió en historia con esa ridícula expresión –el voto no-positivo- ¿qué méritos tiene en educación el mendocino más que el haber publicado un folleto con sus propuestas electorales? Alguien dirá: Del Sel ocupa la Comisión de Cultura y nadie protesta. Pero el ex Midachi irrumpe en el segundo lugar, no en el primero, lo que ya es bastante grave. No se rasguen las vestiduras por un monigote. Un poco de seriedad, por favor. Además, no merece un lugar de prestigio quien puso en riesgo la institucionalidad del país al transformarse en un vicepresidente opositor, cuando el voto popular lo coronó por el oficialismo. Ojo por ojo, voto no-positivo por voto no-positivo. Un poco exageradas las expresiones de Mario Negri, el jefe del bloque radical, al decir que  “el oficialismo ha puesto en crisis la relación parlamentaria”. Ellos ponen en crisis al parlamento con estas patéticas escenificaciones. Como están dispuestos a adelantar la campaña, hacen cualquier cosa para inspirar un titular, aunque después terminen tan desechados como Elisa Carrió.
 Titulares que no necesitan inspiración porque, en sí, son muy creativos. Día a día, desde los diarios y programas de radio y televisión bombardean con estiércol la cabeza de sus tercos seguidores. Ahora, ante el rediseño del sistema de subsidios para los servicios públicos, no hacen más que hablar de tarifazo, cuando es una medida que, desde hace un tiempo, venían reclamando. Parece mentira tener que aclarar estas cosas, pero una tarifa aumenta cuando pasa de 50 a 100 pesos, por ejemplo, y no cuando permanece en la misma cifra. Lo que pasa es que ahora deberán pagar la factura completa aquellos que puedan hacerlo. Y si quieren pagar menos –recibir el subsidio- deberán racionalizar el consumo. Que no quiere decir que no usen energía eléctrica, gas o agua sino hacerlo con un criterio más solidario, sin desperdiciar.
A pesar de la claridad de la medida, Clarín gasta tinta en afirmar que “la presidenta Cristina Kirchner justificó esta tarde las fuertes subas en las tarifas de agua y gas, al tiempo que aseguró que no tienen nada que ver con un tarifazo". Esto es confundir, manipular, alarmar, horadar. Esto no es informar, si no mentir. Lo que hacen a diario en esos medios es un pisoteo a la libertad de expresión y una mutilación de la opinión pública. Quienes consumen sus medios quedan desencajados ante una realidad que los desmiente; ante un estado de desánimo artificial, de desconfianza permanente, de menosprecio hacia el otro. Pero además, deben padecer de un extravío mental crónico al absorber las contradicciones que difunden los hacedores mediáticos en su empecinada oposición.
La madre de todas las batallas
Hasta se escandalizaron con una de las expresiones usadas por La Presidenta en el contexto del anuncio. "Yo me siento un poco la madre del país, la madre de todos los argentinos y realmente es muy grande el esfuerzo que estamos haciendo". Ansiosos por desterrar al kirchnerismo para siempre, apelan al absurdo para instalar al candidato que mama de la Teta Imperial, el diputado Sergio Massa, un predicador de la no-política que promete un futuro edulcorado y armónico, con mieles, mieses y sin conflictos. Con esta estrategia de sobre exposición, lo único que lograrán es desgastar su artificial imagen, porque no tiene mucho más para ofrecer que los almibarados aforismos con que satura sus apariciones.
Desde un tiempo a esta parte, no hacen más que demandar medidas que, una vez aplicadas, se convierten en blanco de sus envenenados dardos. Desde los primeros días de este año, la idea del atraso cambiario y la apología del dólar blue –el de los especuladores y evasores- comenzó a poblar el contenido de estos medios. Después, cuando se produjo la brusca devaluación que frenó el intento de golpe económico, se abrazaron a la idea del ajuste encubierto. Una vez agotada la patraña, retomaron las predicciones inflacionarias que más que informativas resultan prescriptivas, como consejos de remarcación compulsiva para que todo estalle. También se acordaron de las reservas y el gasto público, de la emisión y de nuestro aislamiento del mundo. No se puede negar que sus tretas son ingeniosas, pero ya ineficaces: apenas doscientas personas lograron juntar en el último cacerolazo de mediados de mes.
