lunes, 20 de agosto de 2012

Unidos y organizados, ¿quedó claro?


Tal vez sea una distorsión añeja producto del hábito o de la mala intención. O una construcción perversa anquilosada a lo largo de los años. De una u otra manera, cuando en situaciones cotidianas se usa el término ‘gobierno’, el sentido apunta hacia el Ejecutivo Nacional, saltando de forma prepotente el federalismo que tanto cuesta construir. Un intendente o un gobernador parece menos gobierno que el nacional, aunque suene extraño. O no tanto. A simple vista parece que todo lo que ocurre en el Territorio Nacional es responsabilidad –o culpabilidad, en casos extremos- del presidente. No se percibe de manera clara la competencia jurisdiccional. Los casos de tortura en las cárceles bonaerenses o en las comisarías salteñas salpican de manera inexplicable a La Presidenta de la Nación. Como así también los inconcebibles casos de corrupción y abusos de poder en la provincia de Formosa o en cualquier otro distrito. O el transporte público y la seguridad en la CABA. En realidad, parece que el ciudadano no tiene en claro cuáles son las competencias y responsabilidades de cada uno de sus representantes. Y también los límites de la incidencia en su bienestar –o malestar- general.
En el caso de la CABA, es posible apreciar un cordón umbilical que no se ha terminado de cortar con respecto al Ejecutivo Nacional. Antes de la reforma constitucional de 1994, la Capital Federal era competencia absoluta del presidente de la Nación, quien nombraba al intendente. De esa organización institucional, el imaginario capitalino se construía a partir de una dependencia absoluta con el Gobierno Nacional. Sumado a eso, el hecho de convivir con las principales autoridades de la República constituía un símbolo totalizador. Desde que la nueva constitución instaura la autonomía, algo nuevo comenzó a nacer con exagerada lentitud. Que recién este año, con 18 de autonomía, se esté discutiendo la responsabilidad administrativa del transporte urbano, indica una severa inmadurez. Por eso es comprensible –pero no tanto- que el ciudadano ‘crea’ en algunos de los inconsistentes argumentos del Jefe de Gobierno. Cuando reclama la presencia de la Policía Federal en hospitales y escuelas muestra una ignorancia absoluta de lo que es la autonomía o un objetivo perverso en sus reclamos. O las dos cosas. Ningún hospital o escuela del resto del país tiene custodia de la Policía Federal. En caso de ser necesaria la protección de un establecimiento provincial, serán los agentes de las fuerzas locales las que se harán cargo de la acción. Entonces, ¿por qué la Policía Federal tiene que encargarse de la custodia de un hospital de la CABA, habiendo fuerzas de seguridad locales? Distorsiones de una autonomía que se niega a abandonar la adolescencia y que se agiganta con la ineptitud y oscuridad del alcalde. El espacio compartido con las autoridades nacionales dificulta aún más la construcción de la autonomía, por convertirse en el escenario de los hechos más importantes de la vida política nacional. De ahí también la confusión de pensar la CABA como ‘El país’.
Por si fuera poco, el conglomerado urbano que rodea la Capital y que geográficamente parece integrada a ella tiene tres niveles administrativos: intendente, gobernador, presidente. Los casos de tortura en las cárceles bonaerenses son responsabilidad absoluta de la policía provincial, pero la construcción de la información parece conducir a una culpabilidad del Gobierno Nacional. Más confusión se agrega con respecto al polvorín delictivo de la provincia más poblada del país. Todo esto no justifica los hechos, sino que trata de ordenarlos. Que el gobernador Daniel Scioli transite por caminos diferentes al tomado por CFK es producto de una decisión personal, pero que confirma el carácter federal y autónomo de la administración provincial.
Como las vejaciones padecidas por los detenidos en las comisarías de Salta. Prácticas que deberían estar ya desterradas, se convierten en moneda corriente en muchos lugares del país. Un poco por las idas y vueltas que ha tenido la condena al terrorismo de estado después del retorno a la democracia. Pero el otro poco es contemporáneo y es el resultado del desprecio por la vida. Esa concepción que parece establecer que hay vidas más valiosas que otras. O individuos que consideran sus derechos como privilegios y que todo les pertenece. Y funcionarios cómplices que avalan la voracidad de los poderosos. Representantes que representan intereses particulares más que generales.
Esta semana tuvo como protagonista a la provincia de Formosa y su gobernador perpetuo. Denuncias y apologías se cruzaron en estos días como en un campo de paint ball. Corrupción y atropellos inconcebibles. Desigualdades que se eternizan. Y una alianza que ensucia. Los acuerdos electorales garantizan una victoria y la consecuente construcción de poder. Pero también deben asentar un camino, una coherencia, una construcción. Una coincidencia de objetivos que esté más allá de lo numérico. Sino esa alianza es meramente circunstancial y no aporta demasiado a la unidad. La unión es un pegote. La unidad es la armonía del todo. Un todo que es el país con el que muchos soñamos. Y el que todos nos merecemos.
Si bien La Presidenta no puede hacer mucho, algo debe hacer. Por lo menos, validar el compromiso asumido en la alianza electoral. Si hubo alianza, se debe profundizar la coincidencia. Si una provincia gobernada por un mismo signo partidario, lleva adelante medidas contrarias a lo acordado, se hace imprescindible algún llamado de atención. Si en algunos distritos se profundiza la desigualdad por el abuso del poder y la corrupción, un mensaje correctivo es necesario. Pero no en voz alta. De lo contrario, los mismos que se rasgan las vestiduras por la situación en las provincias van a clamar a los cuatro vientos que La Primera Mandataria no respeta el federalismo. Gataflorismo al que estamos acostumbrados desde hace un tiempo. Unidos y organizados es la consigna que garantiza nuestro futuro. ¿Queda alguna duda?

