lunes, 18 de marzo de 2013

Los primeros mates en el Vaticano



Un malvado abandona el mundo en silencio, sin grandes estridencias. Pocos lo lloran y menos aún lo reivindican. Un poco de vergüenza deberá sentir quien levante una copa en su memoria o destine palabras de homenaje. No resulta conveniente escupir sobre su tumba, pero tampoco sacarle brillo. Sobre todo, si su paso por la vida ha resultado destructivo con énfasis. Y no porque se haya equivocado, sino porque ésa fue su intención. Ya es sabido: murió José Alfredo Martínez de Hoz, el padre de una criatura perversa con forma de modelo económico, que necesitó aplicarse a sangre y fuego y dejó a su paso un país arrasado. Para los distraídos, su nefasto plan reinó durante 25 años y recién en los últimos tiempos nos estamos recuperando. A pesar de todo eso, disfrutó de una prisión de privilegio y gozó de un tímido repudio. Nada de esto es lo que merecía, sino mucho más que eso. El indulto de Menem fue una ostentación de su poder y un nuevo triunfo de la impunidad.
La otra bestia sigue viva, aunque en una prisión verdadera que potencia su veneno que sabe destilar muy bien. Videla es el mote de esta especie altamente venenosa. Videla a secas, sin otro nombre humano. Un Videla que pontifica sobre las instituciones que él y sus secuaces se esforzaron por pisotear. Una advertencia para los incautos: no nos salvaron de nada. Ellos no reorganizaron nuestro país, sino que lo sometieron al peor de los planes: el exterminio. Un exterminio que muchos alaban y hasta desean. No en vano, con su voz monstruosa vomitó una proclama. El genocida Videla convocó a sus compañeros de armas en presidio a "armarse nuevamente en defensa de las instituciones básicas de la República, hoy avasalladas por el régimen kirchnerista". No conforme con esto, alucinó una nueva maldad con forma de esperanza macabra: "el rechazo de la ciudadanía a los procederes dictatoriales del kirchnerismo y sus secuaces les hará morder el polvo y esperemos que esta vez sea para siempre".
“¿Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma que le están degollando a sus palomas?”, se preguntaba hace mucho tiempo Violeta Parra en una de sus canciones. ¿Le podremos preguntar a este Papa made in Argentina sobre todo lo que no respondió Bergoglio? Porque ya está claro, no hay alfombra que pueda ocultar el pasado horroroso de nuestro país. Más aún: erradicar los tapetes es una condición esencial para planificar cualquier futuro. Y está demostrado, por más que quieran ocultar, tapar, reconciliar, el escabroso pasado encuentra resquicios para  explotar. Así que esta vez, a enterrar la mano donde sea, hasta el fondo y exigir a los jueces que dejen de mirar para otro lado y dirijan su mirada hacia una Justicia verdadera y definitiva. Hay muchos culpables que superan los ochenta y no pueden morir impunes. El país no espera eso y tampoco lo merece. Si esos magistrados no tienen las agallas para apurar las sentencias, que dejen lugar a otros que sean más valientes y comprometidos. Y si postergan su obligación por coincidencia ideológica con esos engendros del horror, deben ser sustituidos por medio de un juicio político. Porque en este tema no hay libertad de pensamiento que valga.
¿En qué pensará Francisco mientras toma sus primeros mates en el Vaticano? ¿En la reconciliación o en la Justicia? La reconciliación es lo que se ha intentado desde el retorno a la democracia y no ha dado resultado. Cualquier muestra de blandura con los dictadores ha sido interpretada como una señal de triunfo por los que pergeñaron la destrucción de nuestro país. Después, el plan económico de Martínez de Hoz –sinónimo de guadaña- triunfó con Menem y provocó, a comienzos de este siglo, la peor crisis económica, social y política de que se tenga memoria. Y los que engrosaron sus arcas con nuestras angustias están impunes. También ha habido reconciliación con esos