Ahora están felices porque pueden hablar de un tarifazo: la excusa perfecta para despertar el encono de su desinformado público. A pesar de que los funcionarios nacionales se preocuparon por advertir que no va a afectar a los sectores de menores ingresos, igual siguen anunciando el futuro infierno para todos y todas. Aunque desde el oficialismo aclararon que la incidencia en los precios será mínima, anticipan una inflación galopante como una de sus consecuencias. Por más que se aclare, se explique, se grafique, se demuestre, seguirán apelando a su nefasta retórica para recuperar el timón del país que han fundido tantas veces en su exclusivo beneficio.
Ahora el gobierno propone el ahorro y ellos hablan de ajuste. Todos los que tenemos más de veinte años cargamos en nuestras espaldas los peores ajustes, vestidos de gala como ‘reducción del gasto’. Muchos evocarán la vocecita del ex ministro de Economía, Domingo Cavallo, anunciando el nuevo sacrificio de los cada vez más excluidos. El salario y las jubilaciones se achicaban mientras las ganancias de unos pocos seguían creciendo. Eso es un ajuste. En cambio, lo que desde esta semana se aplica es un procedimiento inverso, por el que pagarán más los que más ganan y consumen. Una redistribución de los recursos y una promoción del ahorro energético.
Con esta novedad, la reducción en un 20 por ciento en los subsidios a los servicios se convertirá en un incremento de la AUH y el plan Progresar.  Los que más tienen pagarán un poco más para que los que menos tienen padezcan un poco menos. Así debe hacerse la redistribución para alcanzar mayor equidad. Una mirada solidaria que garantiza futuro. Tal vez éste sea un primer paso para profundizar el camino hacia la gran batalla: una reforma tributaria que aplaste un poco más la pirámide social.
En otros tiempos, cuando un ministro anunciaba un recorte, sabíamos que de una pequeña crisis pasaríamos a una crisis mayor. De estar mal a estar peor. “Estamos mal, pero vamos bien”, una de las cínicas frases del Infame Riojano. ¿Quiénes estaban mal en los noventa? ¿Para quiénes iban bien las cosas? El re direccionamiento de los subsidios de hoy no es una muestra de que estemos mal, sino todo lo contrario.
El último informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) indica que los planes sociales aplicados en nuestro país lograron “prácticamente erradicar” la extrema pobreza y la desnutrición. Así, los índices de subalimentación se ubican por debajo del 5 por ciento, lo cual sigue siendo mucho en un país que tiene una enorme capacidad productiva. Eso sí, estamos muy lejos de aquel 50 por ciento por debajo de la línea de pobreza con que inauguramos el nuevo siglo.
A pesar de lo que vomiten desde los medios opositores, la distancia que nos separa de diciembre de 2001 supera los 13 años. Aunque los economistas del establishment y los políticos que aspiran a la banda presidencial intenten convencernos de que estamos en el peor de los mundos, los hechos los desmienten día tras día. Tanto unos como otros intentan destruir lo que jamás podrían construir. Pero no pueden hacer otra cosa, porque están empantanados en el barro que ellos mismos fabrican. Mientras tanto, el resto, seguiremos transitando por esta sólida vereda que nos conduce al país con el que, desde siempre, hemos soñado. Y, muy de a poquito, el sueño se está haciendo realidad.

