lunes, 27 de enero de 2014

Un paso atrás: el chupete del dólar


El Autor de Estos Apuntes sólo una vez se rindió a los embrujos de la moneda verde y no le fue tan bien. Ya lo dice el viejo dicho: el que pierde con el dólar, ve una casa de cambio y llora. Después de todo, el rostro de Evita es más bello que el de Benjy, el político que jugaba con los rayos. Penoso explicar nuestra relación con el dólar; difícil erradicar esa adicción que tanto daño nos ha hecho. Y lo sigue haciendo, porque los especuladores siguen arremetiendo para quebrar la voluntad de un gobierno que ha transformado para bien nuestra historia. Otra vez el dólar amenaza el horizonte y las nuevas medidas parecen tener sabor a derrota. También parece que su objetivo es seducir a los protestones. Pero no: si antes se quejaban por la imposibilidad de comprar, ahora manifiestan el temor por las reservas. Ni ellos se entienden. Mientras tanto, los productores sojeros siguen negándose a liquidar los granos, porque esperan una devaluación mayor. Una vez más, los dos modelos en pugna vuelven a colisionar en esta batalla que ya es más que cultural.
Desde los tiempos de la plata dulce instaurado por el ministro de Economía de la dictadura, José Alfredo Martínez de Hoz, nuestra relación con el dólar ha sido tortuosa. Un amor que, a veces, logra satisfacer una pulsión individual a costa de empeñar el futuro colectivo. Aunque no más de un diez por ciento de la población tiene relación directa con la moneda norteamericana, su atractivo verdano parece afectar a toda la población. El desafío de los tiempos que se vienen pasa por armonizar esa relación, por contener la avidez, fortalecer nuestra divisa y recuperar a los dolaradictos, para que su patología no desestabilice la economía del país.
Hay toda una historia en torno al dólar que merece ser revisada. Caótica y dramática. Amor y muerte, como en los mitos. Un trauma cultural que debe ser desterrado. La pasión por la moneda verde atraviesa gran parte de nuestros peores años y es inevitable que su cotización produzca temblores hasta en las mascotas. Aunque en estos años el dólar no ha dado buenos resultados como inversión, su poder colonial hace mella en los estados de ánimo.
La relación de los argentinos con el dólar es como una telenovela larguísima que comienza a mediados de la década del ’70 y todavía no ha terminado. Amor y odio, encuentros y desencuentros, placer y dolor, fidelidad y traición, todo envuelto en una pasión que parece imperecedera. No es que el dólar haya aparecido en la vida nacional en esos tiempos pero sí comienza esa danza entre festiva y macabra para la maleable clase media. En tiempos de la última dictadura, fue Martínez de Hoz el que tocó los primeros acordes de esa melodía que combina momentos sublimes y exultantes con los infernales tonos de la devaluación cíclica. La monotonía melódica de los noventa, con el delincuencial uno a uno, permitió que muchos soñaran con un Primer Mundo criollo.
El final enérgico de la sinfonía del dólar se produjo en 2001, cuando el amante argentino padeció la peor de las traiciones: habituados a una paridad ficticia, los bancos garantizaban una escueta rentabilidad. El salto verde –pero no ecológico- se produjo en simultáneo con un corralito que impedía recuperar ahorros. Y todos los instrumentos se sacudieron en un ritmo enloquecedor. Lo de siempre en todo culebrón: un tiempo para curar la heridas, tapar las cicatrices y vuelta a los besos.
El Estado toma las riendas
En 2011, el Gobierno Nacional aplicó controles para la compra de moneda extranjera con el doble objetivo de frenar la fuga de capitales y detectar evasores. Algunos consideraron esto como una afrenta, como la supresión de un derecho constitucional, como el menoscabo a la libertad de ahorrar. Aunque suene paradójico –y hasta absurdo- para el imaginario argentino el dólar es tan criollo como el dulce de leche y tan necesario como la yerba. Más allá de los usos turísticos o para operaciones inmobiliarias, el dólar es visto como una garantía de futuro, aunque su valor real como moneda internacional está en un tobogán resbaladizo. Menos de la mitad del circulante verde tiene respaldo en oro y sólo algo más del cuarenta por ciento de las cifras que se ostentan tiene aval en billete, por lo que el resto es virtual. Si los poseedores de grandes fortunas quisieran sacar en billetes su capital, no habría tantos fajos para responder. Esas cifras que tanto fascinan, no son más que expresiones digitales que se trasladan de un lugar al otro del globo, como si de un juego de video se tratase.
