martes, 24 de marzo de 2020

Durante y después del virus


El Día de la Memoria sin marcha por primera vez en décadas. Sin marcha pero con la memoria intacta. Con manifestaciones virtuales, pañuelos blancos en balcones y ventanas, aplausos y cantos desde el aislamiento. Un 24 de marzo con calles vacías. La pandemia nos induce a buscar otras formas de estar presentes en una fecha como ésta: el compromiso también es creatividad. Mientras los genocidas toman como excusa el coronavirus para salir de las cárceles, el clamor Memoria, Verdad, Justicia los deja bien adentro. La conciencia se construye con paciencia y se manifiesta en cualquier circunstancia. En tiempos de cuarentena, esto se ve con mayor claridad. Mientras gran parte de los ciudadanos nos guardamos para evitar el contagio y la propagación del Covid 19, los individualistas siguen haciendo de las suyas.
Si no es un empresario rosarino que sale en su yate para pasarla bien con una joven, será otro irresponsable que encierra a la empleada en el baúl de su coche para no estar sin servicio doméstico. O serán familias que eludieron controles y advertencias para pasar el finde largo en la costa. Pero las fuerzas de seguridad se ensañan con un muchacho que salió a comprar una pavada. ¿Qué habría que hacer entonces con Ricardo Bussi –apellido oscuro de la historia-, que aunque padece coronavirus, siguió con su vida normal contagiando a muchos tucumanos? Y lo peor, en muchos sentidos, es legislador. En casos así, el castigo debería ser muy severo porque los que son como él tienen todo para cumplir las normas y, a pesar de ello, no lo hacen. ¿No deberían perder, si no los bienes, el prestigio del que gozan, como el navegante Gustavo Nardelli que, además de ser directivo de la estafadora Vicentín, es presidente de la Terminal Puerto Rosario?
Estos tipos tienen con qué pasar bien una cuarentena: viven en casas o departamentos con muchas habitaciones y además, el dinero suficiente para todos los bienes y servicios. Pero el estigma de que son hombres de bien hace que los uniformados los traten como a señores, a pesar de estar desatendiendo las medidas sanitarias: no hay palos ni amenazas si ven a Hernán Lombardi paseando en Pinamar o a Luis Novaresio haciendo ejercicios pero sí hay prepotencia para un joven con gorrita que salió a dar una vuelta para escapar un rato del hacinamiento en el que vive.
Este mal trance de la pandemia debe servir no sólo para cuidarnos ahora, sino por siempre. A cuidarnos no sólo del virus temporal que amenaza con hacer estragos, sino de los permanentes que son los que provocan la peor enfermedad de una sociedad: la desigualdad. A esos que se creen pícaros porque se fueron al extranjero cuando comenzaron las restricciones, que ponen los precios más allá de lo que valen los productos que venden, que ostentan impunidad valiéndose de sus privilegios inmerecidos, deberemos reconvertirlos de individuos egoístas a ciudadanos integrados y comprometidos. Y si no nos sale, deberemos pensar qué hacemos con ellos para que no sigan dañando el conjunto con sus conductas a contramano de la comunidad que necesitamos construir.

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