jueves, 27 de marzo de 2014

Bailarines de la oscuridad


Mamarracho, pavote, sinvergüenza. Algunos de los muchos calificativos que recibió el dirigente gremial Luis Barrionuevo después de los improperios dirigidos al ex presidente Néstor Kirchner. Y resulta insuficiente. Porque es cobarde referirse de esa manera hacia alguien que no puede defenderse. Aunque si éste fuese el único elemento de crítica, no podríamos hablar de muchos personajes de la historia. Los dichos de Barrionuevo son repudiables no sólo por la manera, sino por su contenido. Acusar a Kirchner de robar “seis o siete mil millones de dólares” supera el absurdo. Una cifra tan imprecisa como insostenible. Una fortuna que convertiría a sus descendientes en los más ricos del país. Y no lo son, aunque recursos no falten. También, las declaraciones de Barrionuevo son inoportunas. En el contexto de la conmemoración por el Día de la Memoria, suena a pisoteo a la democracia su comparación con la dictadura. “Los milicos chorearon, robaron, mataron –explicó el gastronómico- pero en nombre de los derechos humanos este Gobierno fue el que más robó”. Una frase que sintetiza su nula catadura republicana y su falta de respeto a las víctimas de la dictadura. Y con respecto a su personalísimo ranking, vale aclarar que gran parte de la deuda que estamos pagando se generó durante el sangriento proceso cívico-militar y se acrecentó en los sucesivos gobiernos democráticos. Cifra destinada más a engrosar cuentas particulares que al beneficio colectivo.
Más allá de estas burradas, es indudable que Barrionuevo es un personaje pintoresco, además de despreciable. Y, aunque no sean ésos sus fines, hasta resulta divertido. Sus brutales expresiones, como la ya famosa “se cagó muriendo”, indican un desprejuicio, una incorrección, una impunidad que rozan lo paródico. Como un adolescente envejecido, siempre transgrede los límites de la peor manera. Pero, como si fuera Minguito –el inolvidable personaje de Juan Carlos Altavista-, aunque sin su ternura, ostenta una insuperable enemistad con el lenguaje. ¿Por qué dijo “ávaro” y no avaro? Tal vez un sutil juego verbal entre avaro y ácaro, esos diminutos parásitos que pululan por todos lados. ¿O lo habrá pronunciado en algún idioma desconocido?
Una vez analizadas las partes principales de sus recientes declaraciones, cabe una pregunta –entre muchas- fundamental: ¿quién se sentirá representado por alguien así? Y después de ésta, pueden aparecer otras, porque, como todo dirigente, debe orientar a sus dirigidos. Entonces, ¿hacia dónde los dirige? Empecinado en brindar su apoyo al Frente Renovador, destinó unos provocativos piropos hacia su líder. “Massa es la frescura, la inteligencia, la capacidad, la fuerza –explicó- Creo que está en condiciones de ser presidente”. Una última pregunta, para no saturar: ¿por qué un dirigente gremial o un legislador puede estar atornillado a su cargo de por vida y se hace tanto escándalo con la re re-elección presidencial? Más aún cuando los primeros defienden intereses muy lejanos a los de sus representados y la sabiduría brilla por su ausencia.
Paro y a la bolsa
Si Barrionuevo sale a la escena es para exhibir un protagonismo que no tiene. Tal vez esté exigiendo un papel trascendente en el nuevo gobierno con el que sueña para el año que viene o esté mostrando su capacidad de daño, por si pretenden dejarlo afuera. En realidad, no es el único que sueña con un nuevo escenario en el que el establishment vuelva a gobernar al antojo de sus intereses. Y personajes como éste resultan funcionales a una puesta en escena que parezca un caos, a falta de una crisis real. No es el único. Hugo Moyano es otro dirigente gremial que encarna el simulacro en defensa de los intereses de los trabajadores, cuando lo único que quiere es que el Gobierno Nacional desbarranque. Juntos le pusieron fecha a un paro, más para tender una alfombra roja al diputado Sergio Massa que para conquistar la equidad. Una protesta ante “los oídos sordos del Gobierno”, Barrionuevo dixit. Un día en que “no se va a mover una mosca”, agregó. Aunque es en contra del ajuste del Gobierno, no se atreven a convocar a acto o marcha alguna, por temor a quedar una vez más en ridículo.
El Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich consideró que “los actores sindicales también juegan un rol político, que pretenden establecer una estrategia de oposición al Gobierno promoviendo un paro”. En cierta manera, todos los actores de una sociedad juegan un rol político y eso no tiene nada de malo. Lo nefasto es que disfracen sus ambiciones de preocupación por los que menos tienen. Lo incomprensible es que no dirijan sus dardos hacia los que verdaderamente están expropiando el salario de los trabajadores: los empresarios que ganan fortunas poniendo los precios más desencajados en los productos que nos ofrecen.