exponentes del sector económico, que todavía pugnan por apropiarse de todo, que todavía claman por un retorno al modelo que nos destruyó. Gracias a los juicios y la instauración de la conciencia democrática, no hay posibilidades de un golpe de Estado militar en nuestro país, a pesar de que muchos monstruos clamen por él desde sus prisiones. Pero hay otras maniobras que pueden provocar sacudones institucionales. El Poder Económico lo ha hecho durante la presidencia de Raúl Alfonsín y lo ha intentado muchas veces durante los diez años de gestión K. Si la reconciliación no da resultado con esos angurrientos, deberemos intentar otras estrategias para domesticarlos y obligarlos a que abandonen esas conductas tan salvajes y destructivas.  
El Papa Francisco parece acumular muchas exigencias sobre sus espaldas. Los ojos del mundo están puestos en cada uno de sus pasos. Como si solucionar el desquicio del mundo estuviera realmente en sus manos. Como si con un par de bendiciones pudiera transformar este escenario de crisis en un armonioso camping vacacional. Convengamos, no es Harry Potter, que sería la versión siglo XXI de Mandrake. Sin embargo, parece revestido por un halo mágico. Y sus palabras, gestos y señales apuntan a actuar como un bálsamo restaurador. El nombre elegido, sus primeras declaraciones, la ostentosa austeridad aparecen como un sello renovador. Todo sugiere que su reinado pontificio estará orientado hacia la pobreza. Claro está, no a acrecentarla sino, al menos, a atenuarla. Y ahí podemos retornar a la pregunta formulada unos párrafos atrás: ¿reconciliación o justicia? O en términos más terrenales: ¿caridad o redistribución?
“La Iglesia no tiene una naturaleza política sino espiritual”, declaró Francisco ante los medios. Con esa frase, sugirió ciertos límites. También, porta un estilo. Después de ungido como papa, en el balcón de la plaza San Pedro, vestido con ropas sencillas, salió a saludar al pueblo, un término casi eliminado del vocabulario vaticano desde hace cuatro décadas. Un gesto político cargado de símbolo. Como producto nacional, sabe lo que significa esa imagen, la de un líder que saluda desde un balcón a una multitud constituida como pueblo. Sabe la fuerza de ese término. No puede jugar con algo así. Cuando se habla de pueblo hay un compromiso. Dirigirse al pueblo y codearse con los poderosos es casi una traición. Nadie puede usar esa palabra falsamente. No es lo mismo pueblo que fieles. Esta última sugiere obediencia. En cambio la primera responde a un mandato; el que la pronuncia es quien debe obedecer.
Como es sabido, CFK viajó a Roma para tener con el Sumo Pontífice la primera audiencia. Para evitar los mordiscones de las hienas, el Tango 01 quedó en Marruecos y La Presidenta tuvo que concluir su periplo en un avión de línea. Otro símbolo del desquicio. Porque es la especulación financiera la que está poniendo en jaque la estabilidad del mundo. La angurria incontenible, la acumulación desmedida, la indiferencia de muchos gobiernos, entre otras cosas, provocan la crisis que muchos están padeciendo. Hablar de pobreza incluye referirse a estas cosas. Porque la pobreza, como se ha dicho muchas veces en estos apuntes, no es una epidemia ni un fenómeno climático, sino el resultado de un accionar despiadado. Tampoco debe ser considerada como una cuota de acceso inmediato al Paraíso Celestial. ¿Pensará Francisco en estas cosas mientras toma sus primeros mates en el Vaticano? Nadie pide que el Papa se transforme en un líder revolucionario. Pero, al menos, puede esperarse que ponga algunas cosas en su lugar y no bendiga más guerras y saqueos. Los optimistas irremediables esperan que eche un poco de luz sobre las sombras que amenazan el planeta. Sólo él puede despejar esas dudas, si sus símbolos son auténticos o sólo cáscara. En síntesis: una luz o peras al olmo.

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