lunes, 5 de junio de 2017

Más confusiones desde la pantalla



Cuando el agua llega al cuello, no hay lugar para la mesura. En un caso así, sobra la desesperación. Si la escena es más que una metáfora, cualquier reacción está justificada. Si no lo es, no. La camisa del empresidente Macri está empapada pero no por el necesario mineral sino por los fracasos de su gestión y los escándalos en los que está envuelto. Si los medios hegemónicos no se empeñasen en incentivar tanta indignación selectiva en su público cautivo, los días del Gerente de La Rosada SA estarían contados. Sólo eso mantiene cierto consenso hacia la gestión amarilla. Contrafácticos al estilo de ¿cómo titularía Clarín si Cristina hubiera hecho o dicho lo que Macri hace o dice? inundan hasta las mentes menos suspicaces. Tanto despliegue encubridor ante un gobierno tan nefasto sugiere que ninguna democracia puede subsistir con un poder mediático tan desenfrenado.
En los tiempos de CFK, los voceros del establishment tildaban de autoritaria cualquier medida e interpretaban como amenaza cualquier declaración. Ante un mínimo número adverso, salían a anticipar las peores catástrofes. El más intrascendente incidente callejero se convertía en consecuencia directa de la dictadura K. El histriónico purismo de la clase dominante desplegaba su hipocresía ante cualquier fábula dominguera con formato de denuncia. Hasta hicieron de un suicidio un homicidio para posicionar al peor de sus candidatos. Y con groseras pinceladas camuflaron a un oscuro empresario para que un electorado confundido lo tomara como el hombre ideal para gobernar el país. Ahora que es presidente, silencian sus chanchullos, minimizan los escándalos y amortiguan las consecuencias de sus destructivas decisiones.     
Aunque hace un año y medio que Cambiemos desgobierna al país, los exponentes del periodismo vernáculo siguen hablando del gobierno anterior y retuercen los hechos para salpicar al kirchnerismo. Una muestra de ello es presentar el infarto del financista Aldo Ducler como un vengativo asesinato. Esto ya es un obsceno abuso a la credulidad del consumidor colonizado. Y a pesar de que la fiscalía descarta el hecho delictivo, el ex Gran Diario Argentino ubica el caso como tema destacado, desplazando la estafa del Correo o las marchas del Ni Una Menos. El tan mentado diario de Yrigoyen nunca existió, pero el de Macri está vivito y coleando.
Un escudo asfixiante
Pero no sólo inventan hechos para tapar los desastres del Gran Equipo; también suavizan los yerros conceptuales del Ingeniero y hasta los convierten en máximas revolucionarias y motivadoras. Proponer la flexibilización laboral como zanahoria necesaria para desatar la lluvia de inversiones que no se ha producido es uno de los casos. El ministro de Producción Francisco Cabrera sintetizó la idea: “la Argentina necesita inversiones y una de las razones por las que no llegan es porque la rentabilidad no es la esperada respecto del riesgo”. En lugar de planear la resurrección del mercado interno, sólo considera achatar los salarios, lo que sería un golpe letal.
Si los medios hegemónicos tuvieran un mínimo de racionalidad, los funcionarios amarillos cuidarían más sus acciones. En realidad, si primara la coherencia en la opinión pública que construyen, muchos de estos personajes no serían funcionarios. No tanto por su capacidad, sino por las turbias intenciones con que asumen y los indisimulables lazos que mantienen con el poder económico más concentrado. Si los medios consideraran defender los intereses de todos, orquestarían cacerolazos para desalojar a casi todos los miembros del Gran Equipo.
La alianza entre la prensa hegemónica y la ceocracia gobernante es tan espuria y peligrosa que no puede prometer más que catástrofe. Mientras los recortes del Pami dejan a los jubilados en la desprotección, los trabajadores ven mermar sus ingresos y los desocupados se multiplican, la pantalla despliega las más absurdas tretas de distracción. Si un par de pechos no atrae la atención del buen vecino, tratan de pintarrajear con farandulescos colores los más trascendentes asuntos de la política.
Según el imaginario instalado a fuerza de pertinaz insistencia, Cristina manejaba la Justicia como quería. La memoria construida desde la pantalla muestra a jueces obedientes a las órdenes de CFK. Una patraña que sólo un voluntario puede aceptar como veraz. Como si las cautelares que frenaron la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual hubieran sido firmadas por extraplanetarios y no por magistrados al servicio de los intereses del establishment. Como si las infinitas causas contra los funcionarios K se hubieran iniciado anteayer.
Sin embargo, ahora que el servilismo judicial está a la vista, que las amenazas son denunciadas por los mismos jueces y que las denostaciones y calumnias hacia magistrados desobedientes están en boca del propio presidente y no de infames comunicadores, la división de poderes funciona a las mil maravillas en la portada de los diarios. La confesión que Macri presentó a la sociedad con forma de sentencia debería dejarlo muy mal parado. A los dicterios hacia los fiscales que investigan sus tropelías y la calificación de ‘mafiosos’ a los abogados laboralistas, la barbarie del Ingeniero mostró su intención: “los jueces tienen que saber que queremos saber la verdad o vamos a buscar otros jueces que nos representen”.
La primera parte de sus conceptos parece no presentar asperezas, si no fuera que eso que llama ‘La Verdad’ no es más que la transformación de los prejuicios en condena. La segunda parte, en cambio, exhibe sin pudor su impronta clasista. Los jueces que no contribuyan a la persecución y el destierro de todos los K, deberán dar un paso al costado. Y un peor destino tendrán los que se atrevan a revisar el prontuario de los amarillos. Los Panamá Papers, el escándalo del Correo y la alianza ilícita con Odebrecht explican por qué Macri asumió como mandatario. En el ideario de alguien como él, los jueces deben defender sus intereses –representarlos- y no ejercer justicia.
Una confesión que barre toda idea de institucionalidad. Si esto no despierta la indignación de los argentinos es porque los adláteres mediáticos no quieren. Comprender la gravedad de las palabras de Macri requiere el esfuerzo del público cautivo. La indiferencia es una señal de sometimiento intelectual. Y ya sabemos que los sometidos terminan justificando a los opresores y hasta llegan a votar por ellos. Un peligro transitar a ciegas al borde de un precipicio cuando un cambio de canal podría salvarnos a todos.