El éxito del programa Precios Cuidados no pasa tanto por abaratar nuestra mesa, sino por dejar al descubierto las gigantescas ganancias que obtienen los actores de la cadena de comercialización. También pone en evidencia que esos exponentes del Poder Económico no son confiables, porque son incapaces de cumplir con un acuerdo por ellos firmado. Y esto lo hacen no por imposibilidad, sino por impunidad. En cierta forma, al esconder mercadería, al remarcar de manera atroz sus precios, al maltratar a sus clientes no hacen otra cosa más que provocar una reacción por parte de la Secretaría de Comercio. Lo que están esperando es una clausura, aunque sea de una hora, para convertirla en la piedra del escándalo, en un ultraje a la libertad de mercado, en la evidencia del gobierno autoritario que han denunciado siempre. Si no cumplen con lo firmado es para inspirar el titular agorero que tanto alarmará a la parte más timorata de la clase media. Y, de paso, incrementar sus ya desbordadas arcas.
En los últimos tiempos, una seguidilla de sucesos artificiales parece sugerir un movimiento de pinzas multisectorial que tiene como objetivo desestabilizar la institucionalidad y forzar una salida anticipada de CFK. Quizá por eso las distintas fuerzas de la oposición ya están practicando sus habituales danzas aliancistas, buscando los más atractivos nombres para sus pegotes no-políticos.
Una vez más, deberemos apelar a la paciencia, sin dejar de observar con atención sus patéticas escaramuzas. En estos años, hemos aprendido muchas cosas y esta vez no nos podrán tomar por sorpresa. Ese sentido común que defienden aporta explicaciones que ya pierden sentido en este camino de logros que hemos emprendido. Y encima, disputan un electorado reducido que sólo basa sus decisiones en prejuicios y chimentos que muy lejos están de ser información. Con este panorama, debemos estar tranquilos. Las máscaras siguen cayendo y permiten ver los rostros de los que nada saben de construcciones. Esos que, desde cómodas oficinas, acumulan fortunas cuando todo se incendia. Final del f

lunes, 24 de marzo de 2014

Una memoria que no es sólo pasado


En un día así, imposible evitar las lágrimas. Las que sean. Por dolor, por nostalgia, por emoción. De alegría, ¿por qué no? La felicidad de un día como éste, un nuevo Día de la Memoria, en libertad, en democracia, en colectivo. Nuestra sonrisa es la mejor arma para desarmar a esos personajes oscuros que intentaron someternos. Y que todavía lo intentan, vale advertir. Todos en la calle celebrando este día sin luto, sino con colores, saltos, bailes, cantos es lo único que los puede desalentar. No es un velorio de 38 años, sino una fiesta para siempre. No nos deben quitar esto, aunque las historias detrás de esta fecha sean dramas demoledores. Detrás de la muerte que ellos intentaron sembrar, ahora hay más vida que nunca. Si en la tapa de La Nación no aparece nada sobre esta fecha, mejor, así sabemos a quiénes debemos dejar en el camino. Y si Clarín plantea los actos como una disputa entre oposición y Gobierno, será porque insisten en desunirnos. La memoria de un pueblo no es la imposición de unos pocos sino una construcción entre todos. Los que no saben nada de esto, esta vez sí deberán quedar afuera, porque han hecho mucho daño en el pasado. El futuro no puede estar amenazado por esos carroñeros empecinados en apropiarse de lo que es nuestro.
Por si alguno está confundido, no celebramos el Golpe como una reivindicación de ese quiebre institucional ni sus consecuencias. Esta fecha es la reafirmación de lo que estamos viviendo. Algunos pueden recitar un rosario de quejas infundadas para denostar este camino, como el famoso cartelito de la Juventud Radical. O reciclarán viejos métodos de desestabilización, como el incremento desaforado de los precios o el ocultamiento de la mercadería. O apelarán a viejas fórmulas para reforzar sus simulacros de lucha, como las inadmisibles amenazas de Roberto Baradel. Otros, guiados por la corrección política, apelarán a frases convenientes para salir del paso, hablarán de la guerra y de los dos demonios, que algo así no se debe repetir pero hay que mirar hacia adelante sin revanchismos. En fin, todas las sandeces inspiradas por la hipocresía o por el miedo. Discursos de ocasión para engañar a los incautos.
