lunes, 16 de julio de 2018

Los peores del podio


Algo es algo: ante la catástrofe que ya estamos avizorando, algunos farfullan un estereotipado “al final son todos iguales”, una de las máximas más debilitadoras de la democracia, el anticipo del “que se vayan todos” que conocimos 17 años atrás. La ecuación es sencilla: si todos los políticos mienten, roban y nos despojan del bienestar, las elecciones pierden sentido. ¿Para qué vamos a preocuparnos por conocer y escuchar a los candidatos si todos terminarán cometiendo tropelías y desastres? La decepción ante el Cambio es cada vez más notoria, pero eso no conduce a aceptar el error de haber elegido al candidato más predispuesto a decepcionar. Apenas un irreflexivo “son todos iguales” como más profunda reflexión.
Sin embargo, no es así. La diferencia entre el gobierno anterior y este engendro que estamos padeciendo es notoria. Las denuncias de corrupción que se magnificaban desde los medios hegemónicos se empantanan en los Tribunales por falta de pruebas o inconsistencias de los acusadores. Los que insisten con eso de “se robaron todo” ni siquiera consideran la imposibilidad de esa afirmación. Ni los sátrapas que han copado La Rosada son capaces de robarse todo, aunque ganas no faltan. Si Cristina hubiera hurtado un PBI –como instalaron con perfidia- sería la persona más rica del planeta y su fortuna sería inocultable. En las millones de empresas fantasmas que se conocieron gracias al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación no aparece ningún kirchnerista. Al contrario, abundan los macristas –políticos, funcionarios y simpatizantes- que apelan a esos recursos para esconder dinero ilegal. En eso, no hay igualdad entre los K y los M: aunque excavaron en la Patagonia, viajaron a Seychelles y hurgaron en Delaware no encontraron un billete de la tan mentada Ruta del Dinero K que durante tantos domingos enardeció al público cautivo.
La corrupción del populismo que las pantallas denunciaban a toda hora no se materializa en sentencias, sino en arbitrarios encarcelamientos que huelen a persecución política. Lo que antes eran fantasías prejuiciosas se torna real con el Gran Equipo, con funcionarios que operan para beneficiar empresas propias y amigas, nepotismo obsceno y saqueo institucionalizado. Ni hace falta investigar demasiado para condenar a casi todos. Los televidentes que se escandalizaban por las patrañas en cadena, hoy permanecen impasibles porque el latrocinio amarillo no aparece en los medios del Monopolio.
Desequilibrio en el imaginario
Por eso es un peligro que la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia haya aprobado la fusión de Cablevisión y Telecom. El doctor en Ciencias de la Información, Martín Becerra explicó que esta burla con forma de dictamen institucional amenaza el pluralismo, la diversidad, la cultura y el derecho a la información. El que más conoce la historia del Grupo Clarín destacó que “una fusión de esta naturaleza no sería aceptada en Estados Unidos, Alemania o Francia”. Y no sólo por su tamaño, sino también por sus nefastas intenciones. No hay que olvidar que han mentido sin pudor durante los dos gobiernos de CFK y han instalado las nociones más absurdas en el pensar de los colonizados. Hasta convirtieron el suicidio demostrado de un fiscal en un magnicidio sólo demostrable con hipótesis de ficción. Hasta hicieron de la adquisición de dólares un derecho constitucional. Hasta lograron que muchos usuarios se quejen porque las tarifas de los servicios públicos eran baratas. Y lo peor de todo: consiguieron instalar a Macri como un honesto patriota preocupado por el futuro del país.
Quien minimice la incidencia de los medios dominantes en el ideario del público es un ingenuo o un perverso favorecido por la distorsión de la realidad que presentan a diario. Con indagar sin demasiado rigor los motivos que llevaron a muchos votantes a optar por el Cambio aparecerá un catálogo completo de titulares de Clarín, TN, radio Mitre o El Trece. Que Cristina interrumpía la telenovela, que era soberbia, chorra, autoritaria, mentirosa y bipolar. Y por supuesto, convencieron al 51 por ciento que todos los K son corruptos y merecedores de todos los castigos imaginables. Tanto que la calificación de ‘kirchnerista’ no sólo esboza el insulto, sino también sugiere un delito.
De esta manera, el secretario de Medios Públicos, Hernán Lombardi –más destructor que administrador- puede justificar los despidos en Télam con una afinidad partidaria que, de existir, no sería causa de despido. O la gobernadora Vidal puede desestimar las denuncias de aportantes y afiliados falsos en el financiamiento de sus campañas electorales porque provienen del kirchnerismo. O la militante macrista de la Oficina Anticorrupción, Laura Alonso puede condenar de “fraudulenta e ilegal” la nacionalización –que ella llama confiscación- del 51 por ciento de las acciones de YPF porque la decidió el kirchnerismo.
Que a pesar del blindaje mediático inaudito en torno al des gobierno PRO la imagen del empresidente Macri esté en picada es una invitación a la esperanza. Claro que hay más méritos en las atrocidades de los Gerentes que en la responsabilidad informativa de los desencantados. No es para menos, si los que decían que estábamos aislados del mundo están abriendo las fronteras para que nos invadan; los que prometían bajar la inflación en dos minutos han convertido nuestra economía en hiperinflacionaria por haber acumulado en tres años más del 100 por ciento, de acuerdo a las Normas Internacionales de Información financiera, organismo regulador de Estados Unidos; los que soñaban con la distracción del Mundial nos hicieron ganar el campeonato del ranking internacional de tasa de interés, con una cifra superior al 40 por ciento anual; los que ganaron con lo de Pobreza Cero lograron que proliferen las ollas populares, retornen los trueques por comida y se multipliquen los asistentes a comedores comunitarios.
En un país con responsabilidad informativa, las off shore, la estafa del Correo Argentino, los falsos aportantes de campaña, el blanqueo de familiares por decreto, el nombramiento de jueces a dedo y el extravío del Submarino ARA San Juan aportarían motivos de sobra para desalojar a estos salvajes. Y con el abuso de las Fuerzas de Seguridad, que provocaron la muerte de Santiago Maldonado, Rafael Nahuel y Facundo Burgos, entre otros, bastaría para condenarlos por autoritarios. Y si incluimos el crecimiento patrimonial de los que se decían honestos, la cárcel es el único destino.
No, no son todos iguales. Los K eran malos en la ficción, pero éstos son malvados en la cruda realidad. Mientras los otros buscaban la manera de mejorar nuestra vida, éstos hacen lo imposible para deteriorarla. Mientras los otros impulsaban derechos, éstos potencian privilegios. Por todo esto y mucho más, no son todos iguales. Y –a pesar de la excesiva paciencia- éstos están entre los peores que hemos experimentado en nuestra historia.

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