lunes, 18 de agosto de 2014

Las inestables balsas para navegar al pasado



No merece mucho espacio la conmovedora actuación de la diputada Elisa Carrió, aunque haya sido la más aplaudida. Dejando a un lado todos los calificativos que inspira su figura pública, llama la atención el nuevo significado que aporta a su carrera. En realidad, no es tan nuevo, pero su histrionismo en continuo perfeccionamiento lo hace parecer así. En los estudios de TN, ante dos interlocutores que no sabían cómo conducir la entrevista, Carrió volvió a hacer lo mismo que ha hecho siempre, pero con un dejo de desesperación parecido a la impotencia: afirmó -aunque no haga falta- que no es política y se mostró como una pieza fundamental para un sacrificio patriótico. Ante un abismo que sólo ella presiente, se inmoló en su templo favorito para salvar a la República y declaró su profundo amor a los argentinos, “incluidos los kirchneristas”, que siempre aparecen en su discurso como si fueran invasores. En realidad, no es el único exponente de la oposición que considera así a más de un tercio del electorado: los K son bestias salvajes dispuestas a arrasar con los bienes del país.
Con este mantra que orienta sus intervenciones, los que tratan de heredar la banda presidencial arremeten contra cada iniciativa oficial, sin importar agachadas ni contradicciones. Mientras buscan conformar las más excéntricas alianzas, recitan sandeces con forma de argumentos para despertar el beneplácito del establishment. Siempre tienen que estar en contra, porque si no, no vale. No importa el tema, ni sus motivos y sus posibles beneficios. Todo lo hecho y por hacer por el Gobierno está absolutamente mal, aunque si estuviéramos como ellos dicen, se haría evidente a nuestro alrededor. Y encima, lo que ellos sugieren como salida es lo mismo que nos llevó a la ruina a principios de siglo.
Socialistas que ponderan la libertad de mercado y conservadores que proponen cambiar todo, como si fueran revolucionarios. Mientras elogian la AUH, el incremento de las jubilaciones y otras medidas de inclusión, embisten como toros enfurecidos contra toda carga impositiva, que desfinanciaría esas herramientas. Mientras se lamentan por la falta de inversiones, aplauden a los que evaden, fugan y lavan. Mientras revolean porcentuales inflacionarios, desdeñan cualquier acuerdo de precios y despotrican contra la mínima iniciativa de control en el mercado. Que el Estado ponga plata o conceda exenciones impositivas está bien, pero nada de vigilar lo que se hace con esas sumas.
Durante esta semana, los medios opositores propusieron como tema de agenda el incremento de la desocupación, con una alarma innecesaria. Pero ya sabemos cómo es la estrategia: cinco despedidos se multiplican al infinito con la repetición del título a lo largo del día desde todas sus propaladoras de estiércol. Ante estas advertencias sobre la insignificancia, se produce en algunos sectores el efecto contagio: si está de moda despedir, habrá que sumarse a esa nueva ola. Y si no se despiden trabajadores, se suspenden, total, con las estrategias comunicacionales desplegadas se transformarán, para el público, en el más temible número que indica una crisis.
Si La Presidenta denuncia penalmente a la multinacional Donnelly por quiebra fraudulenta y repentina, inmediatamente salen a esgrimir las más descabelladas inconsistencias. Para ellos, un empresario tiene derecho a hacer cualquier cosa, de acuerdo al ideario que sostienen. Un privado puede evadir, especular, contrabandear, desabastecer, estafar sin que el Estado deba hacer nada para detenerlo. Eso es la libertad de mercado, presentada no como una mirada ideológica sobre la economía sino como un derecho constitucional. Claro, para ellos inseguridad es sólo que un motochorro robe un bolso y no que una empresa cierre sin motivos y deje en la calle a 400 trabajadores. Para ellos, inseguridad son las salideras, entraderas, mediaderas y demás innovaciones delictivas y no la angurria despiadada que se manifiesta en los precios.
La libertad de mercado ingresó plenamente a nuestro país con el golpe de 1976 y pronto se transformó en libertinaje. En realidad, para eso se produjo la interrupción institucional, no para salvarnos, sino para someternos a la avaricia de los personeros del Poder Económico. A medida que se incrementaba la deuda externa, se multiplicaban las fortunas. Quien tenía siete empresas, terminó con 40. Y las pagamos entre todos. Las estamos pagando todos. Con el retorno a la democracia, no se conformaron con el saqueo realizado y presionaron al gobierno de Alfonsín para que desista de aplicar cualquier modelo que lime sus privilegios. Impacientes, derrocaron al gobierno a fuerza de especulación porque su mejor emisario estaba precalentando. El Infame Riojano les facilitó todo y con la continuidad de De la Rúa, nos hundieron como nunca. ¿Y todavía tienen cara para reflotar esas nefastas ideas? ¿Cómo puede ser que algunos argentinos que nunca se verán beneficiados con estas ideas las tomen como propias?
La respuesta a esta pregunta la dio Carrió. Después de explicar su desplante y embestir contra los gatos, aportó un elemento para el desconcierto, para sembrar confusión al reducido número de individuos que la votan, cada vez más cercados geográficamente. El caótico escenario que estamos padeciendo tiene como única salida el abandono de toda posición ideológica. Claro, cuando el agua nos llega al cuello, no importa el color del salvavidas. Este es el lema que subyace en todos los que intentan derrotar al kirchnerismo en las próximas presidenciales. Claro que, para subirse a cualquiera de esas balsas es necesario creer que hemos naufragado. Pero, como nada de eso ha ocurrido, sigamos navegando en este velero que ya ha demostrado muchas veces la solidez de su madera y del rumbo que ha emprendido.

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