4 comentarios:

  1. En ese sentido, me pareció interesante la idea de convocar a debates por Edgardo Mocca. Cuando se enfrentó a los argumentos de Roberto Gargarella, Mocca dejo traslucir que no todo el FpV es kirchnerista. Es una buena manera de alentar a un cambio ideológico y programático de buena parte de quienes deberían ser los vasallos del proyecto nacional y regional (ya que la región también nos necesita, como a cada uno de los actuales procesos)

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    1. Por supuesto que estamos en construcción y el kirchnerismo también lo está. Lo importante es la continuidad y el aprendizaje, todos debemos aprender a construir y eso nos garantiza avanzar en un mismo sentido.

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  2. En la construcción de poder, en nuestro sistema argentino, en una democracia que va por los 30 años, que se fortaleció tras la crisis del 2001, porque fueron las instituciones democrácticas las que eligieron a las nuevas autoridades, hasta el 2003, con la llegada de Kirchner en el peor momento político y económico del país, todo fue un manual político, sin ser de laboratorio, con la realidad como única verdad, de como se construye poder. Eso hizo el kircherismo. Al menos hasta el 2005, en la primera legislativa ganada al duhaldismo y así en 2007, un presidente de la democracia no se fue del poder insultado. Lo peor de un gobierno son los chupamedias decía Perón, y contra eso estamos lo que nos gusta este proyecto nacional, que encara este Gobierno que ya pasará y en democracia.
    El debate será en que termina este proceso que comenzó en 2003; se nota la muerte de Néstor, quienes son los herederos, los militantes de la Campora? se viene la reelección? en lo personal creo que la batalla no termina, que sigue y en el 2014 tenemos que votar la reforma constitucional a 20 años y en 2015 elegir a Cristina nuevamente.

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  3. Muy bueno dante, como quien firmó arriba yo también creo que la reforma constitucional es indispensable... y no solo por la rereelección de lo que ni siquiera tengo una opinión formada, sino para garantizar que lo que se logró y se logrará en estos 12 años no se va a borrar de un plumazo: Es decir, plasmar en la constitución ("la ley de leyes")las leyes sociales, la unidad latinoamericana, las políticas de derechos humanos, la ley de medios entre tantas otras y también realizar reformas necesarias para nuestro país y nuestra democracia: la reforma del sistema impositivo, la renacionalización de los recursos naturales después de la provincialización de los 90, cambios en el sistema judicial, etc...

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