lunes, 30 de mayo de 2011

¿Para qué están los medios de comunicación?

Seguimos con Beatriz Sarlo. La semana pasada, la ensayista y crítica literaria afirmó en su participación en 678 que la influencia de los medios en la sociedad había dejado de estudiarse cuarenta años atrás. Al calor de la discusión en terreno enemigo, es probable que la académica se haya envalentonado y en un exceso de portación de apellido puede haber esgrimido tal falacia. En primer lugar, la influencia de los medios en la sociedad nunca ha dejado de estudiarse, porque los medios siguen siendo consumidos por los integrantes del tejido social. En segundo lugar, si lo que quiso decir es que los medios ya no tienen influencia en los individuos, estamos ante un error grande como una cadena televisiva, para usar una comparación acorde.
Si los medios no influyen en sus consumidores, ¿para qué se invierten entonces millones y millones en mejorar y garantizar la llegada de infinidad de medios de comunicación?
Por supuesto que la relación entre los medios de comunicación y sus usuarios no se estudia de la misma manera que cuarenta años atrás. Ni los medios ni los usuarios son los mismos. Cuarenta años atrás podía trabajarse con la idea de la manipulación porque los medios eran verticalistas y no había nada que rompiera esa verticalidad. Sólo existía la TV abierta, las radios AM, diarios y revistas y el cine. Hoy hay muchos medios que incorporan la interactividad, desde el viejo vhs hasta el moderno reproductor de discos blu ray. Ni hablar de internet que no sólo es interactivo, democrático sino que es horizontal.
El consumo de los medios ha variado, pero no la influencia que tiene en la sociedad. Que es diferente nadie lo duda, pero que la influencia y el poder continúan, es indiscutible.
Desde el principio de los tiempos, cuando aparecieron los primeros periódicos, el público comenzó a enterarse de cosas que excedían la experiencia inmediata y cotidiana. Es decir, el consumidor de los primeros medios se enteraba de cosas que no podía enterarse a través de su experiencia directa. Y eso no ha cambiado. Esa es la esencia de los medios, incorporar aquello que por nuestra calidad de seres situados en un solo tiempo y lugar a la vez no podemos incorporar. Seguramente no hayamos viajado jamás a Egipto, por poner un ejemplo lejano, pero sabemos qué son y cómo son las pirámides. Y eso nos llega por películas, fotos, documentales, relatos y demás medios. Conocemos infinidad de cosas a través de la acción de lo mediático. Excedemos los límites de nuestro propio cuerpo por la influencia de los medios. Si elimináramos esa influencia, estaríamos limitados a nuestro conocimiento directo de las cosas. Y limitados en serio.
Lo que ha cambiado desde hace cuarenta años hasta ahora es la variedad de los medios con que nos relacionamos con el mundo. Ahora tenemos a nuestra disposición la posibilidad de cotejar la información, de completar, de elegir sentados cómodamente ante nuestro ordenador. Pero seguimos atados a ellos para conformar nuestra realidad, o mejor dicho, para completarla y ampliarla.
Podemos extender esas fronteras gracias a la posibilidad de acceso y nuestra intención de movernos hacia esa realidad, que siempre será mediática. Armamos nuestra estrategia de conocimiento con una serie de medios en los que confiamos, que sentimos cercanos, que consideramos afines a nuestras ideas. De esa manera construimos eso que llamamos realidad.
En todo esto hace ruido un conjunto de palabras como verdad, mentira, objetividad, manipulación, subjetividad, tergiversación, error, intencionalidad entre muchas otras. Empecemos por la más manipulada en la historia de los medios en su aspecto informativo: la objetividad. En principio, la objetividad es la descripción de un hecho tal como es. Desde esta definición, ya se ve la presión que tiene sobre sí el periodista que tiene que construir una noticia. Cuando llega al lugar del hecho, éste ya ocurrió. Es por eso que tiene que recurrir a la reconstrucción de ese hecho a partir de testimonios, datos, huellas y otras estrategias más. Es la mirada del sujeto lo que reconstruye el hecho, que está muy lejos de ser ya objetivo. Después viene la construcción del relato de ese hecho, que es la noticia. Entonces, ¿cómo podemos ser tan necios de exigir que la noticia sea objetiva o hablar sueltos de cuerpo de la objetividad de los medios? Debemos confiar en la subjetividad honesta.
Cuanto mucho, podemos exigir a los medios que no mientan, lo que significa que no cuenten lo contrario de lo que saben. Que no tergiversen, que no manipulen, que no operen con malintención para conducir al usuario a tener una idea errónea de los hechos.
Por supuesto que hay mucho que decir de este tema. Comencé con algunos dichos falaces de Beatriz Sarlo y terminé hablando de la objetividad-subjetividad. Lo que sí está claro que, a pesar de las transformaciones, somos seres extendidos por lo mediático, constituidos en nuestra relación con los medios, y negar eso sería como negarnos a nosotros mismos. Pero en boca de Beatriz Sarlo parece haber otras intenciones. ¿No es cierto?

1 comentario:

  1. Decir que los medios no influyen en la gente es tan cierto como decir que poseer un negocio mediatico es deficitario. Quien dice estas cosas o recién se baja del submarino o esgrime semejantes falacias con un oscuro y deterninado propósito.

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