lunes, 10 de noviembre de 2014

Las flores que desesperan



Las barbaridades que vomitaron algunos periodistas serviles sobre Casey, el purrete de 11 años que se atrevió a declarar su adoración por Néstor Kirchner, todavía siguen sorprendiendo. Pero no es por él que arrojan tanto estiércol sino por el peligro de que haya muchos más que se interesen por la política a tan temprana edad. Y lo peor, orientados en la dirección que ellos desprecian. Y la cosa puede ser más grave aún. Cuando uno de los cronistas le preguntó cuál era la medida que más valoraba, no respondió con el listado choripanero, la AUH, las jubilaciones, las viviendas, la salud, el aumento del presupuesto educativo, las netbooks, el FPT, los planes de inclusión o el satélite. Tampoco con el matrimonio igualitario o el derecho a la Identidad. No, nada dijo de los nietos recuperados, Aerolíneas Argentinas o los ferrocarriles. Lo que destacó fue la ley de fetilización asistida. Este chico, además de desear kirchnerismo para toda su vida y prometer que será presidente en 2050, no cree en la cigüeña, con todo lo que eso significa.
Que aparezca la cigüeña en este apunte no es poner en duda la versión aceptada por la comunidad científica del romance entre el espermatozoide y el óvulo. La cigüeña es una síntesis de lo que orienta el no-pensamiento de los que denuestan la denominada Década Ganada. La cigüeña es la dictadura K, la loca que nos gobierna, los chorros y demás lemas que alimentan el pensar cacerolero. La cigüeña incluye las profecías agoreras, los datos amañados y los titulares manipuladores. La cigüeña es la malsana intención de construir una realidad catastrófica como resultado de diez años de desgobierno mafioso, cleptómano e incapaz. Todo esto es la cigüeña: la estigmatización, el prejuicio, la negación, el desprecio.
Entonces, que Casey no crea en el mito del volátil que distribuye bebés desde un monopolio parisino sugiere un semillero que desespera a los nostálgicos de nuestros peores momentos. Alguno podrá decir que el muchacho nació con el kirchnerismo y, por tanto, es lo único que conoce. Pero lo que conoce le parece muy bueno. Si ve a sus padres felices, él también lo será. Y en sus padres está la historia reciente, las angustias padecidas, las decepciones, datos que, por su corta edad, le faltan para realizar una comparación.
Si Casey hubiera nacido en una familia cautiva de los medios hegemónicos, tal vez sería un pichón de cacerolero. Y creería en la cigüeña, por supuesto, porque vería a sus padres disconformes con el gobierno, a pesar de no padecer carencias esenciales. Quizá escuche insultos hacia La Presidenta salpicados con planes de viajes al exterior, renovación del mobiliario o cambio de coches. No vería infelicidad en su contexto familiar, sino indignación. La indignación que produce vivir en un país dividido por una ideología que creían erradicada y demolida, sometido a un autoritarismo bestial que no respeta la libertad de expresión ni la propiedad privada, que espía a los ciudadanos con la AFIP, que no deja “pensar distinto”, que defiende a delincuentes y ataca a los próceres con dibujos animados.
Si apareciera en la pantalla este Casey recitador de consignas más mediáticas que reales, los periodistas carroñeros se sentirían satisfechos. Hasta lo hubieran convertido en la estrella de la semana, admirados, embelesados por el modelo de juventud para el país que quieren restaurar. Pero apareció el Casey que menos esperaban, el menos deseado, el que ha incorporado a su joven memoria más derechos que injusticias, más logros que fracasos, más rosas que espinas.
Un modelo para la frustración
