jueves, 2 de junio de 2011

La exaltación del debate

Desde los medios de comunicación que estamos acostumbrados a consumir, escuchamos casi a diario una demanda permanente: la necesidad de diálogo entre las distintas fuerzas políticas del país. De manera un poco más siniestra, aparece otro término más suave y prometedor, el consabido consenso. En una entrada anterior, el autor de este espacio ya advirtió que tanto la idea del consenso como la del diálogo esconden algo que ya probamos y que, como colectivo que está convencido de construir otro modelo de país, debemos rechazar, pues en realidad, el consenso reclamado por ciertos sectores de la vida política y económica del país no es otra cosa más que el silencio ante el despojo. El consenso tan cacareado no es más que el triunfo de los sectores económicos más poderosos de nuestro querido país.
La semana pasada, la comunidad mediática vivó su momento de exaltación suprema ante la presencia de la escritora y crítica literaria Beatriz Sarlo en el programa 678. Salvo en las primeras emisiones de este producto que se exhibe por la TV pública, nunca asistió a la mesa de crítica de medios un exponente de la oposición al gobierno nacional. Las expectativas que despertó el hecho y las diferentes lecturas que se hicieron en los medios de las discusiones generadas allí variaron desde el podio victorioso de los opositores hasta la sensación de fracaso de los panelistas del programa.
Sin embargo, algo en lo que se coincidió es la validez del debate entre posiciones contrapuestas con respecto al momento que está viviendo la sociedad argentina.
En estos días, la sociedad peruana presenció un debate televisivo entre los dos candidatos presidenciales que van a competir en el ballotage de este domingo. Los pormenores del debate, al que muchos consideraron aburrido e insustancial, no lograron modificar el porcentual de indecisos.
En nuestro país no estamos tan acostumbrados a que los candidatos con más posibilidades de conseguir una representación ejecutiva protagonicen una discusión ante las cámaras de televisión con mayor posibilidad de audiencia. Se han emitido sí, encuentros en canales informativos de TV por cable y no con demasiadas repercusiones.
A partir de estos elementos, uno puede preguntarse para qué sirve este tipo de debates, a quién está destinado. Cuando uno entabla una discusión sobre cuestiones políticas, lo que busca es convencer al otro de los propios argumentos o al menos, llegar a la construcción de una conclusión más o menos compartida. Al someterse al diálogo uno tiene que estar predispuesto a dejarse convencer por los argumentos del otro, que puede tener ideas más consolidadas y con mejores fundamentos. Eso, por supuesto, en el caso de una discusión privada, digamos, entre amigos que tienen ideas diferentes pero hay un espectro simbólico más o menos compartido.
En el caso de la discusión entre dos candidatos y con público presente, la cuestión es diferente. Ambos contendientes, de posiciones contrapuestas y antagónicas, que pujan por conquistar un espacio en el electorado, no tienen la intención de convencer al otro, sino de derrotarlo, de dejarlo mal parado. El debate entre estos dos personajes no es más que una puesta en escena, destinada sólo al público, o al menos una parte de él.
Desde el punto de vista de la construcción colectiva de ideas, el debate entre dos posiciones antagónicas no aporta nada, porque en el marco de una contienda electoral sólo está destinado a la modificación de los números de las encuestas. En el caso de convencer al público asistente, sólo se lo hace con intenciones numéricas, no simbólicas ni ideológicas. Es probable que gane el más hábil como orador y no el que tenga mejores ideas o mayor compromiso. Y menos aún el que proponga medidas que transformen verdaderamente la estructura de una sociedad que diez años atrás padeció una crisis destructiva.
De cualquier modo, es importante destacar que la discusión política está apareciendo nuevamente en la televisión abierta. América TV, canal 9 o la misma TV pública tienen espacios de análisis y discusión sobre la realidad política. En los canales informativos de cable también hay interesantes programas de debate político de prolongada presencia en la grilla, como en TN, canal 26, C5N o CN 23. Sin embargo, en los canales abiertos de mayor audiencia y que se retransmiten en el interior del país, los debates políticos no existen y eso es lamentable.
Los debates sirven para construir ideas que beneficien a la mayoría y en ellos no pueden tener cabida el odio ni el prejuicio, tampoco la traición al bien común. Los verdaderos debates parten del compromiso de los participantes, de la honradez, de la perspectiva de futuro para todos. No sirven los contendientes que defiendan intereses corporativos, que pretendan defender con cinismo las políticas que sometieron al país a la entrega y la extrema pobreza y exclusión.
El momento que estamos viviendo nos convoca a la construcción de algo nuevo, más allá de los aspectos ásperos, de las insuficiencias, de las oscuridades. Estamos en un punto en que es necesario reconocer un recorrido y un punto de partida para algo distinto y sólo emprenderlo requiere un desafío y un compromiso para profundizar lo que se ha hecho y exigir todo lo que hace falta.

1 comentario:

  1. Los debates televisivos no sirven para nada. Los memoriosos (bien entrados en años) podremos recordar el debate por la entrega del canal de Beagle a los "HERMANOS" chilenos (otro caramelito que le debemos a Alfonsín (padre, no el junior)) en el que un atildado y muy bien entrenado para la ocasión canciller radical le ganó el debate a un pobre pero patriótico anciano que revolvía frenéticamente papeles a cada alocusión de su contendiente. Las sensaciones, decisiones y opiniones debemos gestarlas desde nuestra propia y atenta observación de la realidad y los actos de los observados, siendo inteligentes y objetivos, embebidos de patriotismo y despojados de colores políticos a la hora de pensar en el bien común.

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