jueves, 27 de marzo de 2014

Bailarines de la oscuridad


Mamarracho, pavote, sinvergüenza. Algunos de los muchos calificativos que recibió el dirigente gremial Luis Barrionuevo después de los improperios dirigidos al ex presidente Néstor Kirchner. Y resulta insuficiente. Porque es cobarde referirse de esa manera hacia alguien que no puede defenderse. Aunque si éste fuese el único elemento de crítica, no podríamos hablar de muchos personajes de la historia. Los dichos de Barrionuevo son repudiables no sólo por la manera, sino por su contenido. Acusar a Kirchner de robar “seis o siete mil millones de dólares” supera el absurdo. Una cifra tan imprecisa como insostenible. Una fortuna que convertiría a sus descendientes en los más ricos del país. Y no lo son, aunque recursos no falten. También, las declaraciones de Barrionuevo son inoportunas. En el contexto de la conmemoración por el Día de la Memoria, suena a pisoteo a la democracia su comparación con la dictadura. “Los milicos chorearon, robaron, mataron –explicó el gastronómico- pero en nombre de los derechos humanos este Gobierno fue el que más robó”. Una frase que sintetiza su nula catadura republicana y su falta de respeto a las víctimas de la dictadura. Y con respecto a su personalísimo ranking, vale aclarar que gran parte de la deuda que estamos pagando se generó durante el sangriento proceso cívico-militar y se acrecentó en los sucesivos gobiernos democráticos. Cifra destinada más a engrosar cuentas particulares que al beneficio colectivo.
Más allá de estas burradas, es indudable que Barrionuevo es un personaje pintoresco, además de despreciable. Y, aunque no sean ésos sus fines, hasta resulta divertido. Sus brutales expresiones, como la ya famosa “se cagó muriendo”, indican un desprejuicio, una incorrección, una impunidad que rozan lo paródico. Como un adolescente envejecido, siempre transgrede los límites de la peor manera. Pero, como si fuera Minguito –el inolvidable personaje de Juan Carlos Altavista-, aunque sin su ternura, ostenta una insuperable enemistad con el lenguaje. ¿Por qué dijo “ávaro” y no avaro? Tal vez un sutil juego verbal entre avaro y ácaro, esos diminutos parásitos que pululan por todos lados. ¿O lo habrá pronunciado en algún idioma desconocido?
Una vez analizadas las partes principales de sus recientes declaraciones, cabe una pregunta –entre muchas- fundamental: ¿quién se sentirá representado por alguien así? Y después de ésta, pueden aparecer otras, porque, como todo dirigente, debe orientar a sus dirigidos. Entonces, ¿hacia dónde los dirige? Empecinado en brindar su apoyo al Frente Renovador, destinó unos provocativos piropos hacia su líder. “Massa es la frescura, la inteligencia, la capacidad, la fuerza –explicó- Creo que está en condiciones de ser presidente”. Una última pregunta, para no saturar: ¿por qué un dirigente gremial o un legislador puede estar atornillado a su cargo de por vida y se hace tanto escándalo con la re re-elección presidencial? Más aún cuando los primeros defienden intereses muy lejanos a los de sus representados y la sabiduría brilla por su ausencia.
Paro y a la bolsa
Si Barrionuevo sale a la escena es para exhibir un protagonismo que no tiene. Tal vez esté exigiendo un papel trascendente en el nuevo gobierno con el que sueña para el año que viene o esté mostrando su capacidad de daño, por si pretenden dejarlo afuera. En realidad, no es el único que sueña con un nuevo escenario en el que el establishment vuelva a gobernar al antojo de sus intereses. Y personajes como éste resultan funcionales a una puesta en escena que parezca un caos, a falta de una crisis real. No es el único. Hugo Moyano es otro dirigente gremial que encarna el simulacro en defensa de los intereses de los trabajadores, cuando lo único que quiere es que el Gobierno Nacional desbarranque. Juntos le pusieron fecha a un paro, más para tender una alfombra roja al diputado Sergio Massa que para conquistar la equidad. Una protesta ante “los oídos sordos del Gobierno”, Barrionuevo dixit. Un día en que “no se va a mover una mosca”, agregó. Aunque es en contra del ajuste del Gobierno, no se atreven a convocar a acto o marcha alguna, por temor a quedar una vez más en ridículo.
El Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich consideró que “los actores sindicales también juegan un rol político, que pretenden establecer una estrategia de oposición al Gobierno promoviendo un paro”. En cierta manera, todos los actores de una sociedad juegan un rol político y eso no tiene nada de malo. Lo nefasto es que disfracen sus ambiciones de preocupación por los que menos tienen. Lo incomprensible es que no dirijan sus dardos hacia los que verdaderamente están expropiando el salario de los trabajadores: los empresarios que ganan fortunas poniendo los precios más desencajados en los productos que nos ofrecen.
El éxito del programa Precios Cuidados no pasa tanto por abaratar nuestra mesa, sino por dejar al descubierto las gigantescas ganancias que obtienen los actores de la cadena de comercialización. También pone en evidencia que esos exponentes del Poder Económico no son confiables, porque son incapaces de cumplir con un acuerdo por ellos firmado. Y esto lo hacen no por imposibilidad, sino por impunidad. En cierta forma, al esconder mercadería, al remarcar de manera atroz sus precios, al maltratar a sus clientes no hacen otra cosa más que provocar una reacción por parte de la Secretaría de Comercio. Lo que están esperando es una clausura, aunque sea de una hora, para convertirla en la piedra del escándalo, en un ultraje a la libertad de mercado, en la evidencia del gobierno autoritario que han denunciado siempre. Si no cumplen con lo firmado es para inspirar el titular agorero que tanto alarmará a la parte más timorata de la clase media. Y, de paso, incrementar sus ya desbordadas arcas.
En los últimos tiempos, una seguidilla de sucesos artificiales parece sugerir un movimiento de pinzas multisectorial que tiene como objetivo desestabilizar la institucionalidad y forzar una salida anticipada de CFK. Quizá por eso las distintas fuerzas de la oposición ya están practicando sus habituales danzas aliancistas, buscando los más atractivos nombres para sus pegotes no-políticos.
Una vez más, deberemos apelar a la paciencia, sin dejar de observar con atención sus patéticas escaramuzas. En estos años, hemos aprendido muchas cosas y esta vez no nos podrán tomar por sorpresa. Ese sentido común que defienden aporta explicaciones que ya pierden sentido en este camino de logros que hemos emprendido. Y encima, disputan un electorado reducido que sólo basa sus decisiones en prejuicios y chimentos que muy lejos están de ser información. Con este panorama, debemos estar tranquilos. Las máscaras siguen cayendo y permiten ver los rostros de los que nada saben de construcciones. Esos que, desde cómodas oficinas, acumulan fortunas cuando todo se incendia. Final del f

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