miércoles, 27 de noviembre de 2013

Sobre el diálogo y sus encantadores efectos


Aunque no haya una suculenta bibliografía al respecto, la palabra ‘diálogo’ parece portar una fortaleza que la torna casi mágica. Todos la utilizan como si su sola pronunciación transformara visiblemente nuestro mundo. Hasta los más negados de la oralidad la tienen pegoteada en sus labios. Eso sí: el significado subyacente es distinto de acuerdo al actor que la usa. Para algunos es un encuentro entre iguales; para otros el espacio ideal para dictar órdenes. En estos días, el Jefe de Gabinete Jorge Capitanich convocó al gobernador de Santa Fe y al Alcalde de la CABA para, ni más ni menos, dialogar sobre algunos asuntos cruciales. Y ambos reaccionaron de manera diferente: uno en un sentido y el otro, en otro. No es para desesperarse. Ya estamos acostumbrados a ciertas posturas malintencionadas disfrazadas de incomprensión. Lo importante para algunos es reforzar la sensación de que todo se hace mal, aunque la realidad demuestre todo lo contrario. Y de este lado, el compromiso de contrarrestar tanto desánimo malsano recibe como retribución una lastimosa mirada de condescendencia. Tarea difícil destronar el sentido común hegemónico. Pero vale la pena, a pesar de esas miradas.
Una de las primeras frases de Capitanich pareció iluminar algunos rostros, aunque la aclaración trajo algunas decepciones. “Con la oposición vamos a tener todo el diálogo que sea necesario”, aseguró el ex gobernador chaqueño, pero “el debate público que quiera dar la oposición lo vamos a dar en el Congreso, como corresponde”. Imprescindible realizar alguna que otra precisión: el diálogo aceptable necesita tener buenas intenciones e información no manipulada para llevarlo adelante. Algunos exponentes de la oposición han dado muestras de ser más vulnerables que el público, al engancharse en las operaciones des-informativas más absurdas. También, con la sola finalidad de desgastar al Gobierno Nacional y apuntarse algunos porotos en la embestida deslegitimadora. Aunque pueda sonar un poco sectario, debe convocarse al diálogo sólo a aquellos que merecen ser convocados. ¿Qué se puede hablar con Carrió, Bullrich o Pinedo, que demuestran no tener idea de lo que dicen? Pronto, el santafesino Miguel del Sel se sumará a este escueto listado, que sólo busca citar algunos ejemplos y no agotar el universo de los individuos que aportarían casi nada en cualquier conversación.
En esta ocasión, los principales convidados han sido Antonio Bonfatti y Mauricio Macri, aunque han tenido reacciones diferentes. El gobernador de Santa Fe aceptó gustoso el convite, aunque con el tono cauto que lo caracteriza. El Alcalde porteño, portador de una impostura que le queda grande, aceptó pero con los tacones de punta. Con el desprecio que lo desborda cuando se refiere a todo lo K, agregó que "Capitanich debe recordar que con todos los Jefes de Gabinete que tuvo el kirchnerismo arrancamos igual". Con sólo ojear las crónicas de esos encuentros, se podrá advertir que la pretensión del Líder Amarillo era casi que gobernaran por él, que pusieran parches en sus desaciertos, que arreglaran sus abandonos. En definitiva, que el Estado Nacional componga lo que la Intendencia rompa. Y como si asistiera a un juego de azar o a algún certamen de belleza, Macri afirmó: "vamos a ir con la ilusión, pero uno va siempre pensando que esta es la vez que se va a dar". No pasa por ahí, Ingeniero, sino por comprender que las autoridades nacionales no están al servicio de su desidia. Lo que Macri entiende como diálogo, en realidad es dictado de órdenes. Como buen patrón, habla de consenso cuando exige obediencia. Con él nada funciona, salvo la sumisión a sus caprichos.
Esto es dialogar
