miércoles, 6 de mayo de 2015

Una fábula con jueces que creen ser reyes



La Corte de lujo que supimos conseguir se ha convertido, por no saber preservarla, en un escenario de escandalosos desaciertos; en una fuente de inspiración para titulares agoreros. La mayoría automática que antes respondía a los requerimientos menemistas, ahora rinde cuentas al establishment, lo que es más o menos lo mismo. Mientras Lorenzetti asegura que los fines de la institución que preside es poner límites al gobierno de turno, las acordadas del Máximo Tribunal parecen un intento por resguardar los privilegios de sus miembros. Ni lo uno ni lo otro, vale destacar, garantizan un buen funcionamiento de la Justicia, sino su deterioro. En medio de todo este enredo, la permanencia de Carlos Fayt aparece como el moño de una casi vergüenza nacional: una Corte Suprema que, en lugar de actuar como un ejemplo hacia la sociedad, despliega una absurda danza que, como todo lo absurdo, resulta funcional a los intereses del Círculo Rojo.
Una de las más conocidas novelas de Agatha Christie, “Eran diez indiecitos”, fue homenajeada y parodiada en teatro, cine y TV. En ella, sus protagonistas son asesinados uno a uno y los sobrevivientes deben hallar al culpable para no ser la próxima víctima. Hasta ahora, nunca se había realizado una adaptación en la Corte Suprema de ningún país. Parece que Argentina está empeñada en hacer punta en los más diversos temas.
En poco más de un año, dos Supremos fallecieron y uno presentó su renuncia al alcanzar el límite de edad. Cuatro donde debería haber cinco. Para completar este cuadro, la oposición se niega a aceptar a Roberto Carlés y la Corte rechazó la lista de jueces subrogantes. Por mandato constitucional, el ejecutivo debe proponer ambas cosas y el Senado aprobar, después de evaluar el listado. La Corte no tiene la atribución de impugnar esa decisión. Tampoco de declarar la inconstitucionalidad de leyes sin analizar un caso particular, como hizo con las reformas conocidas como democratización de la Justicia. Así, con apenas una pizca de suspicacia, uno puede suponer que, en lugar de garantizar aplicación de justicia o poner límites, operan para desgastar al Gobierno, algo que está lejos de ser su función.
En vez de cinco, hay cuatro, aunque en realidad la Corte parece funcionar con tres y medio. O menos, tal vez, porque Carlos Fayt hace casi un mes que no asiste a la tertulia de los martes y envía votos y firmas por intermedio de sus colaboradores, a quienes parece no reconocer. Un Supremo a distancia, tan virtual como una sombra de lo que fue. Exigir su renuncia no debería interpretarse como denostación de la ancianidad. Los 97 años que acumula exceden en más de veinte los dispuestos como límite por la Constitución. ¿Qué lo impulsará a convertir su prestigio en un trasto molesto? ¿Qué record querrá batir? ¿Tan importante es lo que protege que se arriesga a exponer en público su precaria salud? ¿Tanto, que renuncia a los homenajes en vida para despertar algunos repudios?
Epidemia de cansancio
Pero la Corte ha decidido ir más allá de su propia coherencia. Los vericuetos en la súper re elección de Ricardo Lorenzetti como presidente muchos meses previos a la finalización de su mandato exudan un tufillo desagradable. Tanto, que da náuseas. ¿Por qué semejante apuro? Y una vez consumado el hecho, cuando se revela la falsedad del documento que simula la presencia de Fayt, que votó a control remoto, Lorenzetti renuncia al cargo, no al presente, sino al que deberá asumir en enero de 2016. Y, mientras estaba renunciando a futuro, los otros miembros de la Corte lo confirman. Gente grande y de cierto prestigio jugando a un extraño juego cuyas reglas desconocemos. Y con un objetivo tan oscuro que dan ganas de clausurar por reformas el Máximo Tribunal hasta nuevo aviso.
“Cansancio moral” argumentó Lorenzetti. ¿Qué le provoca cansancio moral, que muchos hayan cuestionado su premura por una votación que podría haberse realizado en noviembre? ¿Y qué quiere decir ‘cansancio moral’, que se cansó de actuar moralmente? ¿Que su moral no da para más y a partir de ahora será inmoral? ¿O que su moral se cansó de las inmoralidades en las que debe incurrir para satisfacer al establishment? Si padece cansancio moral, ¿no sería prudente tomar algún tipo de licencia hasta que se le pase? Además, siente cansancio moral por el cargo futuro pero sería más lógico que lo sienta por el cargo presente, que en realidad es el mismo que tiene desde hace ocho años. ¿Será un cansancio moral premonitorio?
Eso sí, de nuestro cansancio nadie se preocupa. Ni del moral ni de ninguna otra especie. Si todo esto fue pergeñado para convocar cacerolas dormidas a defender la República encarnada en el Supremo y su independencia al frente de la Corte, que esperen sentados porque no hay un clima adecuado para eso. Bastantes voluntades han engatusado con el famoso “Yo soy Nisman” para que ahora salgan a poner cara, cacerola y paraguas en clamor por un miembro de la familia judicial. Que no sigan jugando, pues va a llevar mucho tiempo reconstruir nuestro sistema judicial hasta volverlo más comprometido con la democracia. Y esto quiere decir, ni más ni menos, que con los derechos de la mayoría, con los más vulnerables, con las víctimas de la angurria empresarial. Algo opuesto a lo que algunos están demostrando: cómplices de los intereses de una minoría insaciable y defensores, sin pudor, de sus privilegios. Desde hace un tiempo, la Justicia está en agenda para su transformación y cada día alguno de sus integrantes suma méritos para ser de los primeros transformados. Entonces, no ha lugar. El cansancio no es suyo, Señor Juez, sino nuestro.

1 comentario:

  1. Muy Bueno Gustavo ! Y lo de Carlos Fayt realmente es "inexplicable e injustificable",ya que la edad máxima para la Corte Suprema es de 75 años,verdad (?) Estaría un tanto pasadito el Sr

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