miércoles, 24 de septiembre de 2014

Cambio de temporada, pero no de vestuario



La llegada de la primavera no desalentó los intentos carroñeros por marchitar todas las flores. Desesperados por horadar la fortaleza del Gobierno Nacional, difunden por todos sus medios las mentiras más infames. Ingenuas, también. El objetivo es despertar al cacerolero dormido, a fuerza de manipular su ya confundida sesera. Todavía siguen insistiendo con el aislamiento del mundo, la alienación de La Presidenta, la prepotencia choripanera de La Cámpora, la crisis inminente que nunca llega y el dólar blue que quiere hacer blanco en el Arsat cuando alcance la estratósfera. Claro, sus candidatos no miden como esperaban y nada logrará que se amalgamen en un cóctel indigerible para derrotar al kirchnerismo en las elecciones presidenciales. Tanta comparación con Venezuela y no les da el cuero para intentar la gran Capriles. En algún momento, va a saltar el imperativo de conformar una alianza indefinible que logre la sucesión en 2015 para conducir al país a los abismos de antaño. Mientras tanto, siguen arrojando dardos con la esperanza de desgastar la imagen de CFK. Y no aciertan un tiro.  
Porque parece que mientras más estiércol arrojan los agoreros, Cristina brilla mejor. No sólo para sus representados sino para todos los que se cruzan con ella. Francisco la invita a almorzar no para apuntalar la gobernabilidad, como vociferaron los peleles del establishment, sino para hablar del conflicto que Argentina mantiene con los fondos buitre. No para darle benditos consejos sino para que lleve su voz papal a la Asamblea Anual de la ONU y al Consejo de Seguridad. Que el Papa la elija como emisaria es una dolorosa patada para los opositores. Ellos que lo consideraban un aliado, se toparon con una realidad que los descoloca: ya no es el Bergoglio que les daba letra desde la Catedral Metropolitana, sino un Francisco que hasta parece nac&pop.
La visita posterior a Nueva York también consiguió descolocar los intentos por desprestigiar a la delegación argentina. Mientras desde los medios opositores cuestionan el número de integrantes de la comitiva, las voces consultadas por ellos mismos los dejan fuera de juego. Que menos de treinta personas acompañen a La Presidenta no es algo escandaloso, sino, por el contrario, una cantidad austera. Que Ban Ki-moon se haya reunido con Cristina 20 minutos para los voceros del establishment es poco, pero son cinco más de los que concede habitualmente el Secretario General de la ONU. Que nuestra batalla con los buitres haya recibido el apoyo de los representantes gremiales de los países que rechazaron la necesidad de controlar el mercado financiero es para ellos un dato menor, digno de no mencionarse. Y que traten de presentar como buitre al multimillonario George Soros es otra muestra de impotencia. No importa el ridículo al que se expongan porque lo esencial es fustigar el humor de su público para que pueda transformarse en un manojo de peones en esta feroz campaña de deslegitimación de un gobierno democrático. 
Más manipulaciones para este boletín
Algunos se enganchan en ese anzuelo y van por la calle refunfuñando y repitiendo las consignas falaces que escucharon minutos antes por la tele. Más que ganas de responder, despiertan pena porque recitan las sandeces más insostenibles, ésas que se desmoronan con una sola mirada. Todavía algunos protestan, muy sueltos de cuerpo, porque no se puede salir del país. Y despotrican contra Boudou, Kicillof y Capitanich sólo porque los estelares periodistas que ven a diario en las pantallas se burlan de ellos. Hasta creen que estamos atravesando la peor crisis de nuestra historia. Alguna vez, estos comunicadores deberán rendir cuentas porque deformar tanto la opinión pública pisotea el derecho a la información y significa un menosprecio a la libertad de expresión.
Sin dudas, los medios de comunicación contribuyen al estado de ánimo de los integrantes de una sociedad. Semejante rol exige un actuar responsable, algo que los medios hegemónicos omiten sin pudor. En algún momento de la historia reciente, periodistas, intelectuales y analistas lograron convencer a los consumidores de que están en este mundo sólo para estar en contra. Cualquier palabra favorable puede aniquilar esos nobles fines. Por eso, si no hay malas noticias, habrá que inventarlas. Si se producen hechos positivos habrá que forzar la reconstrucción para volverlos inadmisibles. Y si esto no es posible, habrá que ocultarlos.
Los primeros pasos del periodismo se orientaron a brindar protección y voz al ciudadano indefenso ante los abusos del poder político y económico. Con el paso del tiempo, descubrieron que esa actitud podía ser heroica pero no llenaba sus bolsillos. Por eso, ahora se han transformado en voceros del establishment para denunciar los intentos del Estado de alcanzar un modesto equilibrio en la sociedad. No tiene nada de malo que defiendan intereses minoritarios, lo grave es que disfracen su accionar como tutela al ciudadano. Y lo peligroso, que algunos individuos estén convencidos de esto. Nunca hay que olvidar los miles de caceroleros que ponían sus utensilios al servicio de la mezquindad de los estancieros. Siempre debe estar presente en nuestra memoria ese despliegue de odio y prejuicios para salvaguardar la angurria de unos pocos. En un póster debe estar esa foto de los individuos que clamaban por los dólares para facilitar la acumulación de los que producen todas las desigualdades.
Para decirlo con cierta claridad: proteger a los ricos es multiplicar la cantidad de pobres. Lo que sobra a los que más tienen ocasionó la carencia de los que menos tienen. Hay una relación de causalidad entre los primeros y los últimos deciles de la pirámide social. Y el Estado debe poner freno al crecimiento de los privilegiados para garantizar el bienestar de los más desposeídos. Limar la punta para expandir la base. Sólo así se tiende a la equidad. ¿A cuántos habrá dejado en el camino el que ostenta una fortuna descomunal? De una vez por todas, debemos comprender que el vaso nunca se llena y sólo gotea un poco mientras se ocupan de alargarlo.
Las leyes en defensa del consumidor constituyen un intento de contener la angurria de los formadores de precio. Y es mentira lo de Argenzuela. En casi todos los países, las grandes empresas tienen límites a sus ganancias. Pretender una rentabilidad superior al diez por ciento es considerado delito en los países del llamado primer mundo. En el último año, las principales cadenas de supermercado argentinas superaron el 100 por ciento. Una estafa monumental que vulnera el bolsillo, que es la propiedad privada del consumidor. Pensar que algunos periodistas y opinólogos avalan este latrocinio no puede producir más que asco. Debería considerarse apología del delito salir en defensa de estos timadores. Más grave aún es que diputados y senadores hayan votado en contra de esas normas, a sabiendas de que lo hacían contra los intereses de sus representados. Sólo para agradar a los integrantes del Círculo Rojo, que ostenta ese color por su peligrosidad y no por su simpatía a las ideas marxistas.
Pero hay más. Porque muchos de estos personajes también expusieron su ya malograda imagen para sumarse a la embestida de los buitres. Y lo siguen haciendo. Mientras la posición del Gobierno Nacional recibe el apoyo de 124 países en la ONU, de los representantes de 180 millones de trabajadores, de economistas, periodistas, analistas y hasta del propio Papa, los miembros de la oposición dejaron en soledad al oficialismo y sus aliados en la defensa de la soberanía. Bueno, si decidieron comenzar la campaña con tanta anticipación sin otra propuesta más que denostar todo lo que se hace, que no se quejen si los números no son favorables. Si en lugar de diseñar una alternativa de país, pergeñan su destrucción, que no protesten por la poca repercusión que logran. Si decidieron operar en defensa de privilegios y no de la conquista de derechos, que no se lamenten por la soledad que los rodea.

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