lunes, 15 de septiembre de 2014

Una conspiración desmantelada



Extemporáneo como siempre, Luis Barrionuevo recuperó notoriedad gracias a sus profecías agoreras. Más que advertencias, parecieron amenazas. Desde hace un tiempo, algunos oscuros personajes celebran la llegada del fin de año con saqueos y revueltas, que pasan tan desapercibidas como un encontronazo entre perros callejeros. Y el gastronómico que jamás ha pisado una cocina está cursando las invitaciones a la fiestita. Tal vez se adelanten, porque están muy ansiosos de que todo termine. No sólo el año, sino el gobierno de CFK y el kirchnerismo en su conjunto. Estos individuos nefastos organizan, cada tanto, estos petarditos con pretensiones de estallido, pero apenas logran protagonizar algunas patéticas escenas de violencia histérica que serán magnificadas por los medios hegemónicos, verdaderos organizadores de la celebración. El plan es claro: como el establishment está desesperado por recuperar el control del país, trata de imponer sus candidatos a fuerza de fabricar catástrofes. Lo han hecho desde 1930 con los golpes militares. Y lo han repetido en 1989 y en 2001, sin brazos ejecutores pero con mucha fuerza especulativa. Y lo quieren volver a hacer. La gran diferencia es que ya los conocemos y esta vez no estamos dispuestos a dejar que nos pisoteen.
El golpe del ’76 fue distinto a los anteriores porque se tomaron medidas drásticas para que no sea necesario ninguno más. Por eso el genocidio. Sus ideólogos buscaron disciplinar a la sociedad para que acepte un modelo que de ninguna manera la beneficiaba. El dólar barato y las altas tasas de interés facilitaron la bicicleta financiera, lo que instaló la pulsión de multiplicar fortunas con poco esfuerzo. La importación de baratijas sirvió como zanahoria para entretener a las masas, mientras los más audaces llenaban sus arcas a fuerza del vaciamiento público. Y del desmantelamiento de la industria, vale recordar. Ahí comenzó lo que terminó en 2001, con un estallido social de verdad. Y eso es lo que quieren reeditar los que no se adaptan a los nuevos tiempos: una revuelta popular que permita la restauración neoliberal.
Todavía nos estamos recuperando de tantas décadas de estropicio y ya quieren retornar. Como si dijeran: terminen de arreglar que ya tenemos ganas de volver a romper. Eso es lo que llaman alternancia, un concepto político que garantiza la salud del sistema democrático. Pero la alternancia se conquista, no se decreta y no debe ser aprovechada para convertir al país en una montaña rusa, sino para garantizar un ascenso permanente. Nada de lo que proponen los voceros del establishment significará un beneficio para la mayoría, sino todo lo contrario, aunque lo disfracen como quieran. Y lo saben, por eso apelan a sus tretas más perversas para construir un escenario de caos que haga necesaria una nueva solución drástica. Quizá por eso, y como anticipo de temporada, estarán entrenando algunos modelitos para que provoquen un par de disturbios etílicos durante el picnic de la primavera. Pero no mucho más porque no les da el cuero.
La palabra en disputa
El primer discurso público de Máximo Kirchner ante una multitud militante parece alterar el ánimo de los agoreros. No porque teman que sea el próximo presidente, sino porque escuchar su voz destruye la imagen atroz que de él habían construido. En el programa humorístico de Jorge Lanata diseñaron la caricatura del hijo de dos presidentes –los mejores que hemos tenido- como un tardío adolescente bobalicón, gordo, drogón y pegado a la play. En el portal de Clarín, el manipulador titular de la noticia mostraba a un personaje que exigía el pisoteo institucional para clamar por una nueva reelección de su madre. Los comentarios de los lectores no eran más que la expresión del prejuicio, incrementado por las maniobras constantes de ese medio. Eso es lo que interpretaron de esta frase: “si están tan interesados en terminar con el kirchnerismo, por qué no compiten con Cristina, le ganan y sanseacabó”. Claro, les conviene más atacar la literalidad de la frase que vérselas con la metáfora. Porque esa frase es una invitación a hacer política en serio, en lugar de vociferar dicterios y recitar consignas irrealizables y mentirosas.
Algo parecido ocurrió con la sencilla opinión vertida por Víctor Hugo Morales en referencia a las Villas. La dignidad del pobre rompe con la estigmatización construida desde los medios hegemónicos. Si bien enoja mucho que se hayan ensañado con El Charrúa, es una muestra auspiciosa de que están perdiendo la batalla, si destinan sus dardos a estas minucias. Antes fue Damián Szifrón, después Pablo Rago, ahora Víctor Hugo y será cualquiera que se atreva a pronunciar una palabra amable hacia el kirchnerismo. El funesto modelo que defienden los agoreros resulta ahora tan insostenible que cualquier palabra deja al descubierto su vileza.
 Si prestamos atención, sus principales dicterios tienen como blanco a los que se atreven a romper con el discurso otrora dominante. No les molesta cualquier palabra, sino aquélla que pone en cuestión las verdades de antaño. Por eso denuestan la ideología y desprecian la mirada histórica. Extrañan los tiempos en que el neoliberalismo era sentido común. Ahora que no es más que un modelo contrapuesto no saben cómo defenderlo. En la asamblea de la ONU, donde se decidió por abrumadora mayoría la necesidad de regular al mercado financiero, la delegada de Canadá consideró que ese tema no debía politizarse sino quedar en manos de expertos. La economía cavilada desde tecnicismos perversos y no desde el pensar político, única garantía de la voz popular.
 Y esta idea es la que tratan de remozar los candidatos del Poder Fáctico, un poco cansados porque han salido a pelear la campaña con inusitada antelación. Envalentonados por lo que consideraron un anticipo del fin de Ciclo K, desde la finalización de las elecciones legislativas del año pasado ya anunciaron su postulación a la presidencia. Sin muchas ideas pero con mucha presión, realizan varios actos por semana con la intención de despertar, al menos, una tímida adhesión de los votantes. Obedientes y desesperados, las caras visibles y las máscaras impresentables de la dispersa oposición dicen presente en los medios hegemónicos aunque no tengan demasiado para proponer, aunque deban opinar sobre cualquier cosa que propongan los conductores del programa al que asisten. El único requisito es que vomiten ante los micrófonos injurias, mentiras y diagnósticos que perjudiquen lo más posible la legitimidad de CFK y su equipo.
Generalmente, los años no electorales deben destinarse al debate de ideas para seguir construyendo un país. La premura de esa minoría patricia angurrienta y antipopular convirtió a 2014 en una extensa campaña sin comicios a la vista. Lo que debía comenzar en marzo de 2015 arrancó en noviembre del año pasado, con mucho frenesí pero nada de propuestas. En realidad, desde el principio, los integrantes del Círculo Rojo apostaron a una salida anticipada de La Presidenta y sus operadores actuaron en consecuencia. Si las principales consultoras de opinión encuentran una sociedad deprimida, es por el accionar pernicioso de las propaladoras de estiércol, que insisten en montar un escenario caótico y en dibujar la soledad del kirchnerismo. Lejos de eso, la adhesión a Cristina sigue en punta y sus posibles sucesores encabezan las encuestas. Ninguno de los integrantes del casting opositor está en condiciones de convocar multitudes fervorosas para que escuchen su palabra, porque no la tienen. La han abandonado desde hace años por responder más a las demandas de los destructores que a los requerimientos de los argentinos. Y eso, a mediano o largo plazo, tendrá sus consecuencias.

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