La historia no es un adorno de los programas de estudio sino que debe convertirse en la sangre que corre por nuestras venas. Nuestro presente exige el pasado para que el futuro tenga sentido. Sentido como significado, pero también como dirección, para que no fracasemos otra vez por culpa del extravío. Si este Día de la Memoria se celebra como una Fiesta, es porque se ha convertido en la brújula de nuestros pasos 
El desafío de gobernar el futuro
A pesar de todo lo que se ha batallado para la construcción de la memoria colectiva, sólo 6 de cada 10 argentinos consideran que el golpe de estado de 1976 era injustificable. Deberían ser más, por supuesto. Algo ha fallado o algo ha tenido éxito. Y más preocupante, todavía. Un 54 por ciento acuerda con la frase “la peor democracia es mejor que una dictadura”. El estudio de CEOP, dirigido por Roberto Bacman, revela que el esfuerzo realizado para transmitir nuestra historia reciente no ha dado los resultados esperados. ¿O será quizá que tanta prédica agorera ha logrado horadar la comprensión histórica? ¿O que sea más importante el desprecio al kirchnerismo que el repudio a la dictadura cívico-militar?
También puede ser que a ese porcentual de argentinos no les parezca tan importante la distinción entre dictadura o democracia mientras puedan vivir en paz. Quizá consideran las angustias que hemos padecido como un castigo divino o una inclemencia climática y no como el resultado de un plan para apoderarse de nuestras riquezas. Entre los documentos hallados en el Edificio Cóndor en noviembre pasado, hay elementos que permiten reconstruir el proceso de elaboración de dos leyes esenciales para el modelo económico que pensaban aplicar. La Ley de Inversiones Extranjeras y la de Entidades Financieras permitieron la concentración y extranjerización económica que todavía estamos padeciendo. Este hallazgo es la prueba de que empresarios y banqueros no han sido sólo colaboradores o beneficiarios de la dictadura, sino sus mentores.  
Contra ésos que afirman que se debe dejar atrás el pasado, muchos de esos instigadores todavía siguen disfrutando de sus fortunas conquistadas a costa de tanto dolor. Mientras sigan en libertad, el Día de la Memoria se convierte en una lucha por el presente, no por el pasado. Mientras conserven todo su capital mal habido, tendremos condicionado nuestro futuro, porque parte de lo que ellos ostentan en sus arcas es la deuda que todavía estamos pagando.  
Esto es lo que muchos argentinos todavía no comprenden: que la disyunción no es democracia o dictadura ni pasado o presente. El desafío de estos tiempos es consolidar una democracia donde las corporaciones no tengan espacio. Porque son los grandes grupos económicos los que impiden la gobernabilidad en gran parte de los países del planeta. Esos personajes que nadan en sus riquezas son los que mueven las piezas de un mundo convulsionado, con sus guerras y golpes que no buscan la paz sino una garantía para incrementar sus ganancias.
Nadie los vota, pero son ellos los que gobiernan. Y los que siempre triunfan. O triunfaban, porque ya los hemos descubierto. Con estas marchas y festejos los nombramos, los aborrecemos, los acusamos. Esos que se escudaban en las sombras, detrás de las botas, hoy diseñan un universo a su medida desde los medios de comunicación, un sentido común cerrado donde algunos se sienten cómodos. Un sentido común que puede triunfar otra vez si dejamos de insistir con la construcción colectiva de la memoria histórica. Y ya sabemos que cuando ellos triunfan, los demás nos hundimos. Esta vez no será así. Porque ahora sí sabemos quiénes son, lo que quieren y cuáles son sus estrategias. Por eso vivimos la memoria como la mejor de las fiestas.

Un viernes negro

  La fortuna nos dio una chance. El disparo no salió, pero podría haber salido . El feriado del viernes es un casi duelo. La ingrata sorpres...