jueves, 5 de enero de 2012

Amanecer de un año agitado

Ninguna universidad con prestigio internacional podrá avalar esto con estudios serios, pero los primeros días del año son, por lo general apacibles en estas latitudes. Las resacas y las despedidas tardías se reparten en los números iniciales del almanaque. La experiencia demuestra que el cerebro, en enero, funciona aletargado después de los festejos de fin de año y el calor hace que todo movimiento se produzca en cámara lenta. Un mes tranquilo también desde el punto de vista informativo. Los noticieros desarrollan su agenda a partir de los accidentados con pirotecnia y los imprudentes al volante. Y las infaltables cámaras en la terminal de ómnibus y los centros turísticos con clima de balneario en cualquier lugar del país completan los contenidos noticiosos. El ciclo lectivo parece determinar que enero es un mes entre paréntesis, como de vacaciones aunque todavía no hayan comenzado efectivamente. Sin embargo, estos primeros días del año no se presentan como apacibles y algo agita el ánimo de los argentinos.
La operación programada de La Presidenta por un carcinoma en la tiroides confirma el carácter épico del ciclo K, que pasa del festejo al drama en un abrir y cerrar de ojos. Y del drama al festejo. Porque a pesar de todas las macumbas, gualichos, muñecas con alfileres y unas cuántas cosas más, algunos van a tener que guardar las cornetas, bocinas y espumantes para otra oportunidad porque la operación de CFK finalizó sin complicaciones. Los que acamparon en la puerta del Hospital Austral de Pilar para compartir la angustia se fundieron en un alivio colectivo cuando sobre las dos de la tarde del miércoles el vocero presidencial, Alfredo Scoccimarro, anunció que todo estaba bien. Aunque el funcionario fue parco al leer el comunicado, los expectantes asistentes recibieron sus palabras como un canto de victoria y de inmediato comenzaron a saltar y cantar. Eso sí, sin hacer demasiado barullo, para no perturbar el descanso de La Mandataria y los demás internados. El happy end llegará en unas semanas, cuando, después de descansar en El Calafate y relajarse con la vista de los glaciares, vuelva a la actividad con toda la energía, creatividad y compromiso que la caracteriza.
Pero el thriller se asoma para opacar el brillo de esta épica con una pizca de realidad. La sorpresiva muerte del gobernador de Río Negro en un confuso episodio familiar parece corregir un error político al momento de tejer alianzas electorales y se convierte en una manera extraña de castigar el pasado reciente. Y como si formara parte de la misma historia, a la mañana siguiente de este episodio desaparece el Jefe Comunal de Colonia Catriel, una localidad de la misma provincia. Como si respondiera a una profecía ancestral, al tercer día reaparece, pero no para revelar arcanos, sino para confirmar el misterio. Un pedido de renuncia parece cerrar el caso sin otra explicación más convincente.
Esta primera semana del año también incluye otro hecho policial que puede tener trascendencia nacional y provocar una importante sacudida a la política de seguridad de la provincia de Santa Fe. Un submundo delictivo con complicidad policial deja en la impotencia a las autoridades políticas santafesinas. Asesinatos que se entrecruzan y construyen una red de venganzas piden a gritos un saneamiento de las fuerzas de seguridad. El fusilamiento de tres militantes sociales de no más de veinte años en Villa Moreno, un barrio de Rosario, fue interpretado en un primer momento como un ajuste de cuentas, esa forma tan cínica y macabra de ocultar un hecho delictivo. Una venganza con blancos equivocados vuelve a poner bajo la lupa a la policía santafesina y se convierte en un preocupante regalo de reyes para el recién asumido gobernador Bonfatti.
Estos hechos están relacionados a través del relato caprichoso de este apunte. No hay épica, thriller o policial, sino la vida mediatizada que se asoma en este mes desacostumbrado a tanto movimiento informativo. Pero así es nuestra relación con la realidad, la recepción de un relato basado en hechos que ocurren y que construye nuestro ánimo. Por eso, después de las elecciones presidenciales del 23 de octubre, se está colando un preocupante clima de misterio, como si detrás de todo lo visible hubiera algo oculto; como si las intenciones fueran diferentes de las palabras; como si todo lo bueno que se hace, fuera en realidad malo; como si la sintonía fina significara un retroceso; como si la alianza con el sector industrial fuera un complot contra los trabajadores; como si la muerte de Iván Heyn tuviera relación con el acto de Huracán en donde Moyano instauró su distancia.
El sábado pasado, en la contratapa de Página/12, Sandra Russo desarrolló un interesante análisis sobre la “teoría de la simulación política” y el desencuentro que provoca. A grandes rasgos, la periodista pone el eje en el facilismo de la desconfianza, disfrazada de mirada crítica hacia el Gobierno Nacional. Las transformaciones realizadas en nuestro país significarían para ciertos sectores una cortina de humo que oculta lo que en verdad sucede. Cada nuevo hecho, medida o decisión se engloba de esta forma en una especie de teoría de la conspiración. Todo es una gran puesta en escena para engañar al electorado. Tal vez, hasta la operación de Cristina forma parte de ese perverso plan actoral.
 Esta manera de analizar los actos de gobierno actualiza la desconfianza hacia la clase política que explotó hace apenas diez años. Desplazar el eje analítico al terreno de la no-política, impide que pueda apreciarse la esencia de las transformaciones que se han realizado hasta ahora.
Los que acordamos con este modelo siempre tenemos que aclarar –por pudor- que no está todo perfecto, que todavía falta un montón; que siempre va a haber conflictos y siempre va a faltar más inclusión y más distribución y no porque seamos insaciables, sino porque el daño que se ha hecho a nuestra sociedad es monumental y monstruoso.
Pero no se puede comprender este proyecto de país si lo analizamos desde la mirada no-crítica de los noventa. En aquellos tiempos no se apreciaba el daño neoliberal. Lo que parecía afectar nuestra vida era la corrupción y no el modelo de acumulación elitista, de inequidad, de desindustrialización y destructivo endeudamiento. Desde el discurso dominante achicar el Estado era evitar la corrupción. En realidad significaba trasladar al ámbito privado las acciones corruptas porque los políticos no servían para proteger a las mayorías.
Hoy hay una nueva lógica, un nuevo discurso, una diferente actitud. Es posible tener un estado activo, fuerte, que garantice desarrollo con equidad y que medie en los conflictos en beneficio de las mayorías. Las instituciones no son corruptas en sí mismas. Son los actores que están en ellas los que pueden cometer actos corruptos. Analizar este proyecto de país desde la corrupción y la farsa es hacer el juego a los nostálgicos de los noventa. No hace falta aclarar que todavía falta mucho. Pero todo lo que hay que corregir debe hacerse sin abandonar este camino lleno de intención y compromiso. Y de muchos logros, también.

2 comentarios:

  1. No cabe duda que falta mucho, pero a veces, viendo y escuchando a los que prenden las hogueras cerca de los barriles de nafta me dan ganas de abandonar por un momento este democrático camino, lleno de equidad y justicia social y ponerme el overol de asesino y así, lleno de impunidad, terminar de un solo golpe con la lacra que tanto daño nos viene haciendo desde 1810. Perdonen mi exceso...

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  2. Estoy esperando las críticas a los relatos...No te hagas el oso...

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