viernes, 10 de enero de 2014

La vida por un tomate


¿Cómo no recordar Psicosis, de Hichcock, al leer sobre el caso de Vicente López? Un grupo de vecinos denunció que de una casa salía un hedor sospechoso y cuando la policía entró al lugar encontró a su ocupante muerto desde hacía por lo menos 30 días. Pero lo extraño es que, sentada ante la mesa de la cocina, arropada y con unas pantuflas invernales, estaba su madre, muerta entre ocho y diez años atrás y naturalmente momificada. Un Norman Bates vernáculo del que nos hemos perdido su historia de soledad y perversión. Realidad y ficción parecen nutrirse constantemente y a veces se confunden en un mismo relato. Los peces muertos aparecidos en la superficie de los lagos de Palermo puede ser el inicio de un cuento de terror. O su crudo final. ¿Será por eso que el diputado Julián Domínguez propone el traslado de la Capital al norte del país, para preservar la vida de los peces? Si Belgrano pergeñó el Éxodo Jujeño para escapar de las tropas realistas, el ex ministro de Agricultura, ¿estará proponiendo el éxodo porteño para proteger a sus habitantes de las tropas del PRO, que destruyen todo a su paso?
Tanto protesta Macri contra el Gobierno Nacional que pronto quedará solito en su principado, como único responsable de sus atroces decisiones. ¿A quién le echará la culpa de todo cuando la Casa Rosada esté sin ocupantes? ¿O ya estará calculando los posibles negocios que concretará con tantos edificios desocupados? ¿Pensará abandonar la carrera presidencial si debe trasladarse a una ciudad tan cercana a los bolivianos que tanto desprecia?
Cuando el 16 de abril de 1986 el entonces presidente Raúl Alfonsín anunció el traslado de la Capital Federal a Viedma-Carmen de Patagones, muchos provincianos soñamos con la promesa de un nuevo país. En el siglo XIX, se pensó en Rosario como la posible capital y, aunque después la idea fue descartada, quedó el matutino que Ovidio Lagos fundó para apoyar tal proyecto. En definitiva, cada tanto surge la idea de cambiar la sede del Gobierno Central, como una búsqueda física de un federalismo esquivo. Antes de que aparezcan los mensajes engañosos, no será el primer país que decide semejante mudanza ni tampoco el último. Por supuesto, surgirán los agoreros que argumentarán que hay cosas más importantes, que es una cortina de humo, que no es momento de emprender semejante inversión. Para los conservadores, nunca es el momento, pero alguna vez tendrá que ser.
No es algo que se tenga que hacer ya, pero tampoco nunca. Lo importante es que estos tiempos permiten discutir temas para el largo plazo, como debe ser en toda re construcción. El primer paso es no negar la posibilidad porque la historia de nuestro país siempre ha estado atravesada por la oposición entre la Capital y el Interior. El diputado Ricardo Alfonsín no descarta la idea, aunque se mostró sorprendido por la propuesta. En cambio, el diputado progresista Hermes Binner, fiel a su estilo regresivo y desinformado, jugó con las palabras para enredarse en la inconsistencia, como siempre.  "Lo que hay que trasladar no es la capital sino el Estado –explicó el ex anestesista-  tiene que estar presente el Estado en la solución de problemas, en la ayuda, en encontrar un equilibrio para ese triángulo tan interesante como lo es el Estado, el mercado y la sociedad civil”. Vaya a saber uno qué quiso decir con semejante trabalenguas y en qué realidad está basado. Quizá lo mejor sería una capital itinerante, que se traslade cada tanto a cualquier punto del país.
Las figuras de una sociedad
