lunes, 2 de enero de 2012

Sobre el progresismo y sus versiones

Desde hace un tiempo, algunos tratan de adjudicarse la etiqueta del progresismo. Pero cuando se indaga a fondo, ese progresismo es llano, plano, raso. En algunos casos es inexistente y en otros, no más que una máscara que se cae inmediatamente. Para desmenuzar este término habrá que recurrir a definiciones y ejemplos que pueden traer algo de luz al asunto. El diccionario de la RAE dice que progresista “es aquella persona, colectividad, grupo con ideas de avanzada y de la actitud que ello entraña”. Un progresismo es un “conjunto de ideas y doctrinas progresivas”. Lo progresivo es aquello que “favorece el avance o  lo procura, que aumenta en calidad y perfección”. En los noventa no se discutían estas cosas, no porque estuviera prohibido o algo así. Pero no cabía la discusión porque el muro de Berlín y su estrepitosa caída significaban mucho más que una transformación urbanística. Cualquier idea que intentase escapar del corset del discurso único era desvalorizada sistemáticamente por reivindicar un modelo que había caído junto con el famoso muro. El fracaso de un modelo parecía traer consigo el triunfo indiscutible del modelo opuesto. La muerte de las ideologías y el fin de la historia condenaban a la Humanidad a un presente continuo en un mundo donde las cosas ocurrían por simple fluidez. El mundo desde el que se defendía ese triunfo del capitalismo extremo hoy se enfrenta a una crisis de la que no saldrá con las mismas recetas fracasadas. Otro muro es el que se está derrumbando, pero más allá de cualquier espacio geográfico conocido. No hay muro material para derrumbar, sino el que impide visualizar una salida menos onerosa a la crisis del hemisferio norte. Una salida que incluya a todos los que no provocaron la crisis pero están padeciendo sus miserias.
No caben dudas que avanzar es estar mejor que antes. A nivel personal uno puede encontrar muchos motivos para decir que ha avanzado o progresado, siempre y cuando esté mejor que en un período anterior. Desde el punto de vista de una sociedad es más difícil evaluar la idea de progreso. Pero al menos se puede pensar en lo que abarca. Si se considera que la proporción de la población que cuenta con cobertura de salud en nuestro país aumentó más del 20 por ciento en los últimos diez años, es un dato evidente que muestra un notable avance. En 2001, la población con cobertura sanitaria por obras sociales, prepagas u otros planes no llegaba al 52 por ciento. De acuerdo a los últimos datos procesados del censo 2010 la cobertura sanitaria alcanza al 64 por ciento de la población. Esto indica el acceso a la salud a través de la incorporación al mercado formal de trabajo o un incremento de los ingresos. Además disminuye la carga sobre la salud pública que asiste a quienes todavía no han podido mejorar económicamente sus condiciones de vida.
Otro dato de progreso es el número de personas que se han jubilado. Mientras que en 2001, sólo el 70 por ciento de los mayores de 65 recibían una jubilación o pensión, en 2010 la cifra alcanza un 93 por ciento. Más allá de que el monto de los haberes no alcance a cubrir las necesidades con comodidad, la cobertura no es sólo económica, sino que incluye la atención sanitaria de PAMI que ha mejorado sustancialmente la prestación.
Con todo esto, se puede arribar a una definición más o menos aproximada de lo que es el progresismo en el marco de una sociedad. Progresismo abarca la idea de la inclusión social y la búsqueda de solución a los problemas de las mayorías. Alguien podrá decir que el modelo del derrame era, en cierta forma, progresista porque a través del incremento de las arcas de las minorías el goteo beneficiaría a las mayorías. Si alguno que está leyendo estas líneas acuerda con la idea anterior, vale aclarar que no ocurrió así, ni nunca ocurriría. Lo que sobra de sus apetencias es lo que gotea, no lo necesario ni lo justo. Para crecer, hay que empezar desde abajo, no desde arriba. Para avanzar, hay que mover los pies, que están abajo. Por lo tanto, todo progresismo debe buscar la inclusión y construir ciudadanía. El progresismo no es definible en sí mismo sino dentro de un contexto y en comparación con períodos anteriores. Y se conoce por sus acciones, es decir, por las transformaciones que produce. El progresismo es la izquierda más aceptable para una sociedad determinada.
