lunes, 11 de agosto de 2014

Oposiciones intestinas



Cuántas veces en nuestra vida hemos recibido los famosos regalos de los tiernos pajaritos. Para los que tenemos nuestra cabeza despoblada, la sensación es diferente que para los que ostentan cabello. Uno siente que algo un poco más que tibio hace impacto en la superficie y comienza a desplazarse por la fuerza de la gravedad para derramarse por uno de los flancos. Una experiencia que algunos dicen que trae una suerte que nunca llega. Menos mal que sólo estamos expuestos a gorriones y palomas, porque si fueran buitres, otras serían las consecuencias. Y si los volátiles fuesen personas, el tránsito por la calle sería impracticable. Aunque algunos se arrastran dejando sus huellas infectas para recordarnos que existen y hay que cuidarse de no quedar empantanados en su merdoso camino. En estos días de ataques y recuperaciones, algo de eso pudo verse, pero el viento sureño los descoloca y barre los repulsivos hedores que destilan.
De no creer: hay quienes se enfurruñaron con la aparición de Guido y sus disimulos duraron apenas unas horas. Pasada la sorpresa, retornaron a sus lucubraciones. Que el gobierno, a quien nunca le interesaron los DDHH, se apropió del hecho o que hay que dejar de mirar el pasado y demás sandeces comenzaron a circular en los días subsiguientes. Y, como no podía ser de otra manera, vuelta a las andadas.
El que intentó más originalidad fue Martín Caparrós, aunque no el más eficiente a la hora de arrojar su estiércol. Como buen intelectual, inventó el término famoseo y se lo atribuyó a Estela, como si fuese un mediocre personaje de los que pululan por los programas de chimentos. Pero lo peor es que jugó con el número, como si eso no importara. Desde las cuatro de la tarde de ese emotivo martes, el núcleo informativo de la novedad tenía tres elementos inseparables: Estela, Guido y 114. Para las once de la noche, hora de emisión de Palabras más, palabras menos, esa cifra estaba grabada en todos nuestros corazones, salvo en el de Caparrós, cuyo resentimiento no le permite sentir. Allá él, si se preocupa más por mantener tiesos sus bigotes que por disfrutar estas alegrías irrepetibles.
Quien aprovechó la volada fue Héctor Méndez, el titular de la UIA que, al ver que todos estábamos distraídos con lágrimas y celebraciones, clamó por una devaluación, como siempre hacen los que, en lugar de producir, buscan especular. Alguna vez tendrá que entrar en la cabezota de estos obcecados: si el dólar sube, podrán ganar un poco más a la hora de exportar, pero perderán al momento de importar insumos. Y además, eso servirá para que los vivillos de siempre incrementen los precios de los productos en el mercado interno. Kicillof contestó con una frase para la historia: “para los problemas reales hay que tener propuestas y para las dificultades inventadas, hay que ir a un psicólogo”.
Un contraataque imprescindible
Ajeno a estas felicidades mundiales, el juez Griesa sigue agitando su martillo. Ahora nos acusará de desacato y si no le obedecemos, como el comisario de Hijitus, nos hará repinporotear en el calabozo. Mientras sigue ordenando que pongamos la cabeza en el pico de los buitres, la Comisión Nacional de Valores denunció ante la Securities and Exchange Comission (SEC), entidad homóloga de EEUU, maniobras fraudulentas de Paul Singer. Según la hipótesis de Alejandro Vanoli, todo lo actuado por los litigantes en el tribunal del Patricio Magistrado hasta el 30 de julio formó parte de una operación para sacar tajadas de nuestra bonanza. Singer, que no puede ingresar a ese país pero es sumamente beneficiado por su Justicia, no sólo tiene bonos en default sino de los legítimos. Griesa, al bloquear el pago a los bonistas, dibujó una cesación de pagos que activó los seguros que Singer tenía contratados. Y para garantizar la treta, también es miembro del Comité de Determinación de Créditos Derivados, encargado de calificar si un país se encuentra en default para la aplicación de los seguros. Como se dice en el barrio: está en todos los lados del mostrador.
Pero Griesa parece un forastero en todo esto: sólo quiere sumisión, por más desastroso que eso resulte, no sólo para nuestro país sino para el sistema financiero internacional y las futuras reestructuraciones de deuda. Como un maestrito rural en blanco y negro, el magistrado reta a nuestro país por hacer comentarios sobre el litigio, en referencia a la solicitada en la que el Gobierno reitera la voluntad de pago, además de cuestionar el fallo y la mediación inclinada de Daniel Pollack. No sólo nos amenaza, sino que vulnera toda posibilidad de defensa y cercena nuestra libertad de expresión.
Con intenciones más políticas que legales, La Presidenta anunció una presentación ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya para denunciar a EEUU como garante de las injusticias de Griesa. Ya sabemos que el Imperio no se somete a ningún tribunal, por eso hace lo que hace con total impunidad. De cualquier modo, en el escrito, Barack Obama aparece como responsable y le reclama que presente “un medio de solución pacífica alternativo para resolver esta cuestión”. En definitiva, si el dinero depositado está en un limbo jurídico, que tomen una resolución: “o se embargan o se distribuyen los fondos”, desafió CFK.
Mientras tanto, en un intento de patriotismo que sólo puede conmover a los ingenuos, los empresarios criollos prometen sacar sus billeteras para realizar una vaquita. “Si yo tengo que poner plata, pongo –se envalentonó Eduardo Eurnekian, un emblema de los noventa- Los empresarios que van a participar son muchísimos más de los que se imaginan”. Que no se entusiasmen tanto, porque eso es un peligro: el resto de los acreedores fuera del canje, alentados por la generosidad empresarial, pueden tomar el camino del litigio y sería una historia de nunca acabar. Si quieren contribuir al crecimiento del país, que inviertan los dólares que tienen bajo el colchón para incrementar la producción y generar empleo en lugar de derrocharlos alimentando buitres. Ese sería un verdadero gesto patriótico.   
Agoreros, buitres y aliados no encuentran la vuelta al presente para retrotraernos al pasado. Por eso parecen tan obvios todos sus intentos. A no desalentarse: esta fiesta continúa. Sobre todo si atendemos una de las frases que Guido pronunció en la conferencia de prensa: “lo que más disfruto ahora es la felicidad en el rostro de los demás, que ven un espejo del trabajo cumplido". Quienes siguen vociferando falsedades, vomitando prejuicios, revoleando fallos, frunciendo el gesto quedarán cada vez más solos al costado del camino. Eso sí, no debemos descuidarnos porque siempre están dispuestos a preparar alguna celada a fin de recuperar el poder perdido.

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