Si Macri mencionó lo del círculo rojo, Binner habló del triángulo, aunque sin especificar el color. No se le puede exigir tanto. El triángulo que fascina al ex gobernador ubica en cada vértice al Estado, el mercado y la sociedad civil. Y, casi como si pensara en una utopía, propone el equilibrio para esa figura. Aunque comiencen igual, equilibrio no es lo mismo que equidad. En los noventa, el equilibrio neoliberal incrementó la desigualdad y el desequilibrio se produjo después. Para lograr la equidad hay que olvidarse de la geometría y buscar la unidad como única manera de garantizar la inclusión. Una unidad que tiene el pensar solidario como principal componente, a tal punto que provoque placer pagar impuestos para distribuir mejor los bienes; que un comerciante reduzca un poco sus ganancias si es para nutrir la mesa de todos; que nadie perjudique la economía doméstica fugando divisas o especulando con su valor; que ningún productor escatime los productos de la tierra con el fin de obtener un precio mejor. En un triángulo, los vértices están ligados pero distantes y parecen en tensión, como si quisiera huir cada uno por su lado. Si el círculo sugiere el hermetismo y la exclusividad, el triángulo promete la disolución.
Sin ponerse como un tomate –ahora que están de moda-, Binner sostiene que “el Estado tiene que estar presente en la solución de problemas”. Y aquí comete el mismo error que todos los opositores. Casi siempre, cuando mencionan al Estado sólo piensan en el Gobierno Nacional, aunque esté conformado por todos. Según nuestra Constitución, el gobierno tiene tres poderes y cada provincia, municipio o comuna tiene su propio representante a cargo del Ejecutivo. Entonces, no puede ser que Cristina sea la culpable de todo y la encargada de resolver la totalidad de los problemas que surjan. Si no, ¿para qué están todos los demás? En todo caso, los gobernadores, intendentes y jefes comunales también son el Estado y también tienen la función de resolver los problemas. Es hora de terminar con los cuentitos de la bruja malvada. Que las interpretaciones prejuiciosas, pueriles y banales queden para Macri, que le sientan mejor.
De una vez por todas, hay que jugar con todas las cartas descubiertas. Un empresario que especula con el desabastecimiento para ganar más no debe formar parte de ningún triángulo, círculo o rombo. Con los deshonestos no se puede construir nada porque no piensan en el colectivo, sino en el individuo, por lo que deben quedar afuera de toda figura geométrica. Tampoco con los que explotan a sus trabajadores ni los que conspiran para provocar una crisis. Y menos con los que mienten, tergiversan y manipulan para forzar la destitución. O someten sus ambiciones al interés público o quedarán afuera del nuevo país que estamos proyectando.
Si el Gobierno amenaza con la importación de tomates no es para perjudicar a los productores ni a los trabajadores, sino para contener la intención de los avarientos. Esto no es un problema, sino parte de una conspiración. Si Alfredo Coto introdujo todo lo referido al conflicto con el tomate, sería útil que diga de dónde sacó la información. Y si sólo fue el difusor de un rumor o su creador, que se lo trate como merece, como un mentiroso. En el rol asumido por los medios hegemónicos en este tema, hay una paradoja. Cuando hablan de inflación, responsabilizan al Gobierno y exigen que tome medidas. Cuando llegan las medidas, cuestionan el intervencionismo del Estado. No es que no entiendan o sean esquizofrénicos. Lo que hacen es presionar para que se tomen las medidas que ellos quieren: ajustes salariales, reducción del gasto, liberación del dólar y muchos más ingredientes del coctel ortodoxo. Después, se quejarán del desempleo, del cierre de fábricas, de la yerba importada, de los pobres. Quien se deje convencer por esos burdos libelos, a pesar de las constantes desmentidas, quien se deje llevar por los prejuicios con forma de titular, quien crea que todo está mal porque lo vio en la tele, que mire a su alrededor con un poco más de atención, autonomía y compromiso. De lo contrario, tampoco sirve para la unidad.
Si no hay tomates o están muy caros, podemos comer otra cosa: que los guarden en sus cajas de seguridad a ver cuánto duran. Quizá por eso es interesante conversar sobre el traslado de la Capital Federal, porque la Babel criolla nos está confundiendo a todos: creen que su mirada abarca todo el país cuando, en realidad, apenas miran su ombligo. Mientras en el Dakar se malgasta combustible y se pierden vidas por deporte, el Gobierno debe desperdiciar los tan preciados dólares para comprar tomates por la angurria de unos y la malsana intencionalidad de otros. Y la estupidez de algunos, sobre todo.

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