Los que se dicen y no lo son
Los integrantes del FAP se dicen progresistas y sin embargo, lo disimulan bastante. Al votar en contra de la ley de papel para diarios no ayudaron a que una situación mejore para la mayoría de los diarios y periódicos de nuestro país. Aunque la decisión de esa agrupación beneficie a una corporación económica poderosa, se siguen considerando “progresismo”. La progresista Mónica Fein, intendenta de Rosario, no dudó a la hora de vetar una ley que transformaba a los cuida coches en trabajadores casi formales. Su progresismo los corrió con la policía e incautó las escasas pertenencias con las que contaban. Sin embargo, Hermes Binner, ex anestesista y actual asesor del Gobernador Antonio Bonfati, no se cansa de repetir que encabeza una fuerza progresista. En su momento, había confesado cierta coincidencia con el Gobierno Nacional en algunos aspectos, pero no en otros, lo que convertía al FAP en una oposición constructiva y responsable. Sin embargo, en los últimos tiempos el ex candidato presidencial ha realizado algunas declaraciones que lo alejan de esa oposición responsable y de toda idea de progresismo.
En primer lugar, suena un poco extraño que aproveche la intervención quirúrgica de La Presidenta para alimentar su postura opositora. Decir que la operación causó “una intranquilidad generalizada porque se produce en un momento de debilidad institucional del país” es una villanía. Y reforzar con “la Presidenta se va a curar, por la ciencia médica y por el deseo de todos, pero también necesitamos que se 'cure' la democracia” es un abuso de los juegos de palabra con poco nivel de elaboración.
Pero en segundo lugar, lo que afirma como crítica tiene una inconsistencia conceptual alarmante para alguien que aspiraba a la presidencia y una intencionalidad malsana para quien se dice encabezar una oposición responsable. Las chicanas sin sentido son aceptables en el marco de una campaña electoral, pero fuera de ella indican una pobreza enorme. No es posible afirmar que hay debilidad institucional con un gobierno que acaba de ser reafirmado con el 54 por ciento de los votos. Si para este buen señor la debilidad institucional es la mayoría parlamentaria del oficialismo, olvida que fue ésa una decisión de los votantes. Una mayoría electoral no puede producir debilidad institucional, sino todo lo contrario. Y si esto para el ex anestesista es el síntoma de la enfermedad de la democracia, entonces está restando valor a la voluntad popular. Y eso, de ninguna manera es progresismo. Con estos dichos, Binner no actúa como un opositor responsable ni constructivo, sino como un adversario que corre serios riesgos de convertirse en enemigo.
Para el ex gobernador santafesino, la democracia se cura “con más democracia, que asegure el diálogo y la participación para recuperar la confianza entre los argentinos”. Por si no se dio cuenta, en este año que acaba de terminar la democracia se ratificó en el clima electoral que recorrió todos los rincones del país para la renovación de autoridades, con un alto grado de participación. También se aplicó por primera vez lo dispuesto por la nueva ley electoral que garantiza el espacio publicitario gratuito en radio y televisión, además de concretarse con absoluta transparencia las Primarias abiertas y obligatorias. Con respecto al diálogo eso está asegurado, siempre y cuando no signifique la obediencia a los dictámenes de los poderes fácticos. 
El ex mandatario provincial debería aclarar por qué considera que la democracia está enferma. Tal vez porque la solución de los problemas genera conflictos; o porque la oposición no logró la representación parlamentaria suficiente; o porque no ganó él; puede ser que porque el gobierno gobierna y no es gobernado; porque los ministros responden al Ejecutivo y no a las corporaciones; o porque sabe que sólo defendiendo a los poderes económicos concentrados puede conseguir el apoyo necesario para acceder a algo. O simplemente porque se vio tentado por la idea de presentar una frase vacía que nada tiene que ver con el contexto que estamos viviendo. Y eso no es responsable ni constructivo… y mucho menos progresista.

