viernes, 13 de mayo de 2011

Discursos en pugna

En cualquier sociedad siempre existe un discurso social que es el resultado de la circulación de infinidad de textos y los integrantes de esa sociedad conviven atravesados por esa circulación textual. De esa manera se construye lo que podemos reconocer como la trama de la realidad, pues es en esa intercepción textual donde se construye la realidad. Lo que más circula, lo que más influye es el discurso dominante, hegemónico, central. Es el llamado discurso hegemónico. También existen circulaciones marginales, no hegemónicas que cuestionan o se oponen a ese dominio discursivo. Por su circulación controlada, esos textos no llegan a captar a la totalidad de la sociedad y sólo son consumidos por una reducida porción de ciudadanos.
Puede ocurrir que un discurso marginal comience a conquistar, a difundirse con un alcance cada vez mayor y de esta manera ejercer una influencia diferente en la percepción de la realidad. Entonces, el discurso dominante puede absorber ese discurso marginal para adaptarlo a su dominio. De esta manera transforma, atenúa los contenidos o las formas de esos discursos marginales convirtiéndolos en moda. Algo de eso pasó con el movimiento hippie, que de movimiento revolucionario se transformó en una alocada tendencia cultural de gran aceptación masiva. Con la música de rock pasó algo similar y al adaptarse para su consumo multitudinario, perdió gran parte de su esencia y por supuesto, de su contenido contestatario. Otras veces, el discurso marginal asciende a posiciones semi dominantes y la sociedad empieza a convivir con dos discursos en pugna. Uno lucha para conservar su poder; el otro para conquistar una cuota mayor en la aceptación social.
En los últimos años, nuestro país parece presenciar una situación así. Hay dos discursos que se oponen y luchan para conquistar la hegemonía. Lo que parecía impensable durante los noventa, hoy está conquistando a gran parte de la población. Lo que era sentido común se está transformando en buen sentido. El sentido común, el discurso dominante, intenta mantener el statu quo, es conservador, es irracional. Es impulsivo, es racista, egoísta, pesimista, desconfiado, temeroso. El sentido común, el discurso dominante, es el que nos ha conducido a negar la política, a minimizar las diferencias ideológicas. Conquistó la sociedad durante más de treinta años hasta que explotó en la crisis económica de 2001, afectando nuestra vida social y cultural.
Hoy estamos construyendo un nuevo discurso en una nueva situación. Gracias a esa transformación discursiva nos vemos distintos a nosotros mismos. No llegamos todavía a lo que nos merecemos como sociedad, pero estamos en camino. Aunque los representantes del discurso dominante todavía azuzan para convencernos de volver a aquello que tanto nos dañó.
El espectador medio está presenciando esa lucha entre los dos discursos. Lo vemos a diario con sólo comparar los titulares de la prensa, en los títulos de los canales informativos, en el matiz de las noticias que difunden los diferentes espacios informativos de los canales abiertos. Muchos no saben en qué realidad creer. Por las dudas, es conveniente aclarar que ambas realidades son construcciones mediáticas. Tanto una como otra son el resultado de una trama textual.
¿A qué realidad abrazarnos, entonces? Nuestra realidad, como sujetos, debe ser el resultado de los textos que nos atraviesan más el agregado de nuestra propia percepción. Lo mejor es vernos, mirarnos como iguales, confiar en el que está al lado, protegerlo, considerarlo. Pensar que el otro está más próximo que cualquiera. Lo importante es construir un colectivo que nos contenga y que nos conduzca hacia un lugar donde el discurso sea nuestro, donde la realidad sea la que queremos y nos haga bien.
Lo que más importa es la mayoría. No es lo que vemos en las pantallas del televisor ostentando su excesivo bienestar.
Y frente a esta pugna discursiva, muchos dicen que nuestra sociedad vive crispada, enfrentada, dividida. Muchos claman la necesidad de un consenso. Hay que ver quiénes son los que dicen estas cosas. No estamos divididos ni enfrentados. Simplemente estamos construyendo un país para todos y eso genera conflicto. No existe sociedad sin conflicto, por mínimo que sea. Hay que buscar el consenso, es verdad. Pero el consenso no es claudicación ni sometimiento. El consenso es la construcción de un acuerdo colectivo que beneficie a las mayorías. El consenso no beneficia a los menos sino a los más. Cuando son las minorías las que piden consenso es porque notan una pérdida del poder que siempre han tenido. Y es en esos casos cuando debemos seguir avanzando, cuando esos que siempre han ganado se muestran desesperados. No es que esas minorías se van a empobrecer. Su bienestar no les preocupa. Les preocupa no tomar las decisiones, no dictar las reglas del juego. Ser discutidos. Y eso es perder el dominio del discurso. Nada les molesta más que acatar las reglas colectivas. Hay que recordar que cuando ellos ganas, sólo ellos celebran. Ellos son los que celebran siempre. Los que nunca padecen las crisis que ellos provocan. La pugna por el discurso tiene que conducirnos a tener en claro este tipo de cosas. El país debe ser construido y disfrutado por todos, no sólo por algunos.



4 comentarios:

  1. Los discursos y los textos son el resutado inmediato de lo observación de la sociedad. Siempre habrá una brecha por la cual puedan filtrarse las ideas más disparatadas e interesadas. Es fácil ver en la historia de este país como nos han gobernado (¿gobernado?) a través de un abanico de lo más diverso y siempre con el apoyo de algunas facciones o inmensas mayorías. Distintos "gobiernos", militares y democráticoa, nos han torturado, asesinado y saqueado a su antojo y sin embargo hasta los hemos salido a vivar a Plaza de Mayo. Entonces, ¿Que discurso escuchamos?. No se.

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  2. Magnífica exposición, Gustavo. Estoy en en absoluto acuerdo con vos. Orlando Rosas

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  3. El consenso sólo es posible cuando las posiciones tienen mucho en común, cuando hay un lenguaje común. Si queremos hacer dos cosas completamente distintas; si conceptos como "política", "ideología", "democracia", "poder", "libertad de prensa", y tantos otros tienen un significado distinto para unos y otros, no hay consenso posible. Sólo hay mayorías y minorías, lamentablemente o no, eso podría discutirse.

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  4. El consenso es posible cuando una postura ideológica ha alcanzado la hegemonía y por lo tanto impone su propia concepción de "sentido común". Entonces se consensúa en el marco de un "sentido común" que no es neutro, sino que representa a una de las facciones en pugna. Cuando se empieza a intentar redefinir el "sentido común" la posibilidad del "consenso" desaparece y comienzan las "antinomias" y la "crispación", que no son otra cosa que el reflejo de esa lucha por establecer una nueva hegemonía.

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