Cuando el año pasado el Gobierno decidió expropiar el 51 por ciento de las acciones de Repsol en YPF, muchos creímos estar soñando. Entonces, los eternos dialoguistas defensores del republicanismo, saltaron para proteger los intereses de la empresa española que había saqueado los recursos energéticos, estafando a todos los argentinos. La expropiación ocurrió después de muchos años de advertencias  hacia una distribuidora de combustibles que creció gracias a nuestra paciencia hasta convertirse en una multinacional de peso. Desde su aparición en los noventa, Argentina fue perdiendo su soberanía energética y necesitó recurrir cada vez más a la importación. Y de reinversión, ni hablar. El abandono los pozos y la ausencia de exploración hizo decrecer la influencia de YPF en la economía doméstica, además del daño ambiental del que todavía no se ha hablado demasiado.
El Estado argentino expropió la mitad de las acciones de Repsol en la empresa nacional, aunque debería haber confiscado la totalidad sin compensación alguna. Después surgió el reclamo de la petrolera por más de diez mil millones de dólares ante el CIADI y la contradenuncia argentina por vaciamiento y algo más. Entre la expropiación y el pre acuerdo surgido de las autoridades de los dos países, está el crecimiento de YPF con su nueva conformación, cuyas ganancias permitirían adquirir una compañía similar. Y también está la exploración y explotación del yacimiento de Vaca Muerta, uno de los más importantes del mundo. Por último, también está la recuperación de la producción, un paso más hacia la soberanía energética. Después de todo esto, el acuerdo extrajudicial que deberá aprobar el Consejo de Administración de la ya no tan española Repsol apenas supera la mitad de lo que exigían.
El Estado recupera potestad ante la multinacional en poco más de un año. Del diálogo desigual que pretendía el Poder Económico se pasó a una relación de iguales entre las dos naciones y la empresa sometiéndose a las decisiones del Poder Político. Un cambio de paradigma digno de destacarse. Un nuevo paso hacia el destierro del neoliberalismo que tanto daño ha hecho en estas tierras. Una importante señal hacia una parte del mundo para comenzar a abandonarlo.
Y para terminar, una mala concepción de diálogo. Con la asunción de Carlos Casamiquela como ministro de Agricultura, los estancieros intentan una nueva arremetida. Para el vicepresidente de la FAA, Julio Curras, el diálogo sería que nos escuchen en los reclamos que tenemos, donde hablamos de un sector que aportó mucho y hoy no puede más, ya que por cada 100 pesos que producimos, un total de 87 son impuestos y gastos de comercialización”. Esto no es diálogo, porque, de entrada, exige un monólogo: quiere ser escuchado. Y después miente –o al menos, exagera- al decir que hoy no pueden más. ¿Qué no pueden más? La Asociación de Fábricas Argentinas de Tractores indicó que en los primeros nueves meses de este año superaron el nivel de ventas de todo el 2012, lo que sugiere un incremento de más del 70 por ciento. ¿Quién compra estos equipos si no son los empresarios agrícolas y para qué las compran si les va mal? A partir de la mentira, no hay diálogo posible.
La magia de ese vocablo se choca con la realidad. El diálogo no es un sacramento, sino un compromiso, el de encontrar una salida para los temas sobre los que se va a dialogar. Quien quiera sacar ventajas, llevar como brújula sus mezquinos intereses, imponer su criterio para someter el de otros no está aportando nada bueno para solucionar asunto alguno. En estos casos, el diálogo no más que una burda hipocresía. Y son hipócritas los que lo llevan como bandera.

2 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo Gustavo !! Como siempre,muy interesante leerte y agrego ; Sin un verdadero "Diálogo" no hay "Comunicación" posible y mucho menos un "Acuerdo" satisfactorio en pos del beneficio para el País de los 40 millones ...

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    1. Y es importante destacar que Comunicación proviene de 'común' y de allí derivan términos como 'comunidad', por ejemplo. Mirá todo lo que ponemos en riesgo cuando no hay ´diálogo

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