5 comentarios:

  1. Al principio de su post están, creo, las palabras mágicas que explicarían, si no todos, la mayoría de los males hoy presentes. "PUBLICO CAUTIVO" - y a partir de ahí, la instalación del reino del revés es comprobada y alevosamente fácil.
    Cotidianamente nos damos cuenta de ésto, cada vez que nos encontramos con gentes que ni saben sumar 1 + 1 y que "se indignan" con los bolsos voladores de lópez (suceso único pero parece definitivo para "explicar" todo un proceso histórico de 12 años) pero el pequeño (y ni por casualidad único) currito del auto-perdón de los 70 mil palos del correo ni lo registran.... y no es lo peor, ya que todavía puede escucharse y leerse, que los medios - ésos pornográficamente hegemónicos - o no inciden o inciden poquito en los votos de quienes votan...

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    1. Las patrañas mediáticas inciden y mucho en los que se creen ciudadanos "libres". Gran parte de su "libre" pensar se construye con prejuicios, falacias y malversaciones de los medios hegemónicos. Hasta las conclusiones les dictan desde la pantalla. Una pena que uno se vea obligado a hablar así de sus compatriotas.

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    2. Lo peor es que, con la evidencia tan a la vista, sea algo que se mimimice y en cambio, se insista con esa idiotez de mala fe de la "necesaria autocrítica" (de Cristina y sólo ella).

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    3. Eso debería enorgullecernos porque fue Ella la única que se atrevió a cuestionar al Poder Real y mostrarnos la manera de enfrentarlo. Esa es la autocrítica que le exigen: pedir disculpas por ofender a la oligarquía.

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  2. gracias Gustavo ayuda tu lucidez, y como sigue esto? que hacemos no?-besos

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