viernes, 19 de abril de 2013

La primera catarsis del año



Agenda mediática vs agenda política: la madre de todas las batallas
Una marcha más de las protestonas, de las confusas, de las odiadoras. Eso sí, menos nutrida y no tan agresiva como las anteriores. Sin embargo, existe una coincidencia en las tres: no marchan para que el Gobierno K atienda sus interminables y caprichosas demandas. Haga lo que haga Cristina y su equipo, igual seguirán estando en contra. Lo único que quieren es que esta pesadilla se termine. Porque bailan al ritmo de la desinformación y responden sólo a sus prejuicios. Porque no tienen idea de lo que es el bien común y sólo valoran logros individuales. Porque no comprenden que están defendiendo privilegios que los perjudican. Porque no saben de qué se trata ni lo sabrán nunca. Porque no advierten al lado de quiénes marchan y no les importa. Por todo esto y mucho más, meten barullo. Y bueno, están en su derecho. Pero los representantes se eligen en las urnas y las leyes se aprueban en el Congreso. En todo caso, deberían reclamar a los partidos opositores que se esfuercen por presentar una alternativa de gobierno que proponga algo más que el respeto republicano, la libertad de expresión, la transparencia y algunas generalidades más. Porque ésas no son propuestas de gobierno, sino obligaciones de cualquier representante. Pero eso tampoco importa. El desprecio por algo que no comprenden bien –algunos sí, por supuesto- los conduce a clamar –entre otras cosas- por una justicia independiente del poder político, pero no de las corporaciones que todavía quieren seguir manejando los hilos de nuestra economía.
Las cacerolas suenan para frenar la democratización de la Justicia, en defensa de jueces que no moverían un dedo para defender a los improvisados percusionistas. Pero ésa es una excusa. El objetivo, por supuesto, es ventilar el desprecio. Una especie de catarsis destructiva. Más que un despliegue de ideas y propuestas, es una catarata de improperios. Pero sobre todo, lo que exigen con estas manifestaciones caceroleras se convierte en un agravio a la voluntad popular, una negación de toda legitimidad, un pisoteo a la República.
Casi tanto como el fallo del Tribunal en lo Civil y Comercial respecto de la constitucionalidad de la LSCA. "Hubo un fallo que me dejó sin habla, me enmudeció", declaró La Presidenta, en referencia a su disfonía. Una provocación más de estos jueces, una ostentación de su complicidad con los poderes concentrados, una invitación a que los destituyan. Porque "si uno mira bien, la Ley de Medios es la punta del iceberg, es la punta del problema –explicó CFK-  La Ley de Medios visualizó el problema de la Justicia”. Y señala con luces de colores y carteles luminosos el camino inevitable por el que debe seguir este transformador tránsito. La norma fue votada en el Congreso de acuerdo a lo que dispone la Constitución Nacional, por amplia mayoría, con el apoyo de casi todas las fuerzas de la oposición, menos los consabidos cómplices y apologistas del Poder Fáctico. Sin embargo, está frenada su aplicación por el accionar de jueces consustanciados con los intereses de uno de los más poderosos oligopolios mediáticos de América Latina. "Para lograr un consenso hay que empezar a hablar sobre lo que estamos de acuerdo”, sostuvo Cristina en un acto en Casa Rosada. Entonces, si hubo acuerdo para la sanción de la llamada ley de medios, ¿cómo no puede haberlo para consolidar su aplicación?
Lo que hay es miedo. Todos los que se ponen del lado del Grupo Clarín tienen temor a quedar afuera del mundo, aunque ni siquiera sospechan que, con un poco de valor, pueden dar un paso importante para ingresar a otro mundo mucho más luminoso, verdaderamente independiente. Claro, es más fácil cacerolear que proponer, sobre todo cuando la recompensa es una cálida caricia del Amo. Quienes quieren reducir este conflicto a una pelea del Gobierno Nacional con un diario, están errados o mienten con descaro. Si en los últimos tiempos de la presidencia de Raúl Alfonsín, Héctor Magneto lo consideró un obstáculo, ahora el escollo principal en nuestro camino es el grupo económico que preside. Por eso todos se apachurran a su alrededor, para reforzar las murallas que protegen a los angurrientos que quieren retornar.
La rúbrica de los camaristas de la Cámara en lo Civil y Comercial, María Susana Najurieta, Ricardo Guarinoni y Francisco de las Carreras, adorna la burla con forma de fallo. Lejos de toda mesura, confeccionaron un veredicto a la medida del Grupo Clarín. Sin rubor, estos provocadores magistrados dictaminan la constitucionalidad de los artículos cuestionados de la llamada Ley de medios, salvo algunos de sus incisos que –de acuerdo con esta decisión- contradicen la Carta Magna. Precisamente aquéllos que pueden afectar el carácter dominante del multimedios. Los impúdicos camaristas declaran inconstitucionales los puntos que ponen límites a la concentración de licencias de TV por cable, que restringen el número de abonados, que prohíben la superposición de servicios y algunas cosas más que constituyen el espíritu anti monopólico de la normativa. Eso sí, estos tres jueces son solidarios con los socios en desgracia: temen que la aplicación completa de la ley genere “inseguridad económica”, amenace la rentabilidad y su “capacidad competitiva”. Caraduras que fundamentan con énfasis cualquier reforma judicial.
“¿Alguien puede decir seriamente que la Justicia no necesita ser reformada? Este es el primer acuerdo y no hay que negarse al debate y a la discusión", se preguntó La Presidenta ante el público. Debate al que se han negado casi todos referentes de la oposición. Por el contrario, salieron a la escena mediática a despotricar contra los proyectos sin siquiera haberlos leído. Estos desperdigados mosqueteros de la República recitaron consignas banales que ninguna relación guardaban con el tema en cuestión. Fieles al estilo mediático que los coloniza, dibujaron un futuro agorero plagado de un autoritarismo imposible. Dicterios que, lejos de ilustrar al soberano, lo sumergieron en una laguna mental cercana a la ignorancia. Por eso, como en las versiones anteriores, los caceroleros clamaron por la libertad, la corrupción, el clientelismo, la dictadura pero agregaron los temas nuevos impuestos por la agenda dominante: el avance sobre la justicia y la cabeza de Lázaro Báez, personaje casi desconocido para la mayoría antes de las desmoronadas denuncias de Lanata. Todo esto, por supuesto, sin otro fundamento más que el odio y el desprecio. También –y fieles a la manipulación que modela a estas hordas caceroleras- apareció algún que otro ridículo cartel en el que podía leerse “Capriles, estamos con vos”.
Mientras todo esto ocurría, en el Congreso se daban los primeros pasos para transformar la Justicia en una institución no al servicio de los intereses minoritarios, sino a disposición de los ciudadanos para construir un país con mayor equidad. Los primeros, pero no los últimos. Porque esto recién empieza. La reacción que recibieron los proyectos por parte de los defensores del statu quo es una grandilocuente invitación para seguir profundizando los cambios. Ese vamos por todo que tanto desespera es la brújula que debe orientarnos en la construcción del país con el que todos soñamos. A pesar de las cacerolas y sus bullangueros ejecutores.

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