lunes, 25 de abril de 2011

Populares, populistas y demagogos

En los últimos tiempos, lo más interesante que está ocurriendo –al menos desde el punto de vista discursivo y simbólico- es el debate, la discusión, la reformulación de términos que parecían estar en el congelador. Por supuesto, tanto la última dictadura como el aluvión neoliberal de los noventa contribuyeron a construir el museo de las significaciones, donde muchos conceptos fueron embalsamados y sacados del medio.
Hoy, al menos un sector importante de la sociedad, está dispuesto a desempolvar ciertos términos y no dejarse engañar por los simples formulismos y consignas que algunos esgrimen como si fuesen palabras mágicas. La semana pasada estuvo en nuestro país el filósofo español Fernando Savater y tal vez sin saberlo, se sumó a la ola de intelectuales extranjeros que vienen a apoyar a la desvalida oposición. Tanto Savater como Vargas Llosa califican al gobierno de Cristina, Chávez, Evo Morales y Correa como ‘populistas’ y con eso, parece estar todo dicho. Por supuesto, de esta manera pretenden descalificar las acciones de cualquier gobierno que intente modificar las reglas de juego del imperio de las grandes corporaciones económicas.
En un modesto intento de esclarecer un poco la discusión, este humilde blog va a aportar una modesta distinción entre algunos términos en cuestión. Cuando desde ciertos sectores se habla de ‘populismo’, se está definiendo a un gobierno  como cercano a lo demagógico. Supuestamente, lo peor que le puede pasar a una democracia es caer en el populismo demagógico.
Veamos las diferencias que existen entre estos tres términos: popular, populista y demagógico.
Tanto lo popular como lo populista, tiene una raíz en el pueblo, generalmente definido como los sectores más desprotegidos de una sociedad, los más desfavorecidos, los más saqueados. Un gobierno popular sería aquél que atiende las demandas de los sectores más excluidos de la población, que a través de ciertas medidas los sustrae del lugar al que han sido marginados y garantiza los derechos elementales y poco a poco los incorpora a una vida digna.
Cuando se habla de populismo, se agrega un plus discursivo y efectivo que se relaciona con el origen de la marginalidad. La pobreza, la exclusión no son producto de una enfermedad, no es una bacteria que se incorpora en el organismo de algunos miembros de la sociedad y los convierte en pobres. La pobreza es el resultado del capitalismo más extremo y salvaje, ávido de riquezas y nunca satisfecho. Entonces, el populismo no sólo ataca los resultados de la acción avaricienta de los sectores más concentrados de la economía sino también a quienes dan sustento ideológico a esa acción, a las élites siempre privilegiadas, a los partidos tradicionales cómplices o aliados en ese saqueo. Claro, un gobierno populista necesita transformar hasta cierto punto las reglas del juego para que las medidas tengan un resultado real sobre la población más vulnerable. Es en este punto donde radica el problema. Los exponentes de esas clases, sus defensores, apelan al término populista para desacreditar las acciones de un gobierno así y lo convierten casi en un sinónimo de ‘demagogia’.
La demagogia es una distorsión de la democracia que sólo apela al plano discursivo. Las transformaciones que enumera un demagogo son sólo superficiales y se basan en la adulación excesiva del destinatario de un discurso. El demagogo maquilla una sociedad desigual, construye una ficción a partir de meras promesas.
Tomemos un par de ejemplos. El “Fútbol para todos” puede parecer una medida demagógica cercana a la metáfora del pan y circo. El gobierno distrae la atención del pueblo garantizando el acceso a la transmisión de los partidos y lo aleja de los problemas reales, como la dificultad para adquirir alimentos, por ejemplo. El “Fútbol para todos” oculta los problemas reales de los sectores vulnerables de la población. En un contexto de crisis, una medida así maquillaría la dificultad para eliminar la pobreza. Sin embargo, la transmisión en la televisión abierta de los partidos del torneo nacional es una decisión que se tomó en un contexto de recuperación económica y de redistribución del ingreso que la transforma en una medida populista, pero no demagógica. Si se hubiese realizado en marzo de 2002, a pocos meses de estallar la crisis económica más grave por la que atravesó nuestro país, entonces sí podría catalogarse como una medida demagógica.  El mismo análisis podría hacerse con los feriados de carnaval. Los límites entre lo populista y lo demagógico se clarifican de acuerdo al contexto económico. Lo populista apunta a transformaciones profundas en el reparto de los ingresos y ataca la desigualdad. Lo demagógico oculta esa necesidad de transformación y sólo resulta efectista y superficial.
Por supuesto que el debate no se agota en estas líneas y no es el objetivo hacerlo. Pero, al menos, cuando escuchemos que alguien utiliza la calificación de populista a un gobierno, pensemos en quién lo dice, por qué lo dice, para qué lo dice y para defender a quién lo dice. Tal vez empecemos a comprender que ‘populismo’ no es un defecto, sino una virtud.

2 comentarios:

  1. Lo curioso o lo que habría que preguntarse más allá de las definiciones de la verborragia empleada es a que se debe la presencia en el país de estos particulares intelectuales que desembarcan inéditamente en estas tierras agitando banderas nunca antes izadas con otros gobiernos que dotaron al país de los más graves índices de disparidad social en la historia de la democracia. ¿Serán los neo mercenarios de la ridícula oposición?.

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  2. http://prohibidofumarx.blogspot.com/2011/04/telefono-para-678-se-llama-capitalismo.html

    Saludos..

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