lunes, 14 de julio de 2014

Después del Mundial, la historia continúa



Por muchos motivos nuestro país ha logrado una ineludible visibilidad en estos días. Lo más pintoresco es el protagonismo en el Mundial de Brasil. Algunos dirán que los alemanes se alzaron con la Copa, pero la Selección empató el partido. Sin dudas, estamos en problemas con la Justicia Imperial. A pesar de la derrota, en las distintas plazas del país, hubo muchas banderas que decían “Simplemente gracias” y eso emociona. Pero, además del heroico papel de los jugadores, la efusión de la hinchada inundó los estadios tanto física como espiritualmente. Convertir el Sambódromo en un tangódromo –al menos, temporalmente-, poblar Copacabana con cánticos teñidos de celeste y blanco y deambular por la playa como si fuera una Mar del Plata carioca en plena temporada es lo que los medios internacionales más han destacado en esta Copa del Mundo. Los más de 100 mil argentinos que se trasladaron a los estadios en que se jugaban los partidos no huyen de la dictadura K, sino que evidencian que no estamos tan mal como insisten algunos. Un relato que resulta falso desde varios puntos de vista. El otro asunto que coloca a Argentina en una marcada centralidad es el conflicto con los buitres, algo mucho más grave, aunque no tan peligroso como aparenta. Como la razón está de este lado, sólo hay que esperar que el enemigo, de tan enloquecido, dé algún paso en falso.
O por lo menos que graznen menos. Si hace unas semanas, Paul Singer exigía un pago en efectivo, los voceros que llegaron a hacer lobby con los caranchos locales ahora incluyen la posibilidad de aceptar bonos. La firmeza de la posición argentina y los apoyos internacionales recibidos han hecho agachar la cabeza al carroñero. No mucho, pero la jugada maestra de depositar los fondos para los bonistas puso en jaque a la arbitrariedad del juez Griesa, que debió interrumpir una vez más sus vacaciones en Montana para dar una orden de consecuencias gravosas. El Bank of New York, rompiendo su papel de entidad pagadora, retiene el dinero de los bonos del canje más allá de toda legalidad y lógica, lo que puede traer nuevos dolores de cabeza para el imperial magistrado.
Esto, además de haber interpretado de manera forzada la cláusula pari pasu, que exige igual pago a todos los acreedores. Pero hay una ilegalidad más cometida por Griesa: la omisión de la doctrina Champerty, establecida en la sección 489 de la ley del Poder Judicial de Nueva York. Esta doctrina prohíbe la compra de deuda en default con el objetivo de litigar en la jurisdicción de Wall Stret. Un poco más claro: lo que hizo Paul Singer no está permitido en los tribunales de Griesa, porque compró bonos de deuda colapsada no para obtener una ganancia con el canje, sino para reclamar mucho más. Tanto la razón como la ley están de nuestra parte. Lo único que nos patea en contra es un sistema judicial alineado sin disimulos con estos intereses minoritarios y destructivos. 
El partido interior 
En casa también tenemos conflictos similares. Mientras periodistas opositores insisten con la fábula de que los jueces obedecen al Gobierno, la realidad muestra, una vez más, que mienten con descaro. La cautelar que frenó durante cuatro años la LSCA, la que protege al diario La Nación de pagar lo que debe a la AFIP, la que frena la expropiación del predio de la Sociedad Rural en Palermo, el anticonstitucional veto de la Corte Suprema a la ley de reforma del Concejo de la Magistratura inducen a pensar lo contrario. Y hay mucho más, por supuesto. El poder patricio de algunos jueces se ha puesto la camiseta opositora y hace lo imposible para debilitar a CFK y su equipo. El golpe más duro es el del procesamiento al vicepresidente Amado Boudou, que se sumerge en la incoherencia de seguir las fantasías domingueras de un periodista mutante. El juez Ariel Lijo se ha convertido en un emblema para los opositores y en una figura estelar de la embajada estadounidense.
Y, con buenos vientos, se transformará en un nuevo destituido. No por venganza, sino como castigo por obedecer la impronta destituyente orquestada por las corporaciones, dejando de lado cualquier sentido de justicia. Y por dar argumentos a los desorientados políticos de la oposición que, como no saben qué proponer para el año que viene, se enganchan en cualquier anzuelo con forma de micrófono. El inconsistente procesamiento de Boudou les sirve para poner en juego sus mejores dotes actorales ante cada sesión del Congreso. Insuflados por inexistentes aires republicanos, exigen renuncias y licencias sin tener en cuenta que, además de la presunción de inocencia, los tiempos judiciales son por demás de laxos y su eficacia, dudosa.
Mientras siguen lloviendo deslegitimaciones y mentiras sobre CFK y su equipo, mientras hablan de aislamiento y fin de ciclo, las cosas siguen funcionando más o menos bien.  O al menos, mucho mejor que en las décadas anteriores. El presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin estuvo el sábado en Buenos Aires para confirmar una alianza estratégica de inversión, desarrollo e intercambio comercial. Este fin de semana llegará el presidente chino Xi Jinping pero antes, La Presidenta viajará a Fortaleza para sumarse, juntos con los miembros de la UNASUR, a la cumbre de los BRICS. Tanto China como Rusia apoyan el ingreso de Argentina a este reciente bloque multilateral que promete modificar el orden mundial establecido después de la Segunda Guerra.
Ahora que ha terminado el Mundial, la agenda informativa retornará a su cauce normal. Las bombas de estiércol con forma de titulares volverán a ser el alimento cotidiano para una parte del público, manipulado, confundido y odiador. Mentiras y desmentidas se entrecruzarán en una patética coreografía con desigual alcance: algunos sólo acceden a las espasmódicas volteretas de la prensa hegemónica. En fin, lo de siempre. Unos fabulan, otros exageran. Unos preparan un funeral y los otros pergeñan la resurrección. Unos se esfuerzan en demostrar que todo es un desastre y los otros dicen que andamos por el camino correcto; no es la histórica frase del Infame Riojano, “estamos mal, pero vamos bien” sino “estamos bien y vamos a estar mejor”. 
Como pasó con la Selección: no es la primera, sino la segunda; el planteo no ha sido perfecto, pero es perfectible; comenzó con flojedad y fue conquistando fortaleza; arrancó como una suma de individuos y terminó como integración de sujetos. Quizá la principal moraleja ronde por la garra, el compromiso y la construcción de un colectivo. Tal vez pase por sentir los colores más allá del partido. De esto puede surgir no sólo una nueva manera de pensar el fútbol, sino el país en su conjunto. Los chicos que practican en serio este deporte sueñan con cruzar el charco y coronarse en algún club europeo, como los intelectuales del siglo XIX, que convertían ese viaje iniciático en una tarjeta de presentación para acceder a la sociedad criolla. Un resabio de la colonización que todavía persiste y dificulta la construcción del país que nos merecemos. Como los brasileros que festejaron la victoria del equipo que los había humillado, muchos argentinos miran al Norte con una especie de amor platónico destructivo. Y bueno, estamos en construcción y las contradicciones son admisibles. Al menos, por un ratito.

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