jueves, 20 de diciembre de 2012

Un apocalipsis sobre ruedas



Media plaza, dicen algunos. Un cuarto, confirman otros. Números más o menos, nada contundente. Eso es algo que no aporta demasiado a la discusión. La fecha y los motivos, sí. Y también el entusiasmo. Hugo Moyano nunca ha sido un mal orador, aunque su tono es un poco monocorde. Pero eso tampoco es lo importante. En los tiempos no tan lejanos en que afirmaba que el proyecto conducido por CFK era el único que garantizaba el bienestar de los trabajadores, las multitudes que lo escuchaban explotaban de pasión. Ahora sólo despierta algunos aplausos pautados. Lo que dice opaca cualquier encuentro, apaga cualquier llama. No sería descabellado afirmar que ni él ni su público creen en lo que está diciendo. Pero sigue adelante, convencido de que el camino actual es el único posible, que ya no hay vuelta atrás, que no hay explicación razonable para su extravío y no hay nada que pueda augurar su retorno. El sindicalismo opositor se zambulló en un cóctel multicolor para intentar algunos cargos legislativos. Lo que no se sabe es si los trabajadores empujan o son arrastrados por el camionero. Frases destempladas, amenazas innecesarias, lecturas caprichosas y denuncias injustificadas conformaron el discurso de Moyano ante un público variopinto que no alcanzó a ser una multitud significativa ni jubilosa.
Aunque Pablo Micheli, de la CTA opositora y cada vez más deshojada, había señalado que la movilización  “no es contra ningún gobierno ni contra nadie”, sino “en defensa de la dignidad de los trabajadores”, Moyano contradijo esa poco sincera declaración cuando se prendió del micrófono. El antes incondicional aliado del proyecto K, señaló que el impuesto a las ganancias –una de sus mayores motivaciones políticas- “es un impuesto maldito que este gobierno maldito mantiene para seguir manejando la caja”. Un poco fuerte usar el término ‘maldito’ –y demás sinónimos- para una gestión que en nueve años sacó al país de una de sus más profundas crisis. Pero la otra expresión, ‘caja’, suena bastante más despectiva, pues es la que utilizan los agoreros mediáticos y algunos opositores en extinción para referirse a los recursos que el Estado necesita recaudar para garantizar su funcionamiento y concretar la tan gradual redistribución. Quizá sin saberlo, el discurso del camionero recorrió los tópicos fundamentales del modelo ortodoxo: impuestos, inflación, inseguridad. Y de esa manera, en lugar de un acto en defensa de los derechos de los trabajadores, se convirtió en una apología despiadada de los sectores más privilegiados de la economía.
El impuesto a las ganancias –a los ingresos, sería más correcto- no es una exclusividad de nuestro país. Casi todos los países tienen ese recurso recaudatorio entre los ciudadanos que perciben mayores ingresos. No es maldito, como afirma Moyano, sino muy extendido. Y en los países vecinos, el tributo afecta a ingresos más bajos en relación con el salario mínimo. Esta discusión no debería centrarse sólo en el mínimo no imponible, sino en las escandalosas exenciones de las que gozan algunos sectores con ingresos siderales. Con respecto a este tema, el dirigente gremial adopta la mirada individualista sobre el rol del Estado y niega cualquier intención solidaria. Para que quede en claro, este impuesto es progresivo, pues aporta más el que más gana, a diferencia del IVA, al que todos contribuimos por igual y por eso es regresivo.
En un tono exagerado y ensayando para su participación en “A dos voces”, Moyano le exigió al Gobierno que “se ocupe de la inflación, que carcome el salario y todos los bienes de los argentinos”. Aunque los poderosos de la economía no le pidieron tanto, el camionero arremetió con un tema que no comprende demasiado y que resulta doloroso para la historia de nuestras dramáticas crisis. Si el orador tuviese treinta años, uno puede disculpar sus yerros, pero en alguien que supera con generosidad el medio siglo, focalizar sus palabras en la inflación sugiere intenciones oscuras. No hay que ser un experto, sino tener memoria. Para los exponentes del establishment, los reclamos por la inflación esconden la intención de controlar la emisión monetaria, recortar el gasto público, enfriar la demanda, elevar las tasas de interés, podar los derechos laborales y contener las aspiraciones salariales. Porque de esta manera garantizan mayores ganancias con menor inversión. Y esas medidas no sólo no van a reducir la inflación, sino que van a producir un estancamiento de la economía.
La inflación no es culpa del INDEC, sino que forma parte de la puja distributiva de los ingresos. La inflación no es un problema en sí mismo, sino el resultado de distorsiones estructurales que devienen de una economía que está en pocas manos. Y mucho de angurria, ausencia de ética y abandono de toda forma de solidaridad. Quizá Moyano no sabe que el acomodamiento del precio de los alimentos es un fenómeno mundial y constante. Tampoco debe saber que la revista británica The Economist –cuyo director nada tiene que ver con La Cámpora- considera que Buenos Aires es una de las ciudades más baratas del mundo. Sobre un total de 131 países estudiados, la CABA se ubica en el puesto 102, por debajo de San Pablo (28), Nueva York (47) y Montevideo (66), que son más caras. Y, de acuerdo a un estudio elaborado por la ONU, de los 196 países que integran esa organización, Argentina se sitúa en el puesto 141, lo que la convierte en una de las más baratas.
Por si todo esto fuera poco y para garantizar unos minutos en los medios opositores, también hizo referencia a “la inseguridad, que sufrimos todos los argentinos, sin distinción de banderías de clase de ninguna naturaleza”. La inclusión de este tema puede contribuir, además, a conquistar al público cacerolero, que se fascina con cualquier promesa de mano dura o linchamiento exprés. Otro guiño: la jubilación. Tema que duele a los especuladores financieros desde que el Estado recuperó los fondos de los trabajadores que estaba en manos de la rapiña. Tópico que obsesiona a los que cobran los haberes más elevados. Y siempre la misma estrategia: toman como ejemplo a un jubilado de la mínima para justificar el 82%, que terminará beneficiando a los que perciben las máximas. Argumento carroñero, si los hay. Si bien con el haber mínimo un jubilado no puede vivir con comodidad, no hay que olvidar las dos actualizaciones anuales y los beneficios que incorpora PAMI para sus afiliados, como medicamentos, traslados, atención domiciliaria, bolsones de comida. Y eso debe considerarse también como parte de sus ingresos. Insuficiente, tal vez, pero mucho más digno que lo que percibían una década atrás. Y, para hacer un poco más miserables sus demandas, la ampliación del número de beneficiarios a través de moratorias, que significó una notable medida de inclusión.
En síntesis, si los reclamos de Hugo Moyano en la concentración opositora se convirtieran en acción, nuestra vida social, política y económica estallaría en poco tiempo como ocurrió once años atrás. Pero precisamente, la elección intencionada de esta fecha -19 de diciembre- tuvo como objetivo homologar aquéllos trágicos momentos con nuestra situación actual. O peor aún: apuntar a la desmemoria. Sólo el dirigente sabe por qué ha tomado ese camino, el de la negación absoluta del proyecto que apoyaba hasta hace poco más de un año. También conoce –y no es el único- la calaña de sus nuevos aliados. Lo que ignora es la manera en que su figura se está desdibujando. Lo que no advierte es que su palabra está plagada de contenidos que le son ajenos. Lo que no entiende es que su discurso no contiene promesas, sino amenazas. Las que susurran en sus oídos los gestores de nuestro peor pasado que, como sea, quieren retornar al poder. Cuando ya no sea funcional a esos intereses, qué solo quedará el camionero.

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