viernes, 3 de julio de 2015

La película de los Buitres



Los especuladores disfrazados de organismos internacionales amenazan a Grecia y sus ciudadanos están ante una decisión crucial. El presente evoca nuestro pasado para que nadie se confunda. Entre tanto, el parlamento belga sancionó una ley para evitar el ataque de esas sanguijuelas, que ese país se convierta en una nueva presa y que un juez se muestre como el chef de un suculento plato. Además, para que a nadie le pase lo que a nosotros, la ONU está elaborando normas de convivencia entre los fondos especulativos y los terrícolas. La dramática experiencia que nos sorprendió apenas comenzado el siglo y la manera en que zafamos de sus garras se ha convertido en una película que quiere estrenarse en todos los países. Acá debería ser éxito de taquilla pero algunos prefieren mirar los bodrios que los medios dominantes inventan todos los días más para alimentar sus arraigados prejuicios que para tener una mirada sobre las cosas que ocurren.
Y ni se enteran de estas cosas; o tal vez sí, pero apenas consumen un título engañoso, que les presenta la crisis griega como si fuera una catástrofe climática o un error estratégico del nuevo presidente Alexis Tsipras, como si la historia recién empezara. Lo de siempre, memorizan un amasijo de datos confusos y manipulados que toman como información confiable. Si alguna vez la verdad les explota a la cara no se enojan con el que les ha mentido, sino con quien pone en evidencia el engaño.
Después, transitan por la vida como ciudadanos bien informados y críticos, seguros al afirmar que Venezuela es una dictadura que mete preso al que piensa distinto, sin tener en cuenta que el reo había planeado un golpe de Estado, con el asesinato del presidente incluido. Y sostienen esto ignorando que las más duras críticas hacia la República Bolivariana provienen de un país con reyes, príncipes, duques y condesas que acaba de sancionar una dura ley contra la libertad de expresión. Esos individuos colonizados por las manipulaciones mediáticas se convierten en un revoltijo difícil de de-construir y reordenar. Aunque uno gaste saliva en aportar datos certeros, seguirán recitando que a Nisman lo mató el gobierno porque denunció a la Presidenta, que hay que cumplir el fallo de Griesa porque lo dice la Ley, que lo que pasa en Argentina no ocurre en ningún país, que el Gobierno echó a un juez y no respeta la independencia de los poderes. En vano todo esfuerzo: hay una minoría que se deja llevar por sus prejuicios, aunque caiga en groseras contradicciones.
El estreno por venir
A esta conclusión ya hemos llegado muchas veces, pero nunca vamos más allá. Esto no significa la búsqueda del pensamiento único ni nada que se le parezca. Cada uno tiene derecho a pensar lo que se le da la gana, sin dudas. Eso como individuo. Como persona, tal vez no. Sentimientos, recuerdos y sensaciones también deben formar parte del pensar. Y como ciudadano, con sólo mirar en nuestro entorno podremos advertir que las cosas no están tan mal como pretenden hacernos creer. Desde el retorno a la democracia, jamás hemos vivido tantos años sin esos sacudones que nos alteraban la vida. Reconocer eso necesita cierta responsabilidad social. O al menos, un poco de honestidad. Ahí debe entrar el prejuicio, que es lo que prima.
El prejuicio ordena el pensamiento. Admitir que estamos mejor que antes significaría valorar, al menos, algunos aspectos del proyecto kirchnerista. Con admitir un logro, el entramado de repudios que han construido en estos años se desmoronaría como un castillo de naipes. Con la oscilación de una pieza, el efecto dominó los dejaría despojados del rechazo que han incrementado con cada titular. Quedarían desnudos y tal vez deslumbrados por una luz que no habían experimentado nunca. Quizá teman descubrir cuán equivocados han estado.
Por eso prefieren la película de los buitres, la de los medios hegemónicos, la que adultera la realidad con sus más destructores venenos, la que inventa hechos abusando de la libertad de expresión, la que presenta análisis descabellados a partir de esas invenciones, la que anuncia desde hace años las catástrofes más terroríficas. Esa película que muestra el sendero tenebroso como si fuera el más florido sendero y a los más fieros monstruos como tiernos cachorros. Tercos o masoquistas, prefieren seguir viendo esa película.
Mientras tanto, una mayoría creciente no se entretiene con estas horrendas producciones fílmicas. Hay otra cosa en construcción: el país que siempre hemos soñado y que recién ahora comenzamos a merecernos. Aunque en el futuro nos guíe alguien más opaco, ya conocemos el camino y de alguna manera armaremos una antorcha para apartar las sombras. De la película que narre esta historia, nos dedicaremos después.

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