7 comentarios:

  1. Para mí el progresismo es un reformismo más, lo políticamente correcto, un intento de "retocar" algunas cosas que están mal pero sin afectar el estado de cosas decisivo, es decir, las relaciones económicas y sociales en una sociedad. Los progres hacen hincapié en el tema de la honestidad y los buenos modales y el respeto a las diferencias y a los derechos humanos (y así siguiendo en esa línea....). Pero nada de enfrentar al Poder verdadero, el único camino para modificar profundamente las cosas.

    La gran batalla del kirchnerismo en esa línea fue el conflicto de la 125. Y recibió una paliza humillante. Enfrentar a morir a Clarín fue la revancha y hasta aquí el gobierno la va llevando. Para mí.

    El problema del kirchnerismo en esta etapa es la tentación de ser un progresismo más. El look y el estilo "la Cámpora", o 6,7,8. La salida de la CGT de la coalición de gobierno, le quita identidad al peronismo y puede (casi inevitablemente) convertirlo en un híbrido (progresista) más. La actual (creciente) hegemonía de los sectores medios en las políicas y estéticas gobernantes, es todo un asunto.

    Habrá que ver cómo sigue esto. Si "si vamos por más", o "hasta aquí, llegamos".

    Hay veces que pienso que el progresismo es algo parecido a la cuestión del pensamiento único, como si se tratara de la única manera de hacer política.

    Enfrentar al Poder verdadero es más un deseo y una narrativa, que una práctica posible.

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  2. La realidad es que el kirchnerismo se parece cada vez menos al progresismo. Los ataques permanentes de Cristina contra toda medida de acción sindical, la alianza creciente con los empresarios, las medidas de ajuste con el quite de subsidios. Todo ello configura un gobierno cada vez más a la derecha.
    Acá debatimos la relación del kirchnerismo-cristinismo con el aparato del PJ. Otra muestra más de que progresismo hay poco
    http://apuntesdefrontera.blogspot.com/2012/01/soria-el-peronismo-y-el-poder-real.html

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  3. Yo diría que progresistas (con todos sus matices, gorilas, socialistas, kirchneristas) son todos, de izquierda o revolucionario, ninguno. La revolución no existe más, ni la izquierda. Es literatura, periodismo. Yo prefiero, si no queda otra, un peronismo con una fuerte presencia obrera y morocha, con todas sus cntradicciones pero la clase obrera ahí.

    El kirchnerismo está en un momento raro. Para mí. No se anima a avanzar más. O no le da el cuero. Me parece.

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  4. El kirchnerismo está en un momento crucial. Profundiza o se estanca. Por supuesto que no estamos ante un movimiento revolucionario, pero es la izquierda más aceptada por el conjunto de la sociedad. Estamos aprendiendo. Las alianzas con los empresarios es necesaria, siempre y cuando sea el Gobierno, la política, quien lleve las riendas.

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  5. Está la (necesaria) alianza con los empresarios, siempre y cuando los trabajadores oganizados estén en una sintonía similar o en alianza estratégica con el poder político.

    Pero si la CGT está en otro lugar, la alianza con los empresarios parece una decisión política bastante jodida para los trabajadores.

    Yo no creo que el Gobierno hoy (enero 2012) sea la izquierda más aceptada. La CGT (la calle va a ser su lugar) está yendo a ocupar hoy ese espacio vacío abandonado por el Gobierno.

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  6. Ojo. Los trabajadores siempre son la izquierda, los sindicatos no. Quien está en una relación tensa con CFK es Moyano y los demás. Gran parte de los trabajadores no deben querer una ruptura con ella. Y digo izquierda aceptada, no posible. La posible es mucho más que esto que estamos viviendo. Pero éste es el camino

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  7. La CGT la "creó" Perón después que los trabajadores "crearan" a Perón un 17 de octubre. Es el más alto nivel de oganización de los trabajadores en la Argentina. Cuestionar la organización CGT y los sindicatos es dejar al trabajador en bolas. ¿Quién va a defender a los obreros si no lo hacen los sindicatos, la Cámpora...? No los veo a esos muchachos tan blanquitos engrasándose las manos en una fábrica.... Son militantes de escritorio y alfombra. En la fábrica, en el taller, el delegado (el gremio) siempre está ahí, cerca del trabajador. Y además, bajando línea.

    Moyano fue el principal sostén de este proyecto. Hasta aquí.

    Y los trabajadores no quieren romper con ella y tampoco los sindicatos. Pero están pasando cosas. Los incidentes en Santa Cruz por el ajuste, el decreto de necesidad y urgencia presidencial revisando las horas extras de 300.000 trabajadores, las penurias de Córdoba para pagar los sueldos de los empleados públicos, la quita de subsidios en las boletas de las tarifas, la negativa a modificar el mínimo no imponible...

    No sé hasta donde va a llegar la lealtad de los trabajadores (que no quieren romper con ella) cuando les toquen el bolsllo mal...

    Vamos a ver las paritarias...

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