“El que no arriesga, no gana”, reza
un viejo refrán. Pero quien lo sigue,
debe estar predispuesto a perder. Por eso el riesgo. Si los productores de
soja dejaron sus enormes gusanos blancos ostentando obesidad en los campos,
apostaron para ganar un poco más. O
esperaron un mejor precio internacional o presionaron para una devaluación de
la moneda o las dos cosas. Pero el poroto cotiza en baja y el dólar se
mantiene estable. Los estancieros y los no tanto se toparon con el contenido
implícito del dicho y ahora están al borde de las lágrimas. Y pensar que, en un caso así, con la 125
las retenciones serían más bajas. En aquellos tiempos también apostaron y
creyeron ganar. Ahora, que le vayan a cantar a Cobos. Que no se atrevan a
aprovechar esta circunstancia para exigir compensaciones y subsidios, porque satisfacerlos sería premiar, una vez
más, la especulación rural. De una vez por todas, deberán aprender a no
pensar sólo en ellos. Y si el problema no es sólo económico, si sus intenciones
son políticas, que apuesten por un candidato y si no gana el que promete el oro
y el moro, que esperen
sentados hasta que los vientos sean más favorables.
En los últimos tiempos, la
especulación ha dejado de ser una avivada
bien vista, no sólo en nuestro país, sino en casi todo el mundo. El interés individual de obtener una mayor
tajada con el menor esfuerzo choca con la voluntad del bienestar colectivo.
Y algunos líderes mundiales lo están empezando a comprender. Francisco no es el
primer papa que se lamenta por la pobreza, pero
ha sido el único que ha denunciado sus causas. Y en sus intervenciones
habituales, condena la especulación financiera y la autonomía absoluta de los
mercados porque profundizan la desigualdad y empobrecen a los pueblos. Esto,
por supuesto, va más allá de la religión, pero más acá de la ruptura del
sistema. Antes de desechar al
capitalismo, hay que intentar humanizarlo. Ese es el mensaje de Francisco,
una palabra que conviene –al menos por ahora- para los que queremos un mundo
más equitativo.
Ya no valen las excusas de
otros tiempos. Ya no creemos más en el modelo del derrame. Ya descubrimos que la Economía no es una ciencia aséptica, sino un
espacio en disputa. Y que si queda en manos de los tecnócratas neoliberales
se convierte en una succión sanguinaria. Ahora sabemos que la libertad de
mercado no es un derecho constitucional sino
una manera perversa de disfrazar la explotación, la especulación y la evasión.
También comprendimos que las deudas sólo se pagan cuando no son extorsivas. Y
nos estamos convenciendo de que no siempre la justicia es justa, sobre todo
cuando proviene del poder imperial. Lo que debemos hacer carne es que para
alcanzar la equidad, los que más tienen
deben renunciar a una porción de sus privilegios. Quien prometa lo
contrario, sólo está vendiendo coloridos vidrios.
Pasos
para el futuro
Decirlo es fácil; convertirlo
en realidad, es otra cosa. Que los ricos se resistan a la redistribución del
ingreso es comprensible. Pero que digan
que la acumulación que practican beneficia al conjunto ya es puro cinismo. Y
más aún cuando, en lugar de invertir sus cuantiosas fortunas en la producción
de bienes y servicios, las trasladan de
un paraíso a otro para jugar a la ruleta financiera. Encima, como si fueran
víctimas acosadas por los desposeídos, exigen garantías para multiplicar sus
ganancias. Seguridad jurídica es el eufemismo que utilizan
para que los estados faciliten la sangría. Impuestos
mínimos y controles inexistentes son las condiciones para poner en movimiento
los alucinantes montos que manejan. “Todos
hablan de previsibilidad y de certezas, pero realmente si hoy hay incertidumbre
y falta de certeza, es precisamente a
partir de una economía que se ha basado en la especulación de las finanzas,
en la globalización, el movimiento de los capitales de un lado al otro, en la
existencia de guaridas fiscales, en la existencia de fondos buitres”, señaló
CFK, después de su encuentro con Francisco.
Para que no queden dudas de la relación causal entre la minoría
enriquecida y la mayoría acosada por tamaña angurria, La Presidenta explicó
que “mientras las ganancias de unos pocos
crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del
bienestar de esa minoría feliz”. Y con una claridad que deslumbra, concluyó
que “este desequilibrio proviene de
ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la
especulación financiera”. Los apologistas
de este sistema inhumano son los que intentan mimetizar su ideario como sentido
común. Entonces, hablan de propiedad privada cuando se refieren al botín,
llaman iniciativa al latrocinio,
consideran como ganancias el vaciamiento
de las arcas públicas, nombran como paraíso a las cuevas donde guardan sus
tesoros y se acuerdan de la libertad sólo cuando los estados diseñan controles.
Y son tan cínicos que se ponen como
ejemplo del éxito, tan hipócritas que se conduelen por la pobreza que ellos
mismos producen.
La peor muestra de estrabismo es
estar de parte de ellos. En 2008, en tiempos de la Rebelión de los Estancieros,
muchísimos argentinos de clases medias tomaron partido por las avarientas
demandas de los grandes productores agropecuarios: creyeron defender la patria cuando en realidad respaldaron patrimonios
exclusivos. Esos patriotas rurales hoy se niegan a liquidar lo
producido en nuestro suelo, dificultando la recaudación y redistribución del
ingreso. Cuando piensan en verdes no
hay patria que valga. Algo estamos aprendiendo: la semana pasada, algunos
siervos del establishment convocaron un cacerolazo en contra de las leyes de defensa
del consumidor y control a las grandes empresas pero sólo una decena de individuos respondieron al llamado.
Así se construye un país más
equitativo: frenando la carrera de los que nos pisotean para amontonar divisas,
no construyendo muros para tapar las zonas pobres de las grandes ciudades. Lo
del muro no es una metáfora. En la CABA, la capital del PRO, una foto amarillenta del pasado estigmatiza más a
los marginados. El sector de la Autopista Illia que recorre la Villa 31 será adornado
con un cerco vandálico y antirrobo, una manera elegante de nominar a una
rígida cortina que evitará una espantosa
postal. Estigma por donde se lo mire. Eso es lo que prometen: defender con uñas y dientes a los poderosos
y ocultar y reprimir la consecuente exclusión. Y todo eso con el falso lema
de que no tienen posicionamiento ideológico. Qué claro que está todo y qué difícil confundirse. Sin embargo,
algunos se dejan llevar por esa lógica. Pero a no desanimarse: son cada vez menos los que se engañan.
Y los que queden, ya no son engañados, sino convencidos. A éstos, no los
cambiamos más.
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