Otro tipo de fracaso provoca que estos archiconocidos comunicadores apelen una vez más a las analogías con el nazismo, el estalinismo y el fascismo: la desesperación por no poder imponer el modelo de ciudadano para el futuro que pergeñan. Habría que recordar que en el siglo pasado, la prensa y algunos intelectuales patricios también calificaron como autoritario al gobierno de Yrigoyen y Perón. Para el establishment es autoritario cualquier intento de disputar el poder a sus integrantes, de limar un poco sus privilegios, de distribuir una mínima parte de sus cuantiosas ganancias. Y los medios de comunicación propagan sin cesar ese ideario para conmover a algunos integrantes de las clases medias, sobre todo aquellos individuos que gustan identificarse con la causa de los más poderosos.
Para ellos, el modelo de niño no es Casey. Si hay muchos como él, les costará recuperar el país de sus apetencias. Todo por culpa de esas ideologías perniciosas que impulsan la equidad, la inclusión y todas esas sandeces tan poco neoliberales. Ellos necesitan niños que simpaticen más con Disney que con Paka-Paka; que se ahoguen en las aguas del consumismo, extremo patológico del consumo moderado; que vean pelis yanquis y coman pop-corn, en lugar de disfrutar de Encuentro con mate y tortas fritas; que envidien el fútbol codificado del vecino, en vez de apasionarse con los partidos gratuitos. Ellos sueñan con niños que se formen como individuos egoístas y no que se alegren por conquistas colectivas. Ellos modelan niños que se alejen lo más posible de la política y no que militen desde la adolescencia. Ellos quieren niños insolidarios y discriminadores, manipulados y ambiciosos, escaladores y alcahuetes. Pero la movida no les salió bien y se la ven venir.
Por eso tratan de imponer un modelo de candidato que, aunque apolillado, pueda resultar atractivo. Un postulante sonriente y atildado, que asegure la paz aunque no estemos en guerra;  que prometa un montón de cosas, aunque no diga cómo las cumplirá; que se lleve bien con todos y rehúya a las discusiones; que hable sólo de futuro sin una pizca de pasado; que proponga un país maravilloso al que llegaremos sin esfuerzos ni peleas, sin revanchas ni rencores. Un político que no hable de política y que diga lo que el oyente quiere escuchar. Superficial, dinámico, optimista, como un exitoso vendedor de seguros. Atractivo pero no bello; galán pero no baboso. Su gran amor siempre será una modelo y si la elección provoca escándalo, mejor. Y si no se puede todo esto, habrá que importar algún éxito del espectáculo o del deporte y se convencerá al votante de que un extra político es lo mejor para sanear el país. Así es el candidato ideal para los integrantes del Círculo Rojo: un auténtico demagogo; un verdadero mayordomo.
Esta será una carrera apasionante. Crucial, también. Con bifurcaciones, desvíos, atajos. Engaños y difamaciones. Celadas y embestidas. Tendrá también estos señuelos con forma de candidato prometedor. No serán, por supuesto, una tentación para la mayoría. Sólo unos pocos depositarán su confianza en tan poca cosa. Quien no ha entendido de qué se trata esto, ya no lo entenderá más: quedará expuesto a los vaivenes del rating y a los chimentos que memorizará sin comprender, con los cacharros dispuestos para meter barullo cuando los trajeados de la tele lo ordenen. Y hará catarsis grupal bianual junto a otros individuos que, como él o ella, han renunciado a ser ciudadanos para convertirse en televidentes. Allá ellos, quedarán cada vez más solos frente a las cámaras y nadie habrá del otro lado del vidrio para consumir sus consignas belicosas. Los demás -la mayoría- estaremos celebrando la reafirmación del camino que nos sacó del más oscuro pantano.

1 comentario:

  1. Una aclaración que creo innecesaria, pero puede ser pertinente. Lo del "listado choripanero" está tomado de todo lo que niegan los agoreros y lo reducen a esta imagen de autómatas que repiten sin comprender por obra y gracia de un choripán. Además, Casey no tiene en cuenta los logros porque ya los tiene incorporados y destaca un derecho "casi exquisito" como la gratuidad de la fertilización asistida.

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