miércoles, 24 de diciembre de 2014

Un poder en vías de extinción



Ya no hay dudas: el establishment, representado por Clarín, comienza a comprender que otra vez será derrotado en las urnas. Extraviados por las ciclotímicas órdenes del Amo, sus serviles candidatos se enredan con cada línea del guión, lo que los vuelve in-votables. Para conquistar un par de puntos en la carrera electoral, El Favorito –no por mejor, sino por ser parte- deberá apelar a lo que más sabe, que no es la ingeniería ni la política, sino el más crudo y superficial marketing. Por eso la propaganda es el rubro que más crece en el presupuesto de la CABA. Como ya es muy evidente que el maquillaje que simula la ausencia de gestión se está desmoronando, los carroñeros recrudecen sus ataques mediáticos como única manera de vulnerar la creciente imagen positiva de CFK. Una pesadilla que no esperaban y de la que no pueden despertar.
Titulares que convierten en denuncia las fantasías de sus escribas, políticos de segunda o tercera línea que brindan su escasa legitimidad para aportar mayor volumen y unos cuantos jueces patricios que estampan su rúbrica a los escritos periodísticos para prolongar la vigencia de la patraña. Total, cuando se resuelvan estas no-causas, el resultado de las elecciones estará sobre la mesa y si no ganan, siempre habrá ingenios dispuestos a alimentar los prejuicios del público con informes de dudoso fundamento. Uno piensa que algún día se cansarán, pero no: energía es lo que les sobra cuando el objetivo es recuperar el poder y transformar al país en su exclusivo coto de caza. Si no es en 2015, será en 2019. Siempre tendremos el fétido aliento soplando sobre nuestras espaldas y sus babeantes fauces acechando a la espera de un descuido.
Mientras los candidatos opositores se preparan para la recta final, los integrantes del Círculo Rojo despliegan una estrategia de desgaste avanzando con sus piezas preferidas: los jueces. Ariel Lijo disparó contra el vicepresidente y Claudio Bonadío apunta su pluma envenenada contra La Presidenta y su hijo. No importa si lo que investigan es insostenible, lo importante es mantener el tema, indignar a una porción del público, desprestigiar la política. Ninguno de sus lectores se preguntará por qué los únicos corruptos parecen ser los K, porque sólo buscan excusas para despreciar. Tampoco les parecerá extraño que, a pesar de la corrupción generalizada –incluso mayor que la del menemato- las cosas no funcionan tan mal. No importa que las piezas no encajen bien en el rompecabezas odiador, mientras garantice que ningún candidato de Cristina gane las elecciones presidenciales. Hay que cambiar porque no se aguanta más tanta equidad, tanto crecimiento del consumo, tamaña felicidad en las mayorías. Que instauren la alternancia por decreto, así el próximo presidente nos integra al mundo, nos entrega como sacrificio a los buitres y nos hunde en los más pestilentes pantanos.
Oposición de papel y tinta
Los seguidores de sus medios nunca se enteran de otra cosa más que de los chanchullos de Cristina y su pandilla. Los demás actores de la política son tiernas palomitas que recién abandonan el nido. Las tapas ya no se encargan de marcar una agenda periodística sino de estampar chismes de peluquería; los héroes no son deportistas sino jueces de oscura trayectoria que dirigen la mira de sus cañones a los principales personajes del Gobierno Nacional; las noticias que publican siempre están orientadas a sembrar el desaliento, a horadar la autoestima, a boicotear cualquier iniciativa que se aparte de la salmodia neoliberal. Si hay algún hecho que pueda considerarse positivo, aportan retorcidas interpretaciones para trocarlo en negativo. Si no encuentran la forma, lo sentencian a la ubicación más insignificante de la página o, cuando el ingenio no alcanza, directamente lo destierran a la papelera.
Algo así ocurrió con el anuncio de reducción del precio de los combustibles en un 5 por ciento. Omitir este hecho es no saber nada de periodismo o tener muy malas intenciones. Si jamás se hubieran dedicado al tema, está todo bien. Pero, si en lugar de rebajar, hubiesen aumentado, los titulares lo anunciarían en un destacado enorme y con luces de colores. Los dos principales matutinos ignoraron o minimizaron esta novedad –única en la historia, como muchas otras- que para los usuarios significarán 2000 millones de pesos en un año por cada diez centavos de rebaja. Por el contrario, Clarín y La Nación se han convertido casi en periódicos judiciales: denuncias, amenazas y lucubraciones del martillo anti democrático de la Justicia.
Tanta confusión siembran que los candidatos no parecen ser Macri o Massa, sino el juez Bonadío, a quien muestran como un coloso que no teme enfrentar a las autoridades surgidas de la legitimidad de las urnas. Más que procesos judiciales, semejan aprietes cuasi mafiosos. A cada paso que se da para avanzar en la distribución del ingreso, el establishment responde con un titular amenazante. Ya es imposible dudar de que la extravagante causa Ciccone sea una forma de venganza por la estatización de las AFJP, diseñada por Amado Boudou cuando era ministro de Economía. Venganza ejecutada por un grupo de periodistas creativos y el juez Ariel Lijo que le dio entidad y pidió el procesamiento del vicepresidente, con más confusiones que claridad. Cuando la Procelac avanza en investigaciones sobre lavado de dinero, el juez Bonadío declara en rebeldía a su titular, el fiscal Carlos Gonella, pide un juicio político y le impide salir del país.
Pero los jueces no están sólo para arrojar bombas de estiércol sobre el equipo gubernamental; también están para proteger al Poder Económico. Las medidas cautelares siempre están dispuestas para impedir que las leyes votadas en el Congreso puedan convertirse en medidas transformadoras. El caso del Grupo Clarín y la adecuación a la LSCA ya se ha convertido en un paradigma de la resistencia corporativa con soporte judicial. También la Sociedad Rural, que con una medida similar protege el predio de Palermo –adquirido sin poner un centavo en tiempos de Menem y Cavallo- de la expropiación dispuesta por el Gobierno Nacional. La democracia no está en su plenitud, a pesar de que hace 31 años que comenzamos a recuperarla. Ni lo estará, mientras uno de los poderes del Estado esté al servicio de aquellos intereses que están muy lejos de ser los de todos.
Pero no importa, cada vez son más los que comprenden que éste es el camino para construir el país que tantas veces nos han prometido y que ahora sí parece que comenzamos a merecer. Que las mágicas recetas neoliberales nos despojarían de todo lo que hemos conseguido en estos años; que cuando los que más tienen rechazan alguna medida es porque nos beneficiará a todos; que los poderosos nunca dialogan ni buscan el consenso: sólo están complacidos cuando imponen su angurria en nuestras vidas. Todo esto lo hemos comprendido, pero falta comprender mucho más. Que no hay que esquivar el conflicto, sino afrontarlo; que para profundizar la redistribución, los que más tienen deben renunciar a una parte de sus ganancias; que hay buenos y malos y debemos aprender a diferenciarlos; que la meta está muy lejos y nunca hay que frenar los pasos. Y algo que debemos grabar a fuego en nuestros corazones: los ricos no tienen razón, sino intereses; la razón está siempre del lado de los que persiguen fines colectivos. Si esta idea nos ilumina en estos días de festejos, ya nada podrá detenernos.

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