Ante las restricciones dispuestas por el equipo económico nacional, recrudecieron las operaciones en las cuevas, esos espacios ilegales donde los especuladores, evasores y blanqueadores juegan a la ruleta con el dinero de todos. Operaciones insignificantes pero molestas que, gracias a la amplificación brindada por los medios hegemónicos, se convirtieron en el anticipo de una crisis que jamás llegará. Lugares misteriosos y secretos que atienden con total impunidad a los granujas de siempre. Porque aunque le digan blue, es más oscuro que la negritud de un pozo profundísimo. De celeste no tiene nada, sino mucho de infernal. Las clausuras sólo sirvieron para su proliferación. Ante cada clausura, brotan como hongos en la vereda de enfrente. Foto paradójica: un arbolito junto a un policía que mira para otro lado.
Paradójica, dolorosa y también sospechosa. Un ciudadano de a pie se sorprende ante tanta ilegalidad a plena luz del día. ¿Torpeza o permisividad? ¿No se dan cuenta o les dejan el chupete para que no lloren tanto?
Para frenar el desaliento, las nuevas medidas no significan una rotunda victoria de los carroñeros. Los controles de la AFIP seguirán estando y sólo los que tengan capacidad fiscal podrán comprar dólares. Pero mientras sigan existiendo las cuevas, donde juegan con el dólar ilegal para perfumar las flatulencias de evasores y blanqueadores, siempre estará el riesgo de que los angurrientos descalabren todo.  
Hay muchas dudas sobre cómo funcionará esto. El permiso para adquirir moneda norteamericana puede inspirar algunas trampas, chiquitas pero riesgosas. Un trabajador con buenos ingresos puede comprar el dólar oficial y vender lo adquirido en el paralelo para obtener una pequeña ganancia. Ahí tendrá que aparecer un control sobre qué hace el comprador con los billetes. También puede ocurrir que volcar dólares al mercado ilegal puede hacer que su cotización baje. Pero siempre está el riesgo de la fuga, el futuro en clave individual, un retroceso en la defensa del interés de todos. Los carroñeros, más que obedecidos, deben ser castigados de una vez por todas para que abandonen sus angurrias individuales y se sumen a los fines colectivos.
La avidez por el dólar no sólo repercute en nuestra economía, al extender sus garras hacia las reservas, sino que socava la soberanía. Jugar con el dólar no es garantizar un futuro, sino bombardearlo. Pensar en verde es abandonar el celeste y blanco; es pisotear el símbolo para seguir siendo colonia. Una colonia sin perfume agradable, sino con las pestilencias de la putrefacción, las que hemos padecido en los momentos más dramáticos de nuestra historia reciente.

4 comentarios:

  1. La relación de los argentinos con el dolar arranco con el rodrigazo allá por 1975 y de a poco se fue reforzando durante el proceso y el menemato. Suerte
    Adrian de Ciudad Melmac

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  2. Si, pero en 1975, la moneda verde no estaba al alcance de cualquiera ni era tema central. Entonces tuvimos un castigo inmerecido. Con Martínez de Hoz, el ciudadano "de a pie" podía especular con monedas, soñar con el primer mundo de la importación, ser cómplice de la estafa al país

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  3. Excelente la nota. Este tema del dólar da más para culebrón que para análisis financiero. ¿la salida? No lo sé. A mí me da ganas de revolear las mesas de dinero, como lo hizo Castro con las mesas de apuestas del casino de aquel entonces.

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    Respuestas
    1. En realidad, Alba, dan ganas de tantas cosas con tanta bosta con forma humana que la imaginación no da abasto.

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