lunes, 6 de octubre de 2014

Candidatos de la nada en una campaña larguísima



Mientras Ernesto Sanz se siente presidente por haber nutrido el Luna Park, Mauricio Macri molesta a los vecinos con visitas y llamadas telefónicas como principal estrategia para conquistar voluntades. En realidad, todos los candidatos de la oposición se están preparando como si las elecciones estuvieran a la vuelta de la esquina y no a más de un año de distancia. Eso no tendría nada de malo si no fuera por los intentos destituyentes del Poder Fáctico, que quiere desalojar al kirchnerismo para siempre. Y cuanto antes, mejor. Por eso, los que sueñan con vestir la banda en diciembre del próximo año se muestran prestos a proteger sus privilegios en el momento en que lo dispongan. Claro que, para obtener algún modesto lugar en el podio necesitan creer que el oficialismo agoniza, que hace todo mal, que estamos en crisis, que ya nadie quiere a Cristina y demás fantasías alimentadas por la prensa hegemónica. Si no creyeran en esto, la extensa campaña en la que se zambulleron no tendría sentido y deberían resignarse a cumplir las funciones por las que fueron votados en las elecciones pasadas.
Alguno señalará que las diferentes agrupaciones consustanciadas con La Presidenta también están haciendo actos y presentando candidatos. Pero los opositores empezaron primero: después de las legislativas del año pasado, para ser más precisos. Además, la sustancia es diferente. La forma, también. No es lo mismo convocar a una multitud para apoyar una trayectoria y consolidar su continuidad que juntar miles de personas para que escuchen insípidas consignas que sólo están en contra y proponen generalidades descafeinadas.
Una frase de Sanz basta para confirmar esta apresurada hipótesis: "somos los que tenemos que construir una nueva mayoría política y liderar este cambio de época que Argentina necesita para volver a ser un país próspero, justo, decente, confiable y respetado". El cambio de época que pretende liderar es más una imperiosa necesidad de una minoría que un sentimiento de la mayoría. Los cinco calificativos que propone para el país pueden resultar tentadores si estuvieran acompañados de algunas aclaraciones: en política, ya no es posible proponer una meta si no se explicita el recorrido. Y además, algunos de esos términos son un poco ambiguos, por no decir todos. ‘Próspero’ y ‘justo’ no significa equitativo. ‘Decente’ es tan caduco y cargado de moralina que no vale la pena elaborar una denostación. ¿Qué es un país decente?, podría uno preguntarle, si la intención fuera desbaratar un discurso marketinero. ‘Confiable’ ¿para quién y para qué?, sería la principal duda. Y la mejor manera de construir un país ‘respetado’ es defender con firmeza su soberanía, algo que el candidato no ha demostrado en el conflicto con los buitres. Y no es el único.
La potencia del tercer capítulo
En las antípodas de este solemne acto podríamos ubicar la convocatoria de Nuevo Encuentro en el estadio de Atlanta. El tercer episodio de la movilización kirchnerista no se ha quedado atrás en comparación con sus predecesores. Cuando el oficialismo -en cualquiera de sus versiones- convoca a la tropa, siempre levanta polvareda, algo que desespera a los succionadores y sus acólitos, que sueñan con ver repudiados y en soledad a todos los integrantes del Gobierno Nacional. Ese es su sueño, pero la realidad es la pesadilla: esta fuerza política es la única que mantiene una adhesión superior al 35 por ciento y exhibe la capacidad de convocar a multitudes exultantes y festivas. Lo que se niegan a admitir es que el proyecto es lo que entusiasma y no el candidato de turno, aunque sea Daniel Scioli. Y lo que más arruina su aparato digestivo es que Cristina mantenga una altísima intención de voto, algo insólito en un presidente que está a punto de terminar su segundo mandato. A no asustarse: esto no significa operar una modificación constitucional que habilite un tercer mandato, algo que, a esta altura, sería forzar la construcción de un mamarracho institucional. Aunque dan ganas, para desalentar tantas vociferaciones mediáticas.
No nos sentimos aliados del kirchnerismo –aclaró Carlos Heller, diputado por esa fuerza política- somos parte del kirchnerismo”. Esta es una definición importante, en contraste con las multifacéticas alianzas de las frágiles fuerzas opositoras, que mutan de nombres e integrantes con cada cambio de temporada. Una cosa es inventar una marca rimbombante con forma de salvavidas y otra converger en un proyecto de país cada vez más evidente y poderoso. Quienes expresan júbilo en cada convocatoria K ya gozan de una parte de la nación soñada y pugnan para que sean cada vez más los jubilosos.
Cuando Martín Sabbatella apareció en el escenario, lo pobló como si fuera un gigante. De intendente modelo para el establishment pasó a ser un enemigo público cuando asumió como presidente del AFSCA, encargado de aplicar la ley que desmantela los monopolios mediáticos. Ni bien se acercó al micrófono, comparó “la alegría de los militantes” con “la bronca y el odio que está del lado de los que pierden privilegios”. Y, como se viene vislumbrando cada vez más, advirtió que “los buitres de afuera y los buitres de adentro vienen por las conquistas porque no se bancan no decidir más”. Sabbatella no está hablando de desposeídos que luchan por mejorar su situación, sino de multimillonarios que, además de aumentar sus fortunas, quieren gobernar en su propio beneficio. Pero dejemos esto para el final, que promete ser potente. Una definición de Sabbatella puede ser la síntesis de lo que los agoreros no quieren comprender, aunque los enloquece. “El kirchnerismo no es sólo el presente, no es sólo un momento pasajero. Es una identidad que construyó un sentido de pertenencia”.  
Esto no es exagerado: los logros y derechos conquistados no sólo alegran a los beneficiados, sino que se convierten en patrimonio de todos. Por eso será muy difícil que los que prometen la Restauración Neoliberal alcancen La Rosada, por más que se disfracen de inocentes conejitos. El país normal, decente, unido que proclaman los opositores no es más que un retroceso a los tiempos en que las elecciones no eran más que una formalidad. Sin dudas, los integrantes del Círculo Rojo extrañan a aquellos presidentes que oficiaban de mayordomos o gerentes de sus destructivos negociados. Ahora que no pueden designar a los funcionarios, están al borde de la hidrofobia.
Y cuando empiezan a difundirse sus chanchullos se desesperan, aunque muchos jueces y funcionarios brinden una indignante protección. Las cuentas no declaradas en el extranjero, la fuga de divisas, la evasión impositiva y el aumento indiscriminado de los precios son algunas de las modalidades que toma el latrocinio. En fin, algunos privados tienden a succionar más de lo que les corresponde. Ya estamos entendiendo de qué lado tiene que estar el Estado para moderar esa tendencia hasta su mínima expresión. Eso es lo que la mayoría defiende y es lo que, sin dudas, va a elegir en las próximas elecciones. Como falta tanto tiempo, tenemos la posibilidad de divertirnos con los diferentes disfraces que elige la oposición para convencernos de que son los mejores. Que quede claro: divertirnos, pero no confundirnos.

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