viernes, 9 de octubre de 2015

Los muchachos nosequeístas



Mientras Macri ya no sabe qué hacer para recuperar porotos y Massa profundiza su demagogia punitiva, el Gobierno Nacional sigue transformando el país como si recién comenzara. Inauguraciones, iniciativas y proyectos se suceden día a día, algo insólito en alguien que está a punto de terminar su mandato. Los presidentes anteriores a Kirchner terminaron su ciclo con el rabo entre las patas y hasta hubo uno que tuvo que huir en helicóptero. Nada de eso ocurre con Cristina, que conserva intacto su entusiasmo, en sintonía con su creciente imagen positiva. Aunque los agoreros intentan invocarla todos los días, no hay crisis que se acerque. Al contrario, estamos cada vez mejor. A pesar de que es inusual en nuestra historia, ya nos estamos acostumbrando. Tanto, que algunos han olvidado las penurias que hemos pasado en las últimas décadas del siglo pasado y los primeros años de éste. La memoria, además de una facultad, debe ser una construcción. Y un compromiso, también. No sea cosa que un manojo de desmemoriados a voluntad tuerza el camino eligiendo, por mero capricho, al peor de los candidatos.
El peor en muchos sentidos. El paquete de medidas económicas que tiene en carpeta, elaborado por sus vampíricos asesores, no guarda relación con las edulcoradas promesas de los spots de campaña. El neoliberalismo que orienta sus pasos no tiene corazón para mejorar la vida de los que menos tienen. Si en su hipotético gobierno habrá pobreza cero será porque, al poco tiempo de comenzar, los pobres habrán muerto de hambre o de enfermedades no atendidas en los hospitales desmantelados. Si el impuesto a los altos ingresos no afectará a los asalariados será porque habrán padecido recortes o, en el peor de los casos, estarán desempleados. Hay que ser muy tonto para dejarse engañar con tan torpes recursos.
La inauguración de la primera estatua de Juan Domingo Perón en la CABA es la mejor muestra de su cinismo. Y también de su desesperación. Sus manotazos de ahogado lo hunden cada vez más. Con esta absurda y nada creíble ceremonia no logrará embaucar al votante peronista en serio pero, además, corre el riesgo de perder el voto gorila, los auténticos representados por la impronta empresarial-clasista de Mauricio Macri. Si este monumento lo hubiera presentado Cristina, las críticas inundarían la cloaca mediática, pero como este acto estuvo comandado por el Alcalde Amarillo, se convierte en un gesto de convivencia democrática. Con cada nueva foto se aleja más de su sueño presidencial. Sueño que, de volverse realidad, será nuestra pesadilla, vale reiterar.
Armando al candidato
Si Macri es la esperanza para los nostálgicos del Consenso de Washington, Massa promete el paraíso para quienes añoran las políticas represivas. El tigrense se lo pasa repartiendo castigos a los cuatro vientos a delincuentes, narcotraficantes, violadores, corruptos, docentes y bebés que dejan caer el chupete. Con él, no se salvará nadie. Ni siquiera la sugestiva frase de dejar lo bueno y cambiar lo malo resulta tranquilizadora. Sin exagerar, es un verdadero enigma. Pero de los angustiantes.
También Daniel Scioli la dice, pero sus precisiones prometen un mejor futuro. “Los argentinos no quieren cambiar todo, tampoco continuar como si no hubiera nuevos temas. El argentino busca tranquilidad, certidumbre, coherencia”, señaló el gobernador en un almuerzo organizado por los grandes empresarios. Claro que la tranquilidad de la mayoría impacienta a una minoría, sobre todo con la promesa de Scioli de no “volver al FMI a pedir préstamos para que nos impongan condicionalidades”. Esa minoría gana mucho dinero cuando la especulación financiera se convierte en moneda corriente.
En el mismo espacio al que habían asistido otros candidatos, Scioli advirtió que “ser presidente no es para cualquiera, hay que bancársela, hay que tener firmeza, hay que tomar decisiones. Mi prioridad son los humildes, los trabajadores y la clase media, el círculo celeste y blanco”. Los otros –Macri y Massa- no dijeron estas cosas ante los más grandotes, sino que prometieron el paraíso neoliberal que hace menear el rabo a los angurrientos. Quizá Scioli se dejó llevar por esa frase de La Presidenta en la que confesó que “cuando uno decide tomar la bandera del pueblo y de la Nación, el camino siempre se hace más duro pero al final siempre está el reconocimiento eterno del pueblo”.
Y en todo este tiempo, el ex motonauta debe haber aprendido muchas cosas más que tenía escondidas. Por las dudas, Cristina le recuerda algunas en cada uno de sus discursos. Desde La Matanza, advirtió que para conducir el país “se debe saber que cuando se defienden los intereses mayoritarios, no sólo de los pobres, sino además de las clases medias y los pequeños empresarios, los grupos corporativos reaccionan”. Bajar el gasto público, garantizar la competitividad, abandonar la soberbia, eliminar el cepo son las demandas sintomáticas de esa reacción.
Algunos candidatos tiemblan cuando escuchan la salmodia de los poderosos y son capaces de cualquier cosa para satisfacerlos. Massa puede transformarse en un predicador de la intolerancia y Macri en una fallida encarnación de Perón. El mejor candidato será aquel que sepa ignorar esos aullidos y seguir por el camino hacia el país soñado, como si nada.

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