lunes, 12 de octubre de 2015

Mentime, que me gusta



Esta semana se conoció la confirmación de la condena al Corriere della Sera por haber inventado una noticia sobre Cristina. Una compra fastuosa de joyas que nunca existió, pero sirvió para que muchos espíritus inquietos alimenten sus prejuicios. Renombrados periodistas, honestas señoras e irritados taxistas se hicieron eco de la fábula; el ingenio criollo creó los más diversos apodos para la mandataria que todavía no había cumplido su primer año en el cargo. Una falacia que demoró siete años en confirmarse como tal. Una sola entre muchas importadas o vernáculas. A pesar de eso, La Presidenta sigue conservando una imagen positiva creciente, insólita. Si las mentiras no se hicieran tapa o se sancionaran al instante, nos habríamos ahorrado muchas discusiones insustanciales. Sin embargo, continúan con las estafas informativas, a tal punto que muchos candidatos las toman como plataforma para elaborar sus propuestas. Eso es lo más penoso, porque aportan legitimidad a lo que debería estar destinado al tacho de los desperdicios.
En uno de los spot del Frente de Izquierda, Nicolás del Caño habla del fraude en Tucumán, algo que no existió, de acuerdo al dictamen de la Corte Suprema de esa provincia. Sin embargo, desde su pequeñez electoral puede propalar cualquier cosa y hasta sumarse a la cruzada anti democrática de la derecha cuasi golpista. Total, como dice el dicho, una mano lava la otra…
El ex árbitro Javier Castrilli, candidato de Cambiemos, aseguró ante el cronista de Duro de Domar que su agrupación “no asesina fiscales”, cuando la mayoría de los peritos se inclinan por el suicidio de Alberto Nisman. En un caso tan delicado, la prudencia debería primar. Si eso no es posible, al menos una correcta lectura de los hechos. La jueza Palmaghini y la Fiscal Fein no son simpatizantes del Gobierno Nacional. Un solo indicio para pensar en la posibilidad de un homicidio bastaría para que lo griten a los cuatro vientos porque eso sería funcional a la derrota del kirchnerismo o, al menos, para horadar la imagen de Cristina. En cambio, una sentencia de suicidio favorecería al oficialismo y es por eso que están esperando hasta que pasen las elecciones. Para que quede claro: si no lo han dicho hasta ahora es porque conviene seguir manteniendo las sospechas de asesinato, aunque sean infundadas.
Pero en el condenado caso de las joyas, además del prejuicio, opera la mirada machista que todavía persiste. Carlos Menem no era austero en su indumentaria. Por el contrario, acomodaba con ostentación en su cuerpo prendas de las marcas más cotizadas. Eso era visto por el establishment como un valor, como una muestra de elegancia. En la misma sintonía, muchos recordarán cómo el periodista Marcelo Bonelli describía –casi hasta las babas- las pilchas del director del FMI, Anoop Singh. Por el contrario, si Cristina viste con trajes y accesorios costosos, aparecen las críticas superficiales, casi chismes. Como seres divinos o jueces implacables, señalan contradicciones. En la vestimenta de un varón, admiran la distinción; en la de una mujer, sentencian frivolidad. Pero no hay que ilusionarse: si Cristina pronunciara sus discursos con batón, pantuflas y ruleros, con vaquero y zapatillas o con ropa de saldo, también la cuestionarían. Ella les molesta. Después del 10 de diciembre, cuando se convierta en nostalgia, orfandad, épica o leyenda, les molestará más.
Cadenas liberadoras
Muchas cosas de Cristina molestan a los miembros de establishment, pero no las que enumeran a través de sus voceros mediáticos o políticos, sino las que callan. Lo de la dictadura, la soberbia, el aislamiento del mundo, la grieta y la caída de las reservas son sólo etiquetas que disfrazan demandas inexpresables. El cepo, la competitividad, la desunión son los eufemismos con que esconden sus mezquindades. Sus servidores hablan una lengua encriptada para cautivar a un público que todavía necesita subtítulos. En todo lo que dicen hay una intención malsana.
Aunque parece que se preocupan por el interés del país, en realidad, sólo quieren seguir llenando sus arcas. La inquietud por el gasto público es envidia hacia los que reciben esas sumas del Estado, que estarían mejor en Suiza o cualquier otro paraíso. La libertad que tanto reclaman es la de los predadores en una jaula de presas. Sus lamentos por la falta de diálogo no es porque quieran ser escuchados: sólo exigen ser obedecidos.  
La semana pasada, cuando La Presidenta anunció el pago del Boden 2015, en lugar de manifestar alivio por ese nuevo capítulo del desendeudamiento, los agoreros comenzaron a refunfuñar por las reservas. Ellos, que han saqueado hasta dejarnos fundidos, que fugan hasta la última moneda, que nos han puesto de rodillas ante los peores buitres, ponen el grito en el cielo cuando se usan nuestros fondos para ganar más libertad. La libertad en serio, no la de Ellos. La libertad de elegir qué país construimos sin que el Imperio nos diga cómo debemos hacerlo.
Achicar la deuda es un alivio, pero no es motivo para festejo porque esa deuda es una estafa. Esa deuda que pagamos entre todos no sirvió para mejorar nuestra vida, sino todo lo contrario. Sólo sirvió para enriquecerlos a Ellos, los que ahora no quieren ser investigados por el Congreso, los que siguen clamando para que volvamos a endeudarnos, los que quieren un dólar libre para continuar estafándonos.
Ellos son los que cuentan los minutos que ha ocupado CFK con la Cadena Nacional, que se ha convertido en un sello de su gobierno. Ahí dejan en evidencia su debilidad ante la palabra que cuestiona, informa y alienta. Jorge Lanata denuncia –tan indignado como siempre- que Cristina ocupó tres días y medio en siete años y simula desesperación. Unos cálculos simples dejan en evidencia lo exagerado del enojo: siete años son 2555 días para colmar al público de entusiasmo odiador, pero tres días y medio los descoloca. Entonces pontifican sobre la libertad de expresión y se erigen como defensores de las leyes que pisotean a cada paso. Absurdos, protestan contra el discurso único, Ellos que tienen en sus garras cientos de medios para manipular al público a su antojo.
Si están tan descolocados es porque se saben perdidos. Si denuestan las Cadenas es porque reconocen que, sin ellas, someternos sería más fácil. Las Cadenas de Cristina se han convertido en una institución, en un encuentro esperado, en una celebración de la palabra. Cada una de ellas se convierte en un clásico. Una de las muchas cosas que vamos a extrañar de estos años, ese lento caer de máscaras que deja al desnudo el verdadero rostro del enemigo. Lo que no han logrado a fuerza de titulares engañosos, rostros ceñudos y cacerolas estridentes lo ha logrado Ella con la Cadena. No podrán conquistar nuestra voluntad inaugurando estatuas ni recitando frases que no comprenden porque Cristina ha conquistado nuestro corazón y sin exagerar, ha abierto nuestro entender hacia el país que desde siempre nos está esperando.

1 comentario:

  1. Las mentiras de los medios internacionales contra Cristina financiados por la oposición. Las mismas mentiras contra La Campora y el famoso velero que la organización desmintió, y mienten mienten. ¿La Grieta? LLaman grieta a la diversidad de pensamiento. La oposición no admite nuestro pensamiento, quiere aplastar nuestros cerebros, quieren un pensamiento único. La grieta